domingo, 10 de junio de 2007

Versos que Destilan Sangre

VERSOS QUE DESTILAN SANGRE

por Néstor Pedraza

En 1816, en Villa Diodati, se dio la célebre reunión en la que se gestaron “Frankenstein o el Prometeo Moderno”, de Mary Shelley, considerado por algunos como el precursor del cyberpunk, y “El Vampiro”, de William Polidori, el primer relato de vampiros de la literatura occidental. El personaje central de El Vampiro se convertiría en antecedente primigenio del conde Drácula, que aparecería 81 años después en la obra de Stoker. Sin embargo, antes de este primer relato, fue publicado un buen número de poemas vampíricos que sirvieron de inspiración y precedente de todas las historias de vampiros hasta nuestros días.

Los Inicios

La tradición filosófica que iniciara Descartes en el siglo XVII, conocida como Racionalismo, llevó de forma paradójica a que en el siglo XVIII los seres y hechos sobrenaturales recibieran trato literario, con lo que surgió la novela gótica. Vino luego el impacto del romanticismo, que dominó la literatura europea entre los siglos XVIII y XIX, y acentuó el rechazo hacia la Ilustración y el Neoclasicismo, lo que redundó en el enriquecimiento de las historias de horror con la mentalidad y la postura propias de los románticos: culto al individuo, defensa de la libertad de creación y de expresión, insurrección contra la autoridad política, exaltación de los sentimientos, y por supuesto, tendencias al frenesí, la melancolía y el hastío del mundo. Los tratadistas del Renacentismo habían calificado como gótico (de la palabra godo, en relación a los pueblos germánicos que lucharon contra Roma durante casi un siglo) a todo el arte y la arquitectura de la Europa medieval. Así como para Roma lo godo se refería a todo lo bárbaro y atrasado, para los racionalistas lo gótico era inferior, despreciable. Esta postura fue cuestionada con severidad por aquellos que entendían que jamás habría existido Renacimiento sin todo el desarrollo anterior europeo, que además tenía (y tiene) una profunda deuda con el mundo islámico, pues como dijo el gran orientalista Gustave Lebon: "Del triple punto de vista material, intelectual y moral, son los arabo-musulmanes que han civilizado Europa". Los románticos buscaron las raíces de cada pueblo en su historia, en su literatura, en su cultura. A esto se debió la revitalización de los antiguos poemas épicos y de las leyendas y tradiciones tanto locales como orientales. Y el mito del vampiro, importado de las tradiciones de Hungría, Polonia, Moravia, Silesia y Serbia, nutrió la imaginación de los románticos pues encajó a la perfección en sus atmósferas oscuras y melancólicas, en su rechazo a los héroes universales que fueron sustituidos por figuras más complejas que celebraban al hombre corriente, y en su rescate de la poesía popular y los romances medievales. Además, el vampiro fue la figura ideal para representar a la aristocracia decadente que sobrevivía a expensas de desangrar al pueblo, para caricaturizar su sociedad, y para burlarse del cientificismo y el racionalismo.

Los vampiros y la poesía

Uno de los primeros escritores europeos que aluden al vampiro es Heinrich Ossenfelder, que publicó en 1748 un poema corto llamado “El vampiro”. Trata de un hombre que es rechazado por una dama religiosa de la que está enamorado, y que decide imponerle su sadismo como mejor y más poderoso que las enseñanzas maternas.

Mi estimada doncella recatada
seguidora firme e inflexible
de las enseñanzas que tiempo atrás
le inculcara su piadosa madre;
así como el vampiro inmortal
que siguiendo a la gente frente al portal de Theyse
se inclina como un verdadero creyente.
Ahora, refugiada sólo en su cristianismo
Usted desea que yo no la ame en absoluto;
quiero vengarme de Usted
por mi amor despreciado
y consumar la bebida
en un brindis por el vampiro.

Y al inclinarse con suavidad
de sus hermosas mejillas
el púrpura fresco libaré.
Temblará cuando la bese
será el beso del vampiro
y cruzará el umbral de la muerte entre mis brazos yertos.
Entonces le preguntaré
si mi instrucción ha resultado mejor
que la de su buena madre.

Un cuarto de siglo después, en 1773, Gottfried Bürger publicó su poema “Lenore”, una de las obras que más influenció el movimiento romántico. Una joven desesperada reniega de la Providencia por no tener noticias de su novio, que prometió desposarla al regresar de la guerra ya finalizada.

[…] Su madre la acariciaba con ternura,
con suaves palabras de aliento:
“Hija mía, que Dios te contemple
y te tranquilice, niña mía.”
“¡Oh, madre, madre! ¡Lo que se fue, se fue!
No comprendo cómo el mundo sigue rodando:
¿Qué piedad tiene Dios conmigo?
¡Pena, pena y aflicción, para mi pesado corazón!

“¡Cielos, ayúdenla!
¡Niña, reza un Ave María!
Grandes y sabios son los actos de Dios;
Él te ama y se compadece de ti.”
“¡Fuera, madre, fuera con esas mentiras!
¿Acaso Él ve mi desesperación, o escucha mi llanto?
¿Qué importa ahora esperar o rezar? […]

Esa misma noche llega el novio a su puerta y la lleva en furiosa cabalgata para desposarla. Intrigada por la prisa, le pregunta si acaso teme que los muertos, que viajan veloces, les den alcance. Él le pide que deje a los muertos descansar en paz. Llegan al fin, se trata de un cementerio, y su amado se transforma en un esqueleto que carga una guadaña y un reloj de arena. El vampiro creado por Polidori obedece a esta misma tradición que dice que un vampiro es una persona que ha sido maldita por sus crímenes, por haber cometido suicidio, o por haber renegado de Dios. Es la misma figura vampírica utilizada por Bram Stoker en su novela Drácula y por muchos otros autores en sus textos. Stoker hizo homenaje a la obra de Bürger en su relato “El Huésped de Drácula” de 1896, donde puso la frase “veloces viajan los muertos” en la lápida de la tumba de la condesa Dolingen de Gratz. Y quizá el propio Bürger hacía homenaje a Kaspar Stieler, autor del poema “Que los Muertos Descansen en Paz”, de inicios del siglo XVIII, en el que Filidor, a su muerte, promete a la niña Florilis que su fantasma regresará para atormentarla a menos que se corrija a tiempo.

[…] Mas orgullosa niña,
no imagines que te dejaré ir así.
Un rostro espectral,
parecido al mío, te atormentará;
te perseguirá mi fantasma e irá a la cama contigo.
Un opresivo sueño
te despertará frecuentemente.
Con dificultad creerás cómo entonces puedo asustarte:
Haré miserable tu vida con lamentos y golpes […]

Pero es en 1797 cuando el tema del vampiro es llevado a las más elevadas cimas poéticas, de la mano de Goethe, el mayor poeta alemán de la historia y profundo admirador y estudioso del Islam (el Diván, libro de poesía abiertamente islámico con referencias al Corán y la Sunna del profeta Mujámmad -ByP-, influenció a compositores como Schubert, Strauss y Schumman, que musicalizaron algunos de estos poemas. Más al respecto en Goethe y el Islam). La Novia de Corinto es un magnífico poema en el que se reúne la fuerza, la belleza y la dura crítica a la sociedad que serían características de los grandes relatos vampíricos. Una muchacha enamorada vuelve de la tumba para encontrarse con el hombre al que se había prometido, y al que no pudo entregarse en vida pues su madre la había forzado a hacerse monja.

[…] —¡Quieto, que el gallo cantó!
—¡Pero mañana a la noche!...
—¡Vendré, no tengas temor!

No puede ya la vieja contenerse;
la harto sabida cerradura abre.
—¿Quién es la zorra —grita— en esta casa
que al extranjero así se atreve a darse?
¡Fuera de aquí, en seguida!
Mas, ¡oh, cielos!, al punto reconoce
al fulgor de la lámpara a su hija.

De encubrir trata el frustrado joven
a su adorada con su propio velo,
o con aquel tapiz que a mano halla;
pero ella misma saca, altiva, el cuerpo.
Y con psíquica fuerza,
con un valor que asombra,
larga y lenta en el lecho se incorpora.

—¡Oh, madre! ¡Madre! —exclama—, ¿de este modo
esta noche tan bella me amargáis?
De este mi tibio nido, mi refugio
sin pizca de piedad ¿a echarme vais?
¿Os parece poco llevarme al sepulcro
al lograr apenas la flor de mis años?

Mas del sepulcro mal cerrado un íntimo
impulso liberóme; que los cantos
y preces de los curas, que acatáis,
para allí retenerme fueron vanos.
Contra la juventud, ¡agua bendita
de nada sirve, madre!
¡No enfría la tierra un cuerpo en que amor arde!

Mi prometido fuera ya este joven
cuando aún de Venus los alegres templos
erguíanse victoriosos. ¡La palabra
rompisteis por un voto absurdo, tétrico!
Mas los dioses no escuchan
cuando frustrar la vida de su hija
una madre cruel y loca jura.

Por vindicar la dicha arrebatada
la tumba abandoné, de hallar ansiosa
a ese novio perdido y la caliente
sangre del corazón sorberle toda […]

Siguiendo una tradición según la cual el vampiro es un espíritu que se apropia de un cuerpo y secuestra su alma para hacer de las suyas, y sólo con la muerte del vampiro es liberada el alma de la persona que poseía originalmente dicho cuerpo, Robert Southey publicó en 1799 su poema “Thalaba, El Destructor”. Thalaba y su suegro Moath visitan la tumba de su esposa e hija Oneiza, que se levanta del sepulcro. Thalaba, hechizado por el espectro, no atina a actuar en su contra, y es Moath quien atraviesa el cadáver con una jabalina. Entonces, muere el vampiro, y el alma de Oneiza, tras un destello azul, logra descansar por fin.

[…] “¡Ahora, ahora!”, gritó Thalaba;
y sobre la cripta de la tumba
se esparció un pálido resplandor,
como los reflejos de áureo fuego;
y en esta espantosa luz
Oneiza apareció ante ellos. Era ella…
Sus mismas facciones, alteradas por la muerte,
lívidas mejillas, azulados labios;
pero en sus ojos aparecía un brillo más terrible
que toda la horridez de la muerte.
“¿Vives aún, infeliz?”,
preguntó con apagada voz a Thalaba;
“¿y debo abandonar cada noche mi tumba
para decirte, en vano,
que Dios te ha abandonado?”
“¡No es ella! —exclamó el anciano—,
¡es un espectro, nada más que un espectro!” […]

En 1810, un grupo de burgueses criollos de la Nueva Granada, alentados a conseguir para sí el poder siguiendo las ideas liberal-burguesas de la Revolución Francesa, y organizados por Francisco José de Caldas y Camilo Torres, utilizaron el florero de Llorente como excusa para encender el polvorín de la rebelión "independentista" en la plaza central de Santafé de Bogotá. Ese mismo año se publicó en Londres el poema “El Vampiro” de John Stagg. Allí, Herman es interrogado por su esposa sobre su palidez, y él le cuenta que su amigo, muerto recientemente, lo visita cada noche y se alimenta de su sangre. La muerte es inevitable, y el esposo angustiado advierte que una vez haya bajado a la tumba, se alimentará de su amada. Para evitarlo, le suplica que en cuanto muera le atraviese el cuerpo con una jabalina. Una vez muerto, su esposa advierte a los habitantes del pueblo, desentierran al amigo encontrando su cuerpo incorrupto, y unen los cuerpos de ambos para atravesarlos con una larga estaca.

[…] El joven Segismundo, mi una vez querido amigo
pero ahora mi vil perseguidor
extiende su malevolencia
incluso para torturar mi alma.

Por la noche, cuando, envueltos en profundo sueño
todos los mortales compartimos un suave reposo,
mi alma mantiene espantosas vigilancias
más intensas de lo que el infierno apenas sabe.

Desde la tenebrosa mansión de la tumba
desde las profundas regiones de los muertos
el fantasma de Segismundo vaga
y me persigue horriblemente en mi cama.

Allí, vestido de forma infernal,
(de manera que yo no entiendo)
el duende yace cerca de mí
y bebe mi sangre vital […]

La figura del vampiro en la literatura romántica se consolidó por completo en 1813, cuando Lord Byron publicó el poema épico “El Giaour, Fragmento de un Cuento Turco”. Byron recurrió a una tradición griega que dice que el castigo del vampiro está en que debe alimentarse de sus seres queridos, a quienes no puede dejar de atormentar. También le da al vampiro el estatus de criatura odiada por excelencia: incluso los demonios y los espíritus se alejan de él, que es más abominable que ellos.

[…] tu cadáver de la tumba será arrancado;
luego, lívido, vagarás por el que fuera tu hogar,
y la sangre de todos los tuyos has de chupar;
allí de tu hija, hermana y esposa,
a media noche, la fuente de vida secarás.

Aunque abomines del banquete, debes, forzosamente,
nutrir tu lívido cadáver viviente,
tus víctimas, antes de expirar,
en el demonio a su señor verán;
maldiciéndote, maldiciéndose,
tus flores marchitándose están en el tallo.

Pero una que por tu crimen debe caer,
la más joven entre todas, la más amada,
llamándote padre, te bendecirá:
¡esa palabra envolverá en llamas tu corazón!
Pero concluir debes tu trabajo y observar
en sus mejillas el último color […]

Tres años más tarde, en aquella noche en Villa Diodati, mientras los invitados contaban historias de espantos a la luz de las velas bajo una intensa tormenta, el dueño de casa, Lord Byron, recitó de memoria un poema que Samuel Taylor Coleridge había programado a cuatro cantos, pero que abandonó inconcluso tras escribir dos entre 1797 y 1801. El poema, que se publicó ese mismo año de la famosa reunión, lleva por título el nombre de la protagonista, “Christabel”, una muchacha que decide darse un paseo por los alrededores de su castillo a pesar de que el clima le es adverso, y escucha un quejido que viene del bosque. Llevada por la curiosidad, encuentra a Geraldine, hermosa joven que le relata cómo ha sido violada por cinco soldados y luego abandonada a su suerte. Viéndola harapienta y temblorosa de miedo y de frío, Christabel la invita a dormir con ella. La tendencia lésbica de los personajes, apenas sugerida por el autor, fue duramente criticada en su momento.

[…] su vestido de seda y la ropa interior
cayeron a sus pies y, pleno a la vista,
mirad, su pecho y su costado:
¡una visión para soñar, no para describir!
¡Oh, protéjanla! ¡Protégete dulce Christabel!
Geraldine todavía no habla ni se mueve.
¡Ah! qué impresionante mirada la suya:
desde su profundidad, a medias mira
para quitarle algo de peso con enfermo intento;
y contempla a la doncella y busca tiempo.
Intempestiva entonces, como desafiada,
se repone altiva y orgullosa
y se recuesta al lado de la Doncella.
Y en sus brazos tomó a la joven.

¡Ah, vaya día!

Y en voz baja y con preocupación en su mirada
dijo estas palabras:
—Al tocar este pecho trabaja un conjuro
que señorea en tus palabras, Christabel […]

Geraldine es un vampiro psíquico, que más que alimentarse de la sangre de Christabel, busca perder su alma en la oscuridad de la maldad. Este poema inspiraría más adelante a Le Fanu para su bellísimo relato “Carmilla”, publicado en 1871, en el que la referencia al lesbianismo es mucho más directa que en el poema de Coleridge, y mucho más peligrosa, pues entonces Inglaterra ya vivía la era victoriana. Geraldine es también antecedente directo de Clarimonda, la vampira de “La Muerta Amorosa”, extraordinario relato de Théophile Gautier, publicado en 1836, donde el autor termina de dar a la vampira la forma de la femme fatale por excelencia. Clarimonda está en cierta forma inspirada también en el personaje del poema “La Bella Dama Sin Piedad”, publicado en 1818 por John Keats: Un caballero pálido y solitario cuenta su aventura con una bella dama que tras enamorarlo, lo condujo a su gruta y le arrebató la vida.

[…] En mi manso corcel la senté entonces
y no vi ya otra cosa en todo el día,
pues se inclinaba, entonando
una canción de hadas.

Encontró para mí raíces exquisitas
y miel silvestre y maná de rocío
y en una extraña lengua me dijo muy segura.
“¡De verdad que te quiero!”

A su gruta de elfos me condujo
y allí echóse a llorar y dio un suspiro,
y allí con besos le cerré los ojos
tan salvajes y tristes.

Y allí me durmió ella con sus leves canciones
y allí soñé, ¡qué desventura!
Tuve el último sueño que soñara
en la ladera fría […]

En “Las Flores del Mal”, poemario cuya edición ampliada se publicó en 1861, Charles Baudelaire, el poeta maldito por antonomasia, incluyó dos poemas que tocaban el tema del vampiro, aunque con una visión que ya se alejaba de la literatura vampírica clásica. En “El Vampiro”, Baudelaire retrata la desgracia de un hombre, esclavo de un amor maldito, a tal punto que ni el suicidio puede liberarlo.

[…] He implorado a la espada rápida
la conquista de mi libertad,
y he dicho al veneno pérfido
que socorriera mi cobardía.

¡Ah! El veneno y la espada
me han desdeñado y me han dicho:
“Tú no eres digno de que te arranquen
de tu esclavitud maldita,

¡imbécil! —de su imperio
si nuestros esfuerzos te libraran,
tus besos resucitarían
el cadáver de tu vampiro!”

Y en “La Metamorfosis del Vampiro”, poema censurado y retirado de “Las Flores del Mal” y luego recopilado en “Los Despojos” de 1866, Baudelaire nos muestra a un hombre víctima de una vampiresa letal, que termina convertida en mero esqueleto.

[…] Cuando hubo succionado de mis huesos la médula
y muy lánguidamente me volvía hacia ella
a fin de devolverle un beso, sólo vi
rebosante de pus, un cáliz pegajoso.
Yo cerré los dos ojos con helado terror
y cuando quise abrirlos a aquella claridad,
a mi lado, en lugar del fuerte maniquí
que parecía haber hecho provisión de mi sangre,
en confusión chocaban fragmentos de esqueleto,
de los cuales se alzaban chirridos […]

El Final

Durante la segunda mitad del siglo XIX, el romanticismo entró en decadencia y fue cediendo espacio al parnasianismo y el simbolismo en la poesía, y al realismo y el naturalismo en la prosa. En 1897 aparece Drácula, y todo el ideario estético, social y político que había servido de trasfondo a los poemas y relatos de vampiros, desaparece y es reemplazado por valores distintos. Drácula es un reflejo de su tiempo, y de alguna forma definió el camino que tomaría la literatura de la nueva era industrial. Contrario a la tradición romántica que se burló del cientificismo, revitalizando y valorando las leyendas eslavas, Stoker da la victoria al cientificismo representado en Van Helsing, como la única fuerza capaz de oponerse a la superstición representada en el conde Drácula. Stoker retorna a la visión racionalista, en la que la ciencia puede dominar con la fuerza de la razón al monstruo sobrenatural, y en la que la melancolía y las sensaciones extáticas que se apoderan de Mina Harker al ser liberado su espíritu juvenil y sensual gracias al influjo del vampiro, son dominadas por el pudoroso y estirado victorianismo representado por Jonathan Harker, que la devuelve a la cárcel de la vida hogareña inglesa al derrotar al conde y retornarla a su condición de esposa sumisa y silenciosa, virtuosa y recatada, reprimida y discreta. De esta forma, Drácula es la novela que sirve de lápida al movimiento romántico en la literatura inglesa, y a las historias clásicas de vampiros.

La uruguaya Delmira Agustini, poetisa que destacó dentro del modernismo, publicó a comienzos del siglo XX el poema “El Vampiro”, en el que los elementos mitológicos de la poesía de vampiros son reemplazados por una visión más íntima y cotidiana. Había muerto la poesía vampírica clásica y la imagen del vampiro comenzaba a transitar nuevos caminos.

[…] Y exprimí más, traidora, dulcemente
tu corazón herido mortalmente;
por la cruel daga rara y exquisita
de un mal sin nombre, ¡Hasta sangrarlo en llanto!
y las mil bocas de mi sed maldita
tendí a esa fuente abierta en tu quebranto […]

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domingo, 3 de junio de 2007

Puentes Sanguinolentos entre el Amor y el Hambre

PUENTES SANGUINOLENTOS ENTRE EL AMOR Y EL HAMBRE


Buscando los orígenes de Drácula

por Néstor Pedraza


Para cualquier persona en occidente, la palabra “vampiro” evoca de inmediato la palabra “Drácula”. Esta instantaneidad de correlación entre una y otra se debe a la hemorragia continua de obras y productos con dicho nombre: películas, obras de teatro, parodias, comedias, series televisivas... En Colombia tenemos un helado, una paleta de agua con sabores a frutas, llamada Drácula, que muestra en su empaque el estereotipo del vampiro aristocrático con capa negra al exterior y roja al interior, y grandes colmillos puntiagudos.

Muchos piensan que Drácula fue el primer vampiro. Otros, que el autor de esta novela tomó los mitos de Transilvania y con una genialidad sorprendente, les dio forma en la figura del conde más famoso de la historia. Los más aficionados al tema saben que hubo antes otros vampiros, pero creen que éste es el más famoso porque fue el primero en ser tan complejo y bien elaborado, y están convencidos de que ello se debe a que está basado en un tirano sanguinario que desayunaba rodeado de moribundos empalados en la época de las Cruzadas. En este ensayo, demostraré que están todos equivocados.

Con este objeto, he dividido el mismo en tres partes: La primera trata de la historia de Rumania en relación a Drácula. La segunda incluye varias lecturas y abarca los precedentes literarios de Drácula durante los 80 años anteriores a su publicación. En la tercera, me enfocaré en la novela de Bram Stoker.

— I —
DRÁCULA

Archibald Constable and Company publicó Drácula en Londres, en mayo de 1897, en plena revolución industrial. Elogiada por Oscar Wilde, amigo de Stoker y admirador de su esposa, y criticada por algunos medios, la novela inicialmente se vendió bien, pero su autor nunca supo (ni imaginó) el profundo impacto que tendría en la cultura pop occidental del siglo XX. Abraham Stoker, irlandés nacido en Dublín el 8 de noviembre de 1847, trabajaba como agente y secretario del actor sir Henry Irving, con quien dirigía el Lyceum Theatre de Londres. Irving, quien estrenó una adaptación teatral de Drácula como parte del lanzamiento de la novela, no era amante de Stoker, como algunos han sugerido, y no hay indicio alguno de que Stoker fuera homosexual. Más bien, Irving era su vampiro personal, que lo exprimió en el trabajo hasta su muerte. Enfermizo de niño, pero buen atleta durante su adolescencia, Bram Stoker escribió varios relatos y novelas, pero fue Drácula la obra que le dio la inmortalidad. La pregunta es: ¿De dónde salió Drácula? ¿Fue Stoker un genio redomado que creó la historia, el personaje y las atmósferas, sólo juntando algunas leyendas con su prolífica imaginación? ¿O acaso plagió la vida de un personaje histórico y lo convirtió en mito?

DRÁCULA NO ES DRÁCULA

En 1992, Francis Ford Coppola, guionista, productor y director de cine estadounidense, al adaptar la novela de Stoker para su película “Drácula de Bram Stoker”, fusionó con la figura del conde Drácula, la historia de un cruzado que, defendiendo la cristiandad, empalaba a sus enemigos. En la película, Coppola pone de manifiesto su interpretación personal de la novela al convertir el argumento de Stoker en una historia de amor entre el conde y su esposa. Drácula reniega de Dios al perder a su esposa amada mientras defendía a la cruz de sus enemigos infieles, y se convierte en vampiro. Al cabo de los siglos, ve a su esposa retratada en la figura de Mina Harker y se reinicia su romance. 20 años antes de esta película, Dan Curtis produjo una versión de Drácula con Jack Palace como protagonista, donde también hacía referencia al conde como el mismo empalador. Varias otras novelas y películas antes y después han hecho lo mismo, fomentando la creencia de que el conde Drácula y el Empalador son la misma persona.

Para conocer la historia del Empalador, debemos remitirnos a una canción compuesta en 1463 por el juglar germánico Michel Becheim, donde cuenta la historia de un noble valaco que se refugió en la corte del rey húngaro Matías I Corvino, del que Becheim era súbdito. Este noble tenía por nombre Vladimir II Basarab, y al parecer su padre, Mircea el Viejo, lo envió a la corte de Segismundo de Luxemburgo (rey de Hungría anterior a Corvino) como parte de una alianza entre los dos monarcas. Valaquia, fundada en 1290, fue parte del Imperio Austro-Húngaro hasta la Primera Guerra Mundial, y es uno de los principados que conforman la actual Rumania, junto con Moldavia y Transilvania. Las montañas de Valaquia y su paso hacia Transilvania, son tránsito obligado para cualquier ejército que desde Asia quiera invadir a Europa Oriental y extenderse al resto de Europa. Esta posición estratégica ha hecho que sea una zona en permanente conflicto a través de los siglos.

En 1431, Segismundo de Luxemburgo (que se convertiría en Sacro Emperador Romano), convocó un grupo de príncipes y vasallos que consideraba útiles como aliados políticos y militares, con el fin de iniciarlos en la Orden del Dragón (Societatis Draconstrarum), una orden que él mismo había creado en 1408. La Orden, basada en la Orden de San Jorge, requería a sus iniciados defender la cruz y combatir a sus enemigos. El objetivo de Segismundo era hacerle frente a los turcos que habían aplastado su ejército en Bulgaria en la cruzada que dirigió en 1396 contra el Sultán Otomano Bayazid I “El Iluminado”. Vladimir, más conocido como Vlad II, accedió a unirse a la Orden del Dragón a cambio de que Segismundo lo apoyara para recuperar el trono de Valaquia, que se encontraba en poder de los turcos, cosa que logró 5 años más tarde. A partir de su ordenación, Vlad tomó a manera de título honorífico el sobrenombre de Dracul, que proviene del término latino Draco, que significa Dragón.

Una vez sentado en el trono, en la ciudad de Tirgoviste, Vlad Dracul continuó la tradición política de sus antecesores, alternando su fidelidad al Sacro Imperio Romano y al Imperio Otomano, buscando un equilibrio que le permitiera permanecer en el poder, hasta que el Sultán lo obligó a someterse a su régimen y le exigió la entrega de sus dos hijos menores como prueba de buena voluntad. Estos hijos eran Vlad III y Radu, quienes fueron enviados al castillo de Egrigoz en 1444. Entre los turcos aprendieron jurisprudencia, árabe, estrategia militar, y formaron parte de los jenízaros, grupo élite de la infantería turca conformado por conversos al Islam y que servía como guardaespaldas del Sultán.

Vlad fue declarado por el Sultán pretendiente al trono de Valaquia, que había sido tomado por los cristianos. En 1448, el Sultán envió a Vlad con un pequeño ejército a reclamar sus derechos, pero su reinado apenas fue breve, los húngaros lograron expulsarlo.

Entre tanto, Radú apoyó al Sultán Mehmet II en su conquista de Constantinopla en 1453, que fue convertida en Estambul, capital del imperio musulmán otomano. Según nos cuenta el cronista bizantino George Sphrantzes, al entrar en la ciudad conquistada, el Sultán proclamó que todos los ciudadanos permanecerían libres, que no serían interrogados, y que quienes hubieran huido podían regresar. Fueron respetadas sus vidas y sus posesiones, a la misma usanza islámica de Saladino al conquistar Jerusalén y de Muhámmad al conquistar La Meca.

Por su parte, Vlad traicionó al Sultán y, aliado con sus familiares de Moldavia y con el apoyo de los húngaros, tomó nuevamente el poder de Valaquia en 1462, aunque no tuvo un reinado estable: su hermanastro Radu el Hermoso, quien se mantuvo fiel al Islam, logró con el apoyo de los otomanos hacerse con el trono de Valaquia.

Vlad firmaba sus documentos como Drácula, sobrenombre que vendría a significar “hijo de aquel que perteneció a la Orden del Dragón”, y que utilizaba como título de honor. Sin embargo, hoy día se lo conoce más como Tepes, que significa Empalador, y que era el nombre que le daban los cronistas turcos, que le temían y lo consideraban un ser asistido por fuerzas sobrenaturales. Drácula, consciente de que su pequeño ejército no podía hacerle frente al poderoso ejército otomano, pero queriendo hacer de Valaquia un país independiente, no quiso arrodillarse frente al Sacro Emperador Romano y decidió luchar él solo contra los turcos, de la única forma que podría darle la victoria: Guerra de guerrillas y terrorismo indiscriminado, una fórmula que aún hoy día se utiliza con éxito y que conocemos muy bien los colombianos, y que además, fue la estrategia con la cual los norvietnamitas sacaron a los franceses y a los gringos de Vietnam del Sur y reunificaron su país. Cada vez que los turcos ingresaban a Valaquia, sufrían emboscadas y ataques a traición con una crueldad inédita. La política de Vlad era clara y sencilla: lo que no es para nosotros no será para nadie. A su paso, las tropas invasoras sólo encontraban desolación: las aldeas en ruinas, los cultivos arruinados, la tierra echada a perder, los animales y los pozos de agua envenenados. Y en las noches: asaltos, emboscadas, asesinatos. Entre los turcos, la fama de Vlad crecía: se decía que su pequeño ejército diurno era asistido por las ánimas de diez mil muertos que los reforzaban en la noche para cometer toda clase de atrocidades (probablemente de allí surgió la idea de Tolkien de utilizar un ejército de muertos para la defensa de Gondor en su libro “El Señor de los Anillos”).

A pesar del horror desatado por Drácula, los turcos lograron invadir Valaquia. Cnejana, la esposa de Vlad Drácula, se lanzó de las almenas del castillo de Arghes, prefiriendo la muerte a caer en manos del enemigo (Coppola se basó en este hecho histórico para su película, en la que la esposa del cruzado se suicida lanzándose al vacío desde lo alto de su castillo, al recibir una nota que le notificaba falsamente la muerte en batalla de su esposo). Vlad logró huir a Transilvania aprovechando su conocimiento de la lengua y las costumbres y vestimentas turcas. Con sus hombres vestidos como sipahis turcos, logró atravesar los campamentos musulmanes y asesinar a soldados y aldeanos por igual, dejando tras de sí una de las escenas más horrendas de la historia. Se cuenta que a medida que los turcos se acercaban a Tirgoviste en 1462, encontraron a más de 20.000 personas empaladas, entre sajones, húngaros, valacos y turcos, incluyendo mujeres, ancianos, e incluso recién nacidos, en cuyos abdómenes, se cuenta, hacían su nido los pájaros. El Sultán Mehmet II “El Conquistador,” ya famoso por la conquista de  Constantinopla, quedó impresionado al ver el bosque de empalados, pues jamás había escuchado ni sido testigo de una brutalidad semejante. Vlad fue llamado por los turcos Empalador no tanto por la costumbre que tenía de mandar ajusticiar por empalamiento a todos sus enemigos, nacionales o extranjeros, pues el empalamiento fue y sigue siendo ampliamente utilizado en el mundo (los paramilitares en Colombia empalaron pueblos enteros en la década de 1990), sino porque empaló a más gente en menos tiempo que cualquier otro tirano medieval, y porque la forma de empalamiento que empleaba era única y no tenía antecedentes: las estacas utilizadas para los empalamientos ordenados por Vlad no eran puntiagudas y cortantes, como se utilizaba siempre. Tenían la punta roma para evitar que lastimaran órganos vitales, de forma que el empalado podía vivir hasta tres días en esa situación antes de hallar el descanso.

“He matado a hombres y mujeres, viejos y jóvenes… Matamos a 23.884 turcos y búlgaros sin contar aquellos que quemamos en sus casas o cuyas cabezas no fueron cortadas por nuestros soldados,” le informaba Drácula a Matthias Corvinus en una carta, antes de ir en búsqueda de su apoyo en Hungría. Radu continuó enfrentándose a Vlad y comenzó a ganar terreno rápidamente. Los húngaros no podían soportar la idea de que Vlad se hiciera con un poder que le permitiera extender su régimen de terror, al punto que prefitieron apoyar a Radu y encarcelar a Vlad. Radu fue el Voivoda de Valaquia durante 11 años. A su muerte en 1473, Vlad fue puesto en libertad, y de inmediato reunió un ejército con el que se adentró en Bosnia y asesinó a 8.000 musulmanes, en una carnicería que sería igualada en 1995, más de 500 años después, en la masacre de Srebrenica, en la que ese mismo número de musulmanes cayó a manos de los serbios. Vlad logró sentarse nuevamente en el trono de Valaquia durante un mes, hasta que el Sultán Mehmet II lo enfrentó en Bucarest. El ejército otomano se hizo a la victoria y la cabeza de Vlad Tepes fue enviada a Constantinopla.

La terrible crueldad de Vlad Drácula ha generado la idea de que él y el conde Drácula de Stoker son la misma persona. Incluso, algunos han dicho que la novela de Stoker está basada en la vida de Vlad. Sin embargo, cualquiera que lea la historia que acabo de relatar, y la compare con la novela de Stoker, notará de inmediato que no existe relación alguna entre ambas historias. Hoy día sabemos mucho más de Vlad de lo que se sabía en tiempos de Stoker, gracias al trabajo de Radu Florescu y Raymond McNally, y al libro “Historia del Príncipe Drácula”, de Matei Cazacu, ambos publicados en el siglo XX con el apoyo del régimen comunista de Rumania, que decidió reivindicar la figura histórica de Vlad Drácula como héroe nacional. Aún así, hay muchos detalles de la vida de Vlad que se desconocen. En cuanto a su personalidad, poco se sabe más allá de las huellas históricas que dejaron su crueldad y su implacable lucha contra los musulmanes. Drácula casi no dejó escritos ni tuvo biógrafo, así que poco sabemos de su pensamiento y su forma de ser, por lo que mal podría pensarse que el carácter y la personalidad del conde Drácula estén basados en los de Vlad III. En 2000, Joe Chapelle dirigió la película Vlad, en la que pretendió llevar a la pantalla la vida de este sanguinario tirano, pero debido a la poca información que existe sobre este personaje, buena parte del guión es ficción. Lo que sí está claro, es que Vlad III no era un conde y no vivía en Transilvania, fue voivoda y el mayor tirano y asesino de Valaquia. Entonces, ¿por qué Stoker dio a su conde el nombre Drácula?

En 1913, la casa Sotheby’s subastó los papeles privados de Bram Stoker, que hoy se conservan en el Rosenbach Museum de Filadelfia. Gracias a estos papeles, sabemos que en marzo de 1890 Stoker había comenzado a trabajar en su novela, y había llamado a su personaje Conde Wampyr. Ese mismo año, se dio vacaciones de verano en Whitby, Yorkshire. Allí, en la biblioteca pública, encontró un libro de William Wickinson, publicado en 1820, que hablaba sobre los principados de Valaquia y Moldavia. Este libro contenía una breve referencia a un tal voivoda Drácula (no hacía referencia al nombre Vlad) que había cruzado el Danubio y había atacado a los turcos, y allí Wickinson hacía un pie de página para anotar (de forma incorrecta) que Drácula significa “demonio” en la lengua nativa de Valaquia. A Stoker le gustó el nombre y su significación, y como decidiera usarlo, buscó en otros libros algunos datos sobre la historia rumana. Eso fue todo.

Así que Bram Stoker no conoció la historia de Vlad Tepes, ni siquiera supo que se llamaba Vlad ni mucho menos que lo llamaban el Empalador. Tampoco sabía que Drácula significaba para Vlad “hijo del dragón”, sólo le pareció que era un nombre sonoro y propicio para su personaje. Por supuesto, él no iba a escribir un libro de historia, ni siquiera una novela histórica, así que no necesitaba hacer una investigación profunda sobre el tema, le bastaba con tener algunos datos que le dieran vida a su relato. Le gustó el nombre Drácula y lo usó para su conde, lo que resultó ser una buena elección. La sonoridad del nombre, estoy seguro, ha sido parte del éxito comercial de este famoso vampiro. Adicionalmente, Stoker tuvo un gran golpe de suerte adicional: de seguro, este irlandés jamás imaginó que el personaje histórico detrás de ese nombre se haría tan conocido y resultaría tan fascinante que daría un gran impulso a su obra.

Se ha hecho popular la versión de que el profesor húngaro Arminius Vambery dio a Stoker amplia información sobre Vlad y sobre Transilvania. Pero Elizabeth Miller, profesora de inglés de la Memorial University of Newfoundland (que la nombró profesora emérita) y reconocida con el título de Baronesa de la Casa de Drácula por la Sociedad Transilvana de Drácula en Rumania, afirma que el libro de Wilkinson fue la única fuente de información que tuvo Stoker sobre Drácula, y que cualquier otra versión al respecto es mera especulación. Por lo que se sabe, Stoker y Vambery sólo se vieron dos veces en Londres y no necesariamente para hablar de vampiros. Nunca sostuvieron correspondencia. Si Vlad hubiera sido el modelo para el conde Drácula, éste último habría sido mucho más desalmado, brutal y sanguinario. En ese aspecto, la realidad supera a la ficción.

Algunos defienden la hipótesis sobre el profesor Vambery asegurando que Stoker menciona en su novela que el mentor de Van Helsing, quien le enseñó todo lo relacionado con los vampiros, fue un tal Arminius, lo que esgrimen como prueba de que el profesor Vambery le habló de la vida de Vlad y él, agradecido, le hizo un homenaje en su obra. A mi parecer, Stoker sólo quería darle fuerza a su personaje antagonista de Drácula, asociándolo a un nombre que era el único que él conocía que correspondía a un profesor ilustrado en estos temas. Muchas veces, los autores para darle fuerza a una historia, recurrimos a algún nombre reconocido en nuestra época, aunque sepamos poco de él.

También se dice que la descripción física del conde Drácula está basada en un retrato de Vlad que viera Stoker. Aunque la posibilidad existe, pues al menos en cuanto al rostro hay varias coincidencias entre la imagen que se conoce de Vlad y la descripción que hace Stoker en su novela, esto no es más que especulación. Parte de esta descripción coincide en cierta forma con grabados del rostro de Vlad Tepes, pero eso no es suficiente para asegurar que Stoker vio alguna vez dicha imagen. Podemos decir con certeza que Drácula (Vlad el voivoda) no es Drácula (el conde de la novela).

Ahora bien, no existe en ningún documento o relato histórico, ni en la tradición oral rumana, vínculo alguno entre Vlad Drácula y el vampirismo. Jamás se ha dicho que Vlad bebiera sangre, que ejecutara rituales religiosos sangrientos, ni que su cadáver fuera hallado incorrupto con señales de vampirismo. Por el contrario, el hecho de que Stoker hubiera usufructuado el nombre Drácula para su obra, es considerado una afrenta por buena parte del pueblo rumano, pues la tradición oral y las leyendas mantienen la figura de Drácula como un héroe nacional. Además, Drácula fue exaltado por el régimen de Ceausescu como defensor de Europa contra los turcos y libertador de Valaquia. De hecho, el pueblo rumano denosta hoy día de la presencia de vampiros en su tradición folclórica. Durante el régimen comunista (1947-1989), la palabra vampiro fue asociada a una figura sobrenatural representativa de la decadencia de occidente y de su política colonialista frente a oriente.

TRANSILVANIA NO ES EL EPICENTRO DE LOS VAMPIROS

Resulta de vital importancia conocer que las leyendas y tradiciones sobre los vampiros no provienen de Transilvania, sino de Hungría, Polonia, Moravia, Silesia y Serbia, principalmente. El término vampiro, de hecho, es eslavo, proviene del serbio “vampir” y del ruso “upir” (que significa sanguijuela). En rumano no existe un término para vampiro. Algunos traducen como vampiro la palabra rumana “strigoi”, que en realidad se refiere a una bruja o espectro. Transilvania, que en latín significa “tierra más allá del bosque”, también era llamada Siebenbürgen, término germano que significa Los Siete Castillos. Data del siglo IX y para cuando se publicó Drácula, pertenecía al reino independiente de Rumania, que sería invadido por el Imperio Austro-Húngaro durante la Primera Guerra Mundial. Transilvania fue luego unida a Moldavia y Valaquia para formar el estado de Rumania, que se convirtió en la República Popular Rumana, estado socialista, en 1947. En 1989, como respuesta a una serie de sublevaciones populares, un golpe militar derrocó al gobierno socialista de Ceausescu y en 1991 entró en rigor una nueva Constitución democrática (aunque el poder continuó en manos del ejecutor de los crímenes de Ceausescu, su ministro de defensa y líder del golpe militar).

Según las notas personales de Stoker, el castillo del conde Drácula iba a estar ubicado en Estiria, Austria. Sin embargo, tras leer “Supersticiones Transilvanas”, libro publicado en 1885 por Emily Gerard, decidió que Transilvania era un ambiente más adecuado para su vampiro. Gerard, esposa escocesa de un caballero húngaro, utilizó en su libro el término nosferatu, que algunos aseguran erróneamente que es la palabra rumana para vampiro. En realidad, nosferatu proviene del griego nosophoro, que significa “portador de enfermedad”.

El que Stoker se decidiera a ubicar el castillo de Drácula en Transilvania no es de extrañar, pues tiene abundantes antecedentes: “Los Mil y Un Fantasmas”, de Alejandro Dumas padre (1849) incluye la historia de un vampiro que caza en los Cárpatos, y en el relato anónimo “El Extranjero Misterioso” de 1860, un conde vampiro aterroriza a una familia en la misma área. Julio Verne publicó en 1892 su aventura romántica “El Castillo de los Cárpatos” en que se habla de la creencia de los habitantes de esta región del mundo en criaturas sobrenaturales, en particular vampiros que calman su sed con la sangre humana. Los viajeros europeos, principalmente los ingleses y franceses, durante la época victoriana narraban sus aventuras poniendo siempre como antagonistas la civilización y la ciencia occidentales, y la barbarie y la superstición orientales, una forma de ver el mundo claramente imperialista y colonialista. Como rechazo a esta postura, durante la ilustración y el enciclopedismo, los escritores góticos y románticos rescataron las leyendas eslavas y recurrieron a historias y ambientaciones de lejanos parajes de Europa oriental, para caricaturizar su sociedad y burlarse del cientificismo. De esta forma, los Cárpatos se fueron convirtiendo en el lugar ideal para ambientar cuentos de espanto e historias de vampiros. Por lo que la elección de ubicar allí al conde Drácula resulta apenas natural. Por supuesto, la Transilvania de la que hablan Stoker y otros autores no es una representación fidedigna del lugar geográfico, basada en profundas investigaciones y mucho menos en viajes a la zona (Stoker jamás visitó los Cárpatos), es una Transilvania ficticia, creada con base en mitos y leyendas reinterpretados por los autores europeos occidentales y dibujada a propósito para despertar los temores de los tranquilos victorianos.

En el desarrollo de esta primera parte, la fuente que más me ha inspirado para reafirmarme en mi aseveración de que el Conde Drácula nada tiene que ver con Vlad Tepes ni con la Transilvania histórica y geográfica, es el libro “Dracula: Sense & No Sense”, donde Elizabeth Miller asevera y luego explica ampliamente lo siguiente: “Es mi opinión que Stoker no fue, como muchos piensan, inspirado por relatos de Vlad el Empalador para crear el personaje del Conde Drácula. No existe evidencia de ello”.

— II —
LOS VERDADEROS ORIGENES DE DRACULA

Contrario a lo que muchos afirman, Bram Stoker nunca fue masón, jamás perteneció a la Orden Hermética de la Aurora Dorada, grupo que sostenía nexos con los rosacruces. Sin embargo, parece ser que sí era un aficionado a la magia roja. También se ha dicho que Stoker era un moralista protestante que escribió Drácula como novela edificante, afirmación que nos deja vislumbrar la dificultad que debió tener el autor irlandés para ser aceptado en la Londres victoriana y anglicana. Lo cierto es que la novela permite ver la profunda influencia del catolicismo de los familiares de la madre de Stoker, mezclado con la tradición de la Iglesia de Irlanda, a la que pertenecían sus padres, y nos muestra que su principal afán era el de despertar el terror en sus lectores, más que el de dejar una moraleja.

Entonces: Stoker no hizo una investigación histórica profunda sobre Transilvania ni viajó a los Cárpatos para crear la atmósfera y los paisajes de su novela. Tampoco conocía lo suficiente acerca de Vlad Drácula como para basar su conde vampiro en él, y la historia de la novela no tiene nada que ver con la del personaje histórico de Valaquia. No trataba de escribir un tratado moral, ni se basó en información mística obtenida de un grupo masón. Queda pues la pregunta: ¿Lo inventó todo en un arrebato de absoluta genialidad, con excepción del apellido del conde y algunos detalles sobre Transilvania que obtuvo de un libro?

La repuesta, por supuesto, es no. Como cualquier escritor, Stoker fue influido por su época, por las obras literarias que había leído, y por la sociedad en que vivía, que por aquellos tiempos estaba conmocionada por los crímenes de Jack el Destripador, el primer asesino serial de la historia. No sabemos con exactitud qué textos leyó antes de escribir Drácula, pero es fácil adivinar cuáles le dejaron una huella que quedaría marcada en su obra. Y para conocer los textos que fueron dándole forma a Drácula desde décadas antes que Stoker lo creara, vamos a descubrir a la verdadera figura histórica detrás del famoso conde. No fue un tirano sanguinario, no fue un chupasangre ni un sicótico hambriento de juventud eterna. Fue un poeta de los grandes, uno de los más reconocidos e influyentes del romanticismo, y un personaje tan particular que dio origen sin quererlo, al vampiro por antonomasia.

LORD BYRON Y EL ROMANTICISMO

De Lord Byron se dice que era sumamente descortés, asocial, y que sólo reía cuando humillaba a otros. Byron trasgredió sus propias normas y llevó su vida al paroxismo al punto de convertirla en leyenda: "El gran objetivo de la vida es la sensación", decía, "sentir que existimos, incluso a través del dolor". Para Byron vivir sin pasiones era simplemente vegetar. “El Infiel”, poema publicado en 1813, es un ejemplo de aquellas relaciones amorosas cuya búsqueda lleva a una perversa hipérbole de destruir y ser destruido: "Y en el terrible trance de la muerte, tus víctimas habrán de conocerte".

Como si se tratara de un actor, Byron asume el papel del amante fatal para consumir su amor maldito. Goethe decía que Lord Byron estaba poseído por esa "atracción demoníaca que ejerce una gran influencia sobre los demás al margen de la razón". Flaubert se refería así de Byron: "No creía en nada sino en todos los vicios, y en un Dios vivo que existe solamente para hacer posible el placer del mal". Por supuesto, no fue un hombre religioso, pero mostró un interés profundo en los ideales del Islam, especialmente en cuanto a la emancipación del ser humano, tanto de la adoración a los ídolos como de la esclavitud. Alguna vez escribió: "Si hubiera estado destinado a creer, me habría convertido al Islam. La imagen más espléndida es la del musulmán que se olvida de sus problemas y necesidades más urgentes de la vida cuando el almuecín hace el llamado a la oración, cuando se postra humildemente ante su Creador como si se olvidara por completo del mundo a su alrededor."

Enemigo de los protocolos, este poeta nacido el 22 de enero de 1788 y bautizado George Gordon Byron, sexto barón Byron, ocupó un escaño en la Cámara de los Lores en 1809 y luego emprendió un viaje de dos años por España, Portugal y Grecia, al cabo del cual imprimió sus aventuras en su poema “Childe Harold”, cuyos dos primeros cantos de cuatro publicó en 1812. Esta publicación y sus obras posteriores le valieron la fama y el reconocimiento como uno de los más versátiles e importantes poetas del romanticismo. En 1816, luego de divorciarse y tras un escándalo por los rumores de que sostenía una relación incestuosa con su hermanastra Augusta, abandonó Inglaterra para no volver jamás. Lord Byron, fiel a los principios de libertad del romanticismo, que estaba en contra del convencionalismo y la tiranía, sentía simpatía por la causa de los patriotas hispanoamericanos, al punto que bautizó Bolívar a su barco. En 1823, a un año de su muerte, se trasladó a Missolonghi para unirse a la causa independentista griega. Su obra tuvo gran influencia en poetas de todo el mundo. En Colombia, Rafael Pombo se convirtió en emblema del Romanticismo hispanoamericano con una obra de profundo tratamiento de la desesperación y la soledad, aunque en el país se le conoce principalmente por sus escritos para niños. Más adelante, José Asunción Silva marcó el tránsito entre Romanticismo y modernismo con una obra poética verdaderamente ambiciosa para su tiempo.

Se dice que su forma de ser, el escándalo por lo de su hermanastra y las dudas sobre su estado síquico, condenaron a Byron al ostracismo social. Sin embargo, Polidori afirma que era lo contrario: la sociedad lo buscaba, no le faltaban invitaciones a fiestas, pero él se negaba a asistir y se mostraba descortés con las visitas. Al parecer, Byron se aburría con facilidad y le molestaba el bullicio de las fiestas de la sociedad. Disfrutaba, en cambio, de la compañía de personas que compartían su apasionamiento por las letras, de las cuales sin embargo, solía burlarse pues se sentía superior (y tenía el apoyo para ello de su renta, su título nobiliario y su talento literario).

En 1813, Lord Byron publicó el poema épico “El Giaour, Fragmento de un Cuento Turco”. En este poema, compara a su corsario con un vampiro, según una antigua tradición griega que dice que el castigo del vampiro (que es una persona maldita) está en que sólo puede alimentarse de sus seres queridos, a quienes no puede dejar de atormentar. También le da al vampiro el estatus de la criatura odiada por excelencia: incluso los demonios y los espíritus se alejan de él, que es más abominable que ellos.

La figura vampírica de este poema no surgió tampoco de una repentina genialidad de Byron. La tradición filosófica iniciada en el siglo XVII por Descartes y conocida como Racionalismo, paradójicamente llevó a que en el siglo XVIII los cuentos sobre seres y hechos sobrenaturales se convirtieran en un subgénero claramente diferenciado. En efecto, el auge de la filosofía racionalista y escéptica que abolía la creencia en seres sobrenaturales, propició que éstos recibieran trato literario, con lo que surgió la novela gótica. Luego, el impacto del romanticismo, que dominó la literatura europea entre los siglos XVIII y XIX, acentuaría el rechazo de los escritores de novela gótica hacia el Racionalismo y el Neoclasicismo, y enriquecería las historias de horror con la mentalidad y la postura propias de los románticos: culto al individuo, defensa de la libertad de creación y de expresión, insurrección contra la autoridad política, exaltación de los sentimientos, tendencia al frenesí y la melancolía, el hastío del mundo y la autodestrucción, todo ello enmarcado en una crítica al cientificismo, un rechazo a la aristocracia anquilosada y decadente, y una burla constante a la alta sociedad y la naciente industrialización. El pensamiento romántico no sólo puso a la imaginación sobre la razón y a la emoción sobre la lógica, sino que en un rechazo por las formas y temas literarios clásicos, antepuso el contenido a la forma y permitió la fusión de géneros y una mayor libertad estilística. El auge del romanticismo, que coincide con el triunfo del liberalismo-burgués en Europa a partir de la Revolución Francesa, abarcó todos los aspectos culturales de la época (moda, literatura, política, arte), imponiendo el espíritu individualista que ha socavado los pilares de la sociedad occidental. Los románticos acogen el idealismo alemán, lo que los lleva a buscar con ansia desmedida la perfección. Expresan en sus obras su insatisfacción con el mundo, su ansia de infinito, su búsqueda del absoluto, su amor apasionado, su deseo vehemente de libertad, sus estados de ánimo. Tienen una enorme necesidad de acción, un gran vitalismo, pero a la vez unos anhelos insatisfechos que derivan en su frustración e infelicidad. El romántico se encuentra con que la realidad no responde a sus ilusiones, lo que lo lleva a un violento enfrentamiento con el mundo y a rebelarse contra todas las normas morales, sociales, políticas o religiosas. Su aspiración a un mundo superior cristaliza en unos ideales concretos, que el romántico se impone como norte de su vida: la Humanidad, la Patria, la Mujer. Hacia estos objetivos concretos el hombre romántico dirige sus ardorosos afanes: el sentimiento filantrópico, el ideal patriótico y el amor, al que a menudo se le une un vago misticismo.

A diferencia de los románticos del siglo XIX, claramente subversivos en lucha frontal contra el Renacentismo, el Neoclasicismo y el Racionalismo, los góticos surgidos del movimiento post-punk de finales de los años 1970 (representados originalmente por bandas musicales como Bauhaus, Siouxsie & the Banshees y The Cure) no consiguieron la concreción de unos ideales que los identificaran con la misma claridad social y política que manifestaron los románticos en sus obras. La angustia metafísica del hombre romántico lo llevaba no a la inacción ni a la constante alusión al suicidio, típicos de la onda gótica de la década de 1990, sino a una búsqueda permanente de respuestas a través del arte. También, a diferencia de los góticos que asumieron una serie de imágenes, iconos y símbolos sin preguntarse su origen sino con la intención de reinterpretarlos a su propio gusto, los románticos buscaban las raíces de cada pueblo en su historia, en su literatura, en su cultura, surgiendo así el concepto de pueblo como entidad espiritual supraindividual a la que pertenecen individuos concretos que comparten una serie de características comunes: lengua, costumbres, folclore. A esto se debió la revitalización de los antiguos poemas épicos y de las leyendas y tradiciones tanto locales como orientales. Con el romanticismo surgió un auge por el estudio de la literatura popular (romances o baladas anónimas, cuentos tradicionales, coplas, refranes) y de las literaturas en lenguas regionales durante este periodo: la gaélica, la escocesa, la provenzal, la bretona, la catalana, la gallega, la vasca... Este auge de lo nacional y del nacionalismo fue una reacción a la cultura francesa del siglo XVIII, de espíritu clásico y universalista, dispersada por toda Europa mediante Napoleón. Estas ideas románticas, frontalmente opuestas a la Ilustración, permitieron que se recuperaran las leyendas, mitos y tradiciones, enterrados por la Ilustración como meras supersticiones, y esto hizo que surgiera la literatura vampírica en occidente. Este mismo ideario fue el que permitió que el gran poeta Alejandro Pushkin impusiera el hasta entonces poco cultivado idioma ruso, como lengua literaria, lo que inició toda una revolución en Rusia. En el plano político, las ideas románticas y el surgimiento del Volksgeist o “espíritu del pueblo”, que fundamentó el romanticismo alemán, permitieron la declaración de los derechos del pueblo, como contraposición al universalismo napoleónico francés de la declaración universal de derechos humanos (el Volksgeist de Fichte y Herder enfrentado al Contrato Social de Rousseau y a las ideas de Montesquieu).

Por su parte, el movimiento gótico se alimentó y tomó su nombre del cine de horror y el rock gótico, que a su vez utilizaron los elementos implementados por los escritores góticos del siglo XVIII, pero no desarrollaron una propuesta nueva con dichos elementos. Al definirse como un movimiento de naturaleza “apolítica”, en sí mismo se negó la posibilidad de constituirse como colectivo, no llamó jamás al activismo, y nunca pasó de ser una reunión de entes individuales separados, cada uno con su propia idea de lo que es ser gótico. Esta fue una tergiversación del espíritu individualista del romanticismo (quizás derivada de la exacerbación del culto al yo del movimiento surrealista de principios del siglo XX): Si bien los románticos definían al artista como alguien que nace, no que se hace, y por tanto la esencia del arte la ponían en la originalidad innata del artista, y aunque el romanticismo se asocia con el egocentrismo desmedido de personajes como Lord Byron, no debemos olvidar que el mismo Byron decidió luchar del lado de los independentistas griegos, lo que está en armonía con los principios de libertad y de nacionalismo del romanticismo. Frente a la concepción individualista y ahistórica propia del Racionalismo y de la Ilustración, el Romanticismo establece una estrecha relación del individuo con la sociedad y afirma que ésta no es producto de la creación voluntaria de los hombres, sino que es anterior e independiente de cada individuo concreto, con sus propias leyes y sus propios fines, que tampoco tienen por qué coincidir con la suma de los intereses de cada individuo. Para el Romanticismo la sociedad, a la que califica de pueblo o nación, tiene una vida propia y una misión histórica que cumplir. Esa forma de pensar es la que dio origen a los movimientos nacionalistas del siglo XIX, mediante los que se intentan conservar las peculiaridades de cada uno y reclamar el derecho de cada nación a disponer libremente de su destino. En “Los Miserables” de Víctor Hugo, se plasma de forma clara la postura política y social del romanticismo. La “Oda a la Alegría” de Schiller y su musicalización por parte de Beethoven en su Novena Sinfonía, son también ejemplos perfectos del espíritu romántico. En la literatura española, José Zorrilla escribió la novela romántica más conocida de nuestra lengua, Don Juan Tenorio. Por su parte, Edgar Allan Poe es el único exponente del romanticismo en los Estados Unidos.

A diferencia de la mayoría de los góticos, los románticos despreciaban el materialismo burgués y preconizaban el amor libre (más de un siglo antes que los hippies) y el liberalismo en política. También a diferencia de los góticos, que son absolutamente urbanos, los románticos rechazaban el urbanismo en defensa de su amor hacia la naturaleza como símbolo de todo lo verdadero y genuino. La esencia del movimiento gótico está en la búsqueda de una estética particular que sea expresión de su idea de belleza. Por el contrario, para los románticos el objetivo principal del arte no es la belleza, sino la expresión de sentimientos que pueden abrir horizontes mucho más amplios: La ansiedad que surge del deseo de que aparezca lo nuevo, lo insólito, lo oculto, lo reprimido, lo sublime, lo que está más allá del límite, provoca mucho más placer estético que la belleza.

Básicamente, el movimiento gótico fue un coletazo tardío, inconsciente y sin una mínima formación política, del interés que se despertó en la Inglaterra victoriana por la arquitectura medieval, que había sido llamada gótica de forma despectiva, por ser considerada bárbara y fuera de moda. Dicho coletazo fue rápidamente absorbido por el mercado y el movimiento gótico se convirtió así en un target de las industrias de la moda y del entretenimiento, y en mercancía en sí mismo. Una vez el movimiento literario contracultural conocido como cyberpunk fue también absorbido por la sociedad de consumo y convertido a su vez en mercancía, la fusión que dio lugar al cybergoth fue apenas un resultado natural dentro de la mecánica del mercado. Mientras el Romanticismo derivó en el decadentismo de Verlaine, Rimbaud, Rilke, y tuvo influencia en el modernismo de Rubén Darío, Porfirio Barba Jacob, Manuel Machado, del movimiento gótico derivaron los emos, que nacieron como un género musical derivado del hardcore punk con un sonido más lento y melódico, llamado emotional hardcore, y luego degeneraron en la imagen comercial hoy día reconocida, y cuyo único sustento es una estética que parece surgida de vestir a Adolf Hitler como un gótico de los 80, la actitud de eterna amargura y tristeza, y una afición por hacerse patear de los punketos hasta bordear la muerte como parte de su autovictimización. Lo principal es parecer emocionalmente inestable, permanentemente a punto de entrar en crisis profunda, como una horda de pacientes siquiátricos que han abandonado su tratamiento, y que tienen una ausencia tan absoluta de identidad, que ni siquiera pueden identificarse con un género, por lo que no puede distinguirse a hombres y mujeres en sus actitudes, ni en sus roles, ni en sus vestimentas, ni en sus mecánicas pseudo suicidas. Esto último no nace de una reivindicación de lo humano sobre las diferencias de género, ni de una defensa de los derechos de la comunidad LGBT, sino de la inercia del travestismo del Glam rock que fue adoptado por muchos músicos de Heavy Metal y del movimiento post-punk, principalmente gracias al éxito de David Bowie (autodeclarado bisexual desde la década de 1970) y su posterior trabajo con Iggy Pop (autodestructivo por excelencia hasta que decidió estudiar filosofía budista) a comienzos de los años 1980.

Arnold Hauser, en su “Historia Social de la Literatura y el Arte”, afirma que “la idea de que nosotros y nuestra cultura estamos en un eterno fluir y en una lucha interminable, de que nuestra vida espiritual es un proceso y tiene un carácter vital transitorio, es un descubrimiento del Romanticismo y representa su contribución más importante a la filosofía del presente". En las atmósferas oscuras y melancólicas de los románticos, en su rechazo a los héroes universales que fueron sustituidos por figuras más complejas que celebraban al hombre corriente, y en su rescate de la poesía popular y los romances medievales, la figura del vampiro halló el nicho idóneo para su renacimiento. Sin embargo, no debe perderse de vista que los relatos de vampiros del siglo XIX no son simples historias para asustar a los lectores, ni tratados sobre vampirología, sino obras de arte en las que la política y los temas sociales estaban siempre presentes, como en toda la producción literaria romántica. Así como puede encontrarse un símbolo de la lucha contra la tiranía y el gobierno extranjero en “Guillermo Tell” de von Schiller (1804) y una crítica a la sociedad urbana en “La Casa del Pastor” de Alfred de Vigny (1844), también encontramos múltiples críticas sociales, símbolos de lucha contra la opresión y odas al sentimiento como fuerza humana superior a la razón, en los textos de vampiros de los siglos XVIII y XIX. El amor por la naturaleza y el gusto por lo exótico, en particular por el pasado gótico europeo, también son pieza fundamental en la construcción de estos escritos.

En contraposición, la figura del vampiro para los seguidores de la onda gótica, es válida en sí misma, al punto que lo que se busca no es cuestionar a la sociedad ni caricaturizarla a través del vampiro, sino convertirse en uno. Surge entonces el uso masificado de prótesis e implantes de colmillos, de lentes de contacto de colores claros, de capas y atuendos copiados de las películas de Bela Lugosi, y por supuesto, la costumbre de beber sangre, como parte ya sea de protocolos sociales o de rituales sexuales. No existe un trasfondo social ni político, ni siquiera un manifiesto o ideario que pueda servir de unificador del movimiento. El propio rock gótico no encuentra su lugar como género y debe moverse hacia el pop para encontrar un mercado más amplio. De igual forma, el Gothic Metal (casi nunca reconocido como subgénero diferenciado) es más un amasijo de diferentes subgéneros, que recibe odio y rechazo por igual del Black Metal y del Death Metal, y sólo encuentra sustento en los consumidores de productos comerciales de disqueras, un nicho de mercado entre el pop y un rock suavizado para oídos ignaros, particularmente para preadolescentes, que serán luego los adolescentes que conformarán el nicho de mercado natural para la moda emo. Resulta particularmente irónico que la presencia de vampiros aristócratas en la literatura romántica, como Lord Ruthven y el conde Hyppolit, se debió a que con ellos se caricaturizaba de forma grotesca a la aristocracia, se le criticaba y se le ofendía, pero esto se tradujo en el afán de los góticos de asemejarse en los modales y el vestir, y a veces en todos los detalles cotidianos y hasta en la opulencia y el derroche, a la imagen distorsionada que de la nobleza victoriana les entregó el cine entre las décadas de 1950 y 1970.

La visión del arte de los románticos se sustentaba en los siguientes puntos esenciales:
  • El arte es la expresión del genio que el creador lleva dentro, por lo que el artista nace, no se hace. Lo que da valía a una obra artística es lo intuitivo, lo original, lo característico del genio creador. El creador romántico es vitalista, eufórico y apasionado frente a la posibilidad de desarrollo de su capacidad creativa. Su individualismo le lleva a considerar las viejas normas del Clasicismo como trabas sin sentido que convierten al arte en un mero mecanismo, así que proclama la libertad literaria para lograr la creación de una obra absolutamente personal, dejándose llevar por su instinto, su intuición.
  • Surgen en la poesía nuevos tipos de versificación, nuevos ritmos y estrofas, y una variada polimetría resultado del deseo de dar a cada situación su expresión musical adecuada.
  • Desaparece la unidad de estilo en el teatro, se olvidan las famosas tres unidades de lugar, tiempo y acción, la acción puede recorrer apartados lugares, variadas épocas y desdoblarse en acciones paralelas. Se mezclan los géneros y se da un enorme dinamismo.
  • Se destaca lo específico, la nota pintoresca y única, con un enfoque hacia la expresión de lo particular, del matiz individual.
  • Desaparece la noción del arte moralizador. El arte sirve para expresar el yo y excitar la sensibilidad del lector con variadas emociones, no para adoctrinar ni enseñar.
  • Se rechaza a los clásicos como modelos insustituibles, y se recupera la tradición oral, los mitos y leyendas, el arte popular y la literatura apartada de lo clásico.
Lo irónico es que el Romanticismo, que se presentaba como contrario al cientificismo y al industrialismo, era precisamente el fruto de los mecanismos liberales del desarrollo burgués que habían dado inicio al capitalismo industrial. La lucha por la libertad de las naciones, no era más que la manifestación de los ideales liberal-burgueses de la Ilustración que triunfaron en la Revolución Francesa. Y su nacionalismo, su defensa de la noción de patria, sería el concepto más destructivo, generador de las peores guerras de la historia, durante el siglo XX. Al final, el Romanticismo fue parte de la construcción y defensa del mundo esencialmente urbano, global (universalizado) y cientificista que tanto denostaban los románticos.

Iniciándose el siglo XIX, prácticamente todos los escritores del romanticismo y de la literatura gótica conocían o habían escuchado sobre la obra de Dom Agustín Calmet, reputado biblista, historiador y abad del monasterio benedictino de Senones, Francia, quien publicó en 1746 un tratado muy completo acerca de revinientes, apariciones, espectros y otros bichos que consideraba estupideces de la superstición y la ignorancia. El objetivo de Calmet era aniquilar de una buena vez tanta superchería, borrándola con la luz de la sapiencia. Particularmente, quería dar fin definitivo a la obsesión por lo vampiresco que habían despertado las historias de Peter Plogojowitz y Arnold Paole, dos supuestos vampiros exhumados en Serbia bajo la monarquía de los Habsburgo. Por desventura para él y fortuna para los artistas (y principalmente, para los que se llenan de billetes a costa de estas figuras fantasmales), el efecto fue exactamente el opuesto: después de siglos de cacerías de brujas, la ilustración y el enciclopedismo amenazaban con enterrar en el olvido estas tradiciones folclóricas de los países eslavos y de otras latitudes. El tratado de Calmet los revivió y les dio sangre nueva, y los románticos se alimentaron de allí. En su tratado, Calmet define así a los vampiros:

Los revinientes de Hungría, o vampiros, que son el principal objeto de esta disertación, son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte. Se les da el nombre de vampiros o de upiros, que significa en eslavo, según dicen, sanguijuela. Uno se libra de sus infestaciones más que desenterrándolos, cortándoles la cabeza, empalándolos, o quemándolos, o traspasándoles el corazón.

Igual fracaso que Calmet tuvo Próspero Lambertini (que se convirtió luego en el papa Benedicto XIV), que publicó en 1749 el libro “Los Vampiros a la Luz de la Medicina”, y luchó toda su vida contra estas creencias. En 1755, el médico holandés Gérard van Swieten, profesor de la Universidad de Viena y protomédico real de la emperatriz María Teresa de Austria, a pedido de la misma emperatriz preparó el “Informe Médico sobre los Vampiros”, que es todo un ejemplo del modo de razonar durante el Siglo de las Luces contra la superstición. Gracias a la extraordinaria lucidez y apego al método científico de este trabajo, en el que participaron otros científicos de Viena, y que se dio a conocer a través de la traducción al italiano que publicó Giuseppe Valeriano Vanetti en 1781, los escritores góticos y románticos tuvieron información detallada sobre casos reales de personas acusadas de vampirismo. Estos trabajos se convirtieron en continua fuente de inspiración para los autores de historias de horror, así como para los historiadores que siguen analizando sus páginas aún en nuestros días. En 1761, el naturalista Buffon dio el nombre de vampiro al Desmodus rotundus, murciélago hematófago de las selvas de Centro y Suramérica.

Más adelante, en 1805, el autor polaco Ian Potocki publicó “Manuscrito Hallado en Zaragoza”, un libro de viajes de un oficial del ejército napoleónico a través de la España ocupada, cuyos relatos también sirvieron de base para varias historias de vampiros posteriores. En particular, el cuento “El endemoniado Pacheco” inició la tradición erótica del vampiro. En este texto, dos peligrosos bandoleros de Sierra Morena que han sido ajusticiados en la horca, se transfiguran en dos bellas mujeres andaluzas y dan pie a un fantástico trío sexual con su víctima.

El mismo año de 1810 en que un grupo de burgueses criollos organizados por Francisco José de Caldas y Camilo Torres, utilizaron el florero de Llorente como excusa para encender el polvorín de la rebelión independentista de la Nueva Granada en la plaza central de Santafé de Bogotá, se publicó el poema “El Vampiro” de John Stagg, que es el antecedente más inmediato de “El Giaour” de Byron. Stagg cuenta la historia de Herman, que se muestra cada día más pálido y triste. Su esposa Gertrudis lo interroga sobre sus quebrantos, y él le cuenta que su joven amigo Segismundo, muerto recientemente, lo visita cada noche y se alimenta de su sangre. La muerte es inevitable, y el esposo angustiado le revela a Gertrudis que una vez haya bajado a la tumba, la buscará para alimentarse de ella. Por ello le suplica que en cuanto muera, le atraviese el cuerpo con una jabalina, para así prevenir su retorno. En efecto, una vez muerto Herman, su esposa advierte a los habitantes del pueblo, desentierran a Segismundo encontrando su cuerpo sin seña de corrupción, y ponen los cuerpos de los dos amigos juntos para atravesarlos con una larga estaca.

DE LORD BYRON A DRACULA

En El Giaour, Lord Byron recurre a la misma tradición utilizada por Stagg en su poema, según la cual el vampiro está condenado a alimentarse de sus seres queridos. El protagonista de El Giaour deberá chupar la sangre de su esposa, su hermana, su hija, sin poder evitarlo aunque tal banquete le resulte abominable. Todas lo maldecirán, excepto la más joven, la más querida, que le llamará padre y le bendecirá, pero aún así él terminará con su vida.

Tres años después de escribir “El Giaour”, Lord Byron, ya reconocido como gran poeta, decidió salir de Inglaterra. En 1816, el editor de Byron contrató a John William Polidori para que acompañara al poeta en calidad de médico y secretario privado durante el largo viaje por el continente europeo (que terminaría siendo su exilio), con el fin de que escribiera un diario de dicho viaje. Polidori, londinense nacido en 1795 de padres literatos italianos, rápidamente fue víctima de la burla y los comentarios mordaces de Byron, que lo llamaba aniñado y pueril. Ese mismo verano, se encontraron con Percy Bysshe Shelley, importante poeta inglés del romanticismo, su esposa Mary Godwin, y Claire Gairmont, quienes decidieron acompañarlos en su viaje. Se hospedaron en Villa Diodati, en Ginebra, Suiza, donde durante varios meses también había vivido el poeta John Milton. La villa se hallaba a orillas de un lago, en las que también podían encontrarse las residencias de recreo de Voltaire, Rosseau y otros grandes intelectuales. Una noche de tormenta, Byron y sus acompañantes se reunieron a leer una obra alemana titulada Fantasmagoriana. Según cuenta Polidori en una carta enviada a su editor desde la misma villa, Lord Byron recitó de memoria “Christabel”, poema inconcluso de Samuel Taylor Coleridge que sería publicado ese mismo año, y que habla de una vampira síquica, Geraldine. Su víctima, Christabel, la encuentra tendida cerca a su castillo, argumentando que acababa de ser ultrajada por unos soldados. Christabel se apiada de ella y la lleva a sus aposentos, iniciándose así una relación estrecha entre las dos. En ese momento, Percy Shelley abandonó la sala y fue encontrado sudando frío debido a la imagen que le produjo este poema, recordando lo que se decía de una vecina suya, que supuestamente tenía ojos en los pechos. Probablemente, la historia de Christabel y la leyenda sobre su vecina, produjeron intensas alucinaciones en el poeta por cuenta del opio que consumieron todos aquella noche.

Uno de los principales antecedentes de Christabel y de las figuras vampíricas femeninas en general, es el personaje histórico Erzsébet Bathory, condesa húngara del siglo XVI, que reclutaba jóvenes sirvientas para su servicio, a las que desangraba con diferentes métodos para darse baños de sangre, a fin de mantener su juventud y detener los estragos del tiempo sobre su figura. La historia de esta Condesa Sangrienta ya era bastante conocida a comienzos del siglo XIX gracias a los trabajos de Michael Wagner de Austria, el primero en narrar los crímenes de la Condesa en un libro publicado en 1796, y del sacerdote jesuita Laszlo Turoczy, que localizó algunas copias de los documentos originales del juicio en el que se condenó a la Condesa a vivir emparedada, además de historias locales que respecto al tema se habían transmitido entre los habitantes del lugar. Gracias a esta información, hoy se sabe que la "Condesa Sangrienta" desangró a unas 300 doncellas de los pueblos de los alrededores de su castillo de Csejthe. La película italiana "I Vampiri" de Riccardo Freda (1956) y la americana "La condesa Drácula" de Peter Sasdy (1970) han puesto en la pantalla la historia de Bathory, cuyo nombre cobró especial popularidad entre los grupos musicales de black metal y los adolescentes que adhirieron a la “onda gótica” en la década de 1990.

A continuación, incluyo un fragmento de Christabel.

Y como ordenó la dama, hizo.
Sus extremidades suaves desvistió,
y se recostó en su belleza.
Bajo la lámpara, la dama se inclinó
y lentamente sus ojos miran alrededor;
Entonces aspira sonoramente
como alguien que se estremece, desata
el cinturón bajo su pecho:
su vestido de seda y la ropa interior
cayeron a sus pies y, pleno a la vista,
mirad, su pecho y su costado:
¡Una visión para soñar, no para describir!
¡Oh, protéjanla! ¡Protéjete dulce Christabel!
Geraldine todavía ni habla ni se mueve.
¡Ah! qué impresionante mirada la suya:
desde su profundidad, a medias mira
para quitarle algo de peso con enfermo intento;
y contempla a la doncella y busca tiempo.
Intempestiva entonces, como desafiada,
se repone altiva y orgullosa
y se recuesta al lado de la Doncella.
Y en sus brazos tomó a la joven.
¡Ah, vaya día!
Y en voz baja y con preocupación en su mirada
dijo estas palabras:
—Al tocar este pecho trabaja un conjuro
que señorea en tus palabras, Christabel.
Conociste hoy y has de conocer mañana
esta marca de mi vergüenza, este sello de mi tristeza;
mas vanamente más garantizas,
porque sólo podrás declarar
que en el bosque en penumbra
escuchaste una delicada queja,
y encontraste una luminosa dama, de inusual belleza;
y la llevaste contigo a casa, con amor y caridad,
para protegerla y resguardarla del húmedo aire.

El incidente con Percy Shelley no impidió que Lord Byron insistiera con las historias de espanto, al punto de proponer que cada uno de los presentes escribiera una historia basada en la intervención de un poder sobrenatural. De seguro, el enorme ego de Byron le hizo confiar en que su genialidad sería suficiente para ganar el reto con creces, así que no puso mayor esmero en su relato. Se llevaría luego una desagradable sorpresa.

Esa noche, la joven Mary Shelley inició la escritura de su famosa novela “Frankenstein o el Prometeo Moderno”, una crítica profunda no sólo al cientificismo y la investigación médica llevada a cabo sin ética, sino a la deshumanización provocada por la revolución industrial y el urbanismo. El monstruo construido a partir de partes de cadáveres, es en realidad una víctima, rechazada por la sociedad con violencia por su fealdad, por su diferencia, y el doctor Frankenstein es el verdadero monstruo, que ha alterado el curso de la naturaleza y de su propia existencia al jugar a ser Dios. Por su parte, Lord Byron escribió de un tirón un fragmento de historia que nunca se molestó en corregir y mucho menos en terminar, titulado El Entierro, una historia donde se esboza un vampiro de nombre Darvell, cuya naturaleza y emociones son un misterio para todo aquel que trate de acercársele, y con quien de alguna forma logra trabar amistar el narrador de la historia. Darvell muere en un viaje que emprenden los dos a Grecia, pero antes hace jurar a su amigo que ocultará su muerte a todo ser humano.

En este texto, se esboza apenas la figura y personalidad de un personaje cuya amistad parece inalcanzable, alguien de maneras finas y buena educación a quien según parece no le causa la más mínima impresión todo lo que le rodea. Sin embargo, Byron nunca mostró interés en este texto y no desarrolló a su personaje. En cambio, Polidori, a quien él llamaba el aniñado, se consagró esa misma noche al iniciar la escritura de “El Vampiro”, cuento que lo haría pasar a la posteridad. “El Vampiro” de Polidori se constituye en el primer relato moderno de vampiros, y es además, la primera narración en cien años (desde el Gul, cuento de las Mil y Una Noches) que tiene por protagonista el vampiro. En el mencionado cuento de las Mil y Una Noches (noche 538 o 945 según la edición), publicado por primera vez para occidente en 1704 gracias a la traducción al francés de Antoine Galland, Dalal hija de un Sultán, se casa con un hermoso joven que, después de 40 días de himeneo, la lleva a su palacio. Allí, Dalal descubre que su esposo es un Gul, que es descrito de la siguiente forma:

Él salía a dar la batida por aquellos campos, a hacer abortar a las mujeres encinta, meter miedo y dar susto a las viejas y los chicos, aullar con el viento, ladrar a las puertas de las casas, chillar a media noche, merodear por las ruinas, hacer maleficios, alcocarras y visajes en las tinieblas, visitar los sepulcros, husmar (sic) a los difuntos y cometer, en fin, toda suerte de desafueros y toda clase de desmanes, violencias y atropellos. Y después de eso recobraba su apariencia humana de joven hermoso y tornaba a su casa.

Y un día de entre los días le llevó a su esposa la cabeza de un hijo de Adán y le dijo:

—Mira, Dalal: toma esta cabeza y cuécela al horno y pártela en pedazos, para que entre los dos nos la comamos.

Más de cien años después, Polidori crea el personaje que prevalecería como el vampiro por antonomasia, y se consagra como el autor con mayor influencia en toda la literatura vampírica moderna, aún hasta nuestros días. Su vampiro se llama Lord Ruthven, aristócrata inglés que por su singularidad se hace popular entre la sociedad londinense, y que se mantendría vivo a través de múltiples reencarnaciones literarias.

Si bien pueden vislumbrarse semejanzas entre August Darvell, el personaje esbozado por Byron, y Lord Ruthven, el personaje de Polidori, esto se debe, en mi opinión, a lo siguiente: Lord Byron intentaba crear un vampiro basado en sí mismo (lo que no es de extrañar si se considera que Childe Harold, el héroe de su poema épico del mismo nombre y cuyo estereotipo repetiría en muchas de sus obras, convirtiéndolo en lo que se ha llamado el “héroe byroniano”, fue inspirado en la vida y personalidad del autor, lo que deja muy en claro su enorme egomanía), mientras Polidori hacía de Lord Ruthven una caricatura del poeta, con lo que se vengaba de las humillaciones a las que él le sometía. Originalmente, el relato de Polidori fue publicado con el título “El Vampiro, Un Cuento del Muy Honorable Lord Byron”, y por un buen tiempo se le atribuyó a Byron la autoría del mismo, lo que favoreció que fuera ampliamente difundido y traducido a otras lenguas. En un comienzo, Byron insinuó que el texto en efecto estaba basado en un argumento suyo, pero por fin (celoso quizás) dijo que el tema de los vampiros no le interesaba, que no quería saber nada de ellos, y que no tenía nada que ver con el texto de Polidori. Como prueba, publicó su relato inconcluso “El Entierro”, lo que permitió que llegara hasta nuestras manos.

En la primera edición de “El Vampiro”, se agrega a modo de prefacio un fragmento de una carta dirigida por Polidori a su editor, donde se narra la historia de la noche de tormenta en que se impusieron como reto escribir la mejor historia sobrenatural. Resulta interesante ver que los datos que Polidori brinda a su editor acerca de Lord Byron, tienen mucha coincidencia con la descripción que más adelante hace de Lord Ruthven, y que incluyo a continuación:

Sucedió que en medio de las locas diversiones propias de un infierno londinense apareció, en varias fiestas de los señores del “buen tono”, un caballero que resultaba más notable por sus singularidades que por su rango. Contemplaba el regocijo en torno suyo como si no le fuera posible participar en él. Aparentemente, las suaves risas de las hermosas sólo atraían su atención para poder apagarlas con una mirada y traspasar de miedo esos pechos en que reinaba la coquetería. […] Sus singularidades hicieron que se le invitara a todas las casas; todo el mundo deseaba verlo y quienes habían estado habituados a la excitación violenta y ahora sentían el peso del ennui se complacían en estar en presencia de algo capaz de atraer su atención. A pesar del color cadavérico de su rostro, que nunca adquiría un matiz más vivo fuera por el rubor de la timidez o por la emoción violenta de la pasión, por más que su forma y su contorno eran hermosos, muchas de las cazadoras de hombres trataron de lograr su atención y obtener al menos algunas muestras de lo que podría llamarse afecto. […] Mas si bien la adúltera común no podía influir siquiera sobre la dirección de sus ojos, no se trataba de que él fuera indiferente al sexo femenino; pero con tan evidente cautela se dirigía a la esposa virtuosa y a la hija inocente que pocos llegaron a enterarse de que alguna vez hubiera hablado con mujeres. Poseía, empero, fama de lengua lisonjera; y ya fuera porque vencía el temor que inspiraba su singular personalidad o bien porque sedujera su aparente odio al vicio, el hecho es que se lo encontraba tan a menudo entre las hembras que constituyen el orgullo de su sexo en razón de sus virtudes domésticas como entre aquellas que lo maculan con sus vicios.

De forma tal que Lord Byron no sólo coadyuvó en la escritura de este relato al establecer el reto aquella noche, y al discutir con los presentes en aquella velada su idea de lo que debía ser un vampiro, sino que sirvió como inspiración para la creación de la figura del vampiro que hoy todos conocemos. Por supuesto, Polidori también tuvo como precedente inspirador el poema El Giaour, escrito por Lord Byron. En El Vampiro, Polidori relata la historia de Aubrey, joven que traba amistad con Lord Ruthven y viaja con él a Roma, donde descubre que su amigo está tratando de aprovecharse de una niña. Luego de denunciarlo, se separa de él y viaja a Grecia donde se enamora de Ianthe, una joven campesina que le habla sobre los vampiros. Aubrey decidió un día hacer una pequeña excursión, pero Ianthe y su familia se mostraron temerosos al saber hacia dónde se dirigía, y le rogaron que regresara antes de que oscureciera, pues ere lugar era sitio de reunión de vampiros. Aubrey se distrajo en su viaje e inició el retorno demasiado tarde. Se hace de noche, y se inicia una tormenta que asusta a su caballo. El animal lo lleva hasta una choza donde escucha unos gritos aterradores. Allí luchará contra un hombre de fuerza sobrenatural, y será luego hallado por unos aldeanos que vienen en busca de Ianthe, cuyo cuerpo sin vida reposa al lado de Aubrey. El joven cae enfermo presa de fiebres violentas, y Lord Ruthven, que casualmente llega a Atenas, se convierte en su enfermero particular. Al recuperarse Aubrey, los dos emprenden un viaje por toda Grecia, y en uno de esos caminos son asaltados por ladrones, que hieren de muerte al Lord. Al igual que en el fragmento de relato de Byron, el Lord pide a su amigo que oculte a todos su muerte, y luego fallece. Tiempo después, Aubrey descubrirá que Lord Ruthven está vivo en Londres y, silenciado por su juramento, es testigo del compromiso del Lord con su propia hermana y cae de nuevo enfermo. Si bien trata de advertir a su hermana que no se acerque al Lord, su familia cree que delira por la fiebre. Aubrey logra relatar todo lo que ha vivido antes de morir, pero esto no logra salvar a su hermana. En este relato ya queda configurada la forma del vampiro aristocrático y donjuanesco que tanto conocemos. La escena de la excursión de Aubrey al campo, cuando lo sorprende la noche y termina escuchando los gritos de su amada que era asesinada por el vampiro, es el precedente de la escena de El Huésped de Drácula, de Bram Stoker, en que el protagonista es advertido de regresar al hotel en el que se halla hospedado en Estiria antes del anochecer, pues es la noche de Walpurgis, y al hacer caso omiso a las advertencias, el joven es testigo de hechos sobrenaturales.

El vampiro creado por Polidori con base en la figura de Byron, obedece a la tradición que dice que un vampiro es una persona que ha sido maldita, convirtiéndose en vampiro por sus crímenes, por haber cometido suicidio, o por haber renegado de Dios. Esta es la misma figura vampírica utilizada por Stoker en su novela Drácula y por muchos otros autores en sus textos. Otra tradición afirma que un vampiro es un espíritu que se apropia de un cuerpo y secuestra su alma para hacer de las suyas, y sólo con la muerte del vampiro es liberada el alma de la persona que poseía originalmente dicho cuerpo, que es el caso de la mujer vampiro de “Thalaba, El Destructor”, poema de Robert Southey publicado en 1799. En este poema, Thalaba y su suegro Moath visitan la tumba de su esposa e hija Oneiza, que sale de la tumba y los insulta. Thalaba, como hipnotizado por el espectro, no atina a actuar en su contra, y es Moath quien atraviesa el cadáver con una jabalina. Entonces, muere el vampiro, y el alma de Oneiza, tras un destello azul, logra descansar por fin.

En 1820, Charles Nodier, aficionado entomólogo y bibliófilo nacido en Besançon en 1780, convencido de que el relato El Vampiro había sido escrito por su poeta favorito Lord Byron y no por Polidori, decidió sin autorización alguna, publicar una continuación del mismo de su puño y letra, que tituló “Lord Ruthven o Los Vampiros” bajo el seudónimo de Cyprien Bérard. Fiel al personaje de Polidori, Nodier termina de darle forma al Lord Byron vampiro, y lo describe de esta forma:

“Hombre de estado, profundo político, dotado de los modales más brillantes y de esa flexibilidad de espíritu que define los éxitos en la corte, Lord Seymour, llegado hacía poco tiempo a Ferrara, se había vuelto amigo, confidente del príncipe. (...) La severidad de su mirada y la alteración de sus rasgos parecían el efecto de su aplicación a los asuntos públicos; pero, en las fiestas que se daban en el palacio, mostraba tanta destreza de espíritu, tanta gracia de expresión, que todas las mujeres de la corte codiciaban sus homenajes”.

En esta historia, Nodier revive al mismo Aubrey del relato de Polidori, que acompañado por otros dos personajes, persigue al vampiro Lord Ruthven (que hacia el final se ha cambiado el nombre por el de Lord Seymour), a fin de matarlo y librar a la humanidad de sus crímenes. Esta cacería es un precedente de la cacería que Van Helsing dirige contra el conde Drácula.

Nodier, aficionado al opio, escribió también “El Vampiro Bondadoso”, relato publicado en 1825, en el que el carácter del vampiro es tratado de una forma que sólo tiene relación con la de la narración de “La ciudad vampiro” de Paul Féval. Allí se muestra un vampiro que es consciente de su condición y se somete a cuanto tratamiento médico y tradicional existe con la esperanza de extirpar de él este mal, a fin de no atormentar a nadie con el mismo, lo que lo constituye un precedente de la excelente película animada “Vampiros en la Habana”, y de la canción de Joan Manuel Serrat “Historia de Vampiros”, basada en el poema homónimo de Mario Benedetti. Asimismo, Nodier adaptó, junto a T. F. A. Carmouche y el Marqués de Jouffroy, su obra Lord Ruthven o Los Vampiros al teatro, con el nombre de “El Vampiro”, melodrama en tres actos y un prólogo que se estrenó con música de Alexandre Puccini en el Théâtre de la Porte Saint-Martin en 1820. Esta obra, que mostraba al vampiro creado por Polidori con base en Lord Byron, tuvo una magnitud tal que después de aparecer en Alemania e Italia, creó furor en Londres en una adaptación que hizo de ella James R. Planche con el nombre de “El Vampiro o La Novia de las Islas”, e inspiró el vaudeville “Los Tres Vampiros o El Claro de Luna”, de Gabriel y Armand Brasier, estrenada en 1820, la comedia “El Vampiro” de Eugène Scribe, estrenada en 1821, y el espectáculo de circo “Polichinela Vampiro” de 1822, además de un ballet, dos melodramas y por lo menos siete óperas. En 1820 se publicaron también dos importantes relatos de vampiros: Melmoth el Errabundo, del irlandés Charles Robert Maturin, e Historia de los Vampiros, de Collin de Plancy.

E. T. A. Hoffmann publicó en 1821 el relato “Vampirismo”, también conocido como “Aurelia, la Vampiro”, como parte del cuarto tomo de “Los Hermanos Serapión”, utilizando el seudónimo Cyprian. Hoffmann no sólo estaba profundamente influenciado por Lord Byron, sino que además lo nombra en este relato, diciendo:

“Pienso en Lord Byron, a mi parecer más poderoso y genuino que Thomas Moore. Su Sitio de Corinto es una obra maestra llena de las más vigorosas imágenes, de los pensamientos más geniales. En ella predomina su inclinación por lo sombrío, aún por lo espantoso y lo horrible.”

Hoffmann en esos días también estaba convencido de que El Vampiro de Polidori era una obra de Byron. El personaje principal del relato de Hoffmann es el conde Hyppolit, que es seducido por la joven y hermosa Aurelia, con la que se casa. Al final, el conde descubre el vampirismo de su esposa (que regresó de la muerte para casarse con él) y de su suegra. Aurelia es una vampira que, según los críticos, hereda su naturaleza de la protagonista de “La Novia de Corinto” de Goethe y de la joven morava que aparece en una de las historias de “Lord Ruthven o Los Vampiros” de Charles Nodier, de modo que en este relato se sigue sintiendo la influencia de Lord Byron.

Debido a la belleza del texto, hago una pausa aquí para volver a 1797, año en que Wolfgang Goethe publicó La Novia de Corinto, poema en el que una muchacha enamorada vuelve de la tumba para encontrarse con el hombre al que se había prometido, y al que no pudo entregarse en vida pues su madre la había forzado a convertirse en monja. Transcribo un fragmento de este poema, que influenció varios de los textos que aquí se tratan:

Acércase ella entonces; se arrodilla.

--¡Cuánto verte sufrir me da congoja!
Pero toca mi cuerpo, y con espanto
advertirás lo que calló mi boca.
¡Cual la nieve blanca,
cual la nieve fría,
es la que elegiste por tu esposa amada!

Con juvenil, con amoroso fuego,
estréchala él entonces en sus brazos.
--Yo te daré calor --dice--, aunque vengas
del sepulcro que hiela con su abrazo.
¡Aliento y beso cambiemos
en amorosa expansión!
¡Un volcán es ya tu pecho!

Préndelos el amor en firme lazo.
Lágrimas mezclan a su goce ardiente.
De un amado en la boca fuego sorbe
ella, y los dos a nada más atienden.
Con su fuego el joven
la sangre le incendia;
¡mas ningún corazón palpita en ella!

Por el largo pasillo, a todo esto,
la dueña de la casa se desliza;
detiénese a escuchar junto a la puerta,
y aquel raro rumor la maravilla.
Quejas y suspiros
de placer percibe;
¡los locos extremos del amor compartido!

Inmóvil junto al quicio permanece
la sorprendida vieja, y a su oído
llega el eco de ardientes juramentos
que su senil pudor hieren de fijo.
--¡Quieto, que el gallo cantó!
--¡Pero mañana a la noche!...
--¡Vendré, no tengas temor!

No puede ya la vieja contenerse;
la harto sabida cerradura abre.
--¿Quién es la zorra --grita-- en esta casa
que al extranjero así se atreve a darse?
¡Fuera de aquí, en seguida!
Mas, ¡oh, cielos!, al punto reconoce
al fulgor de la lámpara a su hija.

De encubrir trata el frustrado joven
a su adorada con su propio velo,
o con aquel tapiz que a mano halla;
pero ella misma saca, altiva, el cuerpo.
Y con psíquica fuerza,
con un valor que asombra,
larga y lenta en el lecho se incorpora.

--¡Oh, madre! ¡Madre! --exclama--, ¿de este modo
esta noche tan bella me amargáis?
De este mi tibio nido, mi refugio
sin pizca de piedad ¿a echarme váis?
¿Os parece poco llevarme al sepulcro
al lograr apenas la flor de mis años?

Mas del sepulcro mal cerrado un íntimo
impulso liberóme; que los cantos
y preces de los curas, que acatáis,
para allí retenerme fueron vanos.
Contra la juventud, ¡agua bendita
de nada sirve, madre!
¡No enfría la tierra un cuerpo en que amor arde!

Mi prometido fuera ya este joven
cuando aún de Venus los alegres templos
erguíanse victoriosos. ¡La palabra
rompisteis por un voto absurdo, tétrico!
Mas los dioses no escuchan
cuando frustrar la vida de su hija
una madre cruel y loca jura.

Por vindicar la dicha arrebatada
la tumba abandoné, de hallar ansiosa
a ese novio perdido y la caliente
sangre del corazón sorberle toda.
Luego buscaré otro
corazón juvenil,
y así todos mi sed han de extinguir.

Retrocedamos un poco: Uno de los primeros escritores europeos que aluden al vampiro es el alemán Heinrich August Ossenfelder, que escribió en 1748 un poema corto titulado “El vampiro”. Trata de un hombre que es rechazado por una dama respetable y religiosa de la que está enamorado. Una noche la visita, bebe su sangre luego de darle el “seductor beso” del vampiro, y le demuestra que sus sádicas enseñanzas valen más que el cristianismo de su madre. Gottfried August Bürger, fundador de la “balada artística” alemana, publicó en 1773 su poema “Lenore”, donde una joven desesperada reniega de la Providencia por no tener noticias de su novio al terminar la Guerra de los Siete Años. Esa misma medianoche, llega su novio a su puerta y la lleva en cabalgata veloz para desposarla. Ella, intrigada por el afán del novio, le pregunta por qué van tan rápido. “Veloces viajan los muertos” es la frase que recibe por toda respuesta, a lo que ella replica: “Deja a los muertos en paz”. Al final descubre que se trata de una trampa: su lecho nupcial se convierte en una fosa en cuyo fondo se encuentra el esqueleto de su amado. Esta historia es retomada por Francis Ford Coppola en su película de 1992, donde el cruzado al llegar a su castillo y encontrar que su esposa se ha suicidado, reniega contra Dios y se convierte en vampiro. En ambas historias, la moraleja es la misma, y corresponde a la última frase del poema de Bürger: “No hay que medirse con Dios”.

Tomando como título el estribillo de Lenore, el alemán Ernst Raupach publicó en 1823 un relato que retoma el tema del poema de Goethe, de la amante macabra que retorna del sepulcro, titulado “Deja a los Muertos en Paz”, cuya trama guarda parentesco con “El Vampiro o la Novia Difunta”, drama romántico en tres actos, estrenado en 1822. Este drama, escrito por Heinrich Ludwing Ritter, tomó episodios de “El Vampiro” de Polidori y de la obra de teatro de Nodier, y sirvió de modelo a la ópera “El Vampiro” de Heinrich Marschner estrenada en 1828, el relato “El Vampiro y su Novia” de Spindler, publicada en 1826, y la novela “El Vampiro o la Novia de los Muertos” de Theodor Hildebrand, publicada en 1828, obras todas que de forma indirecta recibieron la influencia del vampiresco Lord Byron. A fines del siglo XIX, Bram Stoker hizo homenaje a la obra de Bürger en su relato El Huésped de Drácula, donde puso la frase “Veloces viajan los muertos” en la lápida de la tumba de la condesa Dolingen de Gratz. Lo interesante es que el propio Bürger hacía homenaje en su poema a Kaspar Stieler, autor del poema “Que los Muertos Descansen en Paz”, de inicios del siglo XVIII, en el que Filidor a su muerte, promete a la niña Florilis que su fantasma regresará para atormentarla a menos que se corrija a tiempo.

Raupach cuenta en “Deja a los Muertos en Paz” que el protagonista Walter no cesa de lamentarse por la pérdida de su esposa Brunhilde. A pesar que se casa posteriormente con Swanhilde, comienza a visitar la tumba de su primera esposa para llorar y suplicarle que vuelva a la vida. Después de repetir esta escena por un buen tiempo, conoce a un hechicero que le hará realidad su sueño. Pero como reza el dicho: ten cuidado con lo que deseas, porque puede ser que se te cumpla. Así, Walter y Brunhilde comienzan una nueva historia de amor, pero ésta será su perdición.

Otra notable amante que retorna de la tumba es Clarimonda, la vampira de “La Muerta Amorosa”, relato publicado en 1836 por el poeta, narrador, dramaturgo y crítico Théophile Gautier, líder de los Parnasianos, que defendían que el poema debe estar más involucrado con el efecto artístico que con la vida (el arte por el arte), y cuya obra influenció en gran medida a Baudelaire. Gautier termina de darle forma a la figura de la vampiresa, convirtiéndola en el arquetipo de la femme fatale, y cuyo único precedente (en cuanto a la historia de un demonio verdaderamente enamorado) es “El Diablo Enamorado”, novela publicada en 1772 por Jacques Cazotte. Gautier fue influido por el relato “Vampirismo” de E.T.A. Hoffmann, a quien rinde homenaje en el texto a través del abad Serapión. Clarimonda es una amante inspirada en cierta forma en el personaje del poema “La Bella Dama Sin Piedad”, publicado en 1818 por John Keats, y que a su vez se basó en el relato “Vida de Apolonio de Tiana“, que escribió el griego Filóstrato en el año 217, donde se cuenta la historia de Menipo, uno de los más jóvenes discípulos de Apolonio, que es seducido por una mujer hermosa con quien decide casarse. Apolonio descubre que la mujer es un vampiro, y tras demostrarle a Menipo que todos los objetos de la casa de ella eran ligeros como el aire y desaparecían con la luz directa, la obliga a ella a confesar que su intención era la de devorar el cuerpo del joven pues sólo con su sangre fuerte y pura podía alimentarse.

En “La Muerta Amorosa”, un sacerdote sueña que es un gentilhombre dedicado al juego, al vicio y la bebida, o es quizás un gentilhombre que, enlazado a su amada, sueña que es un sacerdote de pueblo que ruega por el perdón de los pecados de ambos, al estilo del “Sueño de la Mariposa” de Chuang Tzu, que escribía en el 300 a.C:

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar, ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.

Esta vida doble lo agota al punto que está dispuesto a matar a una de sus dos personalidades, o a ambas si es necesario, con tal de librarse de semejante martirio. Lo único que lo ha detenido hasta ahora de semejante determinación, es su amor por Clarimonda, con quien es absolutamente feliz. El amor del sacerdote Romualdo por la vampira Clarimonda está descrito en el segundo párrafo del texto, de forma contundente:

Sí, he amado como quizá nadie en el mundo ha amado jamás, con un amor furioso, de tal modo violento, hasta maravillarme yo mismo de que mi corazón no haya reventado nunca, con tensión semejante. ¡Ah! ¡Qué noches! ¡Qué noches!

Y este amor de Romualdo, que nació en el instante mismo en que vio por primera vez a Clarimonda, durante la ceremonia en que se hizo sacerdote, era correspondido de manera maravillosamente expuesta en las palabras que, con sólo la mirada, Clarimonda le transmite a Romualdo un instante antes de su ordenación:

Si quisieras ser mío, yo te haría ciertamente más feliz que cuanto puede hacerte Dios en el Paraíso; los ángeles se sentirían envidiosos. Desgarra ese sudario fúnebre, con el que están por cubrirte: yo soy la belleza, la juventud, la vida. Ven a mí: juntos seremos el amor.

Pero Romualdo se ordena, y ella queda desolada. “¡Ah! Si no hubiera sido sacerdote, habría podido verla todos los días; habría sido su amante, su esposo”, se lamenta él más adelante. El nuevo sacerdote deberá viajar y no sabrá más de Clarimonda hasta un año después, cuando es llamado a socorrerla en sus últimos instantes de vida. La encuentra ya muerta, y luego de una dura lucha interna, no soporta más y besa el cadáver en los labios, con lo que ella despierta momentáneamente:

"Romualdo", me dijo con voz lánguida y dulce, como las vibraciones últimas de un arpa. "¿Qué haces? Te he esperado tan largamente que me he muerto. Pero somos prometidos. Podré verte y llegarme hasta ti. Adiós, Romualdo, adiós. Te amo y te ofreceré esta vida que tu reclamaste en mí por un instante con un beso".

Tras esto, Romualdo cae desmayado y despierta tres días después en su parroquia. Entonces, el abad Serapión le advierte de la muerte de Clarimonda, de las leyendas de las orgías que hacía en su castillo y del violento y trágico destino de sus amantes. A pesar de las advertencias del Abad, Romualdo no rechaza a Clarimonda cuando se le aparece en sus aposentos una noche, diciéndole:

Me hice esperar mucho, querido Romualdo: quizá pensaste que te había olvidado. Pero he debido venir de tan lejos, y de un lugar de donde ninguno retorna: no hay sol ni luna en el país del que vengo, ni espacio, ni sombra, ni sendero para el pie, ni aire para las alas, y sin embargo heme aquí: mi amor es más poderoso que la muerte y terminará por vencerla.

Por el contrario, Romualdo huye con ella la noche siguiente, y comienza su doble vida, en la que el señor se burla del sacerdote, y el sacerdote detesta las acciones del señor. Pero es la vida de gran señor la que lo hace feliz, pues es la vida que comparte con Clarimonda, la mujer que lo llena por completo:

Ella tenía suficiente oro y no deseaba más que el amor, un amor joven, puro, despertado por ella y que debía ser el primero y el postrero. Yo, a mi vez, hubiera sido perfectamente feliz de no ser por una pesadilla maldita y recurrente cada noche, que me hacía creer un cura de pueblo macerándose y haciendo penitencia por sus excesos diurnos.

Sin embargo, Clarimonda está enferma, los médicos no tienen respuesta y la muerte se ve cercana. En este punto, aparece uno de los más bellos pasajes de este texto, que influenció a Villiers de L’Isle Adam para la creación de su personaje Vera, protagonista de la novela homónima. Clarimonda, que ha ido perdiendo su vitalidad, yace en el lecho y la acompaña Romualdo, leal e incondicional:

Una mañana me encontraba junto a su lecho, desayunando sobre una mesita para no abandonarla ni un minuto. Partiendo una fruta me hice casualmente un corte bastante profundo en un dedo. La sangre brotó enseguida en hilos púrpuras, y algunas gotas salpicaron a Clarimonda. Sus ojos se iluminaron, su fisonomía adquirió una expresión de alegría feroz y salvaje que no le había visto jamás. Saltó de la cama con una agilidad animal, una agilidad de mono o de gato, y se precipitó sobre mi herida que se puso a chupar con un aire de indecible voluptuosidad. Tragaba la sangre a pequeños sorbos, lenta y preciosamente, como un catador que saborea un vino de Jerez o de Siracusa; entornaba los párpados, y la pupila de sus ojos verdes se había vuelto oblonga en vez de redonda. Por momentos se interrumpía para besarme la mano y luego volvía a apretar sus labios contra los labios de la herida para sacar todavía más gotas rojas. Cuando vio que la sangre ya no salía, se incorporó con los ojos húmedos y brillantes, más rosa que una aurora de mayo, el rostro pletórico, la mano tibia y húmeda, en fin, más hermosa que nunca y en un estado de perfecta salud.

–¡No moriré! ¡No moriré! –decía, loca de alegría, colgándose de mi cuello–; podré amarte todavía mucho tiempo. Mi vida está en la tuya y todo mi ser proviene de ti. Sólo unas gotas de tu rica y noble sangre, más preciada y eficaz que todos los elíxires del mundo, me han devuelto la vida.

Pero este amor ideal, magnánimo, es una maldición. Una de la que Romualdo no puede escapar, en especial después que, haciéndose el dormido, la escucha musitar mientras se alimenta:

¡Una gotita, sólo una gotita, un puntito bermejo en mi alfiler! Ya que tú me amas todavía, no debo morir aún. Pobre amor mío, beberé tu hermosa sangre, tan brillante. Duerme, mi bien; duerme, mi dios; duerme, mi niño; no te haré ningún mal, no tomaré de tu vida más que aquello que me basta para que no se extinga la mía.

Sin embargo, el atribulado Romualdo no puede ya continuar con su doble vida, el amor maldito lo está matando, y cede a la presión del abad Serapión que lo conmina a encontrar la tumba de Clarimonda y darle muerte definitiva.

La historia de Clarimonda, la muerta amorosa, es única en el género, pues ningún otro vampiro es capaz como ella de inspirar amor y admiración, y ninguna otra víctima como el sacerdote Romualdo queda tan desolado tras derrotar el mal que lo aquejaba. El sacerdote logró librarse de su pesadilla, o quizás, desprenderse de su sueño más hermoso:

Sólo la noche siguiente, Clarimonda me dijo como la primera vez en el portal de la iglesia: "Desdichado, ¿qué has hecho? ¿Por qué escuchaste a ese sacerdote imbécil? ¿No eras acaso feliz conmigo? ¿Qué daño te había hecho para darte el derecho de violar mi tumba y poner al desnudo las miserias de mi nada? Toda comunicación entre nuestras almas y nuestros cuerpos está por siempre rota. Adiós. Me extrañarás.

Se deshizo en el aire como niebla, y no la volví a ver nunca más. Por desgracia, dijo la verdad. La he llorado más de una vez, y la lloro todavía. He ganado la paz del alma a bien caro precio.

Una escena de las primeras páginas de Drácula se deriva de la escena en que Clarimonda le chupa el dedo herido a Romualdo: Jonathan Harker está afeitándose y, sorprendido por la presencia del conde, se hace un pequeño corte que despierta un furor extraño y repentino en Drácula, quien intenta aferrarse al cuello de Jonathan para chupar su sangre, pero es repelido por el crucifijo que éste lleva colgado al cuello.

Para 1841 ya se había vuelto común, incluso de rigor, la ambientación de las historias de vampiros en grandes castillos, lejanos parajes montañosos y con personajes de la nobleza, tanto en los vampiros como en sus víctimas. Alexei Tolstoi, poeta ruso que entonces contaba 24 años, utilizó estos elementos para caricaturizar y ridiculizar a la alta sociedad de su país en el relato “Upires”. Aquí, el protagonista Runievski es introducido al conocimiento de los vampiros por un extraño personaje en una fiesta de sociedad: Ribarenko, que al parecer ha perdido el juicio, le explica que el verdadero nombre de los vampiros es upires, pues éste es su nombre en ruso y los upires son de procedencia puramente eslava. Runievski, en contra de los consejos de Ribarenko, visita la casa de campo de una anciana con el propósito de cortejar a Dasha, su nieta. Allí conoce la historia de una especie de casa embrujada, y decide ingresar a ella a escondidas con dos amigos y pasar una noche allí, de pura curiosidad. Los extraños acontecimientos que le suceden en dicha casa, no sólo lo marcarán de por vida, sino que le develarán el oscuro pasado de la familia de Dasha. A diferencia de otras historias de vampiros, ésta tiene un desenlace más afortunado: tras una serie de calamidades, se logra romper una antigua maldición.

Resulta de especial interés anotar que Alexei Tolstoi escribió más tarde otro relato de vampiros, pero esta vez, alejándose de la tradición literaria del vampiro byroniano. En 1847, publicó “La Familia del Vurdalaco”, un texto que recoge el espíritu de las antiguas tradiciones folclóricas y de los textos anteriores a “El Vampiro” de Polidori, como “La Novia de Corinto” de Goethe y “Lenore” de Bürger. Aquí, los protagonistas no pertenecen a la aristocracia ni asisten a fiestas en castillos, son simples aldeanos que tratan de llevar su vida tranquila, pero que son acosados por un enemigo que no logran combatir. El Marqués de Urfé viaja a Moldavia en misión diplomática y se hospeda temporalmente en una casa sencilla. Allí se enterará de la existencia de los vurdalacos, vampiros que sólo pueden alimentarse de sus seres queridos. Durante su estancia, se enamora de la bella Sdenka y procura cortejarla mientras a su alrededor ocurren los hechos más extraños y aterradores. Por fin viaja a su destino final, olvidando su amor y los extraños sucesos de que ha sido testigo. Una vez terminada su misión diplomática, y al regresar por el mismo camino, retorna a la casa donde había estado hospedado dos años atrás. El pueblo parece haber sido abandonado, pero encuentra a Sdenka solitaria en su casa y tan hermosa como antes. Pronto descubrirá que los labios de Sdenka ya no son las cálidas y jugosas frutas que había imaginado. El final corresponde al clímax de la historia, una cabalgata desesperada en medio de la noche, una persecución acometida por espectros infernales, una amante macabra que busca saciar su sed de sangre.

“La Familia del Vurdalaco” sorprende no sólo por lo impecable de su narración y por el efecto de horror que logra causar en el lector, sino porque retorna al origen y rescata el más puro espíritu de los relatos de vampiros. Incluso, Tolstoi cita dentro del relato al abad Agustín Calmet, de cuyo Tratado tenía un conocimiento detallado, de manera que Tolstoi decide obviar el desarrollo byroniano de los cuentos de vampiros, dejar de lado la influencia de “El Vampiro” de Polidori y de su casi omnipresente Lord Ruthven, y escribir una historia de vampiros verdaderamente clásica.

Sin embargo, esta sublevación de Tolstoi contra Lord Ruthven y sus seguidores, no impidió que la literatura vampírica continuara por el mismo curso que ya traía de treinta años atrás. Por el contrario, vendría a aparecer la obra que dispararía al vampiro byroniano a la cima más alta de la fama y sellaría de forma definitiva su inmortalidad, no tanto por la calidad literaria de la misma (se ha dicho que es la mejor obra peor escrita sobre vampiros en la historia), sino por la difusión que tendría y su evidente influencia en los autores posteriores, en particular en Stoker y su “Drácula”.

Se trata de “Varney El Vampiro o El Festín de Sangre”, novela publicada en forma de folletines de entrega periódica por el inescrupuloso editor inglés Edward Lloyd, quien supo explotar el mercado con imitaciones de novelas de Charles Dickens cuyos títulos eran levemente alterados con relación a los originales. Verdadero vampiro de la revolución industrial y figura insigne del capitalismo más salvaje, Lloyd montó una máquina de escribir historias libre de toda ética, basada en el sometimiento de dos escribas a sueldo: el músico inglés Thomas Preskett Prest, a quien originalmente se atribuyó la autoría de “Varney El Vampiro”, y el ingeniero civil escocés James Malcom Rymer, de quien se dice hoy día que es el verdadero autor de esta novela. Horace Walpole y Ann Radcliffe, dos grandes autores de novela gótica, deben citarse como influencias de Rymer para la escritura de esta obra, así como Hoffmann, Mathew C. Lewis, y por supuesto, Polidori, su principal referente.

Para la época, el único lujo que podía darse la clase obrera, sometida a extenuantes jornadas laborales sin ninguna prevenda ni seguridad social y con un salario miserable (cualquier parecido con la actualidad…), eran los penny dreadfuls, folletines con todo tipo de historias truculentas, hazañas criminales y desborde de pasiones, el equivalente sangriento de las fotonovelas que causaron furor en Latinoamérica en las décadas de los 1950 y 1960, y que fueron precursoras de los actuales culebrones televisivos. Lloyd, uno de los principales editores de estos folletines, encontró una mina de oro en “Varney El Vampiro”, que se vendió muy bien desde su aparición en 1845, al punto que la exprimió durante 220 capítulos que entretuvieron al público de masas de Gran Bretaña durante dos años. El éxito fue tal, que se llevó al teatro en 1846 y se publicó como libro en 1847, impregnando las mentes de los ingleses de todas las clases sociales con la figura indeleble del vampiro byroniano.

La obra total comprende más de 860 páginas, por las que se pasea orondo el mismísimo Lord Ruthven de Polidori, esta vez con el nombre de Sir Francis Varney, hidalgo y terrateniente, antecedente de Drácula por su carácter frío y por su inteligencia, capaz de no detenerse ante nada; además de su omnisapiencia y capacidad de estrategia. La admiración de Rymer por Polidori no sólo está manifiesta en el uso (y abuso) que hace de su personaje, sino en la presencia del Conde Polidori en una de las aventuras de Varney, desarrollada en Italia dentro de la novela.

52 años antes de la publicación de la famosa novela de Bram Stoker, Rymer describía así a su vampiro en el primer capítulo de la serie:

“¡Oh, Señor! ¡Qué horrible visión la que tiene delante de sus ojos! Una visión tan espantosa que es capaz de anular de golpe todo lo bello que uno haya podido ver en este mundo.

La figura se vuelve y la luz le da de lleno en la cara. Ésta es blanca, sin sangre, los ojos como de metal pulido, y de sus labios entreabiertos salen unos dientes largos, blancos y afilados, como de animal salvaje dispuesto a atacar.

La figura se aproxima hacia la cama con extraño y deslizante movimiento, chasqueando sus largas uñas que parecen colgar de sus dedos. […]

Cuando estaba al borde de la cama, la figura se detuvo y pareció como si la vida en la muchacha se detuviera también. Inconscientemente se agarró a las ropas de la cama. Su respiración era entrecortada y densa, su pecho se elevaba palpitante y sus labios temblaban mientras seguía sin poder apartar los ojos de aquella cara de mármol cuyos relucientes ojos metálicos la anulaban.”

La descripción que hace Rymer nos es muy familiar: Es el vampiro calvo, pálido, de largas uñas y filosos dientes incisivos que aparece en la película de 1922 “Nosferatu, Una Sinfonía del Horror”, joya del expresionismo alemán del director F. W. Murnau, y que reaparece en la película de 1979 “Nosferatu: Fantasma de la Noche”, homenaje a Murnau del director alemán Werner Herzog, y luego en la película de 2000 “La sombra del vampiro”, película que recrea el mito de la filmación de la versión original de Nosferatu (se decía que el protagonista, Max Schreck, era un vampiro verdadero), protagonizada por John Malkovich en el papel de Murnau. He de resaltar que en este texto, Rymer le da a su vampiro la capacidad de hipnotizar a su víctima, de encantarla con sólo la mirada, algo que no se había manejado hasta ahora de esa forma explícita, y que es una de las características claves de Drácula.

Si bien “Varney El Vampiro” es una obra llena de lugares comunes y una oda al mal gusto que suele rayar con la pornografía, es indiscutible que en ella convergen todos los elementos que desde la aparición de “El Vampiro” de Polidori se venían manejando en las historias de vampiros. Sir Francis Varney es la encarnación más completa y definitiva del vampiro byroniano antes de Drácula. Y la enorme difusión de las aventuras de este hidalgo chupasangre, gracias a su distribución en folletines asequibles a la gran masa, preparó el terreno para que Drácula pudiera influir de forma tan profunda y duradera en la cultura pop occidental.

En 1849, Alexandre Dumas padre publicó “La Dama Pálida”, conocida también como “La Bella Vampirizada”, relato inspirado por la obra de teatro “El Vampiro” de Charles Nodier, el admirador de Byron y escritor de “Lord Ruthven o los Vampiros”. Aquí, el autor de “Los Tres Mosqueteros”, le da a las historias de vampiros una dimensión épica no vista con anterioridad, y que en ese sentido es precedente inmediato de la novela de Bram Stoker. Algunos consideran incluso, que “El Conde de Montecristo”, también de Dumas, es un personaje inspirado en Lord Ruthven, lo que lo convierte en un personaje byroniano.

El francés Paul Féval publicó en 1865 “La Vampira o La Bella de los Cabellos Cambiantes”, una historia truculenta alrededor de una serie de crímenes irresueltos que unos atribuyen a una banda de criminales y otros a la policía napoleónica. La trama se ambienta en un cabaret sórdido llamado “La Pesca Milagrosa”, nombre que nos trae íntimas evocaciones a todos los colombianos. En este relato, todo vampiro tiene un don y a la vez una regla que debe cumplir indefectiblemente, so pena de los más horrendos padecimientos. El don de la vampira protagonista es el de recuperar la juventud al arrancar la cabellera viva a sus víctimas y ponérsela a manera de peluca macabra: mientras más joven sea la víctima, mayor juventud y belleza tendrá, pero al mismo tiempo le durará menos tiempo, pues el efecto sólo dura un día por cada año que la víctima hubiera pasado en este valle de pedruscos y de desalmados hematófagos. Al mismo tiempo, debe cumplir un mandato estricto: antes de entregarse a un amante, debe contarle toda su historia, cómo murió y cómo rejuvenece gracias a las cabelleras ajenas. Para matar a la vampira, se requiere atravesarle el corazón con un hierro al rojo vivo. Un año después, en 1866, Baudelaire publicó “Las metamorfosis del vampiro”.

El mismo Féval publicó en 1874 “La Ciudad Vampiro o La Desdicha de Escribir Novelas de Terror”, novela de humor negro en la que un grupo de ingleses y holandeses van en expedición a las montañas de Iliria (Cárpatos) con el propósito de rescatar a una mujer que es rehén de su tutor, el ambicioso conde Tiberio, en su castillo. Aquí ya tenemos a un vampiro byroniano que es un conde, vive en un castillo en los Cárpatos, y es perseguido por un grupo de hombres que busca liberar a una bella dama indefensa. Esto sirve de precedente a la persecución que lidera Van Helsing con el fin de destruir a Drácula en su castillo de Transilvania para que la bella Nina Harker sea liberada del influjo que el vampiro ejerce en ella.

En 1871 fue publicado “Oscuro en un Espejo”, el último libro del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu, colección de cinco nouvelles que cierra el relato “Carmilla”, una de las mejores historias de vampiros jamás escrita, que recupera el espíritu de “La Novia de Corinto” de Goethe y sigue la línea trazada por Aurelia, la protagonista del relato “Vampirismo” de E. T .A. Hoffmann, por Clarimonda, la vampira enamorada del relato de Gautier, y por Adema, la protagonista del relato “La Vampira” de Paul Féval, pero sobretodo, por Geraldine, la vampira que seduce a Christabel en la obra de Samuel Taylor Coleridge.

Carmilla se convirtió en el prototipo de la mujer vampiro y en la femme fatal por antonomasia. Su historia ha inspirado varias películas de Holliwood, entre ellas, “La Hija de Drácula”, dirigida por Jesús Franco en 1972. La clara definición de los personajes, la limpieza de la narración, la belleza de las imágenes, la elegancia de los recursos utilizados para crear la atmósfera de suspenso, hacen que Carmilla sea una lectura verdaderamente deliciosa. Aunque hacia el final la narración se pierde por las parrafadas de explicaciones sobre lo que ha pasado en el cuento, Carmilla es un texto maravilloso. He aquí una escena culmen dentro de la narración, que encierra en sí misma todo el espíritu y la belleza del relato:

–¡Pero observa qué hermoso claro de luna! –agregó mirando por la puerta de entrada, que estaba entreabierta. ¿Qué te parece si damos un paseíto por el patio y contemplamos el camino y el río?

–¡Ésta es tan parecida a la noche en que llegaste a casa! –dije.

Exhaló un suspiro, sonriente.

Se puso de pie y entrelazando cada una la cintura de la otra salimos hacia el sendero.

En silencio caminamos lentamente hasta el puente levadizo, donde se desplegaba ante nosotras el hermoso paisaje.

–Entonces, ¿estás pensando en la noche que llegué aquí? –habló casi en un susurro–. ¿Estás contenta de que haya venido?

–Encantada, mi querida Carmilla –respondí.

–Y pediste que el retrato que encuentras tan parecido a mí fuera instalado en tu habitación –murmuró dando un suspiro, al tiempo que estrechaba el brazo con más fuerza en torno de mi cintura y dejaba caer su agradable cabeza sobre mi hombro.

–¡Qué romántica eres, Carmilla! –comenté–. Cuando me narres tu historia, sin duda el tema principal ha de ser un extraordinario episodio amatorio.

Me besó silenciosamente.

–Estoy segura, Carmilla, de que has estado enamorada y de que en este momento en tu corazón palpita una pasión.

–Nunca estuve enamorada de nadie y jamás lo estaré –susurró–, a menos que sea de ti.

¡Qué hermosa parecía la luna!

Con una mirada tímida y extraña, rápidamente ocultó el rostro en mi cuello y en mi pelo, exhalando tumultuosos suspiros que parecían sollozos, a la vez que apretaba en la mía una mano que temblaba.
Apoyó su suave mejilla contra la mía.

–Querida, querida mía –murmuró–. Vivo en ti y tú debieras morir por mí, tanto es lo que te quiero.”

Bram Stoker se basó en muchas características de Carmilla para escribir Drácula. Esto es resaltado en el encuentro de Jonathan Harker con las vampiresas del castillo. Casi todos los relatos de vampiros, incluyendo a Drácula, tienen la estructura básica de Carmilla, empezando por la parte de “ataque” pasando a “muerte–resurrección” por parte del vampiro, y finalmente a la parte de “caza–destrucción” donde la criatura es perseguida para destruirla.

Julian Hawthorne, hijo del autor de “La Letra Escarlata”, fue uno de los grandes autores de novela gótica y tuvo amplio reconocimiento en vida. En 1883, publicó “El Misterio de Ken”, conocido también como “La Tumba de Ethelind Fionguala”, primer relato de vampiros ambientado en Irlanda, que evoca elementos de la leyenda latinoamericana de “La Llorona” y de la “Historia de Thibaud” incluida en el “Manuscrito Hallado en Zaragoza”, de Ian Potocki. En esta historia, el personaje byroniano es la víctima: Ken, músico y poeta, viaja a Irlanda donde conoce a Elsie, bella mujer que lo guía desde el cementerio hasta un lugar seguro. Ken, entregado a los sentidos y deseando que su imaginación sea capaz de transportarlo físicamente en el tiempo para gozar de ciertas costumbres antiguas, comienza a cantar bajo el balcón de una casa abandonada. Su sueño se hace realidad, una hermosa dama, que resulta ser la misma Elsie, aparece en el balcón y le lanza una llave, que le permitirá entrar a su placer anhelado. Esta aventura, sin embargo, lo convertirá en un hombre frío y poco sociable.

John Adler definió a Erick Stanislaus como “poeta de la melancolía y el suicidio”. Stanislaus, conde de Stenbock, homosexual y católico, vivía rodeado de animales exóticos y tenía por costumbre dormir en un ataúd. Alcohólico y fumador de opio, publicó en 1894 una colección de “cuentos románticos” titulada “Estudio de la Muerte”, que incluía el primer relato en el que el vampirismo es relacionado de forma explícita con la homosexualidad masculina, titulado “La Verdadera Historia de un Vampiro”. El recurso del texto para lograr su cometido, se basa en ser más o menos una fotografía en negativo del cuento “Carmilla” de Le Fanu, aunque no logra la belleza y vitalidad de éste. La narradora es una anciana polaca que cuenta la historia de su niñez en el castillo familiar en Estiria, donde vivía con su padre y su hermano, con el que compartía una naturaleza rebelde. La historia comienza con la llegada de un huésped húngaro, el conde Vardalek, hombre culto que hablaba múltiples lenguas. Gabriel, el hermano de la narradora, que nunca había gustado de las visitas y se escondía de los extraños, trabó de inmediato amistad con el conde. La narradora es testigo una noche de la fascinación que ejerce el conde sobre su hermano, éste camina hipnotizado hasta el cuarto del vampiro. Gabriel pierde de a poco su vitalidad hasta que cae enfermo, el conde Vardalek lo cuida con la mayor ternura. El clímax de la narración está en el siguiente fragmento:

Una noche bajé las escaleras para buscar algo que había dejado en el cuarto de dibujo. Al subir de nuevo, pasé frente a la habitación de Vardalek. Estaba tocando en el piano, que había sido puesto allí especialmente para él, uno de los nocturnos de Chopin, muy hermoso. Me detuve, apoyándome sobre la balaustrada para escuchar.

Algo blanco apareció en la oscura escalinata. En nuestra región creíamos en fantasmas. Traspasada de terror, me aferré a la balaustrada. ¡Cuál no fue mi asombro al ver a Gabriel descendiendo la escalinata, con los ojos fijos como si estuviera en un trance! Me aterró aún más de lo que pudiera haberlo hecho un fantasma. ¿Podía creer en mis sentidos? ¿Podía tratarse de Gabriel?

Simplemente no era capaz de moverme. Gabriel, envuelto en su largo camisón blanco, bajó las escaleras y empujó la puerta. La dejó abierta. Vardalek seguía tocando, pero hablaba mientras lo hacía. Primero pronunció unas palabras en polaco. Luego:

–Mi amor, me alegraría complacerte; pero tu vida es mi vida, y yo debo vivir, yo que más bien muero. ¿Dios no tendrá piedad alguna de mí? ¡Oh! ¡Oh, vida! ¡Oh, tortura de la vida!”

El último relato de esta lista, es el único escrito por una mujer. Se trata de Mary Elizabeth Braddon, una de las novelistas más prolíficas de la Inglaterra victoriana, que publicó en 1896 el relato “La Buena Lady Ducayne”. El nombre Ducayne contiene un anagrama del término inglés uncanny, que significa “ominoso”, lo que ya nos introduce al trasfondo de la trama. Es una historia sencilla, intimista, sin truculencias, que caricaturiza a la aristocracia inglesa en la figura de Lady Ducayne, una anciana decrépita pero millonaria que utiliza su dinero para que su médico ensaye en ella todo lo último en teorías y tecnología existente a fin de prolongarle la vida. Es la imagen de la aristocracia anquilosada, obsoleta, que se aferra a la vida a costa de los pobres, representados en Bella, su dama de compañía, que en poco tiempo se transforma de una hermosa y vigorosa joven a una sombra marchita:

–Quizá lo que te enferma no es Italia, sino estar encerrada con Lady Ducayne.

–Pero nunca estoy encerrada. Lady Ducayne es extremadamente amable, y me permite pasear o sentarme en la balaustrada el día entero si lo deseo. He leído más novelas desde que estoy con ella que en el resto de mi vida.

–Entonces se diferencia mucho del común de las ancianas, que suelen ser despóticas –dijo Strafford–. Me sorprende que lleve a una acompañante consigo, si tiene tan poca necesidad de relacionarse.

–¡Oh, yo sólo formo parte de su corte! Ella es extraordinariamente rica, y el salario que da no cuenta. En cuanto al Doctor Parravicini, sé que es un médico inteligente, pues curó mis horribles picaduras de mosquitos.

–Un poco de amoníaco bastaría en la primera etapa de la inflamación. Pero ahora no hay mosquitos que la molesten.

–¡Oh, sí, claro que los hay! Me picó uno justo después de que dejamos Cabo Ferrino.

Bella desabrochó su camisa de lino y mostró la cicatriz, que el Señor Strafford observó resueltamente, con una mirada de asombro y perplejidad.

–Esto no es una picadura de mosquito –dijo.

–¡Oh, sí lo es, a menos que haya serpientes o culebras en Cabo Ferrino!

–No se trata en absoluto de una picadura. Está bromeando conmigo. Señorita Rolleston, se ha dejado sacar sangre por ese maldito curandero italiano. Mataron al más grande hombre de la Europa moderna de ese modo, recuerde. Ha sido una locura de su parte.”

Esta historia es el primer caso de utilización de recursos científicos modernos dentro de un relato de vampiros, lo que luego manejaría de forma más amplia Stoker en Drácula.

Hemos recorrido 80 años, desde la reunión de Lord Byron con Polidori y los Shelley en 1816, hasta la publicación de “La Buena Lady Ducayne” un año antes de la aparición de Drácula, y durante este viaje, hemos hecho saltos literarios e históricos hacia atrás, llegando incluso al siglo III a.C. Está claro hasta este punto que antes de que Stoker concibiera su famosa novela, el personaje de Drácula ya existía casi por completo y había ido moldeándose en las manos de múltiples autores. La ambientación, las atmósferas y hasta la dimensión épica que utilizaría, ya habían sido exploradas con anterioridad. Estaba todo listo para que el vampiro Lord Byron tuviera su más exitosa reencarnación literaria: Drácula.

Para esta segunda parte, mi principal referente de consulta en cuanto a textos como en cuanto a información histórica, ha sido el libro Vampiria, recopilación de cuentos clásicos de vampiros realizada por Ricardo Ibarlucía y Valeria Castelló-Joubert, publicado en 2002 por Adriana Hidalgo Editora, como parte de la colección “El Otro Lado”. Igualmente, pasé muchas horas exprimiendo las capacidades de la maquinaria de búsqueda de Google para encontrar en la Web textos completos de vampiros, biografías de autores y resúmenes históricos, corroborando una fuente contra otra. La enciclopedia Encarta 2007 también me sirvió para complementar algunos datos, y por supuesto, la Wikipedia.

— III —
UNA VEZ MÁS, DRÁCULA NO ES DRÁCULA


De lo expuesto en la segunda parte de este ensayo, se desprende que el personaje histórico detrás del Conde Drácula no es el Voivoda Vlad Drácula, sino el poeta Lord Byron. Si Polidori quería vengarse de Byron utilizándolo como modelo de un personaje pérfido y repulsivo, lo que logró fue regalarle una segunda inmortalidad (porque la primera ya se la había granjeado él mismo con su obra). “El Vampiro” de Polidori no sólo es el primer relato literario sobre vampiros, sino que es el que más ha influenciado a los relatos de vampiros en toda la historia. Su personaje vampírico, Lord Ruthven, se convirtió en el modelo de vampiro, y ha sido reutilizado, reencauchado y reencarnado de múltiples formas y con diversos nombres a lo largo de múltiples textos, de múltiples autores, incluyendo a Drácula de Bram Stoker.

La lista de textos que expongo en la segunda parte, está incompleta. Existen muchas más obras que incluyen un personaje byroniano, sea como vampiro, sea como víctima. Y todas manejan los mismos elementos y las mismas atmósferas trabajadas por Polidori y complementadas por Nodier, Hoffmann, Poe, Mérimée, Gautier y Rymer. Muy pocos relatos de vampiros anteriores a Drácula escapan a esta fórmula, entre los más notables están “La Familia del Vurdalaco” de Alexei Tolstoi (1847), “El Horla”, de Guy de Maupassant, del que se publicó una versión poco conocida en 1886, y luego una versión corregida y mejorada en 1887, y “Thanatopía” de Rubén Darío (1893).

Lord Byron no sólo fue utilizado, o caricaturizado, o convertido en vampiro literario. Tom Holland, especialista en Byron, publicó la novela “Lord of the Dead”, donde explora la posibilidad de que el autor de Childe Harold haya sido real –y no metafóricamente– un vampiro.

Pero no sólo Drácula el Conde no es Drácula el Voivoda. Además, el Drácula que describe Bram Stoker en su novela, no es el Drácula que todos conocemos. Básicamente, existen dos figuras de vampiro que están indelebles en nuestras mentes: La primera, es la del vampiro calvo, pálido, de largas uñas y filosos dientes que aparece en la película de 1922 “Nosferatu, Una Sinfonía del Horror”. Esta imagen se corresponde bastante con la descripción de Sir Francis Varney hecha por Rymer, basada en descripciones anteriores del entonces famoso Lord Ruthven. La segunda, es la del vampiro elegante y seductor de capa negra y roja, acento centroeuropeo y cabello engominado, que es la que más ha pervivido y que se ha convertido en uno de los mayores íconos de la cultura pop occidental. Se trata, por supuesto, de la imagen del vampiro byroniano, re-creada por el actor húngaro Bela Lugosi con base en los elementos utilizados en las obras de teatro para representar a los vampiros, y que luego fuera reafirmada por el actor británico Cristopher Lee. Como decía al inicio de este texto, siempre que se nombra la palabra “vampiro”, de inmediato invocamos la imagen de Drácula, pero esa imagen es, indefectiblemente, una de las dos anteriores, y casi con certeza, la segunda. Lo irónico, es que ninguna de esas dos imágenes se corresponde con la descripción que de Drácula hace Bram Stoker en su novela:

“Tenía un rostro fuertemente aguileño, con el puente de su delgada nariz muy alto y las aletas arqueadas de forma peculiar, la frente alta y abombada, y el pelo ralo en las sienes aunque abundante en el resto de la cabeza. Sus cejas, muy espesas, casi se juntaban en el ceño y estaban formadas por un pelo tupido que parecía curvarse por su misma profusión. La boca o lo que se veía de ella por debajo del bigote, era firme y algo cruel, con unos dientes singularmente afilados y blancos; le salían por encima del labio, cuyo color rojo denotaba una vitalidad asombrosa para un hombre de sus años. Por lo demás, sus orejas eran pálidas extremadamente puntiagudas en la parte superior; tenía la barbilla ancha y fuerte y las mejillas firmes, aunque delgadas. La impresión que producía era de una extraordinaria palidez.

Hasta ahora le había visto sólo el dorso de las manos –que tenía apoyadas sobre las rodillas– a la luz del fuego, y me habían parecido blancas y finas; pero al verlas más de cerca, no pude por menos de observar que eran ordinarias, anchas, con unos dedos cuadrados. Cosa extraña: tenía vello en las palmas. Sus uñas eran largas, finas y puntiagudas. Al inclinarse el Conde hacia mi, y rozarme sus manos, no pude reprimir un estremecimiento. Quizá fue debido a la fetidez de su aliento, pero me invadió una espantosa sensación de náusea que, por mucho que quise, no me fue posible ocultar.”

LA VERDADERA GENIALIDAD DETRÁS DE DRÁCULA

Cuando Charlotte Stoker, madre del escritor, leyó la novela de su segundo hijo de siete que tenía, le escribió:

“Querido, es espléndida, mil millas encima de lo que has escrito antes, y estoy segura de que te colocará en lugar muy alto entre los escritores del momento... He leído mucho pero nunca me he encontrado con obra semejante. Ningún libro desde el Frankenstein de la señora Shelley es igual al tuyo en originalidad... Poe no está en ninguna parte... Por su tremenda emoción te dará gran fama y mucho dinero.”

Por supuesto, aunque Stoker no era heredero directo de la literatura de Poe, ya hemos demostrado que no fue absolutamente original con su novela. En abril de 1914, un año después de que los papeles privados del escritor se subastaran en Sotheby’s, su viuda, Florence Balcombe-Stoker, publicó una colección de relatos de juventud que su marido había preparado antes de morir, y que incluía “El Huésped de Drácula”, relato que supuestamente era el primer capítulo de la novela Drácula, escindido por los editores. Otros han afirmado que se trata de un texto independiente. Al leerlo, es fácil notar que se trata de un borrador, quizás el primer intento de Stoker de comenzar su novela, pero que luego desechó. En “El Huésped de Drácula”, la descripción que hace Stoker de Drácula es la de Lord Ruthven en persona, con claras referencias a “El Hombre Lobo” y a “Carmilla”. La acción transcurre durante la noche de Walpurgis (Walpurgisnacht), inmortalizada por Goethe en la primera parte de Fausto (1808), y que debe irónicamente su nombre a Santa Walburga, una misionera inglesa del siglo VIII que dedicó su vida a evangelizar al pueblo alemán. Según la creencia popular, la noche del 30 de abril al 1 de mayo, que coincide con la antigua festividad pagana de comienzos del verano, el demonio preside aquelarres en las montañas. En una de las tumbas que encuentra Jonathan Harker en el cementerio al que llega luego de una caminata, se lee “Veloces viajan los muertos”, clara referencia a “Lenore” de Bürger. La mención de Estiria en el epitafio de la condesa suicida remite a “Carmilla” de Le Fanu, mientras que la aparición del lobo pone en evidencia los intercambios operados entre la leyenda vampírica y la licantropía durante el último tercio del siglo XIX.

Stoker no recibió un centavo de la primera edición de tres mil ejemplares de su novela. Si hoy en día, con las leyes de derechos de autor, son los monopolios editoriales los que se echan al bolsillo la mayor parte de las ganancias por las ventas de los libros, qué podría esperarse del trato que Stoker recibiera de sus editores. Pero la novela se vendió bien, y un par de décadas después de la muerte de su autor, se convirtió en lectura obligada y en estandarte de las historias de horror. ¿Casualidad, suerte? Es cierto que buena parte del éxito desbordado de Drácula se debió a que Stoker, sin querer, al tomar el nombre del Voivoda de Valaquia, asoció a su Conde con un personaje histórico que ha causado furor y ha llevado a la cima del éxtasis el morbo de nuestra sociedad de consumo. La novela de Stoker originalmente había sido titulada “The Un-dead”, que literalmente traduciría “El No-muerto”, o más correctamente “El Insepulto”. Pero cuando el editor leyó el texto, ya Stoker había desechado el nombre del Conde Wampyr y había utilizado el nombre del Conde Drácula. El editor, consciente de que el título de un libro es fundamental para sus ventas, decidió utilizar el nombre del protagonista como título de la novela, y la publicó con el nombre “Drácula”. Este nombre sonoro, de alta recordación, exótico, fabulosamente comercial, es responsable en buena parte de la enorme fama de este vampiro sobre todas sus encarnaciones anteriores.

Hablemos de los méritos literarios. Stoker es para mí un autor bastante mediocre; Drácula es de lejos su mejor obra, pero no se compara con las grandes novelas de la literatura universal, y estoy seguro que habría sido mucho mejor si se le hubieran eliminado un buen número de páginas que, a mi parecer, le sobran. ¿Cuál es, entonces, el verdadero valor de Drácula en la literatura?

En lo personal, considero que hay dos puntos claves en la novela, que sí son verdaderamente originales y no tienen antecedentes en la literatura vampírica: El primero, es que Drácula está construida como una recopilación de fragmentos de diarios personales, cartas, recortes de periódicos y telegramas. Siendo una de las primeras novelas escritas a máquina, es un reflejo de su tiempo, su estructura resultó novedosa y abrió nuevos horizontes para la literatura de la nueva era industrial. Contrario a la tradición romántica que se burló del cientificismo haciendo renacer las leyendas eslavas, Stoker da la victoria al cientificismo representado en Van Helsing, como la única fuerza capaz de oponerse a la superstición representada en el Conde Drácula. El segundo, reside en la genial idea de llevar el terror a la casa de sus lectores para estremecerlos. En efecto, todas las historias de vampiros se desarrollaban en los Cárpatos, en los países orientales. Lo más cerca que estuvo el horror fue en “El Misterio de Ken”, que se desarrolla en Irlanda. Pero Stoker fue más allá: El vampiro por excelencia, el monstruo que ya todos conocían gracias a “Varney El Vampiro” y otras múltiples encarnaciones de Lord Ruthven, viaja a Londres y comienza a sembrar el terror en el territorio, hasta ahora seguro, de los victorianos. Por supuesto, Stoker deja en alto el orgullo inglés: el vampiro es expulsado de Inglaterra, enviado de vuelta a Transilvania, y asesinado en su propia tierra.

Estos dos elementos son los que hacen de Drácula una novela única y original. Stoker toma un personaje ya muy bien desarrollado y le da aún más fuerza: su Conde, además de vampiro, posee también características de hombre lobo, puede transformarse en murciélago, puede dominar a los lobos, las ratas y en general, a todas las criaturas nocturnas, y su mirada hechiza con un poder que sólo tiene precedente en Sir Francis Varney. Lo ubica en una atmósfera conocida por todos los seguidores de las historias de horror, en los lejanos Cárpatos, pero lo trae en barco hasta Londres, ciudad que comienza a horrorizarse con sus crímenes a la llegada misma de dicho barco. Y ubica la historia en la misma época en que está siendo escrita, convirtiendo al monstruo en un contemporáneo de sus primeros lectores y de Jack el Destripador.

El vampiro byroniano, ya ampliamente conocido, alcanzó su máxima difusión con Stoker, gracias principalmente a que esta novela fue publicada al tiempo que nacía el cinematógrafo. El cine fue el que diseminó la fiebre de Drácula por todo el mundo. Bela Lugosi y más tarde Cristopher Lee, convirtieron a Drácula en uno de los mayores íconos de la cultura pop occidental. En 1992, una vez más, el cine le imprimió nueva vida a este vampiro, esta vez de la mano de Gary Oldman, que llevó la clásica figura de Drácula a las nuevas generaciones. Con ello, Lord Byron alcanzó su doble inmortalidad: como poeta, y como monstruo hematófago.

Sin embargo, la ironía es que Drácula fue también la novela que marcó el inicio de la decadencia de la figura del vampiro: Con Drácula muere la postura estética y política de los románticos en las historias de vampiros, y se propone una visión contraria a las anteriores, en la que la ciencia puede dominar con la fuerza de la razón al monstruo sobrenatural, y en la que la melancolía y las sensaciones extáticas que se apoderan de Mina Harker al ser liberado su espíritu juvenil y sensual gracias al influjo del vampiro, son dominadas por el pudoroso y estirado victorianismo representado por Jonathan Harker, que la devuelve a la cárcel de la vida hogareña inglesa al derrotar al conde y retornarla a su condición de esposa sumisa y silenciosa, virtuosa y recatada, reprimida y discreta. Esto, al pasar de las décadas, ha degenerado en historias como “Blade” y “Buffy la Cazavampiros”, donde la fuerza, la astucia, la libertad, la sensualidad, el hastío y la anarquía del vampiro, son derrotadas por personajes moralistas y esclavos del deber que alcanzan la victoria con el uso del conocimiento, la lógica y las artes marciales. O en historias como las de las novelas de Ann Rice, donde los vampiros viven en sociedades jerarquizadas según el modelo monárquico humano, historias llenas de imaginación y detalles intrincados sobre la vida y la sociedad vampíricas, pero carentes de la claridad y fortaleza que los ideales románticos reflejaron en la literatura de vampiros del siglo XIX. Nada de esto es casualidad: Drácula aparece cuando el siglo XIX y el movimiento romántico están muriendo. El realismo y el naturalismo inician su dominio en la prosa; la revolución industrial y el capitalismo consolidan su hegemonía a lo largo del siglo XX, y las persecuciones políticas de las décadas 1960 y 1970 en todo el mundo, desembocan en una mezcla de temor y de desinterés que sirven para dar asiento definitivo a la política reinante en la actualidad: la que dice que el arte es un entretenimiento, y en la industria del entretenimiento no cabe otra política que la de producir dinero.

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