miércoles, 21 de septiembre de 2011

La razón por la que me convertí en musulmán el 11 de septiembre de 2001


LA RAZÓN POR LA QUE ME CONVERTÍ EN MUSULMÁN EL 11 DE SEPTIEMBRE DE 2001


Por Hernán Guadalupe

Traducido del inglés al español por Umm Uthman Wendy




Antes del 9/11 estuve buscando la “verdad,” es decir, la manera apropiada de adorar a Dios. Me crie en un hogar católico, serví como monaguillo, asistí a un colegio católico y estudié la Biblia durante gran parte de mi juventud. Siempre he creído en Dios, sin importar en qué etapa de mi vida estaba, fuera durante mi niñez en la escuela católica, mi breve experimentación con el cristianismo, mi búsqueda del conocimiento del budismo, hinduismo y otros “ismos”, o mis estudios del Darwinismo y la teoría de la evolución.

A través de mis días antes del 9/11, yo sentía que tenía suficiente experiencia en todos los credos e ideologías, y llegué a la conclusión de que había un Dios o un Ser Supremo, pero me preguntaba: “¿Cómo debo adorarlo? ¿Cómo hago sentido de todas las demás religiones que existen en el mundo? Este era mi estado de ánimo antes del 9/11. Hasta ese punto no había conocido el Islam. Me sorprende, ahora que pienso en mi juventud, que sí tuve amigos musulmanes como Hasan, Mahmud o Tamir, pero no sabía que eran musulmanes o qué era el Islam.

No fue hasta 1999 que comencé a aprender sobre el Islam y los musulmanes durante mis años de universidad en el Instituto de Tecnología Stevens en Nueva Jersey. Conocí a un musulmán llamado Ahmer Siddiqui, quien hasta este día es uno de mis mejores amigos. En el pasillo justo antes de que tuviéramos que entrar a tomar un examen de química, entré en pánico porque sentí que no estaba preparado y pensé: “¿Cómo me saldré de esta?” De repente le escuché a Ahmer decir que él sabía las respuestas del examen, así que le pedí que me ayudara aunque nunca antes nos habíamos conocido. No sólo tenía las respuestas del examen ese día, sino que también tendría las respuestas a la vida, también.

Yo me hice amigo de Ahmer y nos acercamos bastante ese semestre. Salíamos juntos con otros amigos y hablábamos sobre acontecimientos actuales, asuntos políticos, asuntos sociales, y por su puesto, sobre la religión. Como yo me crie en un ambiente católico, le retaba con preguntas sobre la trinidad, la creencia en Jesús como Dios y el hijo de Dios, la creencia en María, los signos del Día del Juicio y otros temas controversiales. Eran preguntas comunes que yo les había hecho a sacerdotes y pastores anteriormente sólo para darme cuenta que ellos no tenían respuestas claras. Más bien, sus respuestas aumentaban mi confusión y disminuían mi deseo de afiliarme a cualquier religión.

Sin embargo, las respuestas que me daba este muchacho de 18 años eran respuestas que nunca antes había escuchado. Las explicaciones sobre los temas a la mano eran unas que nunca había considerado o nunca se me habían presentado en esa manera. Por primera vez todo comenzó a tener sentido, y no sólo era fácil de aceptar mentalmente, sino también espiritualmente. Recuerdo una vez, a la edad de 15 o 16 años, mientras miraba hacia el cielo, con mi cara y camisa mojadas por las lágrimas que brotaban de mis ojos, haberle rogado a Dios que me guiara. Después de conocer a Ahmer y aprender sobre el Islam, sentí que había llegado la respuesta a mi súplica.

Durante la primavera del año 2000, mi relación con Ahmer se suspendió mientras me enfocaba en comprometerme a una fraternidad latina. Más tarde ese verano, me convertí en un tutor-asesor de un programa de la escuela secundaria en la universidad. Fue durante ese programa que conocí a dos niñas brillantes que eran diferentes a las demás. En lugar de ser escandalosas, groseras y vestidas a la moda de acuerdo a las normas sociales, ellas eran tranquilas, maduras y muy modestas en su vestimenta y carácter. Esta fue la primera vez que había conocido a mujeres que usaban el hiyab (velo islámico). Me sentí atraído a ellas, curioso por conocer por qué hacían lo que hacían. Lo chistoso es que no recuerdo haber aprendido sobre mujeres musulmanas en mis conversaciones con Ahmer, así que nunca supe cómo se veían o cómo se vestían. Pensándolo ahora, mientras escribo esto, me asombra cómo Dios puso gente en mi vida para exponerme al Islam poco a poco. Yo aprendí bastante de ellas, como sobre el concepto del hiyab, la modestia en el Islam, la historia del Corán y cómo nunca se ha cambiado desde ser revelado, y también cómo alguien se convierte al Islam diciendo las palabras de la declaración de fe conocidas como la “Shajada”.

Yo les agradecía por todo lo que me enseñaban, aunque técnicamente era yo el asistente de maestro y ellas mis estudiantes. Sin embargo, cuando se trataba del aprendizaje del Islam, yo era el humilde alumno. Mi admiración por el Islam creció más y más, pero no pensé en aceptarlo en esos momentos. El otoño y la primavera del 2000 llegaron y pasaron. Yo continuaba aprendiendo del Islam a través de conversaciones con Ahmer. Sin embargo, estaba envuelto en la vida universitaria y no deseaba dejar mis viejas costumbres a cambio de una vida dedicada a Dios. Estaba muy ocupado festejando, bailando, escuchando Hip-hop y rap, y vacilando con mis hermanos de la fraternidad.

Un acontecimiento que recuerdo, durante esos tiempos, fue que le pedí a Ahmer una copia del Corán antes de las vacaciones del verano. Ese verano, mientras trabajaba en la ciudad de Nueva York, lo llevaba conmigo dondequiera que fuera, en el metro y en el autobús. Leía lo más que podía cuando y donde pudiera. Recuerdo estar sentado al lado de un ingeniero en el autobús un día y sacar la copia del Corán. Él me preguntó: “¿Eres musulmán?” Yo le respondí amablemente: “No, pero estoy aprendiendo.” Él me contó que era musulmán y podría responder a cualquier pregunta que tuviera. A veces desearía volver a ver a ese hermano y poder decirle: “Ahora sí soy musulmán.” Estoy seguro que estaría contentísimo. Esa fue mi rutina durante todo el verano, leer el Corán en camino al trabajo en Nueva York.

Después de un tiempo me sentí agobiado con la información. Con cada versículo que leía me asustaba más. Entendía lo que el Islam deseaba de mí, pero no estaba preparado mentalmente o espiritualmente para adoptarlo de todo corazón. Decidí, después de eso, parar de leer el Corán y enfocarme en otros aspectos de mi vida.

Poco tiempo después, me encontré de nuevo en la universidad comenzando mi tercer año de estudios en el otoño del 2001. Para mí era lo mismo de siempre: reuniones para novatos, eventos sociales, fiestas, orientaciones, el jangueo y giras durante las primeras dos semanas de la escuela.

El 11 de septiembre de 2001, me desperté y me alisté para irme al laboratorio como a las 8 am. Camine al salón de química, únicamente para descubrir que habían cancelado la clase. Recuerdo haber estado contento porque tendría la oportunidad de ir a relajarme o a dormir un poco más. Caminé de vuelta a mi residencia universitaria y recuerdo haberle dado un vistazo al horizonte de la ciudad de Nueva York. Mi universidad está situada al otro lado del rio y el paisaje es una característica popular que Stevens les ofrece a sus estudiantes. Siempre era una hermosa vista y ese día no era diferente. El sol estaba resplandeciente, el cielo claro y la temperatura fenomenal, y la vista hacia la ciudad era impresionante, incluso para alguien que la había visto toda su vida.

Pasé a mi cuarto e inmediatamente recibí una llamada de una amiga que me ordenó poner las noticias. Sonaba asustada y cuando prendí la televisión, vi que los edificios que acababa de ver en el horizonte estaban en llamas. Corrí arriba al dormitorio de Ahmer de inmediato para avisarle de las noticias. Él estaba durmiendo y le interrumpí el sueño bruscamente con la devastadora información.

Encendimos el televisor y miramos atentamente mientras él se alistaba para poder ir afuera a ver lo que ocurría. Mientras los medios de comunicación informaban que un avión se había estrellado contra las torres gemelas, Ahmer repetía en voz alta: “Espero que no sean musulmanes”. Yo no entendía por qué musulmanes tendrían algo que ver con eso.

Salimos entre una multitud caótica de estudiantes aterrorizados y nerviosos. Todos estaban mirando desde Castle Point hacia el centro de Manhattan. Nos quedamos ahí por horas, recibiendo actualizaciones de la radio o de la gente. Seguía pensando para mí: “Espero que la gente pueda salir, espero que la ayuda haya llegado.” También tenía miedo de la posibilidad de otro avión estrellándose contra el rascacielos que estaba al lado de nosotros y que sirve como edificio administrativo.

Tras unas cuantas horas de llantos, gritos, preocupaciones, y temores, las torres se derrumbaron. No fue hasta entonces que la realidad me cayó encima. En ese instante entendí que nadie saldría vivo de ese edificio. No era posible salvarse de eso. Recuerdo haber mirado mi reloj, viendo los segundos pasar a cámara lenta. También recuerdo que mi consciencia me hablaba, recordándome todo lo que había aprendido sobre el Islam, de lo que debe ser el propósito de mi vida, de cómo debo estar viviendo y de la realidad de la vida y la muerte. Pensé en todas las veces que había leído en el Corán sobre la promesa para aquellos que hacen el bien, la recompensa con su Señor por adorarlo únicamente a Él y vivir una vida de acuerdo con Sus reglas y normas, y también la promesa para aquellos que lo desobedecen a Él y a Sus mandamientos. Durante esos segundos, pensé en el Paraíso y en el Infierno, los castigos de la tumba, y cómo mi arrogancia me había prevenido aceptar mi papel como la creación de Dios, sólo para poder festejar, pasar el rato, divertirme, bailar, beber y “vivir la buena vida.”

Recuerdo haber reflexionado sobre aquellos tiempos cuando me dije a mí mismo que el Islam es una bella religión, pero si la acepto será después cuando sea viejo. Sin embargo, durante ese tiempo, mientras la muerte se manifestaba al otro lado del rio, pensé: “¿Y qué pasa si ese día nunca llega?”

La gente en las torres gemelas pensaba que el 11 de septiembre de 2001 era otro día común y corriente para ellos. Probablemente pensaron que iban a ir a almorzar, regresar a sus casas para cenar y reunirse con sus familias, sus hijos, o enamorados. Sin embargo, Dios tuvo otros planes. Ese día sería su último día y no tendrían una oportunidad para discutir o abogar por su caso. Si esa fue su situación, ¿qué debo pensar que será la mía? ¿Por qué debo creer que yo viviré una vida larga? ¿Cómo puedo estar tan seguro que voy a envejecer? ¿Cómo puedo estar tan seguro que voy a aceptar el Islam cuando ya haya “terminado” de divertirme? La respuesta fue: “No, no estoy seguro.” Estos pensamientos corrieron por mi mente en un lapso muy breve. Ahmer me sacó de ese estado de profunda reflexión cuando me toco el hombro para decirme: “Hombre, ya no soporto más, tengo que ir a rezar.” Sin dudarlo ni pensarlo dos veces le dije: “Yo voy contigo.”

Lo seguí a su cuarto y le dije que quería ser musulmán. Sus ojos se llenaron de alegría al oírlo. Me enseñó cómo decir la Shajada, cómo hacer wudú (la ablución), y lo seguí en mi primera oración. Me convertí a musulmán en ese día: el 11 de septiembre de 2001. Fue en ese día que mi vida cambio por completo, y no he dado marcha atrás desde entonces.

Los retos que me esperaban tras mi decisión, los enfrenté con confianza y valentía. Las reacciones violentas debido a los hechos del 9/11 fueron difíciles, pero yo tenía fe en que no importaba qué o quién fuera el responsable, el Islam no tenía nada que ver con esto y que Dios no permitiría que Su religión fuera humillada a pesar de lo mucho que la gente tratara de hacerlo.

Desde ese día en adelante he vivido mi vida como musulmán, aprendiendo cómo adorar a Dios y ser agradecido con Él por las innumerables bendiciones que he recibido en mis años de vida. Desde ese tiempo, he sido bendecido con mi hermano menor y mi madre aceptando el Islam, una esposa maravillosa que se dedica a adorar y a complacer a Dios, y con dos hijos hermosos que nacieron dentro del Islam. Esta década que ha pasado ha sido la cumbre de mi vida, y Dios sabe mejor lo que me espera.


Mientras algunas personas se entristecen por los eventos que ocurrieron el 11 de septiembre de 2001, yo lo veo como el día en que me di cuenta de mi propósito en la vida y tuve el valor para aceptarlo. Lamento mucho las tragedias de ese día, sin duda. Sin embargo, creo que Dios es el Mejor de los Planificadores, y la sabiduría detrás de este evento va más allá del alcance de nuestra comprensión. Una cosa de la que estoy seguro, es que abrió las puertas para que millones de personas aprendieran sobre el Islam, y hasta abrió las puertas para que millones aceptaran el Islam como su forma de vida, incluyéndome a mí. Por eso, siempre estaré agradecido con Dios.

Yo no sé qué nos espera en 20 o 30 años, pero tengo confianza en que voy a continuar pidiéndole a Dios que me guie y me mantenga en este camino sagrado. Estoy seguro de que voy a tratar de enseñarles a mis hijos sobre el Islam y los hechos que ocurrieron, para que crezcan sabiendo la historia de cómo el Islam creció de 20.000 estadounidenses convirtiéndose al año a más de 100.000 estadounidenses aceptando el Islam anualmente. Dios sabe mejor lo que nos espera a todos, lo único que pido es que Dios nos mantenga a mi familia y a mí firmes en este, Su sendero.

Hernán Guadalupe vive en Maryland, Estados Unidos, donde trabaja en desarrollo de bienes raíces y también como jefe instructor de Aqabah Karate.

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