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viernes, 26 de febrero de 2010

El Monoteísmo Primitivo y el Origen del Politeísmo

Las teorías que afirman que la religión inició con el politeísmo o el animismo, y que el monoteísmo es la forma más avanzada y tardía de la religión, son resultado de los equívocos a los que llevó la absurda idea de que la evolución es lineal y que necesariamente avanza de lo simple a lo complejo hasta llegar al hombre. Una falsa relación evolución-mejora que desconoce la verdadera relación evolución-adaptación, que en nada contradice la versión islámica de que Dios creó el universo, la religión monoteísta pura, y el hombre. Teorías que además hacen eco de la falsa creencia de que la mente y la sociedad humanas siguen los mismos patrones evolutivos (y además, los patrones lineales erróneos) que han sido descritos en otras áreas.

Lo que el artículo que publico a continuación nos muestra, es cómo el Dios Uno, Único, Invisible, Misericordioso, Juez, Santo, Sabio, sin igual ni semejante, Todopoderoso y Omnisciente, Creador del hombre y de todo cuanto existe, está presente en el origen de todas las religiones y todas las creencias, y que la historia de Adán y Eva y del Juicio Final también ha sido encontrada en muchas de las religiones más primitivas y antiguas. Religiones ausentes de ídolos e imágenes, de santos y clero, de grandes templos y ceremonias muy elaboradas. Religiones sencillas, prácticas, con muchos elementos en común, en especial un Dios monolítico, indivisible, Uno en todos los sentidos, aspectos y alcances de la palabra. Y la única religión de una gran civilización que rescata y mantiene esos mismos conceptos y elementos, es el Islam. En las demás religiones, ocurrió siempre el mismo proceso: la gente ignorante fue tomando los atributos de Dios y los fue convirtiendo en divinidades separadas. Uno era el Justo, otro el Sabio, otro el Omnisciente, olvidando que todos ellos en realidad son el mismo. Así como entonces se nombraba a Dios por Sus diferentes atributos, así en el Corán Dios es mencionado por Sus 99 bellos nombres, que son Sus atributos, entre los cuales están los ya mencionados, así como Dador de Vida, Dador de Muerte, y muchos otros. Pero esos nombres se fueron transformando en falsos dioses. Esto ocurrió incluso en el cristianismo. Las imágenes, los santos y las vírgenes a quienes los miembros de las iglesias católicas dirigen oraciones, son parte de ese mismo proceso de degradación de la religión monoteísta original hacia una forma de politeísmo e idolatría. Pero aún en las iglesias protestantes donde estos rasgos paganos han sido erradicados, persiste en su mayoría el dogma de la Santísima Trinidad, inventado por la influencia de religiones paganas romanas, egipcias y persas, y declarado oficial de la cristiandad por razones políticas en el siglo IV [i1], con el que se dividió a Dios en tres entidades con atributos distintos, y desató la persecución contra los cristianos helenos unitarios y contra los cristianos originales, es decir, los judíos nazarenos que practicaban las verdaderas enseñanzas de Jesús (la Paz de Dios sea con él). [i2] Es la ignorancia la que lleva a la gente a creer en supercherías, atender a deidades inventadas, y olvidar el monoteísmo puro. Por ello, el Islam enseña que la búsqueda del conocimiento debe ser permanente, pues del conocimiento surge la fe verdadera.

Es interesante ver cómo el autor de este artículo, que es cristiano, llega a una serie de conclusiones absolutamente islámicas sin lograr entender que contradicen muchas de las doctrinas del cristianismo. En especial, la doctrina de que "Dios es amor" queda refutada cuando afirma:

"Sostener una parte de la verdad, pero no toda ella, puede ser tan peligroso como no sostener ninguna verdad. Se dice que la herejía es una verdad parcial llevada a su conclusión lógica. La gran herejía «ecuménica» es que Dios es benevolente. Y es cierto, Dios es en verdad benevolente, aunque una palabra mucho mejor sería misericordioso; pero Dios es también justo. La persona irreflexiva que sepa sólo que Dios es bueno, será extraviada a creerse segura con independencia de sus acciones."

Esto es lo que ha ocurrido con la doctrina de la "Gracia Verdadera" y otras doctrinas derivadas de la doctrina paulista de la "salvación por la sangre de Cristo", de la que Jesús (P) jamás habló. [i3] Es una afirmación que pareciera salir de labios de un musulmán y no de un cristiano: el Islam enseña precisamente eso, Dios es Misericordioso pero también es Justo, y por ello no puede decir que cree en Dios quien no se esfuerza escrupulosamente en cumplir con la ley divina, que ha sido recuperada, restablecida a su forma original, y mantenida intacta por más de 14 siglos en el Corán. Hace muy bien el autor en afirmar: "El temor del Señor es el principio de la sabiduría."
Igualmente, cuando el autor afirma que "la historia espiritual del hombre, por lo que se refiere a sus creencias formalizadas, nos permite sólo concluir que comenzó con una pura fe en un Dios justo y compasivo, que era omnipresente, omnipotente y omnisciente, que podía ser adorado en espíritu sin necesidad de imágenes ni de otros apoyos materiales", está dando una prueba no sólo de que las iglesias católicas han desviado por completo el mensaje divino, y que el clero es un innecesario invento de hombres con afán de poder, sino que la misma doctrina de la Trinidad, presente en las iglesias de la Reforma por herencia del legado católico de sus fundadores Lutero y Calvino, va en contra de ese monoteísmo original, el único verdadero, como afirma el propio autor:

"No tenemos derecho alguno a suponer que el hombre comenzó a ir a tientas en las tinieblas y que sólo ahora ha comenzado a aproximarse a la Luz. Los datos demuestran que comenzó con la Luz verdadera, y que a partir de entonces su entendimiento se ha ido entenebreciendo progresivamente. [...] Es paradójico que cuanto más primitivos se muestran, más simple y pura resulta ser frecuentemente su fe."

Pero si el autor comprendiera el alcance de sus propias palabras, entendería que es absurdo afirmar que "la verdad espiritual es impotente e incluso un obstáculo, a no ser que y hasta que el Espíritu Santo haya abierto nuestro entendimiento real a su verdadero significado", pues está hablando de esa falsa noción de dios trinitario. Los musulmanes sabemos que Espíritu Santo es uno de los nombres del ángel Gabriel. La frase anterior sería verdadera si en lugar de nombrar a Gabriel o a una de las personas del dios trinitario, hablara de Dios, el Uno. Y dicha afirmación, echa por tierra toda justificación para la actividad más característica del cristianismo: la evangelización. Sólo Dios decide a quién da su guía y a quién no. En efecto, por mucho que una persona estudie el Corán y la Sunna, si Dios no pone en su corazón el Islam, no habrá forma de que vea la luz de la verdad. Por ello, la evangelización es absurda, nadie puede hacer nada para convencer, para guiar a otro, si Dios no lo quiere. Los musulmanes hacemos dawa, es decir, ofrecemos información gratuita y desinteresada sobre el Islam, a toda persona que quiera saber al respecto. Pero no realizamos esfuerzo alguno en adoctrinar a otros y enseñarles nuestra fe. "No cabe coacción en asuntos de fe", Corán, 2:256.

La contradicción del autor en lo referente a la doctrina de la trinidad, se hace más evidente cuando afirma:

"Lo que Schmidt pudo demostrar de forma concluyente era que si se agrupan las culturas primitivas en base a su nivel cultural y luego se sitúan estos grupos en un orden ascendente, se encuentra que los grupos más inferiores tienen el concepto más puro de Dios y [...] se encuentra al principio una sencilla fe en un Ser Supremo que no tiene ni esposa ni familia."

Jamás ningún profeta enseñó que Dios tenía o fuera a tener un hijo, ni siquiera Jesús (P), y ninguna versión conocida del monoteísmo original tiene semejante creencia.
Dios (Glorificado sea), a través del Corán y de Su mensajero Mujámmad (las Bendiciones y la Paz de Dios sean con él) enseñó hace más de 14 siglos a la humanidad, que Él creó Su religión a la medida del hombre (entiéndase aquí por religión un modo de vida, una forma de ver, sentir y vivir la vida). Esa religión la llamó Islam, que significa, la sumisión a la voluntad divina. Dios creó el universo entero sometido a Su voluntad, de modo que los planetas, las estrellas y lo que hay en ellos y entre ellos, son musulmanes (es decir, sometidos a Su voluntad). Así, los seres humanos nacemos musulmanes, nada hay en un niño que contradiga la voluntad divina. Pero tenemos libre albedrío, podemos someternos voluntariamente y vivir como Él ordena, o contrariar a Dios y vivir de cualquier otra forma. Al final, de las decisiones que tomemos rendiremos cuentas ante Él. Dios (G) envió a todos los pueblos, en todos los tiempos, un total de más de 120.000 profetas y mensajeros que enseñaron el monoteísmo puro. Ahora, 14 siglos después, la ciencia ha encontrado la evidencia de que todas las religiones que existen tuvieron su origen en ese monoteísmo puro. Una de las muchas pruebas que en el último siglo han venido demostrando la veracidad del Islam. Pero siempre hubo degradación, tergiversación, desarrollo de idolatría, politeísmo, animismo. Por ello, Dios envió a Mujámmad (ByP) como Sello de la Profecía, el último profeta, enviado no para un pueblo sino para toda la humanidad, con el mensaje completo y perfecto, el Corán, cuya aplicación convirtió al peor, al más abyecto y criminal pueblo de la Tierra, en la mejor civilización que ha visto la humanidad, tanto en adelantos científicos, tecnológicos y culturales, como en valores morales y desarrollo intelectual y espiritual.


EL MONOTEÍSMO PRIMITIVO Y EL ORIGEN DEL POLITEÍSMO


Por: Arthur C. Custance, M.A., Ph.D.

Miembro de la Afiliación Científica Americana
Miembro de la Asociación Americana de Antropología
Miembro del Real Instituto de Antropología

Ottawa, 1968 / Rev. 1977
Traducción del inglés: Santiago Escuain


Introducción

Hace cien años, cuando Darwin publicó su libro El Origen de las Especies, el clima de opinión ya tendía hacia el punto de vista de que todo estaba en estado de mejora, que los humanos estaban mejorando más y más, que sus ideales eran más y más elevados, y su fe religiosa más y más pura, y su productividad cada vez mayor. El corolario de todo esto, aunque no siempre se sacaron las consecuencias de ello, era que retrocediendo en el tiempo, todo tenía que haber sido peor, y tanto más peor según se retrocediese en la historia y en la prehistoria. Incluso los que creían que ocasionalmente en el pasado y en algunas zonas del mundo también se había dado un proceso de degeneración —en particular donde había hombres primitivos—, seguía habiendo una persuasión emocional de que en general el progreso era algo automático. La persuasiva filosofía de la evolución parecía tener una calidad contagiosa, y una por una, cada rama de la investigación histórica sucumbió a la tentación de reconstituir sus datos en escalas ascendentes, comenzando desde lo simple, burdo o ingenuo, y conduciendo hacia lo complejo, refinado o sofisticado en el presente. Se dio por supuesto que todo se amoldaba a este patrón: la historia del arte, de la tecnología, de la organización social, en realidad de todo —incluyendo las creencias religiosas. Había un impulso lógico en todo ello. Y de cierto parecía evidente que tenía que ser así.

Hubo varias teorías acerca del origen de la fe religiosa con una interpretación evolutiva que precedieron a la clásica obra de Darwin. Spencer escribió con cierta extensión acerca de esta cuestión, como otros autores, cada uno de ellos exponiendo la manera en que suponían que «todo comenzó». Había comenzado con el culto a los muertos, a veces de los antepasados, pero no siempre, o comenzó con la sensación que se suponía que el hombre primitivo debía abrigar de que la Naturaleza estaba animada, que las «cosas» tenían «voluntades» y que era bueno reconciliarse con ellas, o comenzó simplemente porque nuestros antiguos antepasados vivían unas vidas tan rodeadas de peligros en circunstancias tan atemorizadoras y por ello tan constantemente asediados de cosas desconocidas, que estaban amedrentados y temblando y casi paralizados por el temor durante la mayor parte de sus vidas. En estas circunstancias, lo que se suponía que era una cierta disposición supersticiosa de la naturaleza humana dio origen de forma «natural» a sentimientos de asombro y temor, que poco a poco evolucionaron y dieron origen a creencias religiosas estructuradas. Esto parece como una burda exageración de lo que hombres desde luego inteligentes afirman que sucedió, pero no es tal exageración. Por ejemplo, Lewis Browne escribió con toda seriedad:[1]

En el principio fue el temor; y el temor estaba en el corazón del hombre; y el temor controlaba al hombre. En todo momento lo abrumaba, y no le dejaba un momento de tranquilidad. Con el salvaje aullido del viento caía sobre él; con el estallido del trueno y el gruñido de las fieras que acechaban. Todos los días del hombre eran grises por el temor, porque todo su universo parecía cargado de peligros. ... Y él, un pobre y balbuceante medio simio, cuidando su herida en alguna caverna fría y desapacible, solo podía temblar lleno de temor.

Los escritores cristianos que creían que la Escritura era un verdadero registro de la historia temprana del hombre consideraron esta tendencia como un verdadero desafío, y con creciente frecuencia comenzaron a aparecer eruditos artículos y libros académicos, en los que se declaraba que el punto de vista contrario era una interpretación mucho mejor de la evidencia disponible. Fue una época de gran expansión misionera; y, no debería olvidarse, también de expansión en estudios realizados por antropólogos sobre pueblos primitivos. Cosa inesperada, los mejores informados entre dichos antropólogos comenzaron a encontrarse con mayor acuerdo con los primeros, y el resultado fue la publicación de los escritos de alguien como Andrew Lang. Lang influyó mucho sobre un autor católico romano, Wilhelm Schidt, que era antropólogo y fundador de una revista justamente célebre, Anthropos. En aquellos primeros tiempos, la revista The Transactions of the Victoria Institute iba repleta de artículos sobre esta cuestión. Más adelante en este artículo se da una lista de los mismos. Entre los años 1900 y 1935, toda esta cuestión fue tratada por hombres convencidos de que las reconstrucciones evolutivas de las creencias religiosas del hombre eran fundamentalmente erróneas, y produjeron tal impacto que los filósofos evolucionistas prácticamente abandonaron toda esta línea argumental. A partir de mediados de la década de 1930, esta cuestión ha estado prácticamente muerta, aunque muchos seminarios teológicos liberales desarrollan sus cursos de historia de la religión como si nunca se hubiera escrito nada de lo anterior.

Debido a que los evolucionistas han abandonado el tema, ha pasado a ser un tema de relativo poco interés por parte de muchos lectores cristianos bien informados, y se oye bien poco acerca de esto en la actualidad. Esto podría llevar a creer que la filosofía evolucionista no ha sido una maldición absoluta, porque allí donde ha sido rigurosamente seguida y expuesta dogmáticamente, los evangélicos se han visto forzados a reflexionar seriamente y a escribir seriamente acerca de la cuestión. Los desafíos han sido algo bueno, porque las circunstancias que rodean este campo particular de estudio demuestran que tan pronto desaparece la amenaza, el cristiano es propenso a adormilarse.

Sin embargo, vale la pena quizá reconsiderar otra vez esta cuestión desde una perspectiva ligeramente diferente. Así, en el Capítulo 1 de este artículo me propongo exponer, de forma breve, mi parecer de que, remontándonos tan atrás como podamos estudiando las tradiciones, sean orales o escritas, y analizando las creencias presentes o recientes de aquellos que siguen viviendo unas vidas relativamente primitivas, parece que una fe monoteísta pura precedió al sistema de creencias supersticiosas, degradadas, ineficaces e irrazonables que se aceptó posteriormente. Esto es cierto de la antigüedad clásica, no meramente alrededor del Mediterráneo, sino también en la India y en el Lejano Oriente, e incluso —si es aplicable el término antigüedad— a las grandes civilizaciones del Nuevo Mundo. Entonces me propongo, en el segundo capítulo, considerar muy brevemente lo que me parece que son algunas de las implicaciones de la tendencia humana hacia la degeneración espiritual de la que la historia da un testimonio tan frecuente. Así, el primer capítulo constituye una especie de bibliografía anotada, un resumen de los datos, un artículo de reseña con la documentación apropiada. El Capítulo 2 es más filosófico, una exploración de ideas más que de datos, de implicaciones de los acontecimientos más que de los acontecimientos mismos.

Capítulo 1. Del monoteísmo al politeísmo
En una sociedad sofisticada

Hace algunos años el prebendado Rowe observó que es más razonable comenzar con lo que se conoce y razonar a partir de esto hacia lo desconocido que comenzar con lo desconocido con la esperanza de poder explicar lo conocido. Ahora tenemos un cuerpo de datos «conocidos» que es sustancial, y en algunas maneras los datos más seguros se deben encontrar en la vasta cantidad de literatura que se ha preservado en la Cuna de la Civilización, Mesopotamia.

Cuando la literatura cuneiforme comenzó a desvelar su mensaje, los eruditos en cuneiforme y en jeroglíficos egipcios pronto descubrieron en dicha literatura una inmensa cantidad de dioses y diosas, y demonios y otros poderes espirituales de categoría inferior, que parecían estar siempre en guerra entre ellos y muy destructivos gran parte del tiempo. Pero al irse excavando y extrayendo tabletas más y más antiguas, y al ir aumentando la capacidad de descifrarlas, la primera imagen de un burdo politeísmo comenzó a ser sustituida por algo que se acercaba más a una jerarquía de seres espirituales organizados en una especie de corte con un Ser Supremo sobre todos. Uno de los primeros eruditos expertos en cuneiforme que reconoció la significación de esta tendencia fue Stephen Langdon de Oxford, y cuando informó de sus conclusiones lo hizo a sabiendas de que sería difícil que le creyesen. Así, escribió en 1931:[2]

Puede que sea difícil hacer creer mi conclusión de que, tanto en la religión sumeria como en la semítica, el monoteísmo precedió al politeísmo. ... Las pruebas y las razones para esta conclusión, tan contrarias a los puntos de vista aceptados y corrientes, han quedado expuestas con todo cuidado y a sabiendas de la crítica contraria. Es, espero yo, la conclusión derivada del conocimiento, y no de una audaz idea preconcebida.

Por cuanto Langdon adoptó la postura de que los sumerios representan la civilización histórica más antigua, añadía:

Es mi parecer que la historia de la más antigua civilización humana constituye un rápido abandono del monoteísmo hacia un politeísmo extremado y a una extendida creencia en los malos espíritus. Es en un sentido muy verdadero la historia de la caída del hombre.

Cinco años después, en un artículo que apareció en The Scotsman, escribía:[3]

La historia de la religión sumeria, que fue la influencia cultural más poderosa del mundo antiguo, pudo seguirse mediante inscripciones pictográficas casi hasta los más antiguos conceptos religiosos humanos. Los datos señalan inequívocamente a un monoteísmo original, las inscripciones y los restos literarios de los más antiguos pueblos semitas indican también un monoteísmo primitivo, y ha quedado ahora totalmente desacreditado el pretendido origen totémico de la religión hebrea y de otras religiones semitas.

Hasta donde alcanzo a saber, sólo una persona ha planteado un desafío serio a la conclusión de Langdon desde entonces. Y esta persona fue uno de mis profesores, T. J. Meek.[4] El argumento que utilizó Langdon se basaba en las siguientes circunstancias: La religión sumeria en su último desarrollo antes que desapareciera este pueblo como colectivo, asimilado por los posteriores babilonios, parece haber involucrado a unos 5000 dioses. Las inscripciones de hacia 3000 a.C. o quizá de un milenio anterior solo muestran 750. Las 300 tabletas, más o menos, conocidas de Jamdet Nasr en 1928 cuando Langon publicó estos textos contenían solo tres dioses: el dios del cielo Enlil, el dios de la tierra Enki, y el dios solar Babbar. Las 575 tabletas de Uruk traducidas en 1936, y que Langdon dató como de alrededor del 4000 a.C., que ahora se cree que proceden más exactamente de 3500 a.C, contienen los nombres de solo dos deidades: el dios del cielo An y la diosa madre Innina. La crítica que hizo Meek del ensayo de Langon era que la cantidad de dioses que menciona para las tabletas más antiguas está equivocada. En el texto de Jamdet Nasr puede haber habido tantos como seis, no tres. Sobre esta base, Meek pensaba que podía acusar a Langdon de una crasa inexactitud y con ello minar la fuerza de su argumento. Al mismo tiempo admitió que al menos uno de estos seis era dudoso. Por otra parte, no es siempre posible estar seguro de que un nombre que aparece como alguien a quien se dirigen oraciones sea necesariamente considerado como una deidad. ¡Las oraciones a los santos son cosa conocida incluso en la actualidad! En todo caso, cuando la perspectiva directa de la historia nos lleva de dos deidades a una pequeña cantidad —sean tres o seis, 500 años más tarde, a 750 mil años más tarde, y a 5000 antes que la imagen se vuelva indistinta—, el argumento en contra de la interpretación que hace Langdon de los datos basado en un error de cuenta de una magnitud tan pequeña carece desde luego de todo peso. No constituye un verdadero desafío a su argumento básico.

En todo caso, posteriores excavaciones en Tell Asmar desde el período del tercer milenio a.C. han corroborado totalmente sus resultados. Así, Henry Frankfort escribió en su informe oficial:[5]

Además de sus resultados más tangibles, nuestras excavaciones han establecido un hecho novedoso, que el estudioso de las religiones babilónicas tendrá que tener en cuenta desde ahora. Hemos obtenido, hasta nuestro mejor conocimiento posible por vez primera, un material religioso completo en su contexto social.

Poseemos una masa coherente de pruebas, procedentes en cantidades casi iguales de un templo y de las casas habitadas por los que adoraban en aquel templo. Así, pudimos sacar conclusiones, que los hallazgos estudiados por sí mismos no hubieran hecho posible.

Descubrimientos, por ejemplo, de que las representaciones sobre sellos cilíndricos, que están generalmente relacionadas con diversos dioses, pueden todas ellas ajustarse en una imagen consistente en la que un solo dios adorado en este templo forma la figura central. Así, parece que en este temprano período sus diversos aspectos no se consideraban como deidades separadas en el panteón sumerio-acadio.

Esto suscita un punto importante, esto es, la posibilidad de que el politeísmo nunca surgió por evolución desde un polidemonismo, sino debido a que los atributos de un solo Dios se fueron resaltando de forma diferente por parte de diferentes personas hasta que esta gente en años posteriores llegó a olvidarse de que estaban hablando de la misma Persona. Así, los atributos de una sola deidad devinieron una pluralidad de deidades. No se trata solo de que unos individuos determinados pusieran énfasis en diferentes aspectos de la naturaleza de Dios, sino que familias y tribus enteras parece que desarrollaron ciertas perspectivas compartidas acerca de lo que era importante en la vida y lo que no lo era, y por ello, y de modo nada innatural, pasaron a atribuir a su dios aquellas características que les parecían de la mayor relevancia, y a poner un énfasis especial en ellas. Por ejemplo, un pueblo guerrero no es probable que ponga énfasis en la bondad de Dios, ni un pueblo legalista en el perdón de Dios. Más bien destacarán Su poder en el primer caso, y Su justicia en el segundo. En otros tres Artículos del Pórtico[6] hemos explorado la posibilidad de que los hijos de Noé (Sem, Cam y Jafet) desarrollasen cada uno una actitud ante la vida que los condujese a diferentes énfasis: Sem sobre la característica espiritual de la vida, Cam acerca de los intereses prácticos de la vida, y Jafet en los aspectos filosóficos de la vida. Por tanto, no es sorprendente que el Dios de los semitas sea un Dios de espíritu puro. En cambio, los dioses de los camitas eran dioses de poder. Y los dioses de los jafetitas o indoeuropeos, en cambio, eran dioses de luz, en el sentido de ser dioses de «entendimiento». Creo que el Evangelio de Mateo fue escrito para los descendientes de Sem, y está dirigido a su manera de pensar acerca de Dios. El Evangelio de Marcos fue escrito para los descendientes de Cam y está lleno de acción, de actos, de servicio, de autoridad —donde la frase característica es «inmediatamente», «acto seguido» y términos parecidos. El Evangelio de Lucas fue indudablemente escrito para los descendientes de Jafet; y puede ser una mera coincidencia, aunque lo dudo, que el nombre del escritor significa «luz».

Mucho antes que Langdon hubiera hecho sus traducciones, Friedrich Delitzsch había hecho una propuesta bastante parecida relativa a la tendencia continuada hacia la multiplicación de las deidades.[7] Hace referencia a una comunicación de T. G. Pinches sobre una tableta que, aunque preservada solo de manera fragmentaria, nos dice que todas, o al menos las más elevadas de las deidades en el panteón babilónico se las designa como una con y una en el dios Marduk.

El dios Marduk es presentado con el nombre de «Ninib» como «el Poseedor del Poder»; bajo el nombre de «Nergal» o «Zamama» como «Señor de la Batalla»; bajo el nombre de «Bel» como el «Poseedor del Señorío»; bajo el nombre de «Nebo» como «El Señor el Profeta»; bajo el nombre «Sin» como «Iluminador de la Noche»; bajo el nombre «Shamash» como «Señor de todo lo que es Justo»; bajo el nombre «Addu» como «Dios de la Lluvia». Por ello, Marduk era Ninib así como Nergal, dios-Luna así como dios-Sol, siendo estos nombres sencillamente diferentes maneras de describir sus atributos, poderes o actividades.

Este mismo proceso histórico puede seguirse en Egipto. En sus Conferencias Hibbert para 1879, Renouf cita las palabras de M. de Rouge donde dice que a partir de, o más bien antes del comienzo del período histórico, la religión monoteísta pura de Egipto pasó a través de la fase del sabeísmo; el sol, en lugar de ser considerado como símbolo de la vida, pasó a ser considerado como la manifestación del mismo Dios. Rouge observa:[8]

Es incuestionablemente cierto que las partes más sublimes de la religión de Egipto no son el resultado relativamente tardío de un proceso de desarrollo o eliminación de lo más burdo. Las partes más sublimes son demostrablemente antiguas; y la última etapa de la religión egipcia, la que conocieron los escritores griegos y latinos, paganos o cristianos, fue de lejos la más degenerada y corrompida.

Renouf observa:

M. de Rouge está sin duda en lo cierto en su aserto que en los diversos centros locales de culto, una y la misma deidad reaparece bajo diferentes nombres y símbolos. [...]

Infiere él del curso de la historia que por cuanto el politeísmo estaba constantemente en aumento, las doctrinas monoteístas tuvieron que precederle.

Un argumento, éste, ciertamente muy sólido.

De nuevo, como en Sumer y en Babilonia, así en el curso del tiempo los egipcios multiplicaron y fragmentaron en facciones con lealtades tribales y con unas preferencias algo provincianas el más puro concepto de un Dios que todos ellos habían compartido al principio y que involucraba un considerable conocimiento de Sus atributos. Esto llevó a una confusión de los atributos con diferentes individualidades, y los términos descriptivos pasaron a ser nombres de deidades. Rawlinson escribió hace muchos años respecto a esto:[9]

Una vez fragmentada la deidad, no había límite a la cantidad de Sus atributos de diversas clases y de diferentes grados; y en Egipto todo aquello que participaba de la esencia divina devenía un dios. Se iban añadiendo emblemas al catálogo; y aunque no se trataba realmente de deidades, evocaban sentimientos de reverencia que los ignorantes no podían separar de una adoración efectiva.

No era quizá innatural que con el fin de simbolizar los diversos poderes de Dios, se enseñase que Su visión era tan aguda como la de un halcón, o que fuese tan fuerte como un toro, o que contemplaba sin ser visto, como los cocodrilos de los que se dejaban ver solo los ojos. A su tiempo, estos símbolos eran confundidos por el común de la gente como dioses ellos mismos; así se cumplió aquello que Pablo describe en Romanos 1:18-23, que los hombres se apartaron del culto al mismo Dios para adorar Sus criaturas, y con el tiempo se envanecieron en sus razonamientos, y su entendimiento quedó entenebrecido. En la segunda parte de este artículo volveremos de nuevo a este asunto, porque es importante ver por qué estos aspectos más burdos de la creencia religiosa abrumaron de tal manera aquellos aspectos más elevados que vemos en los antiguos textos egipcios que habían sido extraordinariamente puros.

Se podría pensar que la situación ha cambiado radicalmente desde los tiempos de Renouf y sus Conferencias Hibbert. Pero no es así. Sir Flinders Petrie, en un excelente libro sobre el tema de la religión egipcia, escribió lo siguiente:[10]

Hay en las religiones y teologías antiguas unas clases muy diferentes de dioses. Algunas razas, como los hindúes modernos, se deleitan en una profusión de dioses y diosecillos que están en continuo aumento. Otras [...] no intentan adorar grandes dioses, sino que tratan con una hueste de espíritus animistas, demonios o como sea que los podamos designar. [...] Pero todo nuestro conocimiento de las antiguas posiciones y naturaleza de los grandes dioses demuestra que se encuentran sobre una base totalmente diferente en contraste a estos diversos espíritus.

Si el concepto de un dios fuese solo una evolución de esta adoración a los espíritus, encontraríamos la adoración de muchos dioses precediendo a la adoración de un dios. [...] Lo que realmente encontramos es lo contrario: el monoteísmo es la primera etapa que podemos seguir en teología. [...]

Siempre que podemos remontar el politeísmo a sus etapas más tempranas, encontramos que resulta de combinaciones de monoteísmo. En Egipto hasta Osiris, Isis y Horus, tan familiares como tríada, se encuentran primero como unidades separadas en lugares diferentes: Isis como diosa virgen, y Horus como un Dios autoexistente.

Cada ciudad parece haber tenido sólo un dios perteneciente a la misma, y luego se fueron añadiendo otros con el transcurso del tiempo. De modo parecido, las ciudades babilonias tenían cada una de ellas su dios supremo, y las combinaciones de los mismos y sus transformaciones para formarlos en grupos cuando sus centros se unieron políticamente exponen cuán esencialmente eran deidades en solitario al principio.

En todas partes la dinámica parece haber sido muy semejante, siempre que tenemos suficientes registros para establecer la secuencia histórica. No es extraño que una nación conquistadora estableciese su propia deidad a la cabeza del panteón, pero tampoco es extraño que buscando paz y armonía rindiesen un homenaje externo a las deidades de los vencidos, aunque asignándoles posiciones inferiores. Esta especie de amplitud de miras la elogiaríamos actualmente bajo el encabezamiento general de libertad religiosa. Pero el inconveniente de esta amplitud de miras es que la verdad queda muy rápidamente desdibujada. La solución no es sencilla: los jesuitas, por ejemplo, han adoptado tradicionalmente la postura de que solo la verdad debería recibir una completa libertad de expresión y que por ello la tolerancia debe identificarse con falta de convicción. Cualquier persona que esté de acuerdo en que cada uno puede adorar lo que le parezca mejor está en realidad confesando, dicen ellos, que él mismo no está absolutamente seguro de que tiene la verdad y que por ello está dispuesto a mantener una mente abierta. Tienen razón hasta cierto punto. Los monarcas de la antigüedad, como Ciro, por ejemplo, permitían una libertad total a los pueblos vencidos para edificar sus templos y establecer sus sacerdocios como mejor les pareciese. La consecuencia era que estos hombres, con su política «ilustrada», contribuyeron a la enorme proliferación de deidades. Como he dicho, el problema es difícil; pero el ecumenismo puede ser una peor amenaza en la dirección contraria, al insistir en que todos deben aceptar que se adora al mismo «Dios», cuando es posible que no sea un Dios en absoluto.

Al dejar estas antiguas civilizaciones para dirigirnos más al este, llegamos a la India. Y aunque la literatura de esta tierra es muy antigua, el seguimiento de la historia del origen de sus creencias religiosas no es cosa tan simple. Sin embargo, hay una medida de acuerdo en que aquí, también, se ha dado una constante multiplicación de deidades a lo largo de los siglos, hasta que ahora son como las estrellas del cielo en multitud. Una de las autoridades mejor conocidas en esta área fue Max Müller, que aunque no tenía las convicciones cristianas que sí tenían muchos eruditos de su tiempo, llegó sin embargo a ciertas conclusiones que deberían citarse. Max Müller nació en Alemania en 1823, estudió en París y posteriormente enseñó en Londres. Escribió muchos volúmenes, entre los que quizá el mejor conocido sea Chips from a German Workshop [Virutas de un taller alemán]. También escribió Lectures on the Origin and Growth of Religion, as Illustrated by the Religions of India [Conferencias sobre el origen y desarrollo de la religión, ilustrado por las religiones de la India]. Finalmente, redactó el trabajo monumental de su vida, una serie titulada The Sacred Books of the East [Los Libros Sagrados de Oriente]. Él no creía que la primitiva India tuvo una fe monoteísta, pero tampoco creía que era politeísta —siendo que el politeísmo fue una etapa posterior que implicó un proceso de degeneración. En su libro The Science of Language [La ciencia del lenguaje] escribió:[11]

La mitología, que era el azote del mundo antiguo, es de cierto una enfermedad del lenguaje. Un mito significa una palabra, pero una palabra que, desde su origen como nombre o atributo, se ha dejado que asuma una existencia más sustancial. La mayoría de los dioses griegos, romanos, indios, y otros dioses paganos no son nada más que nombres poéticos a los que gradualmente se les dejó asumir una personalidad divina que nunca había sido contemplada por sus inventores originales. Eos era el nombre del alba antes que llegase a ser diosa, la esposa de Tithonos, o el día moribundo. Fatum, o el Hado, significaba originalmente aquello que había sido dicho; y antes que el Hado llegase a ser un poder, incluso más grande que Júpiter, significaba aquello que había sido pronunciado por Júpiter, y que nunca podría ser cambiado —ni siquiera por el mismo Júpiter. Zeus significaba originalmente el cielo resplandeciente, en sánscrito Dyaus; y muchas de las historias que se referían a él como el dios supremo tenían significado sólo como referidas originalmente al cielo resplandeciente, cuyos rayos, como lluvia dorada, descienden sobre el regazo de la tierra, la antigua Dánae, guardada por su padre en la oscura prisión del invierno. Nadie duda que Luna era simplemente el nombre del satélite de la tierra; pero también Lucina, ambos derivados de lucere, brillar. Hécate, también, era un antiguo nombre de la luna, el femenino de Hecatos y de Hecatebolos, el sol lanzador de dardos; y Pirra, la Eva de los griegos, no era más que un nombre de la tierra roja, y en particular de Tesalia. Esta enfermedad de la mitología, aunque menos virulenta en las lenguas modernas, no está extinta en absoluto.

Aquí vemos, una vez más, como el politeísmo se desarrolla con posterioridad. Volviendo de nuevo a la observación de Rowe de argumentar de lo conocido a lo desconocido, se puede decir con seguridad y sin ninguna clase de vacilación que el monoteísmo nunca evolucionó del politeísmo en ningún período de la historia primitiva del mundo para la que tengamos evidencia documentada. Como veremos, esto también es cierto en China.

Muchos de sus coetáneos manifestaron su desacuerdo con la interpretación que Müller hacía de los datos, y uno de ellos era Andrew Lang. Y desde su tiempo se ha aceptado extensamente la idea de que la historia de las creencias religiosas de la India se ha caracterizado por la personificación, a menudo de formas físicas burdas y con una creciente multiplicidad, de unos pocos conceptos de la naturaleza de Dios que al principio lo consideraban como el Invisible, y que lo hacían tan remoto que llegó a ser considerado como virtualmente impersonal. Estos conceptos tan elevados no atraen al común de los hombres, y lo que sucedió en el Oriente Medio parece haberse repetido en la India, excepto que el proceso fue mucho más allá debido a la continuidad cultural que las circunstancias permitieron en aquel país. En el curso de este proceso, llegaron al punto en que sus dioses se contaban no por miles, como en Sumer, sino por decenas de millares. No cabe duda de que si Egipto hubiera retenido su cultura original de esta manera, también pudiera haber acabado adorando a 50.000 deidades donde antes habían adorado quizá solo a una. Edward McCrady, en su obra acerca de las creencias religiosas de la India, hace la observación de que incluso el Rig Veda (Libro 1, p. l64) nos demuestra que en los primeros días los dioses eran considerados sencillamente como diversas manifestaciones de un solo Ser Divino. Cita lo siguiente[12]

Le llaman Indra, Mythra, Varunna, Agni —aquel que es Uno, el Sabio nombre por términos diferentes.

Los eruditos en Occidente se inclinan por la opinión de que los más antiguos humnos en el Rig Veda datan de entre 1500 y 1200 B.C.[13] La tradición en la India, por su parte, les atribuye una antigüedad mucho mayor. Sea cual sea la fecha, y aunque Müller compartiese en bien poco la perspectiva cristiana de la historia espiritual del hombre, sin embargo admitió abiertamente:[14]

Hay un monoteísmo que precede al politeísmo de los Vedas; e incluso en la invocación de los innumerables dioses, irrumpe el recuerdo de un Dios uno e infinito a través de la neblina de la fraseología idolátrica como el cielo azul que está oculto por unas nubes pasajeras.

Cuando llegamos a China, la situación es todavía más confusa, porque los chinos parecen haber sentido una aversión peculiar a la adoración de deidades personales. Pero algunos de los autores más antiguos se sentían confiados en que podían discernir indicios de una fe al principio monoteísta pura, que sin embargo se perdió pronto de vista debido a la naturaleza extremadamente práctica de la mente china. Una fe tan pura, como ya hemos visto, no es «útil», porque uno no puede esperar sobornar, engatusar o en modo alguno persuadir para provecho propio a un Ser Supremo que es absolutamente puro y que está por encima de todo soborno o engatusamiento. Y por esto mismo, desde un punto de vista práctico, se pasa a buscar la atención de poderes inferiores y se olvida al Altísimo. Un trabajo notable a este respecto lo escribió John Ross de la Iglesia Libre Unida de Escocia, titulado The Original Religion of China [La religión original de China][15] (publicado en Nueva York, sin fecha), en el que el autor examinaba los conceptos subyacentes de la primitiva religión china según se podían juzgar mediante sus nombres o designaciones para Dios, con una referencia especial al título yuxtapuesto Shang-Ti. Él interpretó estas dos palabras con el significado de «por encima» o «superior a» y «gobernante», esto es: «Gobernante Supremo». Dijo que este nombre «estalla repentinamente ante nosotros sin ninguna advertencia [...] con la integridad de una Minerva». Más recientemente se ha arrojado un intenso haz de luz sobre la fe china primitiva gracias al descubrimiento de los llamados «huesos oraculares». Los eruditos chinos han dividido su historia antigua en tres períodos: primero, el primitivo-antiguo; segundo, el medio-antiguo; y tercero, el proximal-antiguo. El primer período se extiende aproximadamente desde el siglo 21 al 12 a.C. Según Ron Williams, que podía leer chino de corrido, cada uno de estos períodos poseyó sus propias características religiosas distintivas. El primero fue puramente monoteísta. El segundo fue dualista con una tendencia al materialismo, pero reteniendo todavía un sabor del antiguo monoteísmo. El tercero fue totalmente materialista. El Profesor Williams comenta:[16]

Sería quizá deseable en este momento examinar los términos que se usan para Dios. La escritura china, como los jeroglíficos egipcios o los silabarios cuneiformes de Mesopotamia, fue originalmente pictográfica. Es decir, cada carácter era una imagen o un diagrama que describía el objeto o idea a comunicar.

Hay dos términos que se encuentran en este período primitivo. Uno es Ti’en, o «cielo», que aparece con gran frecuencia en los Clásicos. Se compone de dos radicales, jen, «hombre», y shang, «arriba». Es decir, el signo para cielo, que es ahora una idea abstracta, se originó de dos signos que significan «el hombre arriba». En tiempos posteriores se designaba al Emperador como el Ti’en Tzu, o «el Hijo del Cielo». Esto refleja las posturas que generalmente se mantenían en el mundo antiguo relativas al origen divino de los reyes. El otro nombre, que es el que se utiliza actualmente en China, es (como lo menciona el Dr. Ross), Shang Ti. En las inscripciones más antiguas que poseemos [esto se escribió en 1938], estos dos caracteres se combinan en una sola pictografía, que está compuesta de tres elementos. El primero es la forma original de mu, que significa «madera» y que es una representación de tres palos o un haz de leña. El segundo es la representación más antigua de shu, que significa «atar». Por encima de este haz de leña se sitúa el antiguo shang, que significa «arriba». El carácter resultante significa «quemar un haz de leña». Así, vemos que el signo final para Dios significa «el haz encendido de una ofrenda de madera al que está en lo alto», y también «Uno en lo alto al que se ofrece el haz encendido de leña».

Y persiste en China en la actualidad una antigua costumbre de año nuevo de atar primero un manojo de tallos de sésamo o de ramas de cedro con un cordón rojo y luego ponerlos derechos en el centro del patio abierto para quemarlos como un acto de adoración. Este era el sacrificio del haz encendido al Dios Arriba, aunque ahora con frecuencia lo llaman un sacrificio meramente al cielo.

Los términos Ti’en y Shang Ti se podrían comparar respectivamente con las palabras Dios y Jehová en el Antiguo Testamento. En palabras del Profesor Gile: «Shang Ti sería Dios como andando en el huerto al fresco del día; el Dios que olió el aroma fragante del sacrificio de Noé, y el Dios que permitió a Moisés ver Su espalda. Ti’en sería el Dios de dioses de los Salmos, cuya misericordia es para siempre».

Williams observa en su comunicación que el Libro de la Historia afirma, en sus comienzos, que el gobernante Shun, en su accesión en 2255 a.C., «ofreció el sacrificio usual a Dios». Esta declaración, que aparece sin introducción ni explicación, implica una serie desconocida de acontecimientos precedentes que se remontan a la más remota antigüedad. Estaban tan familiarizados con aquella práctica habitual que no necesitaba más detalles de las ceremonias implicadas. Su autoridad era tan incuestionable que no había razón para ningún prefacio. Williams prosigue:

En este período de la historia china, Dios el Supremo Gobernante era uno e indivisible, incapaz de cambios, sin igual, rigiendo de forma absoluta y solitaria sobre todos en el cielo arriba y en la tierra abajo. Hacía lo que quería y ningún poder podía estorbarlo, y Su voluntad era siempre recta. Pero permitía con no poca frecuencia que los malvados prosperasen, y en las Odas oímos con frecuencia la voz de aquel espíritu quejoso que dio pie al libro de Job.

Posteriormente, Williams observa que ni en El Libro de la Historia ni en las Odas se puede encontrar ninguna referencia a los ídolos. Nunca en China se ha hecho ninguna representación de nada en los cielos arriba ni el la tierra abajo para tipificar a Dios. Y se le puede adorar en todo lugar y en cualquier momento, al estar presente en todas partes.

Hasta ahora hemos recogido nuestra información solo de las páginas de los Clásicos Chinos. Queda todavía otra fuente de información ya mencionada, los llamados Huesos Oraculares. Como observa Williams, J. M. Menzies, de la Universidad de Cheeloon Tsinan, considerado por los sinólogos como la mayor autoridad viviente sobre la escritura china arcaica, descubrió unos huesos inscritos con antiguos caracteres chinos. Aparecieron alrededor de 20.000 fragmentos de estos huesos cerca de An-yant, en el norte de Honan, el emplazamiento de la antigua capital de la dinastía Shang. Los huesos están inscritos con preguntas formuladas por el rey a su sacerdote por una parte, y con la respuesta que el sacerdote recibió mediante adivinación por la otra. Contienen el nombre de Dios, Shang Ti, y a pesar de su gran cantidad no se hace referencia alguna a ninguna otra deidad en absoluto.

Examinemos algunas de estas inscripciones, los más antiguos escritos chinos que poseemos.
  1. «Indaga acerca de Dios ordenando lluvia; no habrá una cosecha abundante.»
  2. «Dios ordena la lluvia: una cosecha abundante.»
  3. «Indaga en esta, la tercera luna, acerca de Dios ordenando mucha lluvia.»
  4. «Indaga acerca de que el rey construya la ciudad; Dios consiente.»

Así, la forma Shang Ti aparece en estos registros de la mayor antigüedad como el único símbolo para Dios, y está totalmente libre de todo antropomorfismo.

Con el tiempo, esta fe pura comienza a quedar eclipsada al hacerse patente por documentos posteriores de una naturaleza similar que ahora se estaban presentando oraciones primero por medio de los antepasados a Dios, a quien no se dirigen directamente, y luego, con el tiempo, a los antepasados mismos. Más adelante, las peticiones a un Dios personal se sustituyen por peticiones al cielo, y más posteriormente también a la tierra. En el período medio-antiguo, el gran filósofo Chu, el famoso anotador de los Clásicos, definió el cielo como «la azul bóveda superior», o, alternativamente por algún proceso de evolución mental, como «la rectitud abstracta».

Recientemente, se publicó un volumen de la serie The Great Ages of Man [Las grandes eras del hombre] que trataba de la antigua China. El autor era Edward H. Schafer. Y él sigue esta regresión de la siguiente manera:[17]

Una de las más antiguas y desde luego la más grande de las deidades era el Dios Celeste Ti’en. En los tiempos más antiguos se consideraba a Ti’en como un gran rey en el cielo, más excelso que ningún rey de la tierra, más brillante y más terrible. Posteriormente, muchos pasaron a considerarlo como una dínamo impersonal, la fuente de energía que animaba al mundo.

Así, una vez más, donde podemos acudir a registros escritos, tenemos evidencia de la degeneración de la fe religiosa, no de su evolución ascendente.

Si pasamos del Oriente Medio a Europa, la historia se repite. Así, Axel W. Persson, en su obra The Religious Beliefs of Prehistoric Greece [Las creencias religiosas de la Grecia prehistórica], observa:[18]

A partir de dos deidades, la gran Diosa y el Niño Dios, se desarrolló luego una mayor cantidad de figuras más o menos significativas que encontramos en los mitos religiosos de Grecia.

A mi parecer, su diversidad en aumento depende en grado muy considerable de los diferentes nombres de invocación pertenecientes originalmente a una sola deidad.

Este mismo proceso básico se hace evidente en la antigua Italia. Rosenzweig,[19] escribiendo acerca de las Tablas Iguvinas, cuya fecha no es segura, pero que probablemente pertenecen al período primitivo de los etruscos, observa «la curiosa flexibilidad» del panteón que se pone de manifiesto en estas tablas, en las que «las deidades se distinguen por adjetivos, que a su vez emergen como poderes divinos independientes». El autor considera que ésta es quizá la característica más notable de estas tablas.

Me parece que por todo lo que ha salido a la luz durante los últimos cien años por el estudio de antiguos documentos, es decir, de los registros escritos de antiguas civilizaciones, la imagen que surge de la historia espiritual del hombre, por lo que se refiere a sus creencias formalizadas, nos permite solo concluir que comenzó con una pura fe en un Dios justo y compasivo, que era omnipresente, omnipotente y omnisciente, que podía ser adorado en espíritu sin necesidad de imágenes ni de otros apoyos materiales. De hecho, este concepto era demasiado excelso para que pudiera sobrevivir entre hombres ordinarios cuyo conocimiento no fuese o bien reforzado de manera milagrosa o continuamente aumentado por revelación. El burdo politeísmo del paganismo en el mundo clásico de Roma y de Grecia puede ser explicado no como por el esfuerzo humano por purificar su fe, sino por su rápida pérdida de la verdad que había tenido originalmente. Y el grado en que este mundo clásico estaba en deuda con Oriente Medio por la degeneración de su fe queda ampliamente ilustrado en el estudio justamente célebre de Hislop, The Two Babylons [Las dos Babilonias].[20]

En una sociedad no sofisticada

No tenemos registros escritos que cubran las creencias originales de los pueblos primitivos, pero durante los últimos cien años se ha llevado a cabo y recogido una enorme cantidad de estudios detallados y comprensivos de sus creencias, de forma destacada por Wilhelm Schmidt. La prueba mediante inferencia nos permite decir con confianza que el curso de su historia religiosa fue precisamente el mismo que el de las civilizaciones más avanzadas de la antigüedad, con esta diferencia, que mientras que en los países civilizados la fe pura se corrompió debido a un razonamiento erróneo debido a la pecaminosidad de la naturaleza humana, entre los pueblos primitivos se corrompió la fe pura debido a la ignorancia y a la superstición, de nuevo reforzado ello por la pecaminosidad de la naturaleza humana. Si vamos a seguir el principio enunciado por Lyell de interpretar el pasado a la luz sólo de lo sucedido en tiempos históricos, entonces no tenemos derecho alguno a suponer que el hombre comenzó a ir a tientas en las tinieblas y que sólo ahora ha comenzado a aproximarse a la Luz. Los datos demuestran que comenzó con la Luz verdadera, y que a partir de entonces su entendimiento se ha ido entenebreciendo progresivamente. La evidencia de esto entre los pueblos primitivos se encuentra en cada rincón del mundo donde existen ahora estos pueblos, o donde hayan existido dentro del pasado reciente. Y es paradójico que cuanto más primitivos se muestra, más simple y pura resulta ser frecuentemente su fe. Consideraremos muy brevemente una serie de datos, que son tan sólo unas muestras representativas de una vasta recopilación de información disponible en la actualidad en obras como las que se enumeran en la bibliografía de este artículo.

Sin duda de ninguna clase, la obra más informativa acerca del monoteísmo de los pueblos primitivos es la de Wilhelm Schmidt, que, aunque originalmente se publicó en muchos volúmenes en alemán, se publicó en 1930 en una traducción inglesa condensada en un solo volumen.[21] Es un excelente trabajo de investigación, redactado con autoridad y fluidez, sin ninguna rigidez que pudiera esperarse de un autor tan erudito, y sumamente informativo.

Schmidt explora primero la historia del pensamiento acerca del origen de la religión tal como se desarrolló durante el siglo 19. Observa él que Spencer fue el principal impulsor de la primera interpretación evolutiva de la «religión», observando que anticipó a Darwin en siete años, como aparece de su artículo «La hipótesis del desarrollo», que apareció en The Leader el 20 de marzo de 1853. Vale la pena observar también, de pasada, que Tennyson escribió In Memoriam, con su errónea descripción de la Naturaleza como «con los colmillos y las garras enrojecidas» diez años antes que apareciese El Origen de Darwin. Schmidt observa que Spencer no hizo ningún esfuerzo por emplear unos métodos históricos genuinos para fundamentar su tesis.[22] En base de los datos actuales, queda claro que Spencer estaba completamente equivocado. Spencer mantenía que los pueblos primitivos comenzaron adorando a los antepasados, y que al irse desarrollando la civilización, los antepasados fueron constituyéndose «de forma natural» en jerarquías, y las jerarquías a su vez condujeron a categorías, donde las más elevadas llegaron a ser consideradas deidades.

Lo que Schmidt pudo demostrar de forma concluyente era que si se agrupan las culturas primitivas en base a su nivel cultural y luego se sitúan estos grupos en un orden ascendente, se encuentra que los grupos más inferiores tienen el concepto más puro de Dios y que al ir progresando de meros cazadores a recolectores y almacenadores de alimento, a cultivadores de alimento como pastores nómadas que mantienen rebaños, a cultivadores de alimentos con un uso sedentario de la tierra, y se va ascendiendo por la escala a comunidades semiurbanas, se encuentra al principio una sencilla fe en un Ser Supremo que no tiene ni esposa ni familia. Bajo Él y creados por Él están la pareja primordial de la que desciende la tribu. Según Schmidt encontramos esta forma de creencia entre los pigmeos de África Central, a los australianos meridionales, a los habitantes del centro norte de California, a los algonquinos primitivos, y hasta cierto punto a los Koryaks y a los Ainu.

Tan pronto como llegamos al siguiente orden de las culturas primitivas, para usar las palabras de Schmidt, «las condiciones cambian completamente». Ya no se trata solo de la pareja primordial o del primer padre que recibe culto, sino de una cantidad mayor o menor de otros antepasados difuntos. Ascendiendo por la escala de la complejidad cultural, el culto de los antepasados y de otros difuntos suplanta totalmente al culto al Ser Supremo, y la antropomorfización de los dioses que resultan de esta ecuación da origen a hacer «imágenes» de varias clases. El espíritu puro del Ser Supremo queda reducido a una burda caricatura de un hombre muerto. El progreso de la comprensión espiritual humana fue realmente una regresión, siendo el primer paso, con frecuencia, la transferencia del culto del Creador del primer hombre al hombre mismo creado al principio como cabeza de la raza humana. Este progenitor de la raza aparece entonces como un mediador entre Dios y los hombres, pero al ser más fácilmente captado por la visión mental, pronto desplaza completamente a Dios. Así, citando a Schmidt:[23]

La falsedad de la teoría [evolucionista] de Spencer se demuestra por el simple hecho de que el culto a los antepasados está muy débilmente presente en las culturas más antiguas, mientras que en las mismas se encuentra una religión monoteísta de forma clara e inequívoca. ...

Es también contrario a la teoría de Spencer que el desarrollo más elevado del culto a los antepasados no aparece hasta los tiempos más recientes.

Luego Schmidt analizó un segundo punto de vista alternativo acerca del origen de la religión, el concepto animista propuesto por E. B. Tylor. El punto de vista de Tylor suponía que el hombre primitivo usaba su propia existencia como medida de todas las demás, y que llegó a creer que todo, animales y plantas al principio, pero al fin que incluso los objetos inanimados, estaban compuestos de cuerpo y de alma como él mismo. Se suponía que el hombre primitivo discerniría pronto por introspección que tenía alma, alguna clase de realidad espiritual interior que podía, por ejemplo, viajar en sueños, o en éxtasis o en alucinaciones. Luego hubiera atribuido a todas las fuerzas de la naturaleza una vida anímica parecida a la suya, que no se podía ver, pero que se suponía. A partir de este concepto animista hubiera pasado «de forma natural» al punto de vista de que este mundo de los espíritus era personal. Así hubiera surgido el polidemonismo. Con el tiempo, al estratificarse socialmente la sociedad, habría sucedido lo mismo con el mundo de los demonios, hasta que llegamos a una etapa de politeísmo en la que muchos de los demonios habían sido elevados a la categoría de deidades. La etapa final fue el reconocimiento de un ser espiritual que devino Cabeza, esto es, Dios, y al que todos los otros demonios y deidades inferiores estaban subordinados, al pertenecer a una categoría inferior. Incluso después que esta racionalización hubiera dado origen a una fe monoteísta, Tylor mantiene que un Ser así sería demasiado elevado, demasiado exaltado, demasiado remoto, para necesitar la adoración humana, «demasiado indiferente para ocuparse con la insignificante raza humana».[24] De modo que fue sencillamente ignorado. Así, una fe monoteísta que resultó de un proceso de racionalización vino a ser, por un posterior proceso de racionalización, una fe tan apartada de las exigencias de la vida que llegó a ser irrelevante.

La vasta obra de Schmidt resulta en la demostración de que a pesar de la verosimilitud de la reconstrucción de Tylor, que, de pasada, conquistó el mundo académico de forma tan persuasiva como lo había hecho El Origen de Darwin, carece totalmente del apoyo de la evidencia, lo que expresa con estas palabras:[25]

La teoría de Tylor, como la de Spencer, se promulgó durante el apogeo del Evolucionismo, y tiene toda la impronta de su fuente, especialmente en su suposición apriorística de un desarrollo ascendente de la humanidad siguiendo una línea única, y en la ausencia de prueba alguna de que las etapas unitarias del proceso tengan ninguna relación histórica entre ellas. Porque desde luego no se encuentra ninguna prueba de ello para ninguna de las etapas del largo camino evolutivo de Tylor. El orden de las etapas y su relación entre ellas se fundamenta pura y simplemente en la verosimilitud psicológica de esta vinculación; y la verosimilitud depende del supuesto de que lo simple precede siempre a lo complejo.

Schmidt analizó otro punto de vista, el de Max Müller, que desarrolló una compleja teoría en la que argumenta que el intento de racionalizar las fuerzas naturales operando en el mundo, el sol, la luna, la lluvia, el trueno, la tierra, el firmamento, el fuego, el agua, llevaron a historias que trataban de explicar estas fuerzas, y que tomaron la forma de mitos de la naturaleza. Los términos que destacaban en estos mitos, la palabra para fuego, por ejemplo, o el firmamento, llegaron a ser considerados por los menos inteligentes como nombres de deidades, y dieron origen a los panteones de la antigüedad clásica. Pero como observa Schmidt, Max Müller, a pesar de su fama y de su gran erudición, vivió lo suficiente para ver como sus ideas iban siendo gradualmente abandonadas, hasta quedar totalmente descartadas.

En el último capítulo de Schmidt hay varios elocuentes pasajes en los que recapitula lo que se sabe acerca del origen de la idea del Ser Supremo en las culturas primitivas. Dice él que el hombre tiene necesidades sociales, morales y emocionales. Las primeras necesidades, las sociales, quedaban satisfechas por su primitiva creencia en un Ser Supremo que es también el Padre de la humanidad. Las segundas necesidades, las morales, encuentran su respaldo en la creencia en un Ser Supremo que es Juez de lo bueno y de lo malo y que está Él mismo exento de toda mancha moral. El tercer grupo de necesidades, las emocionales, quedaron satisfechas por su creencia en un Ser Supremo benevolente del que solo procede lo bueno. El hombre tiene también otras necesidades. Busca una causa racional y ésta queda satisfecha por el concepto de un Ser Supremo que creó el mundo y que lo ordena de una forma que tiene sentido, de una forma que es fiable. El hombre necesita también un protector y lo encuentra en este Ser que es omnipotente. Y así, en todos estos atributos, esta figura exaltada proporcionaba al hombre primitivo la capacidad y el poder de vivir y amar, confiar y trabajar, y de sacrificar fines indignos por objetivos más dignos en el más allá. Schmidt dice: «Así, encontramos, entre toda una serie de razas primitivas, una notable religión, con muchas ramificaciones y totalmente efectiva».[26]

En las casi 300 páginas de argumentación demuestra que cuanto más primitiva la cultura, tanto más claramente se manifiestan estos atributos del Ser Supremo, que se daban tan por supuestos que a menudo apenas se expresan, circunstancia que llevó a muchos investigadores a suponer que ni tan solo existían. Así, para resumir sus conclusiones de forma muy breve, usamos sus propias palabras:[27]

Volviendo al pueblo más primitivo, los pigmeos africanos o los australianos centrales o los indios de la California central —todos ellos tienen un supremo Dios celestial a quien presentan ofrendas de su sangre y de sus primicias de la cacería o de la tierra. Todos estos pueblos tienen también breves oraciones acompañadas ocasionalmente de ceremonias, que dirigen al supremo Dios Creador antes del cual nada existía.

Muchos escritores sobre este tema también señalan de forma particular a estas tribus primitivas por una buena razón. Todos ellos son pueblos que han estado en cierto sentido aislados bien debido a su situación insular (como los andamaneses o los malgaches), a bosques inhóspitos (como los fueguinos de Tierra del Fuego), regiones desérticas (como los aborígenes australianos o los bosquimanos), climas extremos (como los esquimales u otros pueblos árticos), o debido a su abierta hostilidad contra los blancos (como el caso de los zulúes en África o el de muchas tribus amerindias).

Andrew Lang, después de observar que los aborígenes australianos tienen probablemente la cultura más simple de cualquier pueblo que conozcamos, dice que tienen conceptos religiosos «tan elevados que sería natural explicarlos como resultado de la influencia europea».[28] Sin embargo, al escribir consideraba que esta explicación no estaba justificada. Dios es omnisciente, vive en los cielos, es el Hacedor y Señor de todas las cosas, premia la buena conducta de los hombres y con Sus «lecciones» ablanda el corazón. Esta era la creencia de ellos.

El mismo autor, refiriéndose a los andamaneses, a los que consideraba como viviendo a aproximadamente el mismo nivel cultural, aunque en circunstancias algo más placenteras, afirma que el Dios de ellos es invisible, inmortal, el Creador de todas las cosas excepto de los poderes del mal, que conoce los pensamientos del corazón, se encoleriza ante las falsedades y malas acciones de todas clases, siente compasión por los que están angustiados o afligidos, y a veces les proporciona alivio de manera personal. Él es el Juez de las almas y en algún tiempo futuro presidirá sobre un gran juicio. La información que Lang recibió procedía de miembros ancianos de la comunidad que en aquel tiempo no se habían familiarizado con otras razas. Como dice Lang, la influencia exterior parece haber quedado excluida en mayor grado que el usual.[29]

Samuel Zwemer se refirió al carácter verdaderamente monolítico del Ser Supremo de los pigmeos de África, de los fueguinos de Tierra del Fuego, de los indios de Norteamérica, de las tribus de Australia central, y de los primitivos bosquimanos, así como de muchos pueblos de las culturas árticas, que, mantenía él, queda «claro incluso con un examen breve».[30] En su artículo no estaba meramente reiterando lo que otros han observado, es decir, que todos estos pueblos primitivos tienen el conocimiento de una Suprema Deidad, sino más bien que la Deidad Suprema que reconocen es en todas partes esencialmente la misma figura con los mismos atributos.

El canónigo Titcomb,[31] refiriéndose a los belicosos zulúes que establecieron su reputación guerrera cuando se enfrentaron con las tropas británicas, citó a un anterior Obispo de Natal que los conoció cuando estaban todavía culturalmente intactos, que había afirmado que no tenían ídolos (una observación más bien excepcional en África), sino que reconocían a un Ser Supremo que era conocido bien como el Gran Grande —equivalente a «El Altísimo»—, o como el Primer Causante —equivalente a «La Primera Esencia». El obispo dijo que en contra de su reputación de carecer de incluso el concepto de Dios, los zulúes hablaban constantemente de Él, y por sí mismos, como el Hacedor de todas las cosas y de todos los hombres.

El mismo autor hizo una interesante afirmación acerca de las creencias nativas de los malgaches, que, según decía él, se encuentran a menudo expresadas en forma proverbial.[32] Tenían dichos como estos: «No consideres el valle secreto, porque Dios está por encima» —donde se reconoce claramente la verdad de la omnipresencia divina. Otro era: «La testarudez del hombre puede ser llevada por el Creador, porque solo Dios gobierna» —que claramente reconoce la omnipotencia de Dios. Un tercer proverbio dice: «Mejor es ser culpable ante los hombres que ante Dios», lo que implica claramente la creencia en la santidad y justicia de Dios.

Hablando de los amerindios, Paul Radin escribe:[33]

La mayoría de nosotros nos hemos criado bajo los principios de la etnología ortodoxa, que es principalmente un intento entusiasta y nada crítico de aplicar la teoría darwinista de la evolución a los datos de la experiencia social. Muchos etnólogos, sociólogos y psicólogos todavía persisten en esta empresa. Pero no se logrará ningún progreso hasta que los académicos se sacudan de encima, de una vez y por todas, del curioso concepto de que todo posee una historia evolutiva.


Algunos años después, este mismo autor, refiriéndose a la postura de Lang de que el politeísmo no precedió ni llevó al monoteísmo, observaba: «su percepción intuitiva ha quedado abundantemente corroborada».[34]

Como conclusión podemos observar que hacia 1950 la revista Journal of the Royal Anthropological Institute estaba ya bien dispuesta a publicar una comunicación de E. O. James en la que el autor escribía lo siguiente:[35]

Así, es imposible mantener una evolución unilateral del pensamiento y de la práctica de la religión de la manera sugerida por la clasificación racionalista de Tylor y Frazer siguiendo la línea de la «Ley de las Tres Etapas» enunciada por Comte. Sin embargo, ni la especulación Euhemeriana de que la idea de Dios surgió del culto a los antepasados, reavivada por Herbert Spencer, ni la evolución Frazeriana del monoteísmo a partir del politeísmo y del animismo como resultado de un proceso de unificación de ideas, pueden conciliarse con la indistinta figura de un Ser Supremo tribal que ahora se sabe que era un rasgo constante del concepto primordial acerca de la Deidad.

De las culturas avanzadas y de las atrasadas surge la misma imagen. Es una imagen de un concepto extraordinariamente puro de la naturaleza de Dios y de Su relación con el hombre que se va corrompiendo gradualmente, por una parte debido a racionalizaciones que resultaron de la gradual sustitución de la revelación por los propios pensamientos humanos, y por otra parte debido a una superstición surgida de la ignorancia y del olvido de la revelación original. Como veremos de forma sucinta en la siguiente sección de este artículo, hay poco que escoger entre racionalización y superstición. En ambos casos el resultado final es el mismo —el necio corazón del hombre queda entenebrecido.

Capítulo 2. Algunas Implicaciones

De este breve estudio emergen diversos puntos importantes. Lo que más destaca, naturalmente, es la evidencia de que al menos por lo que se refiere a la historia religiosa del hombre, la teoría de la evolución es totalmente contraria a los hechos. Se sigue dando por supuesto que los pueblos más primitivos son un paradigma del hombre primitivo, porque los paralelismos entre su arte, sus armas y su nivel cultural general y el arte y las armas del hombre prehistórico se dan por asumidos. De los esquimales, en particular, se dice que nos dan una buena imagen del hombre del paleolítico. Pero del hombre del paleolítico se supone que fue casi un simio que apenas balbucía excepto por su posesión de algunas capacidades de elaboración de herramientas y por una organización social que los simios jamás han conseguido, mientras que sus modernos representantes en todas las partes del mundo exhiben un sentimiento religioso sumamente desarrollado que contradice totalmente cualquier teoría de un origen animal.

Es cierto que en la actualidad hallamos a estos pueblos con creencias religiosas casi sumergidos bajo una cubierta de temores supersticiosos y distorsiones que nos parecen de lo peor. Es fácil sentirnos horrorizados por algunas de sus prácticas religiosas (como, por ejemplo, el canibalismo ritual). Pero cuando estas prácticas se comparan con el uso moderno de las armas nucleares, aparecen incluso más humanas cuando se contemplan bajo la luz de su propósito, que en este caso no es tanto la destrucción de sus enemigos como la adquisición del valor que admiran en ellos y que quieren capturar para sí mismos. Y, naturalmente, por razones ya indicadas, han tendido a olvidarse del benevolente y misericordioso Padre celestial cuyo conocimiento parecen haber tenido en el pasado, y de quien piensan que no tienen nada que temer, y tratan más bien de aplacar a los malévolos espíritus malignos más inmediatamente presentes, al creer que son éstos a quienes verdaderamente deben temer.

Parece claro ahora que el hombre tuvo que comenzar con un concepto puro de un Ser Supremo, un gran Dios, Señor de todos, Creador del mundo, misericordioso y justo y observador de todo, omnipresente y omnisciente. Esta era la fe de los pueblos primitivos que los evolucionistas mismos consideran que son nuestros «antecesores coetáneos».

¿De dónde vino esta fe pura? Fue revelada desde el mismo principio, y esta revelación demuestra que la mente humana desde el mismo principio era evidentemente capaz de comprensión espiritual. Adán y Eva no fueron unos animales excepcionales acabados de escapar de alguna manada de primates, sino criaturas pertenecientes a otro orden por un acto de creación divina que los había preparado para gozar de una relación singular con Dios y para ser receptores de una revelación mucho más completa de lo que surge de una lectura somera de Génesis. Se paseaban con Dios en el Huerto, y conversaban con Él.

Además, por lo que se refiere a los pueblos primitivos mismos, creo que, culturalmente hablando, conocieron mejores cosas en el pasado.[36] Lo que se desprende de los datos es que los hombres pueden preservar ciertos recuerdos de la fe original del hombre si no han sido corrompidos por las sofisticaciones de una civilización avanzada. La civilización tiende más bien a nublar que a clarificar la fe verdadera. Lord John Avebury observó: «El materialismo es uno de los productos tardíos de la mente humana; el espiritualismo [y con esto no se refería al espiritismo, sino a las realidades espirituales] es uno de los más primitivos». Los pueblos primitivos están mucho más dispuestos a atender a las cuestiones espirituales, a aceptar a Dios en Su realidad, que el hombre civilizado. La civilización roba al hombre de su percepción espiritual, en lugar de potenciarla.

Este es un hecho de la mayor importancia, porque es lo contrario de lo que generalmente suponemos. Por alguna razón, siempre nos sobresalta descubrir que la persona gentilmente cultivada puede estar en una completa ignorancia de las cosas de Dios, e incluso ser hostil a la verdad espiritual. Son las personas «refinadas» las que tan generalmente muestran indiferencia espiritual. Por alguna razón, Dios puede hablar con mayor facilidad y directamente a personas con menos sofisticación cultural. No muchos nobles son llamados (1 Corintios 1:26).

Por consiguiente, se tiene que hacer frente a la anomalía de que en aquel mismo aspecto de la conducta humana que más completamente distingue al hombre de los animales, es decir, su sentimiento religioso, el hombre parece haber tenido su mayor conocimiento cuando se le supone haber recién abandonado su herencia animal. En contraste, tras haberse esforzado «a la cumbre» después de milenios de civilización, había en realidad perdido su visión inicial y se había vuelto espiritualmente decadente. A la vez, las mismas personas que proponen este anacronismo también nos quisieran hacer creer que al ir el hombre evolucionando culturalmente, sus percepciones espirituales se han ido purificando gradualmente hasta que por fin ha llegado a un elevado concepto monoteísta de la naturaleza de Dios. ¡Y a la vez se nos asegura que este proceso de «mejora» solo alcanzará su cima cuando el hombre ya no tenga ninguna creencia religiosa en absoluto! La extensión lógica de una premisa falsa lleva inevitablemente a estas contradicciones.

De nuevo, la historia de la percepción religiosa de la humanidad hace resaltar otro hecho de profunda significación. Sostener una parte de la verdad, pero no toda ella, puede ser tan peligroso como no sostener ninguna verdad. Se dice que la herejía es una verdad parcial llevada a su conclusión lógica. La gran herejía «ecuménica» es que Dios es benevolente. Y es cierto, Dios es en verdad benevolente, aunque una palabra mucho mejor sería misericordioso; pero Dios es también justo. La persona irreflexiva que sepa solo que Dios es bueno será extraviada a creerse segura con independencia de sus acciones. Puede con ecuanimidad ignorar a Dios, y no adorarlo ni reconocerlo en absoluto. A Dios no le importará cómo él se comporte, porque, haga lo que haga, puede asegurarse a sí mismo que no tiene nada que temer, y que Dios lo comprenderá todo incluso si se olvida totalmente de Él. Sólo tiene que temer lo malo.

El concepto cristiano de Dios como amante y misericordioso ha sido bien acogido por la sociedad porque es una «doctrina cómoda» en alto grado. Parte de la verdad llevada a su conclusión lógica da una visión totalmente falsa de la relación del hombre con Dios. Y además hay todas las razones para sospechar que de hecho es un punto de vista totalmente insatisfactorio. La idea misma de que Dios pueda sentir desagrado por la conducta humana, o que pueda juzgar sus motivos, o que quiera recompensar su vida de forma apropiada en algún gran Juicio queda convenientemente eliminada. Al principio, esta liberación del temor de las consecuencias puede suponer un enorme alivio. Pero así como el hombre en caída libre en el espacio se siente temporalmente liberado de los efectos conscientes de la gravedad —hasta que impacta sobre el suelo—, así un hombre «liberado» de la carga del pecado no perdonado sentirá un enorme alivio hasta que, de repente, se destruye la ilusión de «falta de peso». La mayoría de los hombres sienten este terrible sentimiento de «culpa» en ocasiones —y algunos con una abrumadora sensación de terror. En realidad, los psiquiatras han ido llegando gradualmente a la conclusión de que el hombre no está sano sin algún temor por las consecuencias del pecado. Quedar libres de la gravedad incluso en el mundo físico puede resultar en un inesperado trastorno del bienestar del hombre.[37] No es sano vivir en un mundo ilusorio donde todo se perdona y olvida como si nada tuviese una significación final ni vaya a ser traído ante algún Tribunal Superior.

Uno de los extraños problemas humanos es la persistente sensación de que de alguna manera uno debiera ser castigado y no meramente perdonado, pues en tal caso uno no puede perdonarse a sí mismo. Puede ser algo muy perturbador sentir el impulso de castigarse a uno mismo, de hacer alguna clase de expiación, a la vez que se cree que en realidad no hay nadie en el cielo ni en la tierra que se cuide acerca de si se realiza tal expiación. Deja al hombre con una sensación de culpa pero sin sentido de pecado —el dilema moderno. Estamos constituidos de tal manera que hay un mayor sentido de liberación cayendo ante un Dios justo y rogando misericordia, que tratando de persuadirse a uno mismo que no se ha incurrido en nada malo porque no hay ninguna fuente última de justicia. La conciencia cargada persiste como si en una burla, pero persiste con su carga. Y así los pueblos más primitivos, como los más civilizados, nunca han podido librarse de la sensación de que es necesario ofrecer sacrificios que cuesten algo. Pero debido a que se piensa en Dios sólo como un ser benevolente y que por ello no demanda sacrificios, estos sacrificios se hacen a los demonios —porque en caso contrario, ¿a quién se pueden hacer?

Así, originalmente la fe del hombre en la bondad de Dios estaba equilibrada por un conocimiento paralelo de Su santidad y justicia. Pero uno de los efectos de la civilización fue «minimizar» el aspecto más exigente de la naturaleza de Dios, hasta que se ha perdido totalmente de vista Su justicia y la conciencia ha llegado a ser el juguete de valores culturales relativos. Nadie se inquieta hoy en día porque se diga que Dios es amor, pero no se considera a alguien muy civilizado si dice que Dios es también justo. En resumen, una parte de la verdad constituye algo peligroso, y es necesario restaurar la verdad igualmente importante de que Dios no es solo benevolente y perdonador, sino justo y también severo. Sospecho que sucederían cosas extraordinarias para bien si los ministros de Dios volviesen a proclamar el mensaje de juicio como lo hizo Jonathan Edwards. El temor del Señor es el principio de la sabiduría.

Y esto me lleva al punto final. Como hemos visto, hay pleno motivo para creer, a partir del estudio de la «fe» de los pueblos primitivos, que la humanidad compartió en el pasado una revelación de la naturaleza de Dios y de la relación del hombre con Él. Pero sabemos que en tiempos de Abraham apenas si quedaba ningún hombre vivo para quien aquella revelación significase nada vital. ¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Acaso la verdad revelada es impotente por sí misma? La respuesta, me parece, ha de ser Sí, esta verdad es impotente. Es impotente a no ser que sea revelada de forma renovada en cada generación y a cada persona individualmente. Un conocimiento de la verdad, por preciso y exacto que sea, si ha sido adquirido meramente por transmisión oral o por reflexión, es impotente para engendrar un entendimiento espiritual genuino. Las verdades que heredamos no proporcionan una verdadera percepción. De modo que las mismas verdades pueden sobrevivir durante varias generaciones y ser sin embargo espiritualmente estériles, y al ser estériles llegan a tener poca relevancia, algo que se preserva por hábito pero sin capacidad para afectar a la conducta. Uno ve esto en las vidas de los jóvenes que han sido criados en una atmósfera de piedad cristiana, donde se han familiarizado con la verdad, pero cuya verdadera significación les ha sido totalmente extraña, porque han sido enseñados solo por el hombre y no por el Espíritu Santo.

Esto es lo que quiero decir por la necesidad de la inspiración. Puede que se nos proclame una verdad salvadora, quizá en la Escuela Dominical, hasta que la sepamos al dedillo, y sin embargo ser totalmente insensibles a ella, hasta que un día el Espíritu Santo abre nuestro entendimiento. Está claro que el Espíritu Santo no puede abrir nuestro entendimiento a verdades que nunca hemos oído, y hasta este punto la memorización de las Escrituras es una especie de garantía de que al menos el vehículo para la comunicación del conocimiento espiritual estará a disposición del Espíritu Santo. Pero el peligro es que aquella verdad con la que uno se familiariza de esta manera puede dejar de comunicar ningún significado, de modo que la mente se endurece contra aquello que debiera iluminarla, pero que no lo hace. Es aun más lamentable que la Verdad misma adquiera la reputación de carecer de trascendencia debido a su impotencia. El punto crucial aquí es que la verdad espiritual es impotente e incluso un obstáculo a no ser que y hasta que el Espíritu Santo haya abierto nuestro entendimiento real a su verdadero significado. Aunque esto parezca bordear la herejía, me parece que hay más esperanza para los que nunca han oído la verdad del evangelio que para aquellos que la han estado oyendo todas sus vidas. Quizá, en la sabiduría de Dios, haya más esperanza para la actual generación de analfabetos bíblicos que para la generación que vivió bajo la luz prestada de los tiempos victorianos.

Así, resumiendo, los datos demuestran de forma inequívoca que el hombre no puede haber alcanzado por evolución sus percepciones religiosas al modo en que ha evolucionado en sus capacidades técnicas, por ejemplo, porque en tanto que estas capacidades fueron mejorando constantemente, sus percepciones fueron precisamente en dirección opuesta. El hombre comenzó evidentemente con una vital fe en Dios y con un concepto de su propia relación con Él que debe haber sido por revelación, por cuanto nunca ha sido mejorada y ni tan solo mantenida a no ser que fuese continuamente fortalecida o confirmada por revelación.

El hombre es una criatura singular por lo que hace a la posesión de la capacidad de comprensión espiritual, pero también es una criatura caída, que necesita constantemente la renovación de su mente, debido a que está constantemente acosado por los efectos cegadores del pecado. Ni la influencia enriquecedora de la civilización, que le libera de algunas de las cargas de la vida diaria, ni los efectos ablandadores y represores de la cultura, que imponen unos ciertos límites a sus propensión al mal, son factores adecuados para disipar su ceguera espiritual ni para liberarle de la superstición, de los temores y del culto a los ídolos.

La revelación original, de la que tantas naciones y tribus tienen un borroso recuerdo, tiene que ser renovada por el Espíritu Santo en el corazón de cada individuo para que sea efectiva en la transformación de su vida, para que ilumine su mente y para que dé paz en su alma. Sin esta inspiración divina, ni el conocimiento tradicional ni la reflexión personal devolverán al hombre a la comunión con su Creador. El que no nazca de nuevo (Juan 3:3), no puede ver el reino de Dios, ni entrar en él.

Apéndice:

Bibliografía adicional

Collins, Roy, «Some Characteristics of Primitive Religions», Transactions of the Victoria Institute, vol.19, 1884, p.216-252.

Frankfort, Henry, y Frankfort, H. A., The Intellectual Adventures of Ancient Man, University of Chicago Press, 1946, 401 páginas.

Jevons, F. B., An Introduction to the History of Religion, Methuen, Londres, 1896, 443 páginas.

Keary, Charles F., Outlines of Primitive Belief, Scribner's, Nueva York, 1882, xxii y 534 páginas.

Kellog, S. H., The Genesis and Growth of Religion, Macmillan, Londres, 1892, xiv y 275 páginas.

Koppers, Wilhelm, Primitive Man and His World View, Sheed & Ward, Londres,1892, xiv y 275 páginas.

Lang, Andrew, The Origins of Religion, Watts, Londres, 1908, 128 páginas.

Langdon, Stephen H., «Monotheism as the Predecessor of Polytheism in Sumerian Religion», Evangelical Quarterly, Londres, April, 1937.

Müller, Max, Origin and Growth of Religion as Illustrated by the Religions of India, Hibbert Lectures, Longmans Green, Londres, 1878.

Rawlinson, George, The Prevalence of Early Monotheistic Beliefs, Present Day Tracts, vol. 2, Religious Tract Society, Londres, 1883, p. 41.

Thomson, J. Radford, The Prevalence of Early Monotheistic Beliefs, Present Day Tracts, vol. 2, Religious Tract Society, Londres, 1883, tratado 11.


Artículos adicionales de la revista Transactions of the Victoria Institute:

Avery, J., «The Religion of the Aboriginal Tribes of India», vol.19, 1885-86, p. 94-121.

Brown, R., «The System of Zoroaster Considered in Connection with Arabic Monotheism», vol.13, 1879-80, artículo no. 51.

Rule, W. H., «Monotheism, a Truth of Revelation and Not a Myth», vol.12, 1878-79, p. 343-369.

Welldon, Rt. Rev. Bishop, «The Development of the Religious Faculty in Man, Apart from Revelation», vol. 39, 1907, p. 7-21.

Whitley, D. G., «Traces of a Religious Belief of Primeval Man», vol.47, 1915, p.125-148.

* * * * *

Samuel Zwemer tiene una excelente bibliografía: ver pp. 241-248 de The Origin of Religion, Cokesbury, Nashville, Tennessee, 1935.

[1] Browne, Lewis, This Believing World: citado por Samuel Zwemer en The Origin of Religion, Cokesbury, Nashville, Tennessee, 1935, p.53.

[2] Langdon, Stephen H., Semitic Mythology, Mythology of All Races, vol. 5, Archaeological Institute of America, 1931, p. xviii.

[3] Langdon, Stephen H., The Scotsman, 18 de noviembre de 1936.

[4] Meek, T. J., Primitive Monotheism and the Religion of Moses, University of Toronto Quarterly, vol. 8, enero de 1939, p. 189-197.

[5] Frankfort, H., Third Preliminary Report on Excavations at Tell Asmar (Eshnunna): citado por P. J. Wiseman en New Discoveries in Babylonia about Genesis, Marshall, Morgan and Scott, Londres, 1936, p. 24.

[6] Véase acerca de esto Arthur Custance, «The Part Played by Shem, Ham, and Japheth in Subsequent World History [El cometido de Sem, Cam y Jafet en la historia posterior del mundo]», Secc. I; Secc. IV, «The Technology of Hamitic People [La tecnología del pueblo camita]», Secc. IV; y «A Christian World View: The Framework of History [Una cosmovisión cristiana: El marco de la historia]», Secc. V; en Noah's Three Sons, vol. 1 en The Doorway Papers Series, Zondervan Publishing Co.

[7] Delitzsch, Friedrich, Babel and Bible, Williams and Norgate, Londres, 1903, pp. 144s.

[8] Renouf, P. Le Page, Lectures on the Origin and Growth of Religion as Illustrated by the Religion of Ancient Egypt, Williams and Norgate, Londres, 1897, p. 90.

[9] Rawlinson, George, editor, Herodotus, apéndice al Libro 2, p. 250.

[10] Petrie, Sir Flinders, The Religion of Ancient Egypt, Constable, Londres, 1908, pp. 3, 4.

[11] Müller, Max, Lectures on the Science of Language, 1ª serie, Scribner's, Armstrong, Nueva York, 1875, pp. 21, 22.

[12] McCrady, Edward, «Genesis and Pagan Cosmogonies», Transactions of the Victoria Institute, vol. 72, 1940, p. 55.

[13] MacNicol, Nicol, editor, The Hindu Scriptures, Everyman's Library, Dent, Londres, 1938, p. xiv.

[14] Müller, Max, History of Sanskrit Literature: citado por Samuel Zwemer como en la ref. 1., p. 87.

[15] Ross, John, The Original Religion of China: p. 25: citado por Samuel Zwemer, ref. 1, p. 86.

[16] Williams, R., «Early Chinese Monotheism», comunicación presentada ante el Instituto Kelvin, Toronto, 1938.

[17] Schafer, Edward H., Ancient China, en la serie, The Great Ages of Man, Time-Life Inc., Nueva York, 1967, p. 58.

[18] Persson, Axel, The Religion of Greece in Prehistoric Times, University of California Press, 1942, p. 124.

[19] Reseña bibliográfica, American Journal of Archaeology, vol. 43, 1939, p. 170, 171.

[20] Hislop, A., The Two Babylons, Partridge, Londres, 1903.

[21] Schmidt, Wilhelm, The Origin and Growth of Religion: Facts and Theories,traducido al inglés por H. J. Rose, Methuen, Londres, 1931, xvi y 302 páginas.

[22] Ibid., p. 63.

[23] Ibid., p. 71.

[24] Ibid., p. 77.

[25] Ibid., p. 81.

[26] Ibid., p. 284.

[27] Ibid., p. 191.

[28] Lang, Andrew, The Making of Religion, Longmans Green, Londres, 1909, pp. 175-182, 196.

[29] Ibid., p. 196.

[30] Zwemer, Samuel, «The Origin of Religion: By Evolution or by Revelation», Transactions of the Victoria Institute, vol. 67, 1935, p. 189.

[31] Titcomb, J. H., «Prehistoric Monotheism», Transactions of the Victoria Institute, vol. 8, 1873, p. 145.

[32] Ibid., p. 144.

[33] Radin, Paul, Monotheism Among Primitive Peoples, no publisher, Londres, 1924, pp. 65ss.

[34] Radin, Paul, Primitive Men as Philosophers, Dover, Nueva York, revised edition, 1956, p. 346.

[35] James, E. O., «Religion and Reality», Journal of the Royal Archaeological Institute, vol.70, 1950, p. 28.

[36] Custance. Arthur C., «Primitive Cultures: A Second Look at the Problem of Their Historical Origin», Part II in Genesis and Early Man, vol. 2 en The Doorway Papers Series, Zondervan Publishing Company.

[37] M.D. Canada, vol. 11, 1968, p. 70.

Título: El Monoteísmo Primitivo, y el Origen del Politeísmo
Título original: Primitive Monotheism: and the Origin of Polytheism

Autor: Arthur C. Custance, Ph. D.
Fuente: Evolution or Creation?, vol. 4 of the Doorway Papers, 1977, Sección II. — www.custance.org —
Copyright © 1988 Evelyn White. All rights reserved

Copyright © 2008 Santiago Escuain para la traducción. Se reservan todos los derechos.


Traducción del inglés: Santiago Escuain

© Copyright 2008, SEDIN - todos los derechos reservados.

SEDIN-Servicio Evangélico
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Se puede reproducir en todo o en parte para usos no comerciales, a condición de que se cite la procedencia reproduciendo íntegramente lo anterior y esta nota.

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NOTAS A LA INTRODUCCIÓN


[1] Breve Historia de la Navidad. http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2009/12/breve-historia-de-la-navidad.html.

[2] Más allá de un mero cristianismo. http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2009/11/mas-alla-de-un-mero-cristianismo.html.

[3] Shaw también hace una crítica profunda a esta doctrina. Véase Sir Bernard Shaw, un escritor cristiano socialista ateo que coqueteaba con el Islam. http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2010/02/sir-bernard-shaw-un-escritor-cristiano.html.

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