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martes, 6 de septiembre de 2022

Traducir Mundo: Diálogos entre La Traducción y La Poesía

 TRADUCIR MUNDO: DIÁLOGOS ENTRE LA TRADUCCIÓN Y LA POESÍA




En este encuentro Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) y Adalber Salas Hernández (Caracas, 1987) conversarán sobre los retos creativos de la poesía y de la traducción. Moderan Karonlains Alarcón y Henry Gómez, directores de la Red de Talleres Locales de Escritura - Idartes.
 
Fecha: miércoles 7 de septiembre
Auditorio Rogelio Salmona
Fondo de Cultura Económica
Calle 11 No. 5 - 60
Hora: 6:00 p.m.
Presencial. Ingreso libre hasta completar aforo.


Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986). Ganadora del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020 por El reino de lo no lineal, del Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017 por Principia y del Premio Bellas Artes de Traducción Literaria 2019 por Cielo nocturno con heridas de fuego, de Ocean Vuong. Estudió una maestría en Creative Writing en la Universidad de Nueva York y ha sido becaria del FONCA (Jóvenes Creadores), de la Fundación Para las Letras Mexicanas y de la Fulbright. Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA en los periodos 2015-2016, 2018-2019 y de la Fundación Para las Letras Mexicanas (2016-2017, 2017-2018). En el año 2021 publicó el libro Proyecto Manhattan. 
 

Adalber Salas Hernández (Caracas, 1987). Entre otros, autor de los libros Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Valencia, Pre-Textos, 2015); Mínimos (Madrid, Amargord Ediciones, 2016), La ciencia de las despedidas (Valencia, Pre-Textos, 2018); así como los volúmenes de prosa Clarice Lispector: el lugar de la poesía (Santiago de Chile, Ril Editores, 2019), Isolario (Bayamón, Ediciones Aguadulce, 2019), Palabras sin dueño. Variaciones sobre la traducción literaria (Ciudad de México, Dirección de Literatura UNAM / Periódico de Poesía, 2019) y 23 shots (Caracas, Dcir Ediciones, 2020). Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Pascal Quignard, Mark Strand, Louise Glück, Yusef Komunyakaa, Anne Boyer, Nicholas Laughlin, Shara McCallum, Jamaica Kincaid, Frankétienne y Patrick Chamoiseau. En el 2022 publicó Nuevas cartas náuticas con la editorial Pre-Textos. 
 

Karonlains Alarcón Forero
(Tolima). Estudió antropología en la Universidad Nacional de Colombia, especialización en árabe y ciencias islámicas en Alejandría (Egipto), y cursa la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Central. Fue finalista en el concurso “Si a la paz” de la fundación Lidera (Colombia) y del concurso de Narrativa Manuel Díaz Vargas, con la novela: Viajeros (2018). Ha publicado: Viajeros; Preocupaciones de una madre de familia, libro de cuentos; La súplica en el Islam, ensayo; también numerosos cuentos. Su última novela es ANJATAMÚN; una historia sombría ambientada en el apocalipsis zombi. Se define como una mujer multiprofesional: investigadora, docente, antropóloga y escritora.


Henry Alexander Gómez (Bogotá, 1982). Magister en Creación Literaria de la Universidad Central y Licenciado en Ciencias Sociales de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Ha recibido diferentes distinciones, entre ellas, el Premio Nacional de Poesía Universidad Externado, el Premio Nacional Casa de Poesía Silva y el Premio Internacional de Poesía José Verón de España por el libro Tratado del alba (2016). Otros libros publicados: Memorial del árbol (2013); Diabolus in música (2014); Georg Trakl en el ocaso (2018); La noche apenas respiraba (2018) Mención Honorífica Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz y finalista del Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura. Recibió el Premio Internacional de Cuento “Juan Ruiz de Torres” por el libro Cuentos para hundir un submarino (2021) y el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández por el libro La torre de los caballos azules (2022). Es cofundador y editor de la Revista Latinoamericana de Poesía La Raíz Invertida (www.laraizinvertida.com).

Aprovechando su sólida trayectoria en ambos campos, los invitados dialogarán sobre sus experiencias como autores y coautores, la imagen poética, la divulgación de las letras en diferentes idiomas, el panorama actual de poesía latinoamericana y antillana, los retos del creol y otros gajes del oficio interpretativo.




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sábado, 9 de enero de 2010

Goethe y el Islam

GOETHE Y EL ISLAM

Por: Yusuf Fernández


“Es en Oriente”, señaló el escritor alemán Frederic von Schlegel, “donde debemos buscar el supremo romanticismo”. Esta frase muestra a las claras la influencia que el Oriente musulmán ejerció sobre los escritores alemanes de principios del siglo XIX.

Entre estos escritores destaca por méritos propios la figura de Johann Wolfgang von Goethe, que está considerado como el mejor escritor en lengua alemana de todos los tiempos. El nombre de Goethe ha sido dado al Instituto estatal de Alemania que está encargado de difundir el idioma alemán en todo el mundo, así como a incontables instituciones.

Cuando era joven, Goethe quiso realizar estudios orientales, pero su padre le obligó finalmente a estudiar leyes. Goethe siempre admiró a los primeros viajeros a Arabia (Michaelis, Niebuhr) y estaba fascinado por la lectura de lo que ellos publicaron acerca de sus viajes.


Goethe siempre consideró que no había sido una mera casualidad, sino un hecho providencial lleno de significado, el que en el otoño de 1813 un soldado alemán de las tropas napoleónicas que regresaba de España le trajera un viejo manuscrito en árabe de la época de Al Andalus. Este manuscrito contenía la última Sura (Capítulo) del Corán, la 114, “An Nas” (Los Hombres). Goethe intentó más tarde copiarla con la ayuda de algunos profesores de Jena, que le habían ayudado a traducir el contenido del manuscrito.

En 1814, Goethe visita a un grupo de musulmanes rusos de etnia bachkir del Ejército del zar Alejandro I, que estaban utilizando el instituto protestante de Weimar como una mezquita improvisada para realizar allí sus oraciones. En su carta a Trebra (5-1-1814), Goethe escribe: “Hablando de profecías, tengo que decirte que hay cosas que están ocurriendo en estos días que ni a un profeta le hubieran permitido decir. ¿Quién habría podido afirmar hace unos años que habría habido un servicio religioso musulmán y que algunas Suras del Corán iban a ser recitadas en el auditorio de nuestro instituto protestante? Sin embargo, esto ha ocurrido y acudimos a la oración de los bachkires, vimos a su mulá y recibimos a su príncipe en el teatro. Yo fui obsequiado, como favor especial, con un arco y unas flechas que, en eterno recuerdo, colgaré sobre mi chimenea tan pronto como Dios decrete un feliz retorno para ellos”.


En realidad, la actitud positiva de Goethe hacia el Islam va mucho más allá de la que hubiera tenido anteriormente cualquier alemán. Él mismo escribe, en tercera persona, el 24-2-1816: “El poeta (Goethe)... no desmiente las sospechas de que él mismo sea un musulmán”. (WA I, 41, 86). Más tarde, Goethe se muestra aún más abiertamente como musulmán: “No puedo decirte más que esto: Trato de permanecer en el Islam” (Carta a Zelter. 20-9-1820).

También escribe en una de sus obras cumbre, el “Diván”:

“Es estúpido que todo el mundo
esté alabando su opinión particular.
Si el Islam significa sumisión a Dios,
todos vivimos y morimos como musulmanes”.

En los años 1814-1815, Goethe empieza a estudiar en Jena el idioma y la literatura árabes con algunos profesores de estudios orientales, como Paulus, Lorsbach y Kosegarten. Después de ver sus manuscritos y haber conocido el Corán, Goethe sintió el fuerte impulso de aprender árabe. Él copiaba algunas dúas (súplicas a Dios) islámicas y más tarde escribió: “En ningún otro idioma el espíritu y la letra están plasmados de una forma tan primordial”. (Carta a Schlosser, 23.1.1815). Goethe estudió gramáticas de árabe, libros de viajes, poesía, interpretaciones del Corán, antologías y libros sobre la Sira (la vida del Profeta Mujámmad, Bendiciones y Paz de Dios sobre él). A Goethe le gustaba en especial un traducción de la obra “Diwan” del poeta persa Mujámmad Chamsuddin Jafis, realizada por J. Hammer. Todo esto le empuja a escribir su propio Diván, una obra poética que está claramente inspirada y referida a diferentes versos del Corán (Mommsen, pg. 269-270).

A la edad de 70 años, Goethe escribe (Notas y Ensayos al Diván, WA I, 17, 153) que intenta “celebrar respetuosamente esa noche –la Noche del Destino (Lailat ul Qadr)- en la que se le reveló el Corán al Profeta desde lo Alto”. También escribió: “Cualquiera podría maravillarse por la gran eficiencia del Libro. Esto es por lo que ha sido declarado como 'increado' por sus reales admiradores (los musulmanes)”. A esto, añade: “Este libro continuará siendo altamente efectivo para toda la eternidad”. (WA I, 7, 35/36).

Hoy se conservan en el Archivo de Goethe y Schiller, localizado en Weimar (Alemania), los manuscritos de los primeros estudios coránicos de Goethe de los años 1771-1772. Goethe leía la traducción alemana del Corán realizada por J. Hammer y la traducción inglesa de G. Sale delante de los miembros de la familia Duke de Weimar y sus invitados. El gran autor alemán Schiller y su esposa escribieron acerca de estas públicas lecturas de Goethe (Carta de Schiller a Knebel, 22.2.1815). Goethe pensaba que las traducciones del Corán de que disponía eran insuficientes y siempre estaba pidiendo más. En el Diván, Goethe escribe:

”¿Es el Corán eterno?
No lo dudo.
Éste el es libro de los libros
Lo creo más allá del deber de los musulmanes (de creerlo así)”.
(WA I, 6, 203)

En este mismo sentido, Goethe habla de la diferencia entre un profeta y un poeta. “(Mujámmad) es un profeta y no un poeta y, por lo tanto, su Corán tiene que ser visto como una ley divina y no como un libro humano escrito para la educación o el entretenimiento”. (Noten und Abhandlungen zum Westöstlichen Divan, WA I, 7, 32).

Además de la fascinación que le produce el lenguaje del Corán, así como su belleza y sublimidad, Goethe se siente atraído también por su significado religioso: la Unidad de Dios y la convicción de que Él se manifiesta en Su creación. En los primeros manuscritos de Goethe podemos ver que reprodujo diferentes versos del Corán que hablan de cómo el hombre debería contemplar la naturaleza y todos sus fenómenos como signos de la acción divina. La multiplicidad y complejidad de los fenómenos naturales indican también la existencia de Un Dios único. Goethe habla de “la grandeza de Dios en lo pequeño” (Gottes Grösse im Kleinen).


Goethe estaba también impresionado por la revelación coránica de que Dios habló a la humanidad a través de una serie de profetas. En 1819 Goethe dice -comentando el verso 4 de la Sura de Abraham (14): “No mandamos a ningún enviado que no hablara en la lengua de su pueblo, para que les explicara con claridad”-: “Es cierto lo que Dios dice en el Corán”. (Carta a A. Blumenthal 28.5.1819). En su Carta a Carlyle (20.7.1827), Goethe hace también referencia a este verso coránico: “El Corán dice: 'No mandamos a ningún enviado que no hablara en la lengua de su pueblo'. Esta idea vuelve a aparecer en un ensayo escrito en 1827.

En varios versos del Divan, Goethe se refiere también a la virtud islámica de dar ayudas a los necesitados y habla del “placer de dar”. (Die Wonne des Gebens).

Uno de los factores que llevaron a Goethe a interesarse por el Islam fue su rechazo hacia algunos de los dogmas de las iglesias cristianas, y muy en especial de la católica. “Hay muchas tonterías en la doctrina de la Iglesia” (Conversaciones con Eckermann, 11.3.1832).

En el Diván, Goethe refuta asimismo el dogma cristiano de la divinidad de Jesús y afirma la Unidad de Dios:

“Jesús se sintió puro y reflexionó
únicamente sobre el Dios Único.
Quien le hizo ser un dios
ofende su sagrada voluntad.
Y, de este modo, la verdad tiene que resplandecer,
tal y como Mujámmad también logró hacer.
Por medio sólo del nombre del Uno
él gobernó todo el mundo”.

Goethe manifiesta asimismo en el Diván el valor que tiene el vivir el momento presente frente a la actitud resignada del Cristianismo que relega el disfrute de las cosas únicamente a la otra vida.

Finalmente, en el poema de los Siete Durmientes, contenido en el Diván, Goethe llama a Jesús profeta (en consonancia con las enseñanzas islámicas): “Éfeso durante muchos años / Honra las enseñanzas del Profeta Jesús”. (WA I, 6, 269).

Goethe estaba también fascinado por algunos escritos sufíes y, más especialmente, por la metáfora de Saadi Shirazi sobre el “vuelo en el amor”, es decir, sobre el vuelo hacia la luz tras la muerte. Goethe incluye así un poema en el Diván, “El anhelo del gozo”, en el que refleja esta metáfora de Saadi. Asimismo, en el capítulo dedicado al sabio sufí, Yalal ul-Din Mevlavi Rumi, reconoce la importancia del recuerdo de Al-Lah (Dios) en el Islam: “El rosario de cuentas musulmán, por medio del cual Al-Lah es glorificado por sus 99 Atributos, es una letanía de alabanzas. La afirmación de estos Atributos aproxima al Ser (Wesen) inabarcable. El adorador se encuentra entonces atónito, sometido y calmado”. (WA I, 7, 59).

Manuscrito original de una carta escrita de puño y letra de Goethe. Nótese el encabezado en caracteres árabes: Se trata de la básmala: "En el nombre de Dios, el Clemente, el más Misericordioso".


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sábado, 2 de febrero de 2008

El Último Romántico

EL ÚLTIMO ROMÁNTICO

Por Said Abdunur Pedraza


I
Venía forjándose desde el XVIII
y el tiempo lo había abandonado en la orilla.
La doble equis había sumergido todo
en ríos purpúreos de frialdad fuera de ritual.
Aún así le costó trabajo aprehender el concepto.

Una conspiración cuadrangular le despertó
mientras dormía la resaca de una despedida brutal.
Ellas repitieron: El 1 va antes de la A, pero se negaba a descreer.
Debía lealtad a su ascendencia maldita.

Un día llegó a casa y encontró sólo el terreno, baldío,
y entendió por fin:
era un eternizador de dioses del ocaso.

Aquella mañana de intercambio de canciones
fraguó su derrota, y no lo notó.

Pero ya había perdido, 122 años atrás.

II
Si no podía mantener la fe
¿cómo resucitaría a Clarimonda?
El vino convertido en agua,
ni siquiera tenía a qué renunciar.

III
Recordó su antiguo club de la sopa casera.
Donde comían dos, comían tres,
y los comensales eran familia por cuchara,
siempre y cuando cada quien tuviera su cuchara,
su propia y única cuchara.
Ahora: sopa había, cuchara sólo una.

Uno no hace nación,
espada a su vaina.

IV
Las amorosas crueldades llegan con la luz
y los adornos se incineran en su propio oprobio.
El ángel de la muerte observa su sueño, protector, sin prisa.
El dolor es su frazada, no imagina dormir sin ella.

Más allá de toda salvación,
expulsado de su antigua religión,
ha aceptado la verdad.
Ahora sólo aspira algún día ver La Meca
siguiendo el mandato de von Schlegel,
y allí recitar a Goethe.

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domingo, 10 de junio de 2007

Hematófagos en la Poesía

HEMATÓFAGOS EN LA POESÍA

Por Said Abdunur Pedraza


En 1816, en Villa Diodati, se dio la célebre reunión en la que se gestaron “Frankenstein o el Prometeo Moderno”, de Mary Shelley, considerado por algunos como el precursor del cyberpunk, y “El Vampiro”, de William Polidori, el primer relato de vampiros de la literatura occidental. El personaje central de El Vampiro se convertiría en antecedente primigenio del conde Drácula, que aparecería 81 años después en la obra de Stoker. Sin embargo, antes de este primer relato, fue publicado un buen número de poemas vampíricos que sirvieron de inspiración y precedente de todas las historias de vampiros hasta nuestros días.

Los Inicios

La tradición filosófica que iniciara Descartes en el siglo XVII, conocida como Racionalismo, llevó de forma paradójica a que en el siglo XVIII los seres y hechos sobrenaturales recibieran trato literario, con lo que surgió la novela gótica. Vino luego el impacto del romanticismo, que dominó la literatura europea entre los siglos XVIII y XIX, y acentuó el rechazo hacia la Ilustración y el Neoclasicismo, lo que redundó en el enriquecimiento de las historias de horror con la mentalidad y la postura propias de los románticos: culto al individuo, defensa de la libertad de creación y de expresión, insurrección contra la autoridad política, exaltación de los sentimientos, y por supuesto, tendencias al frenesí, la melancolía y el hastío del mundo. Los tratadistas del Renacentismo habían calificado como gótico (de la palabra godo, en relación a los pueblos germánicos que lucharon contra Roma durante casi un siglo) a todo el arte y la arquitectura de la Europa medieval. Así como para Roma lo godo se refería a todo lo bárbaro y atrasado, para los racionalistas lo gótico era inferior, despreciable. Esta postura fue cuestionada con severidad por aquellos que entendían que jamás habría existido Renacimiento sin todo el desarrollo anterior europeo, que además tenía (y tiene) una profunda deuda con el mundo islámico, pues como dijo el gran orientalista Gustave Lebon: "Del triple punto de vista material, intelectual y moral, son los arabo-musulmanes que han civilizado Europa". Los románticos buscaron las raíces de cada pueblo en su historia, en su literatura, en su cultura. A esto se debió la revitalización de los antiguos poemas épicos y de las leyendas y tradiciones tanto locales como orientales. Y el mito del vampiro, importado de las tradiciones de Hungría, Polonia, Moravia, Silesia y Serbia, nutrió la imaginación de los románticos pues encajó a la perfección en sus atmósferas oscuras y melancólicas, en su rechazo a los héroes universales que fueron sustituidos por figuras más complejas que celebraban al hombre corriente, y en su rescate de la poesía popular y los romances medievales. Además, el vampiro fue la figura ideal para representar a la aristocracia decadente que sobrevivía a expensas de desangrar al pueblo, para caricaturizar su sociedad, y para burlarse del cientificismo y el racionalismo.

Los vampiros y la poesía

Uno de los primeros escritores europeos que aluden al vampiro es Heinrich Ossenfelder, que publicó en 1748 un poema corto llamado “El vampiro”. Trata de un hombre que es rechazado por una dama religiosa de la que está enamorado, y que decide imponerle su sadismo como mejor y más poderoso que las enseñanzas maternas.

Mi estimada doncella recatada
seguidora firme e inflexible
de las enseñanzas que tiempo atrás
le inculcara su piadosa madre;
así como el vampiro inmortal
que siguiendo a la gente frente al portal de Theyse
se inclina como un verdadero creyente.
Ahora, refugiada sólo en su cristianismo
Usted desea que yo no la ame en absoluto;
quiero vengarme de Usted
por mi amor despreciado
y consumar la bebida
en un brindis por el vampiro.

Y al inclinarse con suavidad
de sus hermosas mejillas
el púrpura fresco libaré.
Temblará cuando la bese
será el beso del vampiro
y cruzará el umbral de la muerte entre mis brazos yertos.
Entonces le preguntaré
si mi instrucción ha resultado mejor
que la de su buena madre.

Un cuarto de siglo después, en 1773, Gottfried Bürger publicó su poema “Lenore”, una de las obras que más influenció el movimiento romántico. Una joven desesperada reniega de la Providencia por no tener noticias de su novio, que prometió desposarla al regresar de la guerra ya finalizada.

[…] Su madre la acariciaba con ternura,
con suaves palabras de aliento:
“Hija mía, que Dios te contemple
y te tranquilice, niña mía.”
“¡Oh, madre, madre! ¡Lo que se fue, se fue!
No comprendo cómo el mundo sigue rodando:
¿Qué piedad tiene Dios conmigo?
¡Pena, pena y aflicción, para mi pesado corazón!

“¡Cielos, ayúdenla!
¡Niña, reza un Ave María!
Grandes y sabios son los actos de Dios;
Él te ama y se compadece de ti.”
“¡Fuera, madre, fuera con esas mentiras!
¿Acaso Él ve mi desesperación, o escucha mi llanto?
¿Qué importa ahora esperar o rezar? […]

Esa misma noche llega el novio a su puerta y la lleva en furiosa cabalgata para desposarla. Intrigada por la prisa, le pregunta si acaso teme que los muertos, que viajan veloces, les den alcance. Él le pide que deje a los muertos descansar en paz. Llegan al fin, se trata de un cementerio, y su amado se transforma en un esqueleto que carga una guadaña y un reloj de arena. El vampiro creado por Polidori obedece a esta misma tradición que dice que un vampiro es una persona que ha sido maldita por sus crímenes, por haber cometido suicidio, o por haber renegado de Dios. Es la misma figura vampírica utilizada por Bram Stoker en su novela Drácula y por muchos otros autores en sus textos. Stoker hizo homenaje a la obra de Bürger en su relato “El Huésped de Drácula” de 1896, donde puso la frase “veloces viajan los muertos” en la lápida de la tumba de la condesa Dolingen de Gratz. Y quizá el propio Bürger hacía homenaje a Kaspar Stieler, autor del poema “Que los Muertos Descansen en Paz”, de inicios del siglo XVIII, en el que Filidor, a su muerte, promete a la niña Florilis que su fantasma regresará para atormentarla a menos que se corrija a tiempo.

[…] Mas orgullosa niña,
no imagines que te dejaré ir así.
Un rostro espectral,
parecido al mío, te atormentará;
te perseguirá mi fantasma e irá a la cama contigo.
Un opresivo sueño
te despertará frecuentemente.
Con dificultad creerás cómo entonces puedo asustarte:
Haré miserable tu vida con lamentos y golpes […]

Pero es en 1797 cuando el tema del vampiro es llevado a las más elevadas cimas poéticas, de la mano de Goethe, el mayor poeta alemán de la historia y profundo admirador y estudioso del Islam (el Diván, libro de poesía abiertamente islámico con referencias al Corán y la Sunna del profeta Mujámmad -ByP-, influenció a compositores como Schubert, Strauss y Schumman, que musicalizaron algunos de estos poemas. Más al respecto en Goethe y el Islam). La Novia de Corinto es un magnífico poema en el que se reúne la fuerza, la belleza y la dura crítica a la sociedad que serían características de los grandes relatos vampíricos. Una muchacha enamorada vuelve de la tumba para encontrarse con el hombre al que se había prometido, y al que no pudo entregarse en vida pues su madre la había forzado a hacerse monja.

[…] —¡Quieto, que el gallo cantó!
—¡Pero mañana a la noche!...
—¡Vendré, no tengas temor!

No puede ya la vieja contenerse;
la harto sabida cerradura abre.
—¿Quién es la zorra —grita— en esta casa
que al extranjero así se atreve a darse?
¡Fuera de aquí, en seguida!
Mas, ¡oh, cielos!, al punto reconoce
al fulgor de la lámpara a su hija.

De encubrir trata el frustrado joven
a su adorada con su propio velo,
o con aquel tapiz que a mano halla;
pero ella misma saca, altiva, el cuerpo.
Y con psíquica fuerza,
con un valor que asombra,
larga y lenta en el lecho se incorpora.

—¡Oh, madre! ¡Madre! —exclama—, ¿de este modo
esta noche tan bella me amargáis?
De este mi tibio nido, mi refugio
sin pizca de piedad ¿a echarme vais?
¿Os parece poco llevarme al sepulcro
al lograr apenas la flor de mis años?

Mas del sepulcro mal cerrado un íntimo
impulso liberóme; que los cantos
y preces de los curas, que acatáis,
para allí retenerme fueron vanos.
Contra la juventud, ¡agua bendita
de nada sirve, madre!
¡No enfría la tierra un cuerpo en que amor arde!

Mi prometido fuera ya este joven
cuando aún de Venus los alegres templos
erguíanse victoriosos. ¡La palabra
rompisteis por un voto absurdo, tétrico!
Mas los dioses no escuchan
cuando frustrar la vida de su hija
una madre cruel y loca jura.

Por vindicar la dicha arrebatada
la tumba abandoné, de hallar ansiosa
a ese novio perdido y la caliente
sangre del corazón sorberle toda […]

Siguiendo una tradición según la cual el vampiro es un espíritu que se apropia de un cuerpo y secuestra su alma para hacer de las suyas, y sólo con la muerte del vampiro es liberada el alma de la persona que poseía originalmente dicho cuerpo, Robert Southey publicó en 1799 su poema “Thalaba, El Destructor”. Thalaba y su suegro Moath visitan la tumba de su esposa e hija Oneiza, que se levanta del sepulcro. Thalaba, hechizado por el espectro, no atina a actuar en su contra, y es Moath quien atraviesa el cadáver con una jabalina. Entonces, muere el vampiro, y el alma de Oneiza, tras un destello azul, logra descansar por fin.

[…] “¡Ahora, ahora!”, gritó Thalaba;
y sobre la cripta de la tumba
se esparció un pálido resplandor,
como los reflejos de áureo fuego;
y en esta espantosa luz
Oneiza apareció ante ellos. Era ella…
Sus mismas facciones, alteradas por la muerte,
lívidas mejillas, azulados labios;
pero en sus ojos aparecía un brillo más terrible
que toda la horridez de la muerte.
“¿Vives aún, infeliz?”,
preguntó con apagada voz a Thalaba;
“¿y debo abandonar cada noche mi tumba
para decirte, en vano,
que Dios te ha abandonado?”
“¡No es ella! —exclamó el anciano—,
¡es un espectro, nada más que un espectro!” […]

En 1810, un grupo de burgueses criollos de la Nueva Granada, alentados a conseguir para sí el poder siguiendo las ideas liberal-burguesas de la Revolución Francesa, y organizados por Francisco José de Caldas y Camilo Torres, utilizaron el florero de Llorente como excusa para encender el polvorín de la rebelión "independentista" en la plaza central de Santafé de Bogotá. Ese mismo año se publicó en Londres el poema “El Vampiro” de John Stagg. Allí, Herman es interrogado por su esposa sobre su palidez, y él le cuenta que su amigo, muerto recientemente, lo visita cada noche y se alimenta de su sangre. La muerte es inevitable, y el esposo angustiado advierte que una vez haya bajado a la tumba, se alimentará de su amada. Para evitarlo, le suplica que en cuanto muera le atraviese el cuerpo con una jabalina. Una vez muerto, su esposa advierte a los habitantes del pueblo, desentierran al amigo encontrando su cuerpo incorrupto, y unen los cuerpos de ambos para atravesarlos con una larga estaca.

[…] El joven Segismundo, mi una vez querido amigo
pero ahora mi vil perseguidor
extiende su malevolencia
incluso para torturar mi alma.

Por la noche, cuando, envueltos en profundo sueño
todos los mortales compartimos un suave reposo,
mi alma mantiene espantosas vigilancias
más intensas de lo que el infierno apenas sabe.

Desde la tenebrosa mansión de la tumba
desde las profundas regiones de los muertos
el fantasma de Segismundo vaga
y me persigue horriblemente en mi cama.

Allí, vestido de forma infernal,
(de manera que yo no entiendo)
el duende yace cerca de mí
y bebe mi sangre vital […]

La figura del vampiro en la literatura romántica se consolidó por completo en 1813, cuando Lord Byron publicó el poema épico “El Giaour, Fragmento de un Cuento Turco”. Byron recurrió a una tradición griega que dice que el castigo del vampiro está en que debe alimentarse de sus seres queridos, a quienes no puede dejar de atormentar. También le da al vampiro el estatus de criatura odiada por excelencia: incluso los demonios y los espíritus se alejan de él, que es más abominable que ellos.

[…] tu cadáver de la tumba será arrancado;
luego, lívido, vagarás por el que fuera tu hogar,
y la sangre de todos los tuyos has de chupar;
allí de tu hija, hermana y esposa,
a media noche, la fuente de vida secarás.

Aunque abomines del banquete, debes, forzosamente,
nutrir tu lívido cadáver viviente,
tus víctimas, antes de expirar,
en el demonio a su señor verán;
maldiciéndote, maldiciéndose,
tus flores marchitándose están en el tallo.

Pero una que por tu crimen debe caer,
la más joven entre todas, la más amada,
llamándote padre, te bendecirá:
¡esa palabra envolverá en llamas tu corazón!
Pero concluir debes tu trabajo y observar
en sus mejillas el último color […]

Tres años más tarde, en aquella noche en Villa Diodati, mientras los invitados contaban historias de espantos a la luz de las velas bajo una intensa tormenta, el dueño de casa, Lord Byron, recitó de memoria un poema que Samuel Taylor Coleridge había programado a cuatro cantos, pero que abandonó inconcluso tras escribir dos entre 1797 y 1801. El poema, que se publicó ese mismo año de la famosa reunión, lleva por título el nombre de la protagonista, “Christabel”, una muchacha que decide darse un paseo por los alrededores de su castillo a pesar de que el clima le es adverso, y escucha un quejido que viene del bosque. Llevada por la curiosidad, encuentra a Geraldine, hermosa joven que le relata cómo ha sido violada por cinco soldados y luego abandonada a su suerte. Viéndola harapienta y temblorosa de miedo y de frío, Christabel la invita a dormir con ella. La tendencia lésbica de los personajes, apenas sugerida por el autor, fue duramente criticada en su momento.

[…] su vestido de seda y la ropa interior
cayeron a sus pies y, pleno a la vista,
mirad, su pecho y su costado:
¡una visión para soñar, no para describir!
¡Oh, protéjanla! ¡Protégete dulce Christabel!
Geraldine todavía no habla ni se mueve.
¡Ah! qué impresionante mirada la suya:
desde su profundidad, a medias mira
para quitarle algo de peso con enfermo intento;
y contempla a la doncella y busca tiempo.
Intempestiva entonces, como desafiada,
se repone altiva y orgullosa
y se recuesta al lado de la Doncella.
Y en sus brazos tomó a la joven.

¡Ah, vaya día!

Y en voz baja y con preocupación en su mirada
dijo estas palabras:
—Al tocar este pecho trabaja un conjuro
que señorea en tus palabras, Christabel […]

Geraldine es un vampiro psíquico, que más que alimentarse de la sangre de Christabel, busca perder su alma en la oscuridad de la maldad. Este poema inspiraría más adelante a Le Fanu para su bellísimo relato “Carmilla”, publicado en 1871, en el que la referencia al lesbianismo es mucho más directa que en el poema de Coleridge, y mucho más peligrosa, pues entonces Inglaterra ya vivía la era victoriana. Geraldine es también antecedente directo de Clarimonda, la vampira de “La Muerta Amorosa”, extraordinario relato de Théophile Gautier, publicado en 1836, donde el autor termina de dar a la vampira la forma de la femme fatale por excelencia. Clarimonda está en cierta forma inspirada también en el personaje del poema “La Bella Dama Sin Piedad”, publicado en 1818 por John Keats: Un caballero pálido y solitario cuenta su aventura con una bella dama que tras enamorarlo, lo condujo a su gruta y le arrebató la vida.

[…] En mi manso corcel la senté entonces
y no vi ya otra cosa en todo el día,
pues se inclinaba, entonando
una canción de hadas.

Encontró para mí raíces exquisitas
y miel silvestre y maná de rocío
y en una extraña lengua me dijo muy segura.
“¡De verdad que te quiero!”

A su gruta de elfos me condujo
y allí echóse a llorar y dio un suspiro,
y allí con besos le cerré los ojos
tan salvajes y tristes.

Y allí me durmió ella con sus leves canciones
y allí soñé, ¡qué desventura!
Tuve el último sueño que soñara
en la ladera fría […]

En “Las Flores del Mal”, poemario cuya edición ampliada se publicó en 1861, Charles Baudelaire, el poeta maldito por antonomasia, incluyó dos poemas que tocaban el tema del vampiro, aunque con una visión que ya se alejaba de la literatura vampírica clásica. En “El Vampiro”, Baudelaire retrata la desgracia de un hombre, esclavo de un amor maldito, a tal punto que ni el suicidio puede liberarlo.

[…] He implorado a la espada rápida
la conquista de mi libertad,
y he dicho al veneno pérfido
que socorriera mi cobardía.

¡Ah! El veneno y la espada
me han desdeñado y me han dicho:
“Tú no eres digno de que te arranquen
de tu esclavitud maldita,

¡imbécil! —de su imperio
si nuestros esfuerzos te libraran,
tus besos resucitarían
el cadáver de tu vampiro!”

Y en “La Metamorfosis del Vampiro”, poema censurado y retirado de “Las Flores del Mal” y luego recopilado en “Los Despojos” de 1866, Baudelaire nos muestra a un hombre víctima de una vampiresa letal, que termina convertida en mero esqueleto.

[…] Cuando hubo succionado de mis huesos la médula
y muy lánguidamente me volvía hacia ella
a fin de devolverle un beso, sólo vi
rebosante de pus, un cáliz pegajoso.
Yo cerré los dos ojos con helado terror
y cuando quise abrirlos a aquella claridad,
a mi lado, en lugar del fuerte maniquí
que parecía haber hecho provisión de mi sangre,
en confusión chocaban fragmentos de esqueleto,
de los cuales se alzaban chirridos […]

El Final

Durante la segunda mitad del siglo XIX, el romanticismo entró en decadencia y fue cediendo espacio al parnasianismo y el simbolismo en la poesía, y al realismo y el naturalismo en la prosa. En 1897 aparece Drácula, y todo el ideario estético, social y político que había servido de trasfondo a los poemas y relatos de vampiros, desaparece y es reemplazado por valores distintos. Drácula es un reflejo de su tiempo, y de alguna forma definió el camino que tomaría la literatura de la nueva era industrial. Contrario a la tradición romántica que se burló del cientificismo, revitalizando y valorando las leyendas eslavas, Stoker da la victoria al cientificismo representado en Van Helsing, como la única fuerza capaz de oponerse a la superstición representada en el conde Drácula. Stoker retorna a la visión racionalista, en la que la ciencia puede dominar con la fuerza de la razón al monstruo sobrenatural, y en la que la melancolía y las sensaciones extáticas que se apoderan de Mina Harker al ser liberado su espíritu juvenil y sensual gracias al influjo del vampiro, son dominadas por el pudoroso y estirado victorianismo representado por Jonathan Harker, que la devuelve a la cárcel de la vida hogareña inglesa al derrotar al conde y retornarla a su condición de esposa sumisa y silenciosa, virtuosa y recatada, reprimida y discreta. De esta forma, Drácula es la novela que sirve de lápida al movimiento romántico en la literatura inglesa, y a las historias clásicas de vampiros.

La uruguaya Delmira Agustini, poetisa que destacó dentro del modernismo, publicó a comienzos del siglo XX el poema “El Vampiro”, en el que los elementos mitológicos de la poesía de vampiros son reemplazados por una visión más íntima y cotidiana. Había muerto la poesía vampírica clásica y la imagen del vampiro comenzaba a transitar nuevos caminos.

[…] Y exprimí más, traidora, dulcemente
tu corazón herido mortalmente;
por la cruel daga rara y exquisita
de un mal sin nombre, ¡Hasta sangrarlo en llanto!
y las mil bocas de mi sed maldita
tendí a esa fuente abierta en tu quebranto […]

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martes, 13 de marzo de 2007

Mi Nombre

MI NOMBRE
por Said Pedraza

Bajo la cálida invitación
que supone la amenaza de muerte
de nuestro régimen constitucional,
en este país que sirve de molde
al estrellato multitudinario de las bombas
en las calles de Baghdad.

Asombrado ante las maravillas históricas
de nuestro heroísmo paramilitar
exploto,
pustulesencia en racimo
tan virulenta como pútrida
y en el aire infestado con mi monstruosidad
soplo el rancio de mis sueños
hasta desfallecer.

Sólo me resta secarme por completo
como ampolla reventada al sol
mientras mi infección
alimentada por este entorno familiar
reclama a millones mi nombre:
Legión.

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