miércoles, 21 de septiembre de 2011

El Canibalismo Sagrado

EL CANIBALISMO SAGRADO

Extracto del libro “La Invasión,” de Amin Maalouf.


En la locura sanguinaria del 3 de junio de 1098, los cruzados han entrado en Antioquía a sangre y fuego. Hombres, mujeres y niños tratan de escapar por las callejuelas embarradas, pero los caballeros los alcanzan sin dificultad y los degüellan allí mismo. Poco a poco, los gritos de horror de los últimos supervivientes se van ahogando y en seguida se alzan en su lugar las voces desafinadas de algunos saqueadores cruzados ya borrachos. Se eleva el humo de las numerosas casas incendiadas. A mediodía, un velo de luto envuelve la ciudad. […]

En los primeros meses de 1098, los habitantes de Maarat han seguido con preocupación la batalla de Antioquía que se desarrollaba a tres días de marcha al noroeste de su ciudad. Posteriormente, tras su victoria, los cruzados han realizado razzias en unas cuantas aldeas vecinas y Maarat no ha sufrido daños, pero algunas de sus familias han preferido abandonarla para dirigirse a lugares más seguros. Alepo, Homs o Hama. Sus temores resultan justificados cuando, a finales de noviembre, miles de guerreros cruzados vienen a poner cerco a la ciudad. Algunos ciudadanos todavía logran huir, pero la mayoría quedan atrapados. Maarat no tiene ejército, sino una simple milicia urbana a la que se incorporan rápidamente algunos cientos de jóvenes sin experiencia militar. Durante dos semanas, resisten valerosamente a los temibles caballeros, llegando incluso a arrojar sobre los sitiadores desde lo alto de las murallas, colmenas repletas de abejas […]

Llega la noche del 11 de diciembre; está muy oscuro y los cruzados aún no se atreven a penetrar en la ciudad; los notables de Maarat se ponen en contacto con Bohemundo, el nuevo señor de Antioquía, que está a la cabeza de los asaltantes. El jefe cruzado promete a los habitantes perdonarles la vida si detienen la lucha y se retiran de ciertos edificios. Aferrándose desesperadamente a su palabra, las familias se agrupan en las casas y en los sótanos de la ciudad y esperan temblando durante toda la noche.

Al alba llegan los cruzados: es una carnicería. Durante tres días pasaron a la gente a cuchillo, matando a más de cien mil personas y cogiendo a muchos prisioneros. Está claro que las cifras de Ibn al-Atir son fantasiosas, pues la población de la ciudad en vísperas de su caída era probablemente inferior a diez mil habitantes. Pero el horror en este caso no reside tanto en el número de víctimas como en la suerte casi inconcebible que les estaba reservada.

En Maarat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados. Esta confesión del cronista franco Raúl de Caen no la leerán los habitantes de las ciudades próximas a Maarat, pero se acordarán mientras vivan de lo que han visto y oído. Pues el recuerdo de estas atrocidades, difundido por los poetas locales así como por la tradición oral, fijará en las mentes una imagen de los cruzados difícil de borrar. El cronista Usama Ibn Muniqidh, nacido tres años antes de estos acontecimientos en la vecina ciudad de Shayzar, había de escribir un día:

Cuantos se han informado sobre los cruzados han visto en ellos a alimañas, que tienen la superioridad del valor y del ardor en el combate, pero ninguna otra, lo mismo que los animales tienen la superioridad de la fuerza y de la agresión.

Un juicio claro y rotundo que resume perfectamente la impresión que causaron los cruzados al llegar a Siria: una mezcla de temor y desprecio, muy comprensible, por parte de una nación árabe muy superior en cultura, pero que ha perdido toda su combatividad. Los turcos no olvidarán jamás el canibalismo de los occidentales. A lo largo de toda su literatura épica, describirán invariablemente a los frany (cruzados) como antropófagos.

¿Es justa esta visión de los cruzados? ¿Se comieron los invasores occidentales a los habitantes de la ciudad mártir con el único fin de sobrevivir? Así lo afirmarán sus jefes al año siguiente en una carta oficial al Papa: Un hambre terrible asaltó al ejército en Maarat y lo puso en la cruel necesidad de alimentarse de los cadáveres de los sarracenos. Pero tales afirmaciones parecen hechas a la ligera, pues los habitantes de la región de Maarat asisten, durante este siniestro invierno, a comportamientos que no se explican sólo por el hambre. Ven, en efecto, bandas de cruzados fanatizados, los tafurs, que se diseminan por la campiña clamando a voz en cuello que quieren comer la carne de los sarracenos, y que se reúnen por la noche alrededor del fuego para devorar a sus presas. ¿Caníbales por necesidad? ¿Caníbales por fanatismo? Todo esto parece irreal, y sin embargo los testimonios son abrumadores, tanto por los hechos que describen como por la atmósfera mórbida que trasciende de ellos. Al respecto, sigue siendo de un horror sin par la frase del cronista franco Alberto de Aquisgrán, que participó personalmente en la batalla de Maarat: ¡A los nuestros no les repugnaba comerse no sólo a los turcos y a los sarracenos que habían matado, sino tampoco a los perros!

El suplicio de la ciudad de Abul-Ala no acabará hasta el 13 de enero de 1099, cuando cientos de cruzados armados con hachones recorren las callejuelas, prendiendo fuero a todas las casas una por una. Para entonces ya habían demolido las murallas piedra a piedra.

El episodio de Maarat va a contribuir a abrir entre los árabes y los occidentales un foso que no podrá cerrarse durante varios siglos. Por el momento, sin embargo, las poblaciones, paralizadas por el terror, no ofrecen ya resistencia, a menos que se vean obligadas a ello. Y, cuando los invasores, no dejando tras de sí más que ruinas humeantes, reanudan su marcha hacia el sur, los emires sirios se apresuran a enviarles emisarios cargados de regalos para dar fe de su buena voluntad, y proponerles cualquier ayuda que pudieran necesitar.

El primero es Sultán Ibn Muniqidh, tío del cronista Usama, que reina en el pequeño emirato de Shayzar. Los cruzados llegan a su territorio al día siguiente de su partida de Maarat. Llevan a la cabeza a Saint-Gilles, uno de sus jefes que con mayor frecuencia citan los cronistas árabes; como el emir le ha enviado una embajada, en seguida se llega a un acuerdo: Sultán se compromete no sólo a aprovisionar a los cruzados sino que, además, los autoriza a ir a comprar caballos al mercado de Shayzar y va a proporcionarles guías para permitirles cruzar sin tropiezos el resto de Siria.

En esa región están todos enterados del avance de los cruzados, ya se conoce su itinerario. ¿No proclaman acaso a voz en cuello que su objetivo último es Jerusalén, donde quieren tomar posesión de la tumba de Jesús? Cuantos se hallan en la ruta de la Ciudad Santa intentan precaverse contra el azote que representan. Los más pobres se ocultan en los bosques próximos, a pesar de que están poblados de fieras, leones, lobos, osos y hienas. Quienes disponen de medios emigran hacia el interior del país. Otros se refugian en la fortaleza más cercana. Esta última solución es la que han elegido dos campesinos de la fértil llanura del Bukaya cuando, durante la última semana de enero de 1099, les anuncian la presencia en las cercanías de tropas cruzadas. Reuniendo su ganado y sus reservas de aceite y de trigo, suben hacia Hosn-el-Akrad, “la alcazaba de los kurdos,” que, desde lo alto de un pico de difícil acceso, domina toda la llanura hasta el Mediterráneo. Aunque la fortaleza está abandonada desde hace mucho, tiene los muros sólidos y en ella esperan los campesinos estar al abrigo. Pero los cruzados, siempre escasos de provisiones, van a sitiarlos. El 28 de enero sus guerreros empiezan a escalar los muros de Hosn-el-Akrad. Viéndose perdidos, a los campesinos se les ocurre una estratagema. Abren súbitamente las puertas de la alcazaba y dejan escapar a una parte de sus rebaños. Olvidando el combate, todos los cruzados se abalanzan sobre los animales para apoderarse de ellos. Es tal el desorden en sus filas que los defensores, enardecidos, efectúan una salida y llegan hasta la tienda de Saint-Gilles, donde el jefe cruzado, abandonado por sus guardias, que también quieren su parte de ganado, se libra por poco de que lo capturen.

Nuestros campesinos están muy satisfechos de su hazaña, pero saben que los sitiadores van a regresar para vengarse. Al día siguiente, cuando Saint-Gilles lanza a sus hombres al asalto de las murallas, no se dejan ver. Los atacantes se preguntan qué nueva artimaña han ideado los campesinos; es la más sabia de todas: han aprovechado la noche para salir sin ruido y desaparecer a lo lejos. En el emplazamiento de Hosn-el-Akrad es donde, cuarenta años después, los cruzados construirán una de sus más temibles fortalezas. El nombre no cambiará mucho: “Akrad” se deformará en “Krat” y después en “Krac.” El “Krac de los caballeros,” con su imponente silueta, sigue dominando en el siglo XX la llanura del Bukaya.

En febrero de 1099, la alcazaba se convierte, por unos cuantos días, en el cuartel general de los cruzados. Se asiste en ella a un espectáculo desconcertante; de todas las ciudades vecinas, e incluso de algunas aldeas, llegan delegaciones, arrastrando tras de sí, mulos cargados de oro, de paños y de provisiones. La fragmentación política de Siria es tal que el menor villorrio se comporta como un emirato independiente. Todo el mundo sabe que sólo puede contar con sus propias fuerzas para defenderse y tratar con los invasores. Ningún príncipe, ningún cadí, ningún notable puede realizar el menor gesto de resistencia sin poner en peligro al resto de la comunidad. Así pues, se dejan a un lado los sentimientos patrióticos para ir, con sonrisa forzada, a presentar regalos y respetos. Besa el brazo que puedes romper y ruega a Dios que lo rompa Él, dice un proverbio local.

Esta sabiduría de la resignación es la que va a dictarle su conducta al emir Yanah ad-Dawla, señor de la ciudad de Homs. Este guerrero reputado por su bravura era, apenas siete meses antes, el más fiel aliado del ataber Karbuka. Ibn al-Atir especifica que Yanah ad-Dawla fue el último en huir de Antioquía. Sin embargo, ya no es momento de celo guerrero o religioso, y el emir se muestra especialmente solícito con Saint-Gilles, ofreciéndole, además de los regalos habituales, gran número de caballos, pues, especifican los embajadores de Homs en tono almibarado, Yanah ad-Dawla se ha enterado de que los caballeros estaban faltos de ellos.

De todas las delegaciones que desfilan por las inmensas estancias sin muebles de Hosn-el-Akrad, la más generosa es la de Trípoli. Mientras sacan una por una las espléndidas alhajas fabricadas por los artesanos judíos de la ciudad, sus embajadores dan a los cruzados la bienvenida en nombre del príncipe más respetado de la costa siria, el cadí Yalal el-Mulk. Éste pertenece a la familia de los Banu Ammar, que ha convertido Trípoli en la joya del oriente árabe. No se trata en absoluto de uno de esos innumerables clanes militares que han conseguido feudos mediante la sola fuerza de las armas, sino de una dinastía de personas cultas que tiene por fundados a un magistrado, un cadí, título que han conservado los soberanos de la ciudada.

Cuando se acercan los cruzados, Trípoli y su región viven, gracias a la sabiduría de los cadíes, un período de paz y de prosperidad que les envidian sus vecinos. El orgullo de los ciudadanos es su inmensa “Casa de la Cultura,” Dar-el-Ilm, que alberga una biblioteca de cien mil volúmenes, una de las más importantes de la época. La ciudad está rodeada de olivares, de campos de algarrobos, de caña de azúcar, de frutales de todas las clases que dan abundantes cosechas. El puerto tiene un tráfico animado.

Precisamente esta opulencia es lo que le va a proporcionar a la ciudad las primeras dificultades con los invasores. En el mensaje que ha hecho llegar a Hosn-el-Akrad, Yalal el-Mulk invita a Saint-Gille a enviar una delegación a Trípoli para negociar una alianza. Es un error imperdonable, ya que los emisarios cruzados se quedan maravillados ante los jardines, los palacios, el puerto y el zoco de los orfebres y dejan de escuchar las proposiciones del cadí. Ya se imaginan todo lo que podrían saquear si se apoderan de la ciudad. Y parece claro que, al volver junto a su jefe, hicieron cuanto pudieron para avivar su codicia. Yalal el-Mulk, que espera ingenuamente la respuesta de Saint-Gilles a su oferta de alianza, se queda un tanto sorprendido al enterarse de que los cruzados han puesto sitio, el 14 de febrero, a Arqa, segunda ciudad del principado de Trípoli. Evidentemente, está decepcionado pero sobre todo aterrado, convencido de que la operación dirigida por los invasores no es más que un primer paso hacia la conquista de su capital. ¿Cómo no pensar en la suerte de Antioquía? Yalal el-Mulk se ve ya en el lugar del desdichado Yaghi Siyan, cabalgando vergonzosamente camino de la muerte o del olvido. En Trípoli se acumulan reservas en previsión de un sitio prolongado. [...]

Cuenta Ibn al-Atir sobre la toma de Jerusalén por parte de los cruzados: "A la población de la Ciudad Santa la pasaron a cuchillo y los frany estuvieron matando musulmanes durante una semana. En la mezquita al-Aqsa mataron a más de setenta mil personas. E Ibn al-Atir, que evita citar cifras incomprobables, puntualiza: "A los judíos los reunieron en su sinagoga y allí los quemaron vivos los frany [...].

Entre los monumenos saqueados por los invasores se encuentra la mezquita de Umar, erigida en memoria del segundo sucesor del Profeta, el califa Umar Ibn al-Jattab, que había tomado Jerusalén a los bizantinos en febrero de 638. Tras estos hechos, los árabes aprovecharán siempre que puedan la ocasión de evocar aquel acontecimiento con la intención de recalcar la diferencia entre su comportamiento y el de los cruzados. Aquel día, Umar había entrado montado en su célbre camello blanco, mientras el patriarca griego de la Ciudad Santa acudía a su encuentro. El califa había empezado por prometerle que se respetarían la vida y los bienes de todos los habitantes, antes de pedirle que lo acompañara a visitar los lugares sagrados del cristianismo. Mientras se hallaban en la iglesia de la Qyama, el Santo Sepulcro, como había llegado la hora de la oración, Umar le había preguntado a su anfitrión dónde podía extender su alfombra para prosternarse. El patriarca lo había invitado a permanecer donde estaba, pero el califa había contestado: "Si lo hago, los musulmanes querrán apropiarse mañana de este lugar diciendo: Umar ha orado aquí." Y, llevándose su alfombra, fue a arrodillarse afuera. Estuvo en lo cierto, pues en ese mismo lugar fue donde se construyó la mezquita que lleva su nombre. Los jefes cruzados, desgraciadamente, no son tan magnánimos. Celebran su triunfo con una matanza indescriptible y luego saquan salvajemente la ciudad que dicen venerar.

No se salvan ni sus propios correligionarios: una de las primeras medidas que toman los cruzados es la de expulsar de la Iglesia del Santo Sepulcro a todos los sacerdotes de los ritos orientales (griegos, georgianos, armenios, coptos y sirios), que oficiaban en ella conjuntamente en virtud de una antigua tradición que habían respetado hasta entonces todos los conquistadores. Estupefactos ante tanto fanatismo, los dignatarios de las comundades cristianas orientales deciden resistir. Se niegan a revelar al ocupante el lugar en que han ocultado la supuesta "verdadera cruz en que murió Cristo." En estos hombres, la devoción religiosa por la reliquia va acompañada de orgullo patriótico. ¿Acaso no son los conciudadanos del Nazareno? Pero los invasores no se dejan impresionar en absoluto. Deteniendo a los sacerdotes que tienen la custodia de la cruz y sometiéndolos a tortura para arrebatarles el secreto, consiguen quitarles por la fuerza a los cristianos de la Ciudad Santa la más valiosa de sus reliquias. [...]

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