domingo, 16 de agosto de 2009

Incompatibilidades Fundamentales entre Nacionalismo y Pacifismo

Incompatibilidades Fundamentales entre Nacionalismo y Pacifismo


por Néstor Pedraza

Charla de presentación del libro “Novela y dictadores en América Latina”, de Mercedes Fernández, dada en el marco de la 22ª Feria Internacional del Libro de Bogotá. Agosto 12 de 2009


Con la Paz de Westfalia firmada en 1648, se inició el estado nación y se promulgó y desarrolló el principio de soberanía territorial en los asuntos interestatales, pero no fue hasta el siglo XIX tras el triunfo del liberalismo burgués en la Revolución Francesa, y la imposición de sus ideales, que el nacionalismo se convirtió en parte del imaginario de todas las sociedades en el mundo. Por supuesto, esto no surgió de un apoyo espontáneo e irrestricto a la causa burguesa en todo el planeta, sino que se forjó a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX con el imperialismo europeo y la consecuente permeación del colonialismo en las culturas, tradiciones, artes e imaginarios de los países invadidos y dominados por Francia, Gran Bretaña, Alemania, etc., proceso al que se le ha dado continuidad a partir de la segunda mitad del siglo XX a través de la globalización cultural burguesa, lograda con la propaganda y los medios masivos de comunicación.

Antes de la aparición del nacionalismo, no existió el concepto de nación como tal, por lo que la nacionalidad y la soberanía nacional ni eran derechos de los individuos o de los pueblos, ni eran preocupación teórica de los filósofos. El derecho a la autodeterminación de los pueblos, fue adoptado como derecho a la autodeterminación de los individuos por parte de los románticos, que desarrollaron la idea de la genialidad absoluta del artista y en particular del escritor, aquel ser que podía encerrarse en su torre de marfil y de forma autónoma, aislada, crear universos originales y personajes únicos a modo de dios todopoderoso, ante el cual los demás mortales no podían hacer más que adorar su obra (lo que se convertiría en una exaltación exagerada del individualismo por parte del surrealismo, y en el epicentro de la ideología capitalista modernista y posmodernista). Ese mismo principio de autodeterminación es esgrimido hoy día por movimientos de izquierda y defensores de la paz como uno de los principios más sagrados que existen, y de cuyo respeto depende el fin de las guerras en el mundo. Que desde el socialismo y desde el capitalismo se hable de nacionalismo, autodeterminación, democracia y derechos humanos como guías hacia la construcción de una sociedad justa, y que ambos convivan alrededor de estos principios en la socialdemocracia, no es una casualidad ni producto del sincretismo: ambos sistemas sociopolíticos son hijos de la Ilustración. Son ambos, entonces, hijos del ideario burgués. No en vano fue Marx quien mejor entendió cómo funciona el capitalismo, mientras los capitalistas eran tomados por sorpresa por la crisis bursátil de 1929. Pero el nacionalismo y la autodeterminación de los pueblos, no son esos principios de paz y convivencia que nos han hecho creer: Como cita Mercedes Fernández en este libro que hoy presentamos, el filósofo británico Maurice Cranston nos aclara en su libro “Los orígenes del nacionalismo”: “Nacionalismo es un credo egoísta. El uso de la palabra ‘auto’ en su doctrina de autodeterminación no es insignificante. Nacionalismo es egoísmo en gran escala. Quizás sea éste el secreto de su éxito en el mundo moderno”.

Rosa Luxemburgo (asesinada hace 90 años por la socialdemocracia alemana) entendió que la autodeterminación nacional defendida por Lenin, incluso con su distinción entre el nacionalismo de la nación opresora y el nacionalismo de la nación oprimida, no podía ser parte de una plataforma revolucionaria, pues según ella, mientras exista capitalismo no puede existir un estado nacional que no sea agresivo, militarista y conquistador. Pero sus argumentos contra el nacionalismo fueron inútiles para evitar la fractura de la Segunda Internacional: En 1914 los socialdemócratas de Alemania firmaron un pacto con el gobierno imperial para apoyar el ingreso alemán a la I Guerra Mundial, financiado con bonos de guerra, y luego la revolución bolchevique devino, como ella había pronosticado, en dictadura: el estalinismo soviético. No previó ella esto gracias a un pálpito o a la intuición femenina: Mercedes Fernández nos recuerda cómo Marx y Engels, respondiendo a Bakunin en 1849, defendían que la justicia y otros valores morales, así como la independencia de algunos, podían ser violados con impunidad en “beneficio de la civilización”. Cualquier similitud con el slogan de “liberación de los pueblos oprimidos” que ha servido de pretexto ideológico al imperialismo alemán, al francés, y por supuesto al estadounidense, no es mera coincidencia. Sin embargo, a mi parecer Luxemburgo se equivocaba al pensar que una vez el socialismo imperara en el mundo, las naciones serían dueñas de su existencia histórica y entonces tendría sentido el derecho de la autodeterminación nacional. El concepto de nación en sí mismo, independientemente del sistema sociopolítico en el que se halle inserto, es guerrerista y expansionista.

El fruto del egoísmo del nacionalismo es históricamente palpable en todo el planeta a lo largo del siglo XX. Mercedes Fernández nos cuenta cómo la nación revolucionaria francesa, inspirada en el “Contrato Social” de Rousseau y en las ideas de Montesquieu, Diderot y otros intelectuales de la Ilustración, dio pie al imperio napoleónico, y cómo éste desencadenó la popularidad en Alemania del Volksgeist o “espíritu del pueblo”, concepto surgido con Fichte en el prerromanticismo alemán y desarrollado por Herder, cuyas ideas darían fundamento al romanticismo germánico. De forma que mientras en Francia y Estados Unidos se declararon los “derechos del hombre”, en Alemania se declararon los “derechos del pueblo”. Sin embargo, Mercedes Fernández nos muestra cómo Prusia incorporó a Alsacia-Lorena tras la guerra Franco-Prusiana de 1870 recurriendo a elementos del nacionalismo francés, y cómo los franceses enfrentaron el imperialismo alemán incorporando elementos del Volksgeist al discurso revolucionario, al punto de que la forma como franceses y alemanes justificaron sus ideas nacionalistas se hizo poco diferenciable, más aún después que el filósofo e historiador francés Ernest Renan, quien aseguró que el nacionalismo suprime la idea de humanidad al fragmentarla en una multitud de grupos cerrados en sí mismos (citado también por Mercedes Fernández), se esforzara en reconciliar en una, estas dos ideas de nación que han dado origen a todos los nacionalismos modernos.

El credo nacionalista fue el espíritu de las guerras de independencia en el mundo, forjado y extendido por la cultura y la filosofía de los propios colonizadores. La idea no era independizarse en el sentido de romper con la hegemonía sociocultural del colonizador, sino independizarse en el sentido de quebrar las limitantes que el colonizador imponía a la burguesía criolla, a fin de que ésta pudiera acceder al poder que sólo podía detentar hasta entonces el europeo. Por ello, las guerras de independencia no significaron un cambio en las relaciones de poder entre los diferentes grupos poblacionales locales, sólo significaron un reemplazo en las altas esferas del poder: la burguesía local reemplazó a la burguesía extranjera. Los negros siguieron siendo esclavos, los indígenas siguieron siendo sirvientes y continuó su exterminio, los mestizos siguieron siendo discriminados, etc.

Este credo nacionalista, unido al desprecio europeo (aprendido de Roma) por las culturas de los pueblos conquistados y colonizados, a la idea de que unas culturas y/o etnias son superiores o más avanzadas (civilizadas) que otras (avance entendido en el mapa universalista de la historia hegeliana), y a las fronteras artificiales que los europeos trazaron a su conveniencia y dejaron tras su retirada de los territorios ocupados, construyeron el mapa de un mundo convertido en bomba de tiempo, o más bien, en colección globalizada de bombas de tiempo. Al respecto, el filósofo, sociólogo y antropólogo francés Ernest Gellner, afirmó: “el nacionalismo no es el despertar de las naciones hacia su conciencia propia: inventa naciones donde no las hay”. Esto es especialmente cierto en el caso del colonialismo, que creó naciones artificiales como Yugoeslavia, donde se desató una masacre en la contradicción de las dos ideas ya expuestas de nacionalismo: Por un lado, según la noción francesa de nación, todos los ciudadanos de Yugoslavia estaban unidos en un espíritu nacionalista universal ahistórico, con una identidad cultural unificada más allá de la etnicidad y las diferencias sociales, identidad construida con base en un epos como lo define Mercedes Fernández en su libro: "Cúmulo de elementos funcionales que son utilizados para la construcción de identidades colectivas". Pero por otro lado, según la noción alemana, cada uno de los pueblos que habitaba Yugoslavia, es decir, cada grupo humano unido por unas costumbres, una literatura, una historia y unos mitos, configuraba una nación, y esto llevó a que los serbios exterminaran a más de 250.000 bosnios, principalmente por ser en su mayoría musulmanes.

También tenemos como ejemplo todos los países latinoamericanos, surgidos de las fronteras creadas por el Imperio Español de acuerdo a sus necesidades administrativas (totalmente ajenas a las realidades culturales de los pueblos que aquí habitaban), y de las posteriores guerras nacionalistas sustentadas en principios burgueses eurocéntricos, que de forma paradójica justificaron la búsqueda de cada país latinoamericano, de una voz propia dentro de la “historia universal” hegeliana, haciendo eco de un discurso que califica a América de burda imitación de la civilización (es decir, de Europa). Caso particular es el de Colombia, que encierra en sus fronteras varios pueblos cuyas divergencias impiden hablar de una colombianidad. Por supuesto, no incluyo a los pueblos indígenas, a los que desconoce por completo el estudio hegeliano de la realidad latinoamericana. Al respecto, dice Mercedes Fernández, hablando de la obra de Leopoldo Zea:

“De acuerdo a Zea, […] los latinoamericanos no pueden considerar la cultura europea como propia, se sienten más bien ‘imitadores’ de ella. Lo extrínseco a Occidente, las culturas indígenas pre y post colombinas, han sido explícitamente excluidas en el texto de Zea, aunque aparecen espectralmente en el vacío”.

Volviendo a las dos nociones de nación que forjaron la catástrofe yugoslava, vemos cómo en Colombia la noción francesa permite a los diversos pueblos que habitan el territorio, construir, inventar o incluso fingir una identidad, una unión bajo una idea más o menos común de nación, patria y bandera. Pero la noción alemana ha hecho surgir movimientos como el de País Paisa, que busca la configuración e independencia de una nación formada por los pueblos que comparten la cultura, historia y mitología paisas; noción que también ha puesto a los pueblos indígenas a autodenominarse “naciones”, lo que es sintomático de la renuncia a su concepción ideológica particular, tan distante de occidente. Añadamos a esto que los modelos legislativos europeos, ajenos a la experiencia latinoamericana, no pueden reflejar buena parte de su realidad social y cultural, que el dictador es una figura arraigada en el imaginario social latinoamericano, lo que ha posibilitado que la dictadura sea vista como un mal necesario, y que según Horowitz, la mayoría de las naciones en Latinoamérica funcionan de acuerdo a la “norma de la ilegitimidad”. A la luz de estos postulados, se aclara por qué las posturas y los discursos de Chávez, Uribe y Correa son tan similares aunque dicen defender idearios opuestos. Considero que estos tres personajes están afirmando las siguientes palabras de Mercedes Fernández: "Es quizá posible postular que la 'norma de la ilegitimidad' política en Latinoamérica es, de hecho, un proceso de legitimación ad hoc del statu quo social, cultural y político de estas naciones". Y más adelante agrega: "Desde la perspectiva de este trabajo, la cuestión de la legitimidad de un régimen se decide en el imaginario social, y no en la praxis legal".

El efecto nefasto que ha tenido en todos los pueblos la imposición del ideario burgués a través del colonialismo, puede verse en el surgimiento del término Genocidio, de cuya primera ocurrencia se tiene registrado el de Armenia, cuando un imperio turco decadente, infiltrado por las ideas nacionalistas europeas, apoyado e impulsado por Alemania y Austria-Hungría, atacó a la minoría armenia dejando una estela de muertos cuya cifra no ha sido determinada, pero que según muchos analistas, pudo superar el millón. (Técnicamente, teniendo en cuenta la definición de la Asamblea General de Naciones Unidas —negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros—, las cruzadas habrían sido genocidio de los cristianos contra los musulmanes, y lo que le valió a Fernando de Aragón y a Isabel de Castilla el calificativo de Reyes Católicos, fue el genocidio que ejecutaron contra gitanos, judíos, musulmanes y cristianos no católicos, así como el que llevaron a cabo en América contra todos los pueblos indígenas. Según esto, varios Papas, Reyes y Generales europeos del Medioevo deberían calificarse hoy como criminales de lesa humanidad. Pero no fue hasta 1944 que Raphael Lemkin, judío polaco, acuñó el término genocidio y defendió la creación de leyes internacionales sobre el mismo, en el marco de la concepción liberal burguesa de la política internacional, de modo que el término ha quedado fuertemente relacionado con el concepto de estado-nación).

Después vendrían los nacionalsocialistas alemanes, que se propondrían el exterminio de gitanos, polacos étnicos, pueblos eslavos, disidentes políticos, disidentes religiosos (incluyendo Testigos de Jehová, con la complacencia del protestantismo y del catolicismo alemanes), discapacitados, homosexuales, y por supuesto, judíos, como parte de sus estrategias de expansión imperial para recuperar la “gloria” del pueblo alemán. Se calculan en más de 11 millones las víctimas fatales de un proceso que surgió de la exacerbación del sentimiento nacionalista alemán, frente a la miseria en que dicha nación se encontraba a manos del embargo económico establecido por las naciones vencedoras en la I Guerra Mundial, guerra que surgió también de los sentimientos nacionalistas del imperio Austrohúngaro, del imperio Ruso y de los alemanes de Prusia, que querían expandirse a costa de los países formados con la caída del imperio Otomano (países que estaban sumergidos en las guerras balcánicas, por los mismos motivos). El interés nacionalista ruso apoyó a Serbia en su conflicto contra los austrohúngaros, que recibieron el apoyo alemán (incluida la participación política y financiera de la izquierda alemana), por lo que Francia entró a defender sus intereses nacionalistas en contra de los alemanes, con quienes había perdido parte de su territorio. Y así, de un momento a otro, el mundo se vio sumergido en una confrontación que acabó con la vida de más de 10 millones de personas, y que sería el abrebocas de la II Guerra Mundial, considerada por muchos como una mera continuación de la primera.

Saltando a lo más reciente, puede verse cómo el conflicto étnico en Ruanda se cocinó gracias a los intereses de las potencias occidentales que alentaron la guerra con ideas nacionalistas y, por supuesto, con dinero y armas. Los tutsi, apoyados por Estados Unidos al punto de hacerse anglófonos, y que habían sido convertidos por los colonizadores belgas en una élite a través, entre otras cosas, del carné étnico que les daba grandes privilegios, se enfrentaban a los hutus, apoyados por Francia al punto de hacerse francófonos. Independizados de los belgas, los ruandeses construyeron un estado nación según el modelo liberal burgués del colonizador europeo, modelo que fracasó y llevó a la matanza de 800.000 personas, en las barbas de los cascos azules de la ONU, sin que las potencias occidentales hicieran algo al respecto sino más bien, con la complacencia de Bélgica y el apoyo de Francia, por un lado, y de Estados Unidos y Gran Bretaña por el otro. Matanza que fue financiada en parte con dineros enviados por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial bajo un “programa de ajuste estructural”, y por la que han sido condenados religiosos católicos y protestantes que participaron por acción o por omisión en asesinatos masivos. La noción de raza superior y la defensa del nacionalismo fueron pilares de la exacerbación del odio y la estrategia genocida.

Por supuesto, no puedo dejar de mencionar el conflicto actual en Oriente Próximo, que se originó en Rusia, donde nació el sionismo, forma de nacionalismo judío que en alianza con los intereses del Imperio Británico (que durante la retirada de sus colonias buscaba asegurarse que éstas no cayeran en manos enemigas) y posteriormente de los Estados Unidos, convino en la creación de un estado israelí en la colonia británica en Palestina, al mejor modo del liberalismo burgués. Por supuesto, las potencias anglosajonas patrocinaron este proyecto con la condición de la absoluta lealtad y sumisión del estado israelí a los intereses de occidente. El proyecto se retrasó con la llegada de la II Guerra Mundial, pero ésta en últimas cayó como anillo al dedo: el holocausto nazi, dramático y deplorable pero no únicamente anti-judío, fue la excusa perfecta para que occidente, supuestamente arrepentido por no haber evitado tal genocidio, cumpliera por fin con la vieja promesa de crear el estado de Israel y con él, mediante la exacerbación de un nacionalismo judío antes inexistente, mantener la zona en el caos propicio para manejar el asunto del petróleo tras bambalinas, y mantener bajo el estatus de “pueblos bárbaros” a los países árabes, tan distantes de ese otro ejemplar, esa parte nuestra (occidental) que brilla como estandarte de la civilización (del “mundo libre”) en medio de los lobos orientales, bárbaros y atrasados. El mismo nacionalismo que justificó los guetos y los campos de concentración en donde los alemanes recluyeron a los otros, los diferentes a ellos, y con el que los soviéticos levantaron el muro de Berlín para mantener adentro a los suyos, aislados de los otros, ha llevado a los israelíes a perseguir y aislar a los otros, los diferentes a ellos, los palestinos expulsados de su tierra primero, y hacinados ahora tras un muro de hormigón e infamia.

La trampa está a la vista: contra el nacionalismo del opresor, se levanta el nacionalismo del oprimido, que no es más que el reconocimiento y la legitimación de los principios y valores del victimario por parte de la víctima, que ahora busca, a través de ese reconocimiento, hacerse victimario. Así, las víctimas judías se convirtieron en los victimarios sionistas. Y las ahora víctimas palestinas, se aferran al nacionalismo invocado y exacerbado por la OLP primero y Hamas ahora, con el objeto ya no sólo de expulsar al invasor, sino de aniquilarlo aún a costa de la vida propia, tanto del individuo como de la comunidad. Por supuesto, los medios de comunicación lo muestran como un problema entre religiones, y se habla del choque entre civilizaciones y otras burdas simplificaciones. Si los hombres bomba fueran fruto de la religión, habrían aparecido hace muchos siglos (ya en el siglo XIV se usaba la pólvora con fines militares), pero no son más que una de las manifestaciones culmen de las tesis del nacionalismo. Prueba de ello la encontramos en nuestro propio himno nacional: “Ricaurte en San Mateo en átomos volando, ‘Deber antes que vida’, con llamas escribió”. Nos sorprende que los palestinos se inmolen por su causa nacionalista, pero resaltamos como heroico el acto de Antonio Ricaurte, que hizo lo mismo por un ideal idéntico. Igualmente, si la tesis del choque de civilizaciones fuera cierta, jamás se habría dado la convivencia pacífica y fructífera entre judíos, cristianos y musulmanes que desarrollaron las artes y las ciencias en Bagdad y Córdoba durante siglos, y que trabajaron de la mano en los equipos de traductores de Toledo, sin los cuales la Ilustración no habría tenido material de qué alimentarse.

La exaltación de la patria (a través de la cual se simboliza la nación) como lo más sagrado, aquello por lo que se ofrece la vida, es intrínsecamente la negación de la paz. Saludar a un pedazo de trapo diseñado por una minoría e impuesto como símbolo de la unidad de una nación artificial; conmemorar la fecha en que una minoría burguesa consiguió defender el que consideraba su derecho a acceder al poder y manejar sus negocios sin el control de la metrópoli, bajo la idea abstracta y ficticia de una “liberación” denominada “independencia”; ponerse firme al escuchar las notas musicales de una obra europea compuesta por un italiano y vanagloriarse de su belleza como si fuera parte fundamental de nuestra tradición y nuestra cultura, son actos ilusorios necesarios para la construcción de una identidad colectiva, y a la vez, nos impiden la construcción de una identidad verdaderamente nuestra, que nos permita definirnos en nuestros propios términos y no en los términos de la concepción eurocentrista que impone occidente. Esto nos queda claro al leer este libro, “Novela y dictadores en América Latina”, en el que Mercedes Fernández nos muestra la trampa en que han caído muchos filósofos y ensayistas latinoamericanos al tratar de dilucidar el asunto de una identidad latinoamericana. Al querer defender el ingreso de América Latina en la “historia universal” como la planteó Hegel, sencillamente reconocen y justifican la visión hegeliana de que la historia de todos los pueblos de la tierra es una cadena de avances logrados a punta de ensayo y error, en la que unos pueblos han logrado un mayor avance y por lo tanto, son superiores a otros. En específico, para Hegel Europa es superior al resto del mundo, y América no es más que un mal remedo de aquella.

Mercedes Fernández nos explica que controvertir esta visión utilizando la misma metodología hegeliana, sólo ha llevado a una contradicción insalvable entre un extrínseco textual que busca la comprensión del otro, el humanismo, y un intrínseco textual simultáneo que en realidad legitima a América como nuevo centro, barbarizando a Europa como nueva periferia. Tengamos en cuenta que Hegel es considerado uno de los grandes metafísicos, que tuvo un impacto muy profundo en Marx y su materialismo histórico, y que no es de sorprender que siendo alemán, defendiera la Ilustración y la Reforma Protestante, ambas surgidas en Alemania. Para Hegel, lo más avanzado de la humanidad estaba en la conjunción del espíritu germánico con el cristianismo evangélico, aunque mucho se ha sospechado que tras su defensa del cristianismo, Hegel ocultaba su filiación francmasónica. Mercedes Fernández nos recuerda que el culto al individuo superior, presente en Oton I El Grande, primer emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, fue recogido, teorizado y divulgado por pensadores como Hegel, Spencer, Shopenahuer, Nietzsche y Ortega y Gasset. Y cuando hablamos de este individuo superior no podemos dejar de pensar en Hitler y en su ideal de un mundo ario. Pero por supuesto, no debemos tampoco dejar de pensar en los dictadores latinoamericanos, siempre buscando emular al héroe hegeliano, absolutamente europeo, pero al estilo criollo, en la búsqueda o invención de esa esquiva identidad latinoamericana. Al respecto, cito a Mercedes Fernández:

“La influencia de Hegel es […] particularmente interesante para mi trabajo, […] por ser la base filosófica que sustenta los experimentos totalitarios de los siglos XIX y XX y, con ellos, a los dictadores latinoamericanos; por otra parte, el culto al héroe —en su acepción de personaje histórico o político—, se manifiesta, tanto en el poder acordado —o tolerado— a ciertas figuras más o menos carismáticas, como en el ejercicio mismo del poder de muchos dictadores contemporáneos, dentro y fuera de Latinoamérica”.

En definitiva, no se puede combatir a occidente desde occidente, y por ello, no podremos construir una sociedad distinta, sin nacionalismos, sin guerras, y con oportunidad real de vida digna para todos, mientras sigamos buscando atacar el modelo socio-económico-político neoliberal haciendo uso de los principios y valores del ideario burgués que lo concibió, ni buscando alternativas en otros modelos derivados también de dichos valores. En otras palabras, la defensa de la autodeterminación de los pueblos, la soberanía nacional, los derechos del hombre y los derechos de autor, todos ellos conceptos surgidos del liberalismo burgués concebido en la Ilustración, no generará los cambios profundos que requerimos, si queremos un mundo donde la armonía, la equidad y el pacifismo sean lo usual, no lo excepcional.

Mercedes Fernández nos introduce por este camino al estudio de las novelas latinoamericanas protagonizadas por dictadores, en las que el personaje del dictador no corresponde a una figura dictatorial latinoamericana histórica específica, sino a un sancocho (multifacético en la experiencia literaria que ofrece, y sabroso por lo bien preparado) cocinado con base en características conocidas (tanto reales como míticas) de diferentes dictadores que, de mano de la CIA norteamericana, pero con buena dosis de tradición autóctona y mestiza, pusieron su firma en la historia reciente de nuestros países. Para ello, primero nos da un barniz sobre la figura del dictador latinoamericano visto en el contexto de la dictadura como se ha concebido en Grecia, Roma y la Europa de la Ilustración. Dice Mercedes Fernández en su libro:

“Siguiendo la antigua costumbre de escribir nuevos mitos o manipular los existentes para incorporar y sacralizar los cambios que se producen en una sociedad […], la mayoría de las dictaduras en Latinoamérica suelen hacer un esfuerzo por crear una cierta apariencia de legalidad, generalmente escribiendo una nueva Constitución o reformando la anterior. Por otra parte, en aquellas dictaduras que podemos considerar tiránicas, el problema de la legalidad del gobierno puede ser radicalmente ignorado; el tirano gobierna generalmente por decreto y por encima no sólo de la ley, sino incluso de las apariencias”.

Una vez más, los gobiernos de Chávez, Uribe y Correa corroboran estas palabras de la autora.

Luego, Mercedes Fernández hace algunas correspondencias continentales entre diferentes tipos de gobierno autoritario relacionados a diferentes momentos históricos, y la representación novelística de los correspondientes tipos de dictador o tirano. Para esto último, recurre a una diversidad de novelas latinoamericanas que tratan el tema, iniciando con un notable análisis del cuento “El Matadero” de Esteban Echeverría (1838), pero se centra en el estudio de cuatro obras en específico: “El Señor Presidente” de Miguel Ángel Asturias (1946), “El Recurso del Método” de Alejo Carpentier (1974), “Yo el Supremo” de Augusto Roa Bastos (1974), y “El Otoño del Patriarca” de Gabriel García Márquez (1975). El estudio que Mercedes Fernández hace de estas novelas se elabora, según sus propias palabras, sobre el análisis de su mediación en la creación de un epos específico a Latinoamérica. La validez y enorme importancia del estudio de estas novelas para entender mejor nuestra historia o lo que creemos es nuestra historia, nos lo revela la propia autora:

“La novela es capaz de romper las barreras de toda formación discursiva, puede tomar prestado de todos y cada uno de los discursos, subvertir toda autoridad y autorizar toda subversión, rompiendo el monologismo de toda verdad canónica”.

Española nacida bajo la dictadura de Franco, con un primer trabajo en el Chile de Allende, que le permitió estar en el meollo mismo del inicio del régimen de Pinochet (es decir, en reclusión), Mercedes Fernández Durán vivió en Japón y reside ahora en Canadá. Lectora desde la infancia, ha completado en este libro no sólo un trabajo con todo el rigor que demanda la academia, sino un texto de sumo interés por igual para amantes de la historia como para amantes de la literatura. Pero más allá de eso, “Novela y dictadores en América Latina” nos recuerda (con sobrados argumentos perfectamente documentados, correlacionados y analizados) que las novelas (y por extensión, la literatura), aunque sean obras de ficción, son verdaderamente obras literarias en la medida en que son un reflejo del tiempo del autor, tanto en lo factual como en lo conceptual, lo imaginario, etc. Es decir, no puede desdeñarse el valor de una novela (o cualquier otra obra literaria) como documento útil para las ciencias humanas (todas ellas). De hecho, Mercedes Fernández nos advierte que la novela tiene la facultad irreemplazable de llegar a donde el ensayo y la filosofía no alcanzan, principalmente porque la “realidad” como la conocemos no es tal, está siempre impregnada de lo mítico; la historia de una nación se funde con la tradición y el mito, de tal forma que quien analice, por ejemplo, los fundamentos de la construcción identitaria colectiva latinoamericana, ceñido sólo a los “hechos” históricos, no podrá desenmarañar el entramado mítico que ha bañado, alterado, translucido, ocultado y hasta inventado los hechos que, si pudiéramos ver hoy con nuestros propios ojos, quizá nos parecerían en muchos casos, absolutamente ajenos y desconocidos. Cito a Mercedes Fernández:  

“Contrariamente a los géneros denotativos, poiesis, que no está atada a una ‘verdad’ predefinida por la historia o la política oficial, que puede tomar en cuenta lo posible y lo probable, y sobre todo lo silenciado, es singularmente capaz de evocar estas realidades”.

No puedo, en consecuencia, terminar esta presentación de “Novela y dictadores en América Latina: La identidad en ficción, pensamiento y forma”, sin leer un fragmento del mismo, en el que Mercedes Fernández, periodista y docente universitaria madrileña, doctorada en estudios interdisciplinarios, galardonada con numerosas distinciones y becas de investigación, habla con respecto a “El Otoño del Patriarca”, de Gabriel García Márquez:

"Como ya he mencionado, la novela de García Márquez hace referencia sincrética a toda la historia dictatorial del continente, comenzando con las dictaduras que surgieron como resultado de las guerras de Independencia, y terminando en el período contemporáneo al escritor. Todo el desarrollo políticio-mítico de la novela es una espiral que abarca desde la encarnación del Dios = Patriarca en el vientre de la pajarera nómada en el "origen de los tiempos" -que aquí coinciden, políticamente, con el período de la Independencia, y mítico-históricamente con el desembarco de Colón-, hasta la muerte contemporánea del "paquidermo"-Dios = Patriarca. Si inscribimos la sucesión temporal de los acontecimientos en el triángulo que representa la Trinidad, tendremos un prisma en cuyo centro se desarrolla la acción de la novela en una espiral ascendente cuyos círculos concéntricos se van formando de acuerdo a las coordenadas temporales que proveen las referencias político-históricas de la novela. En la medida en que la acción político-histórica que se desarrolla en esta espiral es iluminada por la luz refractada que atraviesa las distintas caras del prisma mítico en el que se inscribe, tendremos un mayor o menor énfasis en los aspectos míticos, mítico-históricos, mítico-políticos o políticos de la novela y, en consecuencia, un cambio en las voces que narran la historia, en la perspectiva desde la que es narrada, y en el modo -más o menos poético- en que es narrada. Por último, podemos ver que esta imbricación de elementos hace que todos los personajes que se relacionan íntimamente con el Dios = Patriarca tengan un valor mítico -como lo hemos visto en el caso de su madre, Bendición Alvarado- o lo adquieran en contacto con él, como vemos claramente en los dos amores de su vida."

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