domingo, 25 de enero de 2015

Creciendo con dos mamás



CRECIENDO CON DOS MAMÁS:
EL DESCONOCIDO PUNTO DE VISTA DEL HIJO


Por: Robert Oscar López, escritor y profesor de inglés en la Universidad Estatal de California, Estados Unidos.

Publicado originalmente por The Witherspoon Institute en agosto de 2012.

Traducido por: Said Abdunur Pedraza.

Los niños de parejas del mismo sexo tienen un duro camino frente a ellos. Yo lo sé bien, porque he estado ahí. La última cosa que deberíamos hacer es hacerlos sentir culpables si sufren estrés o se sienten extraños.

Entre 1973 y 1990, cuando mi amada madre falleció, ella y su pareja romántica femenina me criaron. Ellas tenían casas separadas, pero pasaban prácticamente todos los fines de semana juntas, conmigo, en un remolque discretamente ubicado en un parque de remolques a cincuenta minutos de la ciudad donde vivíamos. Siendo el menor de los hijos biológicos de mi madre, fui el único que experimentó la infancia sin la presencia de mi padre.



Después que los hijos de la pareja femenina de mi madre se fueron a la universidad, ella se mudó a nuestra casa en la ciudad. Viví con ellas dos durante una breve temporada hasta que mi madre murió a la edad de 53. Yo tenía 19 años. En otras palabras, fui el único de los hijos que experimentó la vida bajo la “crianza homosexual” como se entiende hoy día.



Sencillamente crecer con padres homosexuales fue muy difícil, y no debido a los prejuicios de los vecinos. La gente en nuestra comunidad en realidad no sabía lo que pasaba en la casa. Para la mayoría de los demás, yo era un niño bien criado con muy buenos logros, que estaba terminando la secundaria con las mejores calificaciones.



Sin embargo, por dentro yo estaba confundido. Cuando la vida en tu hogar es tan drásticamente distinta de la de todos los que te rodean, en una forma fundamental que choca las relaciones físicas básicas, creces extraño. Yo no tenía ningún desorden mental ni enfermedad biológica. Simplemente, crecí en una casa tan fuera de lo común que estaba destinado al ostracismo social.



Mis compañeros aprendieron todas las normas no escritas sobre el decoro y el lenguaje corporal en sus hogares; ellos entendían qué era apropiado decir en ciertas situaciones y qué no, y aprendieron mecanismos sociales tradicionalmente masculinos así como los tradicionalmente femeninos.



Incluso si los padres de mis compañeros eran divorciados (y muchos lo eran), ellos seguían viendo modelos sociales masculinos y femeninos. Ellos aprendieron, normalmente, cómo ser audaces y resueltos, a partir de figuras masculinas, y cómo escribir cartas de agradecimiento y ser sensibles, a partir de figuras femeninas. Estos eran estereotipos, por supuesto, pero estereotipos que resultan útiles cuando inevitablemente dejas la seguridad del remolque de tu madre lesbiana y tienes que trabajar y sobrevivir en un mundo donde todo el mundo piensa en términos de esos estereotipos, incluyendo a los homosexuales.



Yo no tenía ninguna figura masculina qué seguir, y mi madre y su pareja eran diferentes a los padres y a las madres tradicionales. Como resultado, yo tenía muy pocas pistas sociales reconocibles qué ofrecerles a potenciales amigos hombres o mujeres, ya que no era sensitivo con los demás ni tenía confianza en mí mismo. De modo que rara vez hacía amistades y fácilmente me aislaba de los demás. Las personas homosexuales que crecieron en hogares con padres estrictos pueden haber luchado con su orientación sexual, pero cuando se trata de lidiar con el vasto universo social de adaptaciones que no tienen que ver con la sexualidad (cómo actuar, cómo hablar, cómo comportarse), tienen la ventaja de haberlo aprendido en casa. Muchos homosexuales no se dan cuenta de la bendición que ha sido para ellos haberse criado en un hogar tradicional.



Mi vida familiar no era tradicional ni convencional. Sufrí a causa de ello, en formas que son difíciles de catalogar por parte de los sociólogos. Tan nervioso como directo y franco, más tarde parecería extraño incluso ante los ojos de adultos homosexuales y bisexuales que tenían muy poca paciencia para alguien como yo. Yo les resultaba tan extraño a ellos como a la gente heterosexual.



La vida es difícil cuando eres extraño. Incluso en la actualidad tengo pocos amigos, y a menudo pienso que no entiendo a la gente debido a las señales tácitas de género que todos a mi alrededor, incluyendo a los homosexuales criados en hogares tradicionales, dan por supuestas. Aunque trabajo duro y aprendo rápido, tengo problemas en ajustes profesionales debido a que mis colegas me encuentran extraño.



En términos de sexualidad, los homosexuales que son criados en hogares tradicionales se benefician de al menos ver algún tipo de rituales de cortejo a su alrededor. Yo no tengo idea de cómo hacerme atractivo para las mujeres. En cuanto ponía un pie fuera del remolque de mi madre, era etiquetado de inmediato como paria debido a mi amaneramiento, mi ropa extraña, mi ceceo y mi extravagancia. No es de sorprender que terminé la secundaria en castidad, sin haber tenido nunca una novia, a pesar de haber asistido a cuatro bailes de graduación como chaperón de fiesta para chicas que solo querían alguien que pagara la limosina.



Cuando fui a la universidad, entré en los radares de todos los que identifican a los gay, y el grupo LGBT del campus pronto me abordó para decirme que con toda certeza yo era homosexual. Cuando me declaré bisexual, ellos le dijeron a todo el mundo que yo estaba mintiendo, y que simplemente aún no estaba listo para salir del clóset como gay. Atemorizado y traumatizado por la muerte de mi madre, abandoné la universidad en 1990 y caí en lo que solo puede denominarse el submundo gay. Allí me ocurrieron cosas terribles.



No fue hasta los veintiocho años que me encontré de repente en una relación con una mujer, a través de coincidencias que conmocionaban a todos los que me conocían y que me sorprendían a mí mismo. Me autodenomino bisexual porque necesitaría escribir muchas novelas para explicar cómo me “enderecé” después de casi treinta años como homosexual. No me apetece enfrentarme a activistas homosexuales señalándome y criticándome en la forma en que lo hacen en sus misiones de buscar-y-destruir contra exhomosexuales, “casos de clóset” u homosexuales conservadores.



Aunque tengo una biografía particularmente relevante para asuntos homosexuales, la primera persona que me contactó para agradecerme por compartir mi perspectiva acerca de temas LGBT fue Mark Regnerus, en un correo electrónico fechado el 17 de julio de 2012. Yo no formé parte de su encuesta masiva, pero él se interesó en un comentario que dejé al respecto en un sitio web y tuvo la iniciativa de comenzar una correspondencia virtual conmigo.



He vivido cuarenta y un años y nadie (y mucho menos los activistas homosexuales) me ha buscado para hablar con honestidad acerca de los complicados retos gay de mi vida. Solo por eso, Mark Regnerus merece ya un crédito enorme (y la comunidad homosexual debería darle crédito en lugar de tratar de silenciarlo).



El estudio de Regnerus identificó a 248 adultos que crecieron con padres que tuvieron relaciones románticas con parejas del mismo sexo. Ofreció la oportunidad de dar respuestas francas con la visión retrospectiva de la adultez, y ellos dieron reportes nada favorables a la agenda de la igualdad del matrimonio homosexual. Además, esos resultados están respaldados por una cosa muy importante en la vida, denominada sentido común: Crecer diferente a la demás gente es difícil, y estas dificultades elevan el riesgo de que los niños desarrollen desequilibrios o se auto mediquen con alcohol y otros comportamientos peligrosos. Cada una de esas 248 es una historia humana, sin duda con muchas complejidades.



Al igual que la mía, las historias de esas 248 personas merecen ser contadas. El movimiento gay está haciendo todo lo posible para asegurarse de que nadie las escuche. Pero me preocupan más las historias que los números (en especial como profesor de inglés), y Regnerus se tropezó inconscientemente con un baúl lleno de tesoros narrativos.



Entonces, ¿por qué el código de silencio de los líderes LGBT? Solo puedo especular desde mi perspectiva. Aprecio la memoria de mi madre, pero no endulzo las palabras al hablar sobre cuán difícil fue crecer en un hogar homosexual. Estudios anteriores examinaron a niños que aún estaban viviendo con sus padres homosexuales, de modo que estos niños no tenían libertad para hablar, gobernados como todos los niños por la piedad filial, la culpa y el temor de perder sus concesiones. Yo he sido literalmente pisoteado por décadas, por tratar de hablar con honestidad.



La última tentativa de silenciar historias (y datos) como la mía viene de Darren E. Sherkat, profesor de sociología de la Universidad del Sur de Illinois en Carbondale, quien le concedió una entrevista a Tom Bartlett de la Crónica de Educación Superior, en la que dijo (y cito) que el estudio de Mark Regnerus era “pura mierda”. El artículo de Bartlett sigue así:



Entre los problemas que identificó Sherkat está la definición en el estudio de “madres lesbianas” y “padres homosexuales” (un aspecto que ha sido el foco de mucha de la crítica pública). Una mujer puede ser identificada como “madre lesbiana” en el estudio si ella ha tenido una relación con otra mujer en cualquier momento después de haber tenido un hijo, independientemente de la brevedad de esa relación y de si las dos mujeres criaron o no al niño como pareja.



Sherkat dijo que ese hecho por sí solo debería haber “descalificado inmediatamente” a dicho estudio de ser considerado para su publicación.



El problema con la descalificación de Sherkat del trabajo de Regnerus es un acertijo multicapas de gallina y huevo. Aunque Sherkat utiliza el término “LGBT” en la misma entrevista con Bartlett, él privilegia a Lesbianas y Gais y discrimina de forma severa a los Bisexuales.



¿De dónde provienen los hijos de padres LGBT? Si los padres son 100% homosexuales o lesbianas, entonces las posibilidades son que los niños fueran concebidos a través de inseminación, útero alquilado, o que hubieran sido adoptados. Sin embargo, tales casos son un porcentaje tan pequeño de padres LGBT, que sería prácticamente imposible hallar a más de media docena en una muestra aleatoria de decenas de miles de adultos.



La mayoría de los padres LGBT son, como yo, y técnicamente como mi madre, “bisexuales” (la B olvidada). Tenemos nuestros hijos porque nos involucramos en relaciones sexuales heterosexuales. Las complicaciones sociales surgen naturalmente si concibes un niño con el sexo opuesto pero aún sientes atracción por el mismo sexo. Sherkat llama a esas complicaciones “descalificables”, como si corrompieran la pureza del modelo de crianza homosexual.



Yo postularía que los niños criados por parejas del mismo sexo naturalmente serán más curiosos y experimentales con la homosexualidad sin estar necesariamente libres de cualquier atracción hacia el sexo opuesto. De ahí que ellos caerán más fácilmente en la categoría bisexual, como me ocurrió a mí (lo que quiere decir que los hijos de padres LGBT, al llegar a ser jóvenes adultos, serán los primeros descalificados por los científicos sociales que actualmente dicen abogar por sus padres).



Quienes son 100% homosexuales quizás ven a los bisexuales con una mezcla de disgusto y envidia. Los padres bisexuales amenazan el núcleo mismo del discurso de la crianza LGBT: tenemos la opción de vivir como gais o heterosexuales, y tenemos que decidir la configuración de género del hogar en el que nuestros hijos crecerán. Mientras algunos homosexuales ven la bisexualidad como una posición facilista, el hecho es que los padres bisexuales llevan una carga mayor sobre sus hombros. A diferencia de los homosexuales, nosotros no podemos minimizar nuestras decisiones como cosas forzadas en nosotros por la naturaleza. No tenemos más opción que asumir la responsabilidad de lo que hacemos como padres, y vivir con la culpa, el remordimiento y la autocrítica por siempre.



Nuestros niños no llegan con inmunidad legal completa. Como hombre, a pesar de ser bisexual, no voy a tirar a la madre de mi hijo como si fuera una incubadora usada. Tuve que ayudar a mi esposa con todas las dificultades del embarazo y la depresión posparto. Cuando ella está luchando con la discriminación contra las madres o las mujeres en un lugar de trabajo sexista, tengo que ser paciente y escuchar. Tengo que atender sus necesidades sexuales. Una vez fui padre, hice a un lado mi pasado homosexual y juré no divorciar nunca a mi esposa ni tomar a otra persona, hombre o mujer, antes de morir. Elegí ese voto a fin de proteger a mi hijo de tener que lidiar con un drama dañino, incluso cuando ya se haya hecho adulto. Cuando eres padre, las cuestiones éticas giran alrededor de tus hijos y haces a un lado tus propios intereses… para siempre.



La evaluación de Sherkat del trabajo de Regnerus muestra una indiferencia total para con la labor emocional y sexual con la que los padres bisexuales contribuyen a sus hijos. Los padres bisexuales deben luchar con sus obligaciones como padres mientras continúan luchando con las tentaciones de entrar en relaciones con el mismo sexo. La turbulencia documentada en el estudio de Mark Regnerus es un testamento de cuán duro es esto. En lugar de amenazante, es un recordatorio de la carga que llevo y un estímulo para que me preocupe primero y principalmente de las necesidades de mis hijos, no de mis deseos sexuales.



El otro problema de gallina y huevo de la desacreditación de Sherkat tiene que ver con la ideología conservadora. Muchos han descartado mi historia con tres simples palabras: “Pero eres conservador.” Sí, lo soy. ¿Cómo llegué a serlo? Me pasé a la derecha porque viví precisamente el tipo de ambiente identitario antinormativo, marginalizado y oprimido que la izquierda celebra: Soy un intelectual bisexual latino criado por una lesbiana, y experimenté la pobreza en el Bronx como adulto joven. Soy lo suficientemente perspicaz para notar que las políticas sociales liberales no ayudan a la gente es esas condiciones. Es especialmente errónea la actitud liberal de que no debemos juzgar en lo relativo al sexo. En el mundo homosexual del Bronx, limpié suficientes apartamentos de hombres que murieron de SIDA para entender que resistirse a la tentación sexual es fundamental para cualquier tipo de sociedad humana. El sexo puede ser dañino no solo debido a las infecciones y enfermedades, sino también porque nos deja vulnerables y hace que nos aferremos a personas que no nos aman, que nos aflijamos por quienes nos abandonan, y que no sepamos cómo escapar de aquellos que nos necesitan pero a quienes no amamos. La izquierda no entiende nada de eso. Es por eso que soy conservador.



Así que sí, soy conservador y apoyo los hallazgos de Regnerus. ¿O acaso los hallazgos de Regnerus reconsideran las cosas que me hicieron conservador en primer lugar? Sherkat debería hallar la respuesta.



Tras haber vivido 41 años como un hombre extraño, me parece trágicamente apropiado que el primer instinto de los expertos y de los activistas homosexuales sea excluir mi perfil de vida como no apto por cualquier “muestra de datos”, o como lo denomina el Dr. Sherkat, “pura mierda”. Así que el juego ha seguido por al menos 25 años. En todo discurso sobre alianzas LGBT, la bisexualidad queda tirada a un lado gracias a expertos como Sherkat. En todas las charlas sobre un movimiento “marica”, los activistas maricas prefieren restringir sus círculos sociales a personas normales profesionales que saben cómo ofrecer fiestas encantadoras, hacer pequeñas conversaciones, y combinar con los muebles Art Deco.


Doy gracias a Mark Regnerus. Lejos de ser “pura mierda”, su trabajo me afirma, porque reconoce lo que el movimiento activista gay ha buscado borrar, o al menos ignorar, tan laboriosamente. Sea que la homosexualidad sea elegida o innata, sea que el matrimonio gay sea legalizado o no, ser extraño es duro, te cobra peaje mental, hace difícil encontrar amigos, interfiere con el crecimiento profesional, y a veces lo lleva a uno cuesta abajo por el camino pantanoso de la automedicación en forma de alcoholismo, drogas, apuestas, comportamiento antisocial y sexo irresponsable. Los hijos de parejas del mismo sexo tienen un camino difícil frente a ellos (yo lo sé porque estuve ahí). La última cosa que deberíamos hacer es hacerlos sentir culpables si sufren estrés o se sienten extraños. Les debemos, al menos, una dosis de honestidad. Gracias, Mark Regnerus, por tomarse el tiempo de escucharlos.


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