lunes, 7 de septiembre de 2009

La Nueva Derecha Frente al Islam | Romper con la Civilización Occidental

La Nueva Derecha Frente al Islam

por Said Abdunur Pedraza.

Como anoté en un artículo anterior (La Religión de los Derechos Humanos) Faye, enemigo declarado del Islam, ha sido un duro crítico de los derechos humanos y del imperialismo cultural y económico impuesto por Estados Unidos bajo la máscara de la “globalización de la libertad”. Y en esa crítica, durante los años 1980 vio en el Islam “la más feliz contestación jamás infligida a la utopía civilizadora del modelo americano”. El cambio radical de su postura en los albores del tercer milenio, cuando decidió enfocar su fanatismo en contra de la expansión islámica en Europa, es parte de la mentalidad de los teóricos de la “nueva derecha” europea. Una generación de intelectuales que reclaman la recuperación de lo que parece saberse sobre las religiones paganas y la cultura ancestral de las naciones europeas, la conformación de un ejército europeo fuertemente armado (al estilo israelí), y la homogeneización cultural y étnica de cada país europeo para fortalecer la unidad nacional de los pueblos europeos, como premisas indispensables a fin de darle a Europa de nuevo el protagonismo que, según ellos, tiene históricamente merecido. Para la “nueva derecha” europea, el igualitarismo de la visión liberal burguesa creadora del estado–nación y del capitalismo y el socialismo por igual, y la colonización cultural angloamericana, son los dos principales problemas que impiden a Europa mantener su identidad y su posición preponderante en la historia (es el resurgimiento del Volksgeist de Fichte y Herder, que nuevamente se enfrenta al “contrato social” de Rousseau; los derechos del pueblo vs. los derechos del hombre). Sin embargo, esta nueva derecha cae en la misma trampa en la que caen los teóricos y ensayistas que pretenden desentrañar la cuestión del desarrollo de un identitario colectivo latinoamericano, basándose en la visión eurocentrista y la metodología establecida por Hegel en su “historia universal”. Al tratar de rechazar al invasor colonialista, se intenta asumir su papel o tomar su posición, y al hacerlo se validan sus ideales y por tanto, se legitima su colonización (más al respecto en mi ensayo Incompatibilidades Fundamentales entre Nacionalismo y Pacifismo).

La nueva postura de Faye es entendible. Él primero se centró en el rechazo a occidente, en el entendido de que para la “nueva derecha” occidente no es lo mismo que Europa, sino de hecho es la antítesis de Europa. Así lo aclara Claudio Finzi en su artículo de 1994, Europa y Occidente: dos conceptos antagónicos (publicado en la revista Identidad #17), donde explica que el término “occidente” fue acuñado por los políticos estadounidenses del siglo XIX para definir un meridiano que separara a Europa de la América anglosajona y su patio trasero (recordemos la doctrina Monroe, “América para los americanos”, que se tradujo en “fuera europeos de Latinoamérica y el Caribe, que a esos sólo los explotamos y esclavizamos los gringos a nuestras anchas”). El rechazo de Faye a occidente lo llevó a admirar todo lo que se opusiera a la globalización de la cultura angloamericana, y en particular, a admirar al Islam como el bloque humano y político que hacía (y hace) la más férrea y efectiva resistencia contra la occidentalización. Faye debió revisar esta postura ante la migración masiva de musulmanes desde Turquía, Oriente Próximo y el norte de África hacia Europa, con lo que aquel posible aliado en la lucha contra Estados Unidos se le convirtió a la “nueva derecha” en un nuevo colonizador, un nuevo enemigo. La migración de musulmanes a Europa comenzó en los años 1950, pero fue con la caída de las torres gemelas en el famoso 9/11 de 2001, que se dieron tres hechos que hicieron que Faye y otros como él, pasaran de elogiar al Islam, a repudiarlo y atacarlo de forma virulenta, con cuanta falsedad, tergiversación y argumento eurocentrista les es posible:
  1. La “guerra antiterrorista” que desató Estados Unidos contra el Islam tomando como excusa el ataque del 9/11, desencadenó una oleada masiva de migración desde los países atacados (Afganistán e Irak) y otros países de Oriente Próximo hacia Europa, que se vio reforzada con una nueva migración desde Líbano gracias a los ataques israelíes, y desde el norte de África gracias a las guerras intestinas que surgieron como consecuencia del colonialismo europeo del siglo XIX y de la subsiguiente intervención norteamericana en África durante el siglo XX.

  2. El ataque del 9/11 y su enorme difusión mediática despertó la curiosidad de miles de personas, principalmente jóvenes europeos y estadounidenses, que quisieron conocer más sobre el Islam y por qué estaba siendo satanizado con tanto ardor (al respecto, véase mi artículo Romper Esquemas). Esto ha redundado en la conversión acelerada de población nativa europea y estadounidense al Islam, incluso a una práctica más estricta del Islam que la que tienen muchos inmigrantes (al respecto, véase la nota Casi una de cada cuatro personas es musulmana).

  3. Los dos puntos anteriores hicieron que los europeos por primera vez prestaran atención a los viejos inmigrantes musulmanes, que ya habían dejado descendencia nacional europea pero de origen étnico y cultural árabe y africano, principalmente.

Para los que quieren enterrar en el olvido el hecho de que sin el Islam no habría existido Ilustración, y que Europa en su desarrollo intelectual, político, tecnológico y económico le debe tanto o más al Islam que a Grecia (en especial España y Portugal, véase el artículo El Renacimiento Empieza en Córdoba), resulta preferible retroceder milenios en su desarrollo histórico a permitir que el Islam siga creciendo en la forma explosiva que lo está haciendo en su territorio. Y cuando digo retroceder milenios, me refiero a que dos de sus principios son:
  1. Rechazar el cristianismo, que ha sido la bandera de la expansión cultural y económica europea desde que el emperador romano Constantino decidió reunificar a Roma alrededor de la versión helena del mismo, fundada en Macedonia por Pablo de Tarso (con la consecuente persecución y aniquilación de todas las demás sectas cristianas, en su mayoría judías. Al respecto véase el artículo Breve historia de la Navidad). Cristianismo grecorromano que siglos después, con la reforma alemana, se convertiría en estandarte de la recuperación de la identidad de los pueblos europeos en rechazo a la universalización católica y a la figura unificadora y homogeneizante del Papa.

  2. Recuperar tradiciones y costumbres de los pueblos que ellos mismos (europeos) han llamado bárbaros por siglos (celtas, bretones, germanos, etc). Por supuesto, su propuesta es la de un paganismo laico: cualquier retorno del hombre a su espiritualidad les escoce, por lo que su propuesta es filosófica, no religiosa.




Faye y sus amigos de la “nueva derecha” muestran una postura que, aunque se llame tan anticapitalista como antisocialista, tan pagana como atea, no es más que otra línea del pensamiento ilustrado, de las ideas burguesas que triunfaron en la Revolución Francesa. No es, por tanto, la tercera vía de la que tanto se habla pero que no ha dejado de ser una quimera. Una tercera vía que, en cambio, sí constituye el Islam como ideología y como forma de vida (al respecto, véanse los artículos Leyendo la economía de Rodolfo Llinás y La Crisis del Sistema Financiero: El Islam es la Alternativa). Y esto es lo que asusta a Faye y demás fanáticos anti Islam: recuperar la historia significa recordar que la mera aplicación del Corán fue lo que hizo que unas cuantas tribus sin civilización y sin mayor cultura, se transformaran en el primer estado en la historia de Arabia, que a su vez se constituyó en la civilización más grande tanto en extensión como en desarrollo tecnológico que jamás hubiera visto el hombre, y cuya influencia en la arquitectura, las costumbres y las lenguas de España, Portugal, y de todos los territorios donde se extendió, sigue viva (al respecto véase el artículo Sir Bernard Shaw, un escritor cristiano socialista ateo que coqueteaba con el Islam). Quien indague sobre la increíble velocidad de este fenómeno (menos de un siglo) y la perdurabilidad hasta nuestros días de los principios que lo generaron, seguramente sentirá una profunda curiosidad por saber cómo el contenido de un solo libro pudo definir una organización social, cultural, económica y política que había sido imposible de lograr por milenios en Oriente Próximo. Organización que en tiempo muy breve, pasó del analfabetismo a estar en capacidad de absorber y mejorar los conocimientos de Grecia, Persia e India, sin lo cual Europa (que había rechazado dichos conocimientos por considerarlos herejes) habría perdido su conexión con la Grecia y la Roma que tanto ha anhelado emular desde que las volvió a conocer gracias al trabajo de los traductores de Toledo (equipos de judíos, cristianos y musulmanes trabajando hombro a hombro), que llevaron al latín lo que había sido traducido al árabe (y que, por tanto, llevaba ya su carga de cosmovisión islámica: Europa ha visto a Grecia y a Roma a través del prima del Islam).



La “nueva derecha” europea debe, entonces, negar la influencia islámica en Europa, pero va más allá, rechaza la influencia cristiana y busca rescatar unos orígenes ya enterrados por los romanos hace más de dos milenios, y negados y borrados de la historia de forma sistemática por la Iglesia Católica y posteriormente por las iglesias de la Reforma, en un proceso de más de mil quinientos años. Cualquier conocimiento que se tiene hoy sobre las ideologías, religiones y cosmovisiones de las antiguas poblaciones europeas (antes de la expansión romana) es tan parcial y fragmentado, como incomprensible por la visión que tenemos hoy del mundo y del pasado. Quienes dicen practicar alguna de las antiguas religiones paganas (neopaganismo), adoptan en realidad unos ideales y rituales más creados por la especulación y las filosofías New Age, que reconstruidos por la antropología y la historia, amén de que desconocen, niegan, o simplemente hacen a un lado las prácticas rituales sanguinarias de estas religiones, lo que es sintomático de quien dice adoptar una forma de vida, pero en realidad sólo toma de ella algunos elementos simbólicos y anecdóticos, y los incorpora a su forma de vida occidental (por ejemplo, a los practicantes de la "wicca" se les olvida que los sacrificios humanos eran rituales centrales y fundamentales de las prácticas de los druidas y de otras religiones celtas y nórdicas).

Como sea, el ataque que estos fanáticos europeos hacen contra el Islam es sólo una muestra de su absoluta ignorancia e incomprensión sobre qué es el Islam. Por un lado, lo ven como una fuerza política, que antaño se les antojó como posible aliado contra Estados Unidos y su globalización cultural y económica. Pero, desconociendo lo que es el Islam en su aspecto político, se limitan a ver lo que son los estado–nación que ellos llaman “musulmanes”, y descubren un avispero infernal de posiciones políticas de toda laya. Afirma Enrique Ripoll en su artículo Europa: ni USA ni Islam:

“En cuanto al Islam, es difícil, por no decir falso, referirse a éste como una unidad, o pensar que un único y compacto bloque árabe–islámico pueda actuar en la escena política internacional. Aparte de la tradicional división entre sunitas y chiitas, en el recorrido que nos lleva de Marruecos a Indonesia nos podemos encontrar con realidades político–culturales absolutamente diferenciadas e incluso enfrentadas: desde los alauitas de Marruecos y del ejército sirio a los wahhabitas de Arabia Saudita, desde regímenes religiosos como el del chiíta Irán –que apoya la lucha de la minoría chiíta del sur de Irak contra Sadam Hussein– hasta el régimen difícil de catalogar del coronel Gadafi en Libia, donde se ha pasado de un entusiasta panarabismo a un desconcertante panafricanismo, después de sus varios fracasos a la hora de liderar una unidad del Magreb árabe; siguiendo por el laico régimen egipcio hasta los dos países herederos del socialismo nacionalista y panárabe de Nasser, gobernados por un mismo partido, el Baas, pero por dos facciones diferentes y mortalmente enemigas entre sí: Siria e Irak, por no seguir con los talibán –o lo que quede de ellos– en Afganistán, las corruptas democracias petrolíferas del Golfo, el integrismo de inspiración saudita de Pakistán, los guerrilleros chechenos o el Frente Moro de Liberación de Filipinas, realmente ¿de quién de ellos esperan ayuda y apoyo los europeos que ven en el Islam un potencial aliado en su proyecto de construcción nacional? Esta pregunta parece tener respuestas cambiantes según los acontecimientos de la política internacional van variando: en un momento pareció el Irán de Jomeini, luego la Libia de Gadafi, más tarde el Irak de Hussein y, lo más lamentable de todo, hoy incluso hay quien se ha atrevido a señalar a Bin Laden y su banda de forajidos internacionales para cumplir este papel.”



Desconocen, por supuesto, que no existe hoy un solo país que pueda llamarse musulmán, pues ninguno está regido estrictamente por la ley coránica. Desconocen que no se puede empaquetar en el mismo saco a los chiítas, sufíes y miembros de otras religiones y sectas con los musulmanes. Desconocen, claro, que Jomeini, Gadafi, Hussein y Bin Laden son todos, en diversas formas, frutos de lo que la colonización europea y la posterior intervención estadounidense han sembrado en los últimos 150 años. Y desconocen también, que el concepto de estado–nación, que fue fundado por el ideario liberal burgués, no existe en el Islam, y que por tanto, una cosa son los políticos corruptos y sus maquinaciones personales, y otra cosa lo que vivimos los musulmanes (alrededor de 1.500 millones en el mundo, según la nota Casi una de cada cuatro personas es musulmana) quienes no tenemos nacionalidad ni bandera distinta al Islam, y que, por tanto, somos hermanos de forma totalmente independiente a nuestro lugar de origen, etnia, género, capacidad intelectual, posición económica, lengua o diferencias culturales: una sola creencia, una unidad en los ritos y en la fe, pero también, un mismo libro que dicta desde cómo llevar una vida sana, cómo conformar una familia, cómo desempeñarse en la sociedad y el trabajo, hasta cómo construir una civilización en la que todos sus miembros tengan las mismas posibilidades reales de llevar una vida digna, como ya ocurrió en Bagdad y en Córdoba, por nombrar sólo los dos ejemplos más reconocidos por la historia occidental. Este desconocimiento los lleva a proclamar la creación de un gran ejército europeo que haga frente al invasor (tanto al yankee como al musulmán), lo que será un esfuerzo inútil pues, a diferencia de lo que venden a diario los medios de comunicación, el Islam no se expande por la espada ni por las tácticas terroristas (el suicidio y el matar personas inocentes, población civil no combatiente, es un pecado grave, no importa la causa por la que se lleven a cabo tales abominaciones; en el Islam la violencia es el último recurso y se emplea sólo como defensa, dentro de un marco normativo estricto, similar y mejor aún que el Derecho Internacional Humanitario, marco que está establecido en el Corán. Más al respecto en los artículos El Islam y el Derecho Internacional e Islam y Terrorismo).



No digo que el Islam como vivencia sea homogéneo, claras diferencias culturales hay entre musulmanes de diferentes regiones del globo. Pero como sistema socio-económico-político-religioso es uno solo, contenido en el Corán y la Sunna (a sabiendas que la segunda no es más que la forma como el Profeta –Paz y Bendiciones de Dios sean con él– aplicó el primero), y como tal, no admite mezclas con el capitalismo o el socialismo, pues tiene su propia forma de manejar la economía y las finanzas, y ese es el principal dolor de cabeza de los grandes empresarios: el Islam no admite la usura, que es la base del sistema financiero mundial actual, y sin la cual los bancos dejarían de existir (véase el artículo La Falacia de la "Banca Islámica"). Un sistema así es demasiado peligroso para el statu quo imperante. Mientras el Islam siga siendo sólo la forma de vida de millones de personas sometidas por regímenes no-islámicos, no habrá mayor problema. Pero en la medida en que ha sido imposible occidentalizar (angloamericanizar) a la mayoría de las comunidades musulmanas, hay un grave riesgo de que un día una o varias se organicen en un régimen auténticamente islámico. Si eso ocurre, existe el peligro de que otros vean lo bien que funciona el Islam cuando se aplica de lleno, y eso les asusta, como les asustó a los dirigentes de Meca ver que en Medina el Profeta –PyB– había construido de la nada una ciudad próspera que en poco tiempo ya competía con ellos en lo económico y lo social, sólo con aplicar el Corán. Por eso le declararon la guerra, como hoy le han declarado la guerra al Islam. Pero en aquel entonces, Dios permitió que el Islam triunfara y se desbordara rápidamente por tres continentes. Los musulmanes confiamos en que esta vez, el mundo pueda ver de nuevo esa luz que, mientras Europa se hundía en el oscurantismo, le daba el Islam a la humanidad, inchAl–Lah.

En el siguiente enlace, publico el artículo de 1980 “Romper con la Civilización Occidental”, por Guillaume Faye, traducción tomada de http://es.geocities.com/sucellus23/1019-es.htm.

Romper con la Civilización Occidental

por Guillaume Faye

"Esta Europa que, en una incalculable ceguera, se encuentra siempre a punto de apuñalarse, yace aprisionada bajo las dos tenazas de Rusia y América. Rusia y América son, desde el punto de vista metafísico, la misma cosa: el mismo frenesí en la organización desarraigada del hombre normal. Cuando hasta la última pequeña esquina del globo terráqueo se hace explotable económicamente y en el tiempo que prosigue ha desaparecido el ser-alli de todos los pueblos, entonces las preguntas: ¿'Con qué objetivo?' '¿A dónde vamos?' y '¿Qué sigue a continuación?' estarán siempre presentes y, en la forma de un espectro, cruzaran toda esta superchería."
Martin Heidegger, Introducción a la Metafísica

En las campiñas francesas, la gigue ni la sardana ya no se danzan mas en las fiestas. El jukebox y el flipper han colonizado los últimos refugios de la cultura popular. En un instituto alemán, un joven de dieciocho años acaba de morir de sobredosis, acurrucado al fondo de un cuarto de baño. En el suburbio de Lille, treinta malienses viven apiñados en una bodega. En Bangkok o en Honolulu, podéis comprar, por cinco dólares, una niña de quince años. "Y no es prostitución porque toda la población lo practica," dice un folleto turístico norteamericano. En un barrio de México, una firma norteamericana de producción de tablas de surf ha echado a un centenar de obreros. Houston estima que es mas rentable instalarse en Bogotá...

Tal es la cara odiosa de la civilización, que con una lógica implacable, se impone en todos los continentes, arrastra las culturas a un mismo modo de vida planetario y engulle las contestaciones socio-politicas de los pueblos que son sometidos a las mismos hábitos. ¿Que sentido tiene gritar Yankees go home cuando se llevan vaqueros? Para Konrad Lorenz, esta civilización encontró algo peor que el control o la opresión: inventó la "domesticación fisiológica". Y en forma más eficaz que el marxismo soviético, realiza una experiencia social tipica del fin de la historia. Con el objetivo de garantizar por todas partes el triunfo del tipo burgués, al final de una dinámica homogenizante y de un proceso de involución cultural.

Esta civilización que atrapa hoy a los pueblos de Asia, África, Europa y América Latina, debemos llamarla por su nombre: es la civilización occidental.

La civilización occidental no es la civilización europea. Ella es el fruto monstruoso de la cultura europea, de la que ha tomado su dinamismo y su espíritu de empresa, pero a la que se opone básicamente, y de las ideologías igualitarias resultantes del monoteísmo judeocristiano. Se realiza en América que, inmediatamente después de la segunda Guerra Mundial, le dio su impulso decisivo. El componente monoteísta de la civilización occidental es claramente reconocible en su proyecto, idéntico en sustancia a aquel de la sociedad soviética: imponer una civilización universal fundada en la primacía de la economía como forma de vida y despolitizar a los pueblos en benéfico de una "gestión" tecnocratica mundial.



Conviene distinguir a la civilización occidental del sistema occidental, este ultimo designa la potencia que permite la expansión de aquella. El sistema occidental no puede, por otro lado, describirse bajo las características de un poder homogéneo ni constituirse como tal. Se organiza en una red mundial de microdecisiones, coherente pero inorgánica, lo que le hace relativamente imperceptible y, por consiguiente, más temible. Reagrupa notablemente a los medios financieros de la OCDE, los Estados Mayores de un centenar de empresas transnacionales, un fuerte porcentaje del personal político de las naciones "occidentales", las esferas dirigentes de las "elites" conservadoras de los países pobres, una parte de los cuadros de las instituciones internacionales, y a la mayoría de los jefes superiores de las instituciones bancarias del mundo "desarrollado".

El sistema occidental tiene su epicentro en Estados Unidos. No es de esencia política o estática, mas bien procede por la movilización de la economía. Rechaza los Estados, las fronteras y las religiones, su "teoría de la praxis" reposa menos sobre la difusión de un corpus ideológico que en una modificación radical de los comportamientos culturales, orientados hacia el modelo americano.

Pero quien piensa en "Occidente" piensa inmediatamente en el "Tercer mundo". Se dice que fue Alfred Sauvy quien creó ese término, poco después la conferencia de los países no-alineados en Bandoeng, en 1955. ¿Pero, el Tercer mundo existe?

El leninismo soviético en realidad conoció el concepto de Tercer Mundo antes que el termino existiese. En el Imperialismo, ultima etapa del capitalismo (1916), Lenin funda la doctrina que inspirara la política exterior de la Unión Soviética: utilizar a los países pobres como arma contra el capitalismo mundial, haciéndoles objetos de la historia de la revolución. Idéntica en eso al liberalismo occidental, la ideología leninista subordina la independencia de los pueblos a su proyecto universalista. El leninismo, que es un occidentalismo en el fondo, no reconoce las alteridades nacionales y solo concibe el nacionalismo de los pueblos extraeuropeos como un instrumento provisional al servicio del mismo proyecto que aquel del occidentalismo: una civilización mundial homogénea y fundada en la economía.

El mismo Karl Marx anuncia ese parentesco que existe entre el leninismo y el liberalismo occidental. En The British Rule in India y en The Future Results of British Rule in India (1853), celebra que "la dominación británica haya demolido completamente el marco de la sociedad india" y que "esta parte del mundo, que hasta entonces seguía siendo inferior, en adelante haya sido anexada por mundo occidental". ¿Ya que peor obstáculo para el "socialismo" que las sociedades tradicionales?. ¿Georges Marchais no dijo que el ejército soviético había invadido Afganistán para suprimir el derecho de pernada?

¿El Tercer mundo englobaría entonces a todos los pueblos que, renunciando a su identidad cultural propia, serian candidatos a la occidentalización, como los proletarios al aburguesamiento? ¿Si es preciso alimentando un resentimiento contra su modelo? La fuerza del sistema occidental, objetivamente cómplice en esto del proyecto leninista, es que el deseo de asimilación triunfa siempre sobre el resentimiento: por lo tanto, el Tercer mundo no le amenaza.

Para el venezolano Carlos Rangel, "la esencia del tercermundismo no es la pobreza ni el subdesarrollo," sino "un descontento que no impide el disfrute de una forma de vida al estilo occidental, ni incluso la posesión de una riqueza notable" ("Pourquoi l'Occident est en train de perdre le Tiers-Monde", en Politique internationale, primavera de 1979). Para Carlos Rangel, "pertenecen al Tercer mundo los pueblos que, aunque muy diferentes, comparten el mismo sentimiento profundo de alienación y antagonismo hacia los países no comunistas que progresan, y que se encuentran con relación a estos últimos en una posición similar a la de poblaciones de color en una sociedad donde el poder esta en manos de los blancos."

Esos pueblos, dice Carlos Rangel, no se sienten "miembros fundadores del club que se llama civilización occidental." Incluso Japón o España, y al límite Francia, "nunca se integrarán en la sociedad capitalista occidental como Nueva Zelanda que pertenece culturalmente a la fuente donde el capitalismo dibujó su impulso", es decir "la hegemonía anglosajona instaurada por Inglaterra y luego por Estados Unidos." Carlos Rangel añade: "inexorablemente, la dificultad para identificarse con la fuente original de las ideas y con la sede actual del poder es causa de ansiedad y descontento nacional".

La pertenencia al Tercer Mundo o a la civilización occidental deviene, pues, en un hecho cultural.



Es el planeta entero quien viene a experimentar un complejo de identidad. Como la igualdad siempre proclamada y jamas alcanzada, el modelo occidental oculta una lógica de alienación. La civilización occidental se presenta explícitamente como un conjunto puramente económico donde el principal criterio de pertenencia seria el nivel de vida, sin embargo, esta civilización implícitamente se da una estructura jerárquica de dos niveles culturales: los miembros del "club" y los "otros", que no serian mas que semi-occidentales y que nunca entrarían al "club." ¿Porque? Porque no pertenecen al mundo anglo-americano, que se piensa a si mismo como el epicentro de Occidente.

Por eso, la civilización occidental, a causa de su dominante angloamericano, rechaza toda identificación con la cultura europea, notablemente por los componentes latinos, germánicos, célticos o eslavos de esta ultima. Pero esta dicotomía implica una realidad profunda: en la medida en que la civilización occidental expresa plenamente el proyecto norteamericano y en tanto que América se ha construido sobre un rechazo de Europa, la esencia de la civilización occidental, es la ruptura con la cultura europea, de la que se venga reduciéndola al etnocidio cultural y a la neutralización política.

El neocolonialismo occidental, que se manifiesta en todos los partidos del mundo, de Irlanda a Indonesia, se basa esencialmente en la ideología liberal americana, aquella que es impuesta por las organizaciones internacionales. No terminaríamos de enumerar los pueblos cuyas formas propias de gobierno fueron destruidas en beneficio de una "democracia" destinada a integrar esos pueblos al orden económico occidental y mercantil. El neocolonialismo ha instaurado la peor de las dependencias y asesinado la primera de libertades, que consiste, para un pueblo, en gobernarse según su propia concepción del mundo. Y son las burguesías locales, formadas por Occidente, que se hacen instrumento de esa desposesión político-cultural (1).

Es sobre la idea misma del desarrollo económico del Tercer Mundo que debemos poner nuestra sospecha. En efecto, este concepto presupone que los pueblos del Tercer mundo deben necesariamente seguir el camino de la industrialización occidental. Ahora bien, eso coincide singularmente con el deseo liberal de la división internacional del trabajo y de la especialización económica de las zonas, indispensable para el capitalismo moderno de libre comercio planetario. ¿Y que son esos camuflajes doctrinales y humanitarios (el "derecho al desarrollo") que predican la industrialización del Tercer mundo? Los que defienden los intereses de un sistema económico para el cual un comercio industrial mundial en crecimiento es tan necesario como el agua de mar tibia lo es para los bancos de caballas (2).

En sucesivas ocasiones, François Perroux puso de manifiesto que el "nivel de vida global" de los países "en vías de desarrollo" era menos elevado que el que se alcanzaba en las sociedades tradicionales. Contrariamente, los países más pobres o las zonas menos industrializadas conocen un "nivel de vida" real superior a esto que las cifras de la OCDE pueden dejar creer (3). Y hasta ahora, los Estados Unidos fueron los únicos verdaderos beneficiarios de la industrialización de Asia, África o América del Sur.

Pero es necesario no engañarse, la industrialización del planeta es irreversible. La parte del consumo de Asia o de América Latina no deja de crecer. Mas bien, es la forma de esa industrialización, librecambista y sumisa al modelo de desarrollo occidental, la que es criticada aqui. En la medida en que todas las estructuras industriales se parecen, los modos de consumo se uniformizan y se americanizan. Además si esta forma de industrialización es un factor de "desarrollo" para ciertos paises, ella es la causa de graves desequilibrios y de subdesarrollo para numerosos otros países: "las cuatro quintas partes de las exportaciones industriales de los nuevos países, escribe Jean Jean Lemperière, provienen de unos pocos nuevos paises: los cuatro países talleres del Extremo Oriente, la India, los tres grandes países de América Latina e Israel" (Le Monde, 22 de enero de 1980)

Por último, una economía industrial mundializada será de una extrema fragilidad ante las crisis por la red de dependencias que teje entre las naciones.





En respuesta, las ideologías "etnonacionales" pueden perfectamente ayudar a algunos pueblos a liberarse del neocolonialismo occidental. Esas ideologías aparecieron en Europa al inicio del siglo XIV (4) y ya se oponían un universalismo temible, el del poder eclesiástico. Apelaban a la constitución de un Estado laíco que coincidiese con la nación y se referían al mito movilizador del antiguo imperium romano. Reanudadas por Fichte y Herder en el siglo XVIII, las ideas etnonacionales dieron una contestación radical frente las ideologías universalistas e individualistas, y desempeñaron un papel importante en los movimientos de liberación nacional, en los siglos XIX y XX.

En México, país duramente golpeado por los Estados Unidos, asistimos a la edificación, tanto por el Estado como por el pueblo, de un nacionalismo original, fundado sobre la regeneración de una consciencia histórica que encuentra sus fundamentos específicos en las culturas indígenas. Un nuevo pueblo se crea así, liberado de la historia "occidental" y que piensa su destino a partir de una recreación de su pasado. Hermosa lección para nosotros, Europeos, que más allá de ese "occidente cristiano" en el cual no podemos ya reconocernos, debemos también reconsiderar nuestro destino encontrando los fundamentos específicos de nuestra cultura, construyendo un mito indoeuropeo.

En África, la adaptación de la ideologia etnonacional es también exitosa, pero bajo una forma menos política e histórica que tribal y comunitaria: "El valor de la cultura africana no esta ligado a ciertos fantasmas o a complejos rechazados frente a los cánones de la belleza griega, dice, no sin malicia, el cineasta senegalés Sembène Ousmane" (Jeune Afrique, 19 de Septiembre de 1979). La búsqueda de la autenticidad, la elección de los patronímicos y el retorno a las costumbres patriarcales tradicionales combatidas por el cristianismo y las Naciones Unidas, no pueden sino hacer sonreír a los imbéciles y a los cabrones.

En cuanto al nacionalismo islámico, constituye la más feliz contestación jamas infligida a la utopía civilizadora del modelo americano. Pone en entredicho la idea occidental del crecimiento comercial y de la primacía del desarrollo económico, rechazando al mismo tiempo al marxismo, precisamente considerado como factor de desculturización y, circunstancialmente, como instrumento del neocolonialismo soviético.



Es también gracias al despertar de una conciencia nacional que China pudo reducir el efecto masificador del marxismo, y operar así un sincretismo probablemente positivo entre las ideas venidas del Oeste y la continuación de su destino de pueblo-continente. Ella adaptó sus estructuras ancestrales de gobierno y constituir, "contando con sus propias fuerzas", una potencia histórica independiente del magma occidental como del bloque soviético. No sin buenas razones China experimenta la necesidad no ya de llevar solamente el papel de protagonista de la historia, sino de enfrentar a los dos universalismos, el Occidente americano y el "sovietismo" ruso. En este juego a tres donde no puede aliarse sino a su contrario -ayer la Unión Soviética, hoy los Estados Unidos- tiene necesidad de que vean en ella una protagonista-socia. Esta es la razón por la que, hace un llamado a Europa, incitándola a salir de su letargo, a volver a entrar en la historia, a reconquistar su libertad.

Como China se ha liberado del "sovietismo", Europa debe, en efecto, liberarse de Occidente y reapropiarse las ideas etnonacionales que ella creó.

Liberarse de la civilización occidental, es comenzar por dudar de la idea de solidaridad del bloque occidental impuesta al África como a Europa o Japón. Ya que es necesario distinguir bien, en geopolítica, las solidaridades efectivas y las solidaridades reales, es decir, a la vez deseables y conformes a los intereses históricos de los pueblos en cuestion. Occidente y el bloque soviético solo constituyen conjuntos de solidaridad efectiva. Polonia o Alemania Federal, como Chile o Afganistán, no se insertan en conjuntos de solidaridad real.

Ahora bien, la izquierda "tercermundista" y la derecha "occidentalista" actuales refuerzan, por los conceptos instituidos por su vocabulario ideológico, este statu quo mundial de bloques de solidaridad efectiva. Una nueva geopolítica debe comenzar partiendo de nuevas definiciones.

Occidente o el Tercer Mundo deben desaparecer como conceptos geopolíticos. Debemos hablar, mas bien, de Europa, Estados Unidos, Hispanoamérica, de la Unión Soviética o de la India. Repensar el mundo en términos de conjuntos orgánicos de solidaridad real: de comunidades de destino continentales, de grupos de pueblos coherentes y "óptimamente" homogéneos por sus tradiciones, geografía y componentes etnoculturales.

"La nación," escribe François Perroux, "realidad viva y dinámica, deviene en una de las fuentes de energía esencial para reestructurar la sociedad mundial y su economía (...) Los rurales se coagulan en naciones armadas, en imperios, en comunidades vacilantes e intentan económicamente formar regiones de naciones (Bertrand Russel). Esas reuniones no son ni totalmente cerradas, lo que es imposible, ni totalmente acogedoras (...). En esas asociaciones de naciones, serán necesarios proyectos colectivos de infraestructura, inversión, difusión de los productos y las rentas. Es en la medida en que las naciones, testigos y defensores de los pueblos, favorecerán esta desconcentración de los poderes económicos y esta descentralización de sus efectos, que se creara una reciprocidad particular en el desarrollo que no se construye espontáneamente por el juego de los intereses privados" (Le Monde de l'économie, 9 de octubre de 1979).

Esas asociaciones de naciones son posibles geopolíticamente, y romperían el marco estratégico económico actual. Cada gran región planetaria podría así ver coincidir en su espacio de vida un relativo parentesco cultural, una comunidad de intereses políticos, una determinada homogeneidad étnica e histórica, y factores macroeconómicos que harían posibles a largo plazo un desarrollo autónomo sin hacer recurso a la mendicidad internacional (5). Un nuevo nomos de la tierra, para retomar la expresión de Carl Schmitt, podría así ver la luz, fundado sobre una sociedad de comunidades y no sobre una pseudo-comunidad de sociedades.

Se dirá erróneamente, que las culturas no podrán comunicarse más entre ellas. Realmente ocurre lo contrario. Al comunicarse entre ellas por medio del referente común que es la civilización occidental, las culturas establecen, en realidad, una pseudo-comunicación. Este referente común enajena, en efecto, la personalidad del que lo utiliza. El significando (la lengua cultural occidental) substituye al significado (la cultura local que intenta explicarse por medio de la lengua occidental). Resumidamente, los pueblos se conocen cada vez más mal, las culturas no se comunican ya y no llegan a enriquecerse porque utilizan a un esperanto infra-cultural que pertenece a todo el mundo y a la vez a nadie.

Comulgando en los mismos términos lingüísticos, de indumentaria, alimentarios, etc., los hombres no pueden percibir más las especificidades de los otros hombres, cuando éstas existen aún. Un italiano en Tailandia que va a utilizar el inglés, descender en un hotel internacional, solo verá de los tailandeses un folclore marginado. Si viaja a África y los Africanos con quienes se codeará serán "trajes" (hombres occidentalizados), según la sabrosa expresión del jurista de Costa de Marfil Badibanga. ¿Qué conocerá del hombre africano?

Al contrario, cuando Marco Polo fue a China, la comunicación fue real y fértil a pesar de la ausencia de un referente común, y la influencia de la cultura china fue notable más tarde en Europa. Las culturas son inconmensurables, no pueden entenderse desde el interior, pero pueden influirse "sobre las franjas" y sacar provecho de los contactos, pero no de las mezclas. La idea de la interpenetración de las culturas, o la ilusión mecanicista de una suma universal "de lo mejor" de las culturas, idea defendida notablemente por Léopold Senghor, no puede sino dar lugar al empobrecimiento de todas las culturas, y al refuerzo de la lengua infracultural occidental. Lengua alienante porque no se basa en el sustrato antropológico de pueblo alguno, y por eso, no transmite ningún sentido.

Para Martin Heidegger, el termino de occidental no traduce la esencia de Europa. Él prefiere emplear una palabra enigmática, lo hesperial, para calificar la esencia de la modernidad europea, o mas exactamente, su posible futuro, su virtualidad. El advenimiento del hespérial supone entonces, en Europa, la muerte de lo Occidental.


-----------
NOTAS

1 - Ver los estudios realizados por el africanista Hubert Deschamp sobre la destrucción de las formas culturales de gobierno africanas por la "democracia", notablemente los sistemas de anarquía equilibrada propios de algunos pueblos americanos.

2 - Es interesante notar que a pesar de las posiciones teóricas de los economistas marxistas, los países socialistas practicaron frente al Tercer Mundo el mismo mercantilismo económico que los países capitalistas. La practica económica exterior del socialismo es capitalista y mercantil.

3 - Ver "La faim n'est qu'une conséquence" de Daniel Joussen (Le Monde, 29 de diciembre de 1979).

4 - En 1300, Pierre Dubon, jurista de Felipe el Hermoso, preconiza la abolición del poder papal y eclesiástico. En el siglo XIV, en Francia e Italia, los intelectuales ven a la nación estática como un marco político para los pueblos europeos y exaltan la idea del poder nacional. Estos temas serán reanudados por Petrarco y Maquiavelo, que se inspirarán también en Marsilio de Padua, teórico, a partir de 1342, del Estado laico autónomo y de la substitución por el nacionalismo político de la idea teocrática.

5 - Para algunos economistas liberales, la ayuda a los países subdesarrollados debería obviamente limitarse a una ayuda a las empresas que invierten en estos países. "Al hacer beneficiar a la industria de la ayuda al Tercer mundo, decía un alto funcionario francés, se hará finalmente beneficiar al Tercer mundo de la ayuda a la industria..."

Artículos Relacionados

La religión de los derechos humanos (http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2009/11/la-religion-de-los-derechos-humanos.html).

Leyendo la economía de Rodolfo Llinás (http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2009/11/leyendo-la-economia-de-rodolfo-llinas.html).

Incompatibilidades Fundamentales entre Nacionalismo y Pacifismo (http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2009/11/incompatibilidades-fundamentales-entre.html).


Islam y el Dinero Real (http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2010/03/islam-y-el-dinero-real.html).


-Mami, ¿por qué el 80% de los que ven las noticias de la FOX creen que Irak tuvo algo que ver con Septiembre 11?
-Porque son unos p**** estúpidos, querida.


Share:

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El Islam y el Derecho Internacional

El Islam y el Derecho Internacional


Introducción por Said Abdunur Pedraza

El Comité Internacional de la Cruz Roja ha venido entablando en los últimos años, un diálogo con los principales actores y expertos del mundo musulmán, con encuentros en Islamabad, Aden, Fez, Dar es Salaam y Kabul. Gracias a estos encuentros, el CICR ha descubierto en el Islam una fuente de normas que protegen la dignidad humana en tiempos de guerra, en la que hay más similitudes que divergencias con el actual Derecho Internacional Humanitario. En 2006, en Kabul, el Mufti Habib-ur-Rahman, profesor de la Facultad de Teología de Jost (sudeste de Afganistán) explicó:
“Aunque dispone de conjuntos de normas para situaciones diferentes, el Islam contiene normas similares a las del derecho internacional humanitario. La labor del CICR de atender a los heridos y enfermos, proteger a los detenidos y transportar los restos mortales, se aviene con la tradición islámica”.
La guerra de expansión de la dominación cultural y económica angloamericana sobre todo el planeta, disfrazada en una serie de estrategias que incluyen la "guerra antiterrorista", la defensa de la supuesta "universalidad" de las doctrinas occidentales, la "globalización económica" y su consecuente globalización de la crisis subprime, y las maniqueas tesis de Huntington respecto al "choque de civilizaciones", ha llevado a muchas comunidades musulmanas a criticar a "occidente" y a la comunidad internacional. El CICR considera que esto ha hecho que el contexto donde realiza sus actividades se torne más complejo e inseguro y por ello, ha visto necesario "fortalecer el diálogo con los dirigentes de las comunidades y con los estudiosos de diversas partes del mundo musulmán, a fin de sentar las bases de un mejor entendimiento mutuo, disipar las ideas erróneas existentes y encontrar un terreno común para la protección de la dignidad humana en las situaciones de conflicto armado", según explicaba Andreas Wigger, director adjunto de actividades operacionales del CICR, en 2006 (tomado de http://www.icrc.co.za/Web/spa/sitespa0.nsf/html/islam-ihl-interview-281106).

Fue una gran sorpresa para los miembros del CICR encontrarse en 2004, en Islamabad, con que en el Islam están contempladas las normas de humanización de la guerra que establece el DIH. "El Islam distingue claramente entre combatiente y no combatiente", aclaró el profesor egipcio Salah Abdul-Badi Shalaby en esa oportunidad, y el Dr. Abdul Rahman bin Zayd al-Zinedi, especialista saudita, resumió la lógica del hincapié islámico en el perdón al peor enemigo diciendo: “Tratar a las personas como a uno le gustaría que se le trate”. En la misma edición de la revista del CICR de la que he tomado estas dos citas (http://www.redcross.int/es/MAG/magazine2005_1/24-25.html), la periodista independiente Hadia Nusrat asegura:
"Así pues, el Islam prohíbe los actos inmorales, humillantes y degradantes, así como los abusos contra la dignidad de la persona humana, aun cuando son perpetrados contra el enemigo. La Sharia abarca también los daños colaterales y prescribe una compensación por pérdida de vidas y bienes para los no combatientes, sean o no musulmanes, durante un conflicto. Puesto que para el Islam todas las razas son la creación de Dios, la limpieza étnica queda también estrictamente vedada, otra coincidencia con el DIH".
Sin embargo, la principal diferencia entre DIH e Islam radica en que el primero sólo se ocupa de limitar los efectos que producen los conflictos en las víctimas, mientras el Islam es un sistema social, económico, político y religioso completo, que se ocupa también de la legitimidad de un conflicto y de todos los aspectos de la vida en tiempos de paz, con un principio fundamental frente a la guerra: Todo musulmán, hombre o mujer, es pacifista y prefiere el perdón a la venganza, pues la paz y el perdón son de las cosas que más agradan a Dios:
"Se indulgente con la naturaleza humana, y ordena la conducta recta; y aléjate de todos aquellos que prefieren seguir en la ignorancia" (Corán 7:199).
La violencia, de llegar a ser necesaria, sólo puede ser utilizada como último recurso, y sólo como defensa. Un musulmán no puede ser agresor: "Y combatid por la causa de Dios a aquellos que os combatan, pero no cometáis agresión, pues ciertamente, Dios no ama a los agresores" (2:190). En tiempos de guerra, un musulmán no puede rechazar un ofrecimiento de tregua: "Pero si se inclinan a la paz, inclínate tú también, y confía en Dios" (8:61). Tampoco puede el musulmán romper una tregua o violar cualquier pacto que haga: "En cuanto a aquellos con los que has concertado un pacto y luego rompen su pacto a cada momento, pues no son conscientes de Dios" (8:56); "y sed fieles a vuestro pacto con Dios cuando os comprometáis a algo, y no rompáis vuestros juramentos después de haberlos confirmado libremente y de haber puesto a Dios por testigo de vuestra buena fe: ciertamente, Dios sabe todo lo que hacéis" (16:91). Por sobre todo, no puede utilizarse la fuerza para imponer el Islam a los no-musulmanes: "No cabe coacción en asuntos de fe" (2:256).

El mundo occidental no conoció límite alguno en la guerra, toda atrocidad fue permitida e incluso fomentada, hasta que los Concilios de Letrán (1059) y de Clermont (1095) procuraron establecer un código no escrito que diera algunos preceptos morales a la guerra. El arbitraje papal en los conflictos entre reinos cristianos y los principios de la Caballería, fueron importantes esfuerzos en lograr cierta humanización de la guerra. Esfuerzos que no impidieron que las cruzadas fueran las guerras más brutales y los actos de genocidio más grandes que vio la humanidad hasta el siglo XX.

No fue hasta los Convenios de Ginebra (1949) y sus Protocolos Adicionales (1977) que se estableció lo que conocemos hoy como Derecho Internacional Humanitario. En contraposición, las normas islámicas que han sorprendido en buena manera a los dirigentes del CICR, y que han permitido que se garantice el trabajo del CICR en los países con población mayoritariamente musulmana, están escritas en el Corán desde hace más de 14 siglos.

Contrario a las afirmaciones de los enemigos del Islam, el Corán no hace un llamado a la violencia ni mucho menos a la "aniquilación de los infieles". El término infiel, ni siquiera existe en el Islam, pues infiel es aquel que no ha sido bautizado en el cristianismo (en el Islam no hay bautismo). Si bien algunos traducen el término árabe kafir como infiel, esta es una traducción errada. Kafir es el participio activo de la raíz K-F-R (cubrir o encubrir). En un sentido islámico, la palabra kafir se usa para referirse a una persona que rechaza a Dios, que oculta o cubre la verdad, pues Dios es La Verdad en sentido absoluto, y quien niega a Dios oculta a otros la verdadera razón de la existencia del hombre, que es adorar a su Creador. En realidad, el Islam ha sido la única civilización pluralista desde sus fundamentos, y prueba de ello es la convivencia pacífica y productiva de cristianos, judíos y musulmanes, entre otros, que desarrollaron juntos las artes y las ciencias en la Casa de la Sabiduría en Baghdad. Como afirma al-Zuhili en el artículo que sigue, en el Islam "está prohibido matar a civiles o a personas no combatientes, y se concluyen acuerdos o pactos (dhimma) con las personas no musulmanas que viven en la esfera del Islam en paz y sin quejas. Además, el Islam alienta la creación de nuevos foros para las relaciones y el comercio con otros pueblos con objeto de establecer buenas relaciones entre los musulmanes y los demás."

Publico a continuación este interesante artículo sobre el tema, que apareció en la Revista Internacional de la Cruz Roja, en junio de 2005 (tomado de https://www.icrc.org/es/doc/resources/documents/article/review/6gukcv.htm). Pero antes, he de resaltar que si bien al-Zuhili se refiere al derecho de los estados a su soberanía, no se refiere al modelo de estado-nación liberal burgués que triunfó con la revolución francesa y fue impuesto primero a través del colonialismo europeo y luego a través de la globalización colonialista de la cultura occidental, particularmente del modelo social angloamericano. Se habla aquí del derecho de los pueblos a tomar sus propias decisiones sin intervención de otros pueblos, en el entendido de que el Islam es un solo pueblo del que todo musulmán hace parte, y de que el nacionalismo es incompatible con el Islam. Como explico en mi ensayo Incompatibilidades Fundamentales entre Nacionalismo y Pacifismo, las ideologías nacionalistas son base de las dictadoras, los imperialismos y los choques entre etnias, pueblos y culturas, mientras el Islam es respetuoso de las diferencias étnicas, culturales, políticas, sociales, e incluso religiosas.


El Islam y el Derecho Internacional

por Jeque Wahbeh M. al-Zuhili

El Dr. Jeque Wahbeh al-Zuhili es profesor y jefe del Departamento de Derecho (fiqh) y Doctrinas Islámicos de la Facultad de Sharia, Universidad de Damasco. Es autor de varios libros y estudios sobre grandes temas, relacionados, en particular, con el derecho islámico, entre los que se cuentan "The effects of war in Islamic law: A comparative study" (Las consecuencias de la guerra en el derecho islámico. Estudio comparativo), y "at-tafseer al-muneer" (Exégesis del Sagrado Libro del Corán, dar al-fikr, Damasco, 17 volúmenes).

En este artículo, un estudioso especialista en el Islam describe los principios que rigen el derecho internacional y las relaciones internacionales, desde una perspectiva islámica. Después de presentar las normas y los principios que rigen las relaciones internacionales en el sistema islámico, el autor destaca los principios de la soberanía y de la no interferencia en los asuntos internos de otros Estados, y la aspiración del Islam a la paz y la armonía. También explica la relación entre los musulmanes y los demás en tiempo de paz o en caso de guerra, así como la clásica división del mundo establecida por la jurisprudencia: la esfera del Islam (dar al-Islam) y la esfera de la guerra (dar al-harb). Por último, el autor reseña las restricciones que el derecho islámico (sharia) impone a la guerra y que han alcanzado la categoría de preceptos jurídicos.


El autor desea expresar su agradecimiento al Dr. Ameur Zemmali por las observaciones formuladas durante la preparación de este artículo, que es responsabilidad exclusiva del autor. El artículo se basa en una presentación efectuada en la Conferencia sobre "Protección de las víctimas de la guerra a la luz del derecho islámico y del derecho internacional humanitario", organizada por la Universidad Islámica Internacional de Islamabad y el CICR (Islamabad, Pakistán, 30 de septiembre - 2 de octubre de 2004).


Mientras resuenan las voces que anuncian el "choque de civilizaciones", y la denominada "guerra contra el terrorismo" afecta los destinos de algunas comunidades y de muchos grupos de personas en diferentes países del mundo, cabe recordar los valores humanitarios en torno a los que se congregan naciones y pueblos. Desde la perspectiva islámica, creemos que las diferencias entre los pueblos son establecidas por Dios, y que son fuente de riqueza y de armonía para toda la raza humana. Hay muchos principios islámicos que sustentan este punto de vista. Explicaremos, en líneas generales, algunos de los principios que se aplican a la relación entre los musulmanes y los demás, en tiempo de paz o en caso de guerra. Señalaremos que los Estados islámicos forman parte de la comunidad internacional con todas sus organizaciones e instrumentos. También tomaremos en cuenta la existencia de conflictos armados y situaciones de ocupación dentro y fuera de los países islámicos, que se producen a pesar de que los pueblos islámicos aspiran a vivir en paz y armonía con todas las naciones y razas.

Las normas que rigen las relaciones internacionales en tiempo de paz

Principios básicos

Es bien sabido que la prédica islámica, que comprende los valores y la ética, el derecho y la doctrina islámicos, tiene una tendencia universal, ya que su aspiración es que prevalezca el bienestar y que los principios islámicos se difundan por todo el mundo. Esta visión no responde a intereses económicos, materiales, raciales, imperialistas o nacionalistas, sino al deseo de lograr la salvación, la felicidad, el bienestar, la justicia y la prosperidad para toda la humanidad, tanto en esta vida como en la otra. La doctrina se basa en el reconocimiento y la confirmación de la absoluta unicidad de Dios tanto en Divinidad como en Potestad, sin tacha alguna de ateísmo o paganismo. Así pues, la creencia en el único Dios, la creencia en Sus ángeles, la creencia en Sus libros revelados a Sus enviados, en la otra vida, y en los actos de Dios, son los pilares de esta religión.

En la religión islámica no hay coerción ni compulsión alguna en cuanto a la diseminación de esta doctrina. La libertad, la persuasión, el diálogo y la tolerancia son los cimientos de la labor que los predicadores islámicos realizan para Dios Todopoderoso.

Las personas son iguales por lo que atañe a la humanidad, al respeto de los derechos humanos y la dignidad humana; ninguna persona o grupo es mejor que los demás, excepto en la piedad y las buenas acciones. La cooperación es un principio que todos están obligados a respetar. Dios dice:
"¡Hombres! Os hemos creado de un varón y de una hembra y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus, para que os conozcáis unos a otros. Para Dios, el más noble de entre vosotros es el que más Le teme. Dios es omnisciente, está bien informado"[1].
Dice también:
"No cabe coacción en religión. La buena dirección se distingue claramente del descarrío (…)"[2].
Éste es el principio de la libertad religiosa. Cuando se difunde el mensaje del Islam, el principio y el lema son: poner en marcha la mente y la lógica, y hacer cumplir la justicia. Dios se refiere a esto en muchos versos, como éste: "Di: '¡Gente de la Escritura! Convengamos en una fórmula aceptable a nosotros y a vosotros, según la cual no serviremos sino a Dios, no Le asociaremos nada y no tomaremos a nadie de entre nosotros como Señor fuera de Dios. Y, si vuelven la espalda, decid 'Sed testigos de nuestra sumisión!'"[3], y también dice:
"No discutáis sino con buenos modales con la gente de la Escritura, excepto con los que hayan obrado impíamente. Y decid: 'Creemos en lo que se nos ha revelado a nosotros y en lo que se os ha revelado a vosotros. Nuestro Dios y vuestro Dios son Uno y nos sometemos a Él'"[4].
El principio de la paz y la seguridad es una norma firmemente establecida que no debe violarse en modo alguno, salvo en caso de agresión por parte de los demás y cuando el enemigo recurre a las armas. Dios dice:
"¡Creyentes! ¡Entrad todos en la Paz y no sigáis los pasos del demonio! Es para vosotros un enemigo declarado"[5].
La norma que rige la relación entre los musulmanes y la Gente de la Escritura (judíos, cristianos y otros) es la metodología ideal, más racional e inequívoca, que está expresada en dos versos del Corán:
"Dios no os prohíbe que seáis buenos y equitativos con quienes no han combatido contra vosotros por causa de la religión, ni os han expulsado de vuestros hogares. Dios ama a los que son equitativos. Lo que sí os prohíbe Dios es que toméis como amigos a los que han combatido contra vosotros por causa de la religión y os han expulsado de vuestros hogares o han contribuido a vuestra expulsión. Quienes les tomen como amigos, ésos son los impíos"[6].
En su larga historia desde los días del profeta, los musulmanes se han comprometido a seguir este camino. Así pues, el mensaje del profeta y de sus compañeros y seguidores era una expresión fiel del mensaje único, dirigido a los monarcas, príncipes y líderes del mundo:
"Uníos al Islam y no sufriréis daño alguno; de otro modo, cometeréis el mismo pecado que la gente común (labriegos, artesanos, comerciantes y otros).

¡Gente de la Escritura! Convengamos en una fórmula aceptable a nosotros y a vosotros, según la cual no serviremos sino a Dios, no Le asociaremos nada y no tomaremos a nadie de entre nosotros como Señor fuera de Dios (…)"[7].
En las diversas guerras contra los árabes, los persas o los romanos, los musulmanes recurrieron a la guerra sólo para defender su existencia, rechazar agresiones, investirse de poder para izar la bandera de la libertad entre todos los pueblos en pie de igualdad, declarar la verdad absoluta, esto es, que la servidumbre y la sumisión se deben sólo a Dios, sin la influencia de un sultán opresor, un gobernante injusto o un líder despótico.

El Estado islámico (califato [8]) fue el único sistema basado en la emancipación del individuo y de la sociedad del fenómeno de la "dominación y subordinación" que prevalecía en la sociedad humana. El Islam reemplazó la "dominación y subordinación" por la justicia, la consulta (shura), la igualdad, la misericordia, la libertad y la hermandad, que son las bases islámicas más nobles de las políticas de gobierno [9].

A la luz de esos valores y fundamentos básicos, podemos identificar los principios de la paz y la seguridad determinados por la doctrina y la legislación islámicas y las prácticas musulmanas.

Normas del sistema islámico relacionadas con el orden internacional

A fin de establecer las bases para las relaciones externas o internacionales, el sistema islámico establece numerosas normas. Las más importantes se reseñan a continuación [10].

La hermandad entre los hombres

Los musulmanes han sido confiados a la guía de Dios Todopoderoso, como lo expresa el Corán al indicar que Dios confirma la unidad entre las criaturas y el Creador, la unidad de la raza humana y la hermandad plena entre los hombres. Dios Todopoderoso es el Creador; los seres humanos son Su creación, y Su voluntad y sabiduría disponen que las personas sean diferentes en cuanto a sus facultades intelectuales, opiniones, ideas, creencias y doctrinas. Las personas son libres de elegir lo que más les convenga, a la luz de la revelación divina y de los mensajes de los profetas y enviados reformistas que aparecieron desde los tiempos antiguos hasta la era del Sello (el último) de los profetas, Mujámmad Ibn Abdul-Lah (Mahoma), la bendición y la paz de Dios sean con todos ellos. Después de haber elegido y ejercido su libertad, las personas son responsables de la sensatez de su elección. Su obligación es elegir lo que verdaderamente las beneficia, en forma tal que puedan lograr la salvación y la felicidad en esta vida y en la otra. Al explicar el camino a la salvación, que consiste en observar los mensajes de los profetas y los enviados, la paz sea con ellos, dice Dios:
"La Humanidad constituía una sola comunidad. Dios suscitó profetas portadores de buenas nuevas, que predicaban, y reveló por su medio la Escritura con la Verdad para decidir entre los hombres sobre aquello en que discrepaban. Sólo aquéllos a quienes se les había dado discreparon sobre ella, a pesar de las pruebas claras recibidas, y eso por celos mutuos. Dios quiso dirigir a los creyentes hacia la verdad, sobre la que los otros discrepaban. Dios dirige a quien Él quiere a una vía recta"[11].
La guerra sólo debe emprenderse en defensa propia, para prevenir injusticias y repeler agresiones. No se debe mutilar a las personas, ni hacerles pasar hambre o sed, torturarlas, abusar gravemente de ellas, agredirlas o saquear sus bienes, violando la santidad de la hermandad humana, salvo en caso necesario y para protegerse contra agresiones.

Honrar al ser humano y proteger los derechos humanos

El Corán considera que honrar a los seres humanos, proteger la existencia de cada uno de ellos y salvaguardar sus derechos, independientemente de su actitud o comportamiento son los elementos básicos en la percepción de la humanidad. Dios dice: "Hemos honrado a los hijos de Adán. Los hemos llevado por tierra y por mar, les hemos proveído de cosas buenas y los hemos preferido marcadamente a muchas otras criaturas"[12].

Dios creó al ser humano y le proporcionó unos preceptos de vida básicos y permanentes: el derecho a la vida, la libertad, la igualdad, la justicia, la consulta y la conducta ética. Esos derechos son los principios esenciales y fundamentales que es preciso proteger. Las relaciones con otros seres humanos han de regirse por esos principios en todas las circunstancias: en el diálogo y en el debate, en la coexistencia pacífica, en la paz y en la guerra.

Así pues, en la legislación y la religión de Dios, se prohíbe perjudicar o dañar a un ser humano a causa de su religión. Tampoco se le debe compeler a cambiar su religión. La dignidad del ser humano debe ser inviolable. No se debe torturar a una persona en una forma que ofenda su dignidad. Está prohibido atacar su honor o violar su modestia. No se debe oprimir al ser humano ni someterlo a prácticas que transgredan la moral y los códigos de ética. Éstos son los principios fundamentales a los que adhieren los musulmanes o las personas piadosas de cualquier religión.

Compromiso con las normas de la ética y la moral

La ética es el marco de la religión, el pilar de la civilización; establece la base y las normas para el trato y las relaciones entre las personas y entre los Estados. No debe tratarse a un ser humano, pueblo o Estado en una forma que infrinja los valores éticos y morales, sobre todo los criterios de la virtud y la nobleza del espíritu. Consecuentemente, se prohíben la esclavización, la degradación, la opresión y la coerción, cualesquiera sean sus motivos. También se prohíben la demolición, la destrucción, la expulsión de las personas de sus hogares, viviendas o tierras, dado que esas acciones constituyen una violación de la santidad del honor y de los valores respetados, incluso si el comportamiento del enemigo se considera abusivo, vil o deshonroso. No se debe tratar al enemigo de la misma forma, sobre la base de la reciprocidad, porque el honor es uno de los valores sacrosantos de Dios en la tierra. Una persona es inviolable e intocable, sea aliada o enemiga y cualquiera sea su sexo, religión, creencias o doctrina. Toda ofensa o pecado es un acto prohibido y genera culpa, independientemente de que la persona que lo cometa sea amiga o enemiga.

En uno de sus mensajes al líder de sus ejércitos, Sa'd Ibn Abi Waqas, Omar Ibn Al-Khattab [13] (Dios se complazca en ellos) dijo: "Os ordeno, a ti y a los que te acompañan, guardarse bien de ofender al enemigo, porque los pecados de un ejército son más temibles que su enemigo. Los musulmanes triunfan porque sus adversarios desobedecen a Dios. De otro modo, no podríamos vencerlos, porque son más numerosos y están mejor equipados que nosotros. Por ende, si los igualamos en faltas, prevalecerán sobre nosotros. Hemos de imponernos por nuestros valores y buenas acciones, ya que nunca podremos hacerlo con nuestra fuerza. (…) Nunca digáis: nuestros enemigos son peores que nosotros, por lo cual no podrán vencernos aunque cometamos una mala acción; muchos pueblos han sido atacados y subyugados por gentes peores que ellos"[14].

Justicia e igualdad en cuanto a los derechos y las obligaciones

La justicia en el trato de los otros es un derecho natural; es también la base de la supervivencia del sistema de gobierno. La opresión presagia la destrucción de las civilizaciones y de la prosperidad y el colapso del sistema. Por ello, Dios Todopoderoso dice: "Dios prescribe la justicia, la beneficencia (…)"[15], de modo tal que las buenas acciones se suman a la justicia para erradicar el rencor de las mentes de las personas y alentar la amistad entre ellas. Dios dice también:
"¡Creyentes! Sed íntegros ante Dios cuando depongáis como testigos de justicia! ¡Que el odio a un pueblo no os incite a obrar injustamente! ¡Sed justos! Esto es lo más próximo al temor de Dios. ¡Y temed a Dios! Dios está bien informado de lo que hacéis"[16].
La palabra de Dios relatada por el profeta encarece: "¡Oh, mis súbditos! He prohibido la injusticia para Mí y la he prohibido entre vosotros. No cometáis injusticias contra otros"[17]. También hay un dicho muy antiguo y conocido del califa Omar: "¿Desde cuándo se esclaviza a las personas que nacieron libres?"

El derecho a la igualdad en materia de derechos y obligaciones y el derecho a litigar son derechos naturales. El derecho a litigar complementa el derecho a la justicia y constituye su expresión. Por ende, no se debe tratar a ningún grupo o persona, ni siquiera a un monarca, con favoritismo ni discriminar contra otros en su favor. El profeta (la paz sea con él) dice: "Las personas son iguales como los dientes de un peine"[18], y en otro dicho, señala: "Si Fátima, hija de Mahoma [mi hija] robara, le cortaría la mano"[19].

Uno de los raros ejemplos de justicia en el trato con otros pueblos es la historia de los habitantes de la ciudad de Samarcanda, que se quejaron al califa omeya Omar Ibn Abdul Aziz (717-720) por la injusticia y la discriminación puestas de manifiesto por el jefe militar musulmán Qutayba, quien conquistó el país sin avisarles previamente del ataque. Omar envió a su juez para que resolviera el asunto. Su decisión fue que los árabes se retirasen del territorio conquistado y regresaran a su campamento, a menos que se concluyera un pacto de conciliación o que la conquista se realizara tras advertir a la población, con la debida antelación, que se iba a lanzar el ataque.

Misericordia en la paz y en la guerra

La ética y los principios básicos del Islam prescriben la tolerancia, la misericordia y la concesión de una amnistía en las situaciones difíciles, y exigen evitar la estrictez, la intransigencia o la crueldad que excedan los límites normales, de acuerdo con la naturaleza del mensaje del Islam descrito por Dios Todopoderoso, al dirigirse al profeta con estas palabras: "No te hemos revelado la Escritura (…) sino (…) como (…) misericordia para gente que cree".

En otras palabras, los seres humanos, los animales, los genios y los seres inanimados, y, en efecto, todas las cosas, deben tratarse como se ha prescrito. Después de conquistar La Meca, el profeta, la paz sea con él, fue tolerante con los Quraysh, la tribu que hasta ese momento reinaba allí y que lo había injuriado gravemente. Les dijo: "Hoy no tenéis culpa; id, sois libres".

Respetar los pactos y los compromisos, siempre que la otra parte cumpla sus propias promesas (pacta sunt servanda)

Ésta es la base para la construcción de la confianza, la estima y el respeto. En consonancia con este principio, el Islam prohíbe la perfidia y la traición en todas las circunstancias. Muchos versos coránicos establecen la obligatoriedad del cumplimiento de los pactos, las obligaciones contractuales y las promesas. Por ejemplo, Dios Todopoderoso dice:
¡Creyentes! ¡Respetad vuestros compromisos! (…)"[20] y "Cuando concluyáis una alianza con Dios, sed fieles a ella. No violéis los juramentos después de haberlos prestado solemnemente. Habéis puesto a Dios como garante contra vosotros. Dios sabe lo que hacéis"[21].
Se prohíbe asistir a grupos oprimidos que piden ayuda a la comunidad musulmana si esa asistencia supone transgredir acuerdos. Dios dice: "(…) Si os piden que les auxiliéis en nombre de la religión, debéis auxiliarles, a menos que se trate de ir contra un pueblo con el que os una un pacto (…)"[22].

Aplicar la reciprocidad, a menos que sea contraria a los principios fundamentales de la virtud y la ética

Aunque el principio de la reciprocidad es antiguo, el Islam lo adoptó en su trato con otros, tanto en tiempo de paz como de guerra, para establecer que reine la justicia, fijar normas de equidad e imparcialidad y asegurarse de que el enemigo no sobrepasara ciertos límites en sus acciones y comportamiento. Sin embargo, si se infringen los principios éticos y morales fundamentales, los musulmanes no deben hacer lo mismo. Por ejemplo, en caso de guerra, el Islam prohíbe mutilar los cuerpos o desfigurarlos, cortándoles la nariz, las orejas o los labios, o destripándolos, incluso aunque el enemigo practique esos actos. En un jadiz breve y claro, el profeta (la paz sea con él) dice: "No mutilarás". Cabe mencionar, por lo menos, un verso fundamental:
"Si castigáis, castigad de la misma manera que se os ha castigado. Pero, si tenéis paciencia, es mejor para vosotros"[23].
Reconocimiento de la personalidad internacional de otros Estados

El auge del concepto de Estado vino acompañado del reconocimiento de la personalidad internacional de los Estados, consolidada por el principio de la "igualdad de la soberanía entre todos los miembros de la comunidad internacional". Este principio es aceptable desde el punto de vista del islamismo, ya que su finalidad es permitir a cada Estado vivir en libertad, seguridad y paz, y dedicarse a cumplir las obligaciones que tiene con su pueblo.

Ningún Estado tiene derecho a infringir la soberanía de otro, ni a invadirlo o controlar su destino y su riqueza, ya que si lo hace, su propia soberanía se verá menoscabada. Además, ningún Estado tiene derecho a interferir en los asuntos de otros Estados. La prueba de que el Islam respeta este principio reside en su reconocimiento del principio de la paz y la seguridad internacionales para todos los Estados. La larga historia del Islam demuestra que los Estados musulmanes se han adherido fielmente a una política de paz con otras naciones y pueblos [24]. El Corán dispone en forma inequívoca que se ha de reconocer a los otros Estados y pueblos:
"No hagáis como aquélla que deshacía de nuevo el hilo que había hilado fuertemente. Utilizáis vuestros juramentos para engañaros so pretexto de que una comunidad es más fuerte que otra (…)"[25].
En otras palabras, guárdate de quebrantar tus juramentos, como la mujer imprudente que rompía el hilo que había hilado con precisión y perfección, dejándolo deshacerse en hebras. Cuando utilizas tus juramentos o promesas para engañar a los demás y exponerlos al peligro, simulas respetar el juramento mientras ocultas tu intención de romperlo y te inclinas hacia otros que son más ricos y poderosos. Las palabras "más fuerte que otra" constituyen un reconocimiento inequívoco de la diversidad y la multiplicidad de las naciones, los pueblos y los Estados.

También está prohibido interferir en los asuntos de otros pueblos o intentar debilitar la estructura de otro Estado, ya que los musulmanes no están autorizados a actuar de esta forma. Por consiguiente, este principio equivale al reconocimiento o aceptación de la existencia de otros pueblos y a la prohibición de cualquier intento por aniquilar a esos pueblos o a los preceptos que han establecido para guiarlos.

Precedencia de los principios de la paz, la hermandad humana y la cooperación internacional

El Islam tiene vivo interés en alcanzar soluciones con otros pueblos sobre la base de la paz y la seguridad, el reconocimiento de la asociación en lo que respecta a los intereses comunes, y el respeto por el vínculo de la hermandad humana, ya que todas las criaturas existen por orden y voluntad divinas. Así, está prohibido matar a cualquier ser humano, excepto por razones jurídicas; de otro modo, podría considerarse como una agresión contra la propia creación del Creador.

Un grupo de juristas musulmanes ha decidido que la base (la norma general) de la relación entre los musulmanes y los demás es la paz y no la guerra, ya que Dios así lo dice en muchos versos, como los siguientes:
  1. "¡Creyentes! ¡Entrad todos en la Paz y no sigáis los pasos del Demonio! Es para vosotros un enemigo declarado"[26].

  2. "¡Creyentes! ¡Cuando acudáis a combatir por Dios, cuidado no digáis al primero que os salude: '¡Tú no eres creyente!', buscando los bienes de la vida de acá"[27].

  3. "(…) Si se mantienen aparte, si no combaten contra vosotros y os ofrecen su rendición, entonces no tendréis justificación ante Dios contra ellos"[28].

  4. "Si, al contrario, tienden a la paz, ¡tiende tú también a ella! ¡Y confía en Dios! Él es Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe"[29].
Así pues, esos juristas han determinado que, para el Islam, la razón de los combates es luchar contra los que están fuera de la ley o para repeler agresiones, no el ateísmo o las diferencias religiosas. La prueba es que está prohibido matar a civiles o a personas no combatientes, y que se concluyen acuerdos o pactos (dhimma) con las personas no musulmanas quienes viven en la esfera del Islam en paz y sin quejas. Además, el Islam alienta la creación de nuevos foros para las relaciones y el comercio con otros pueblos con objeto de establecer buenas relaciones entre los musulmanes y los demás.

El jurista Ibn as-Salah dice: "La opinión original es que se debe respetar la vida de los ateos, porque Dios Todopoderoso no desea exterminar a las criaturas, ni las ha creado para que se las mate. Empero, está permitido matar a los ateos si infligen daño, pero no como castigo por su ateísmo. El castigo no se inflige en la vida terrenal, sino en la otra vida… Si la cuestión es así, no está permitido decir que matarlos es la norma"[30].

Los que sostienen la opinión contraria señalan que, en la relación entre los musulmanes y los demás, la norma es la guerra, no la paz. Este concepto es una confirmación, o, más bien, una descripción de las malas relaciones que prevalecían en el pasado a causa de los constantes ataques contra los musulmanes y las recurrentes guerras entre éstos y los demás. El propósito de ese concepto era, tal vez, levantar la moral de los combatientes para que no depusieran las armas, se distendieran y descansaran, sino que estuvieran listos para el combate y decididos a perseverar contra los adversarios que rodeaban a los musulmanes por doquier. Sus sostenedores argumentan que en las grandes guerras o maghazi (expediciones o campañas), 27 de las cuales fueron campañas contra los árabes en tiempos del profeta, los musulmanes fueron víctimas de agresiones. Lo mismo puede decirse de las guerras contra otros adversarios, como los cruzados, los tártaros o los mongoles.

Lamentablemente, las guerras de agresión no se limitan a los ejemplos mencionados, sino que son frecuentes en la historia de las naciones, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos. Sin embargo, la conducción de la guerra debe estar sujeta a normas jurídicas. En la siguiente sección, se expondrán algunos principios islámicos pertinentes.

Relaciones internacionales en caso de guerra

Es evidente que la guerra tiene repercusiones en las relaciones entre los beligerantes. Cada parte o grupo percibe al otro como el adversario; anhela derrotarlo y alcanzar la victoria y la supremacía. El deseo de vencer y derrotar al enemigo puede inducir a las partes a cometer incluso las faltas y los crímenes más graves. Por ende, resultó necesario imponer restricciones a la guerra a fin de regular tanto el inicio como la conducción de las hostilidades. También hay normas relacionadas con el fin de las hostilidades. En las secciones que siguen, se reseñan cuatro aspectos principales de esta cuestión.

La finalidad de la división clásica del mundo en dos o tres esferas, basada en la jurisprudencia

Los juristas musulmanes suelen dividir el mundo en dos esferas: la esfera del Islam (dar al-Islam) y la esfera de la guerra (dar al-harb). Algunos estudiosos añaden una tercera, la esfera del pacto (dar al-'ahd o dar as-sulh). La esfera del Islam comprende países donde el poder está en manos de musulmanes y donde se aplican las normas del Islam y se cumplen los rituales islámicos. Los pueblos de esa esfera son los musulmanes y las gentes del pacto (no musulmanes que residen en territorio islámico conforme a un pacto). La esfera de la guerra comprende a países que están fuera del alcance de la soberanía islámica y que, por ende, no aplican las normas religiosas y políticas del Islam; sus pueblos son beligerantes. La esfera del pacto consiste en las regiones que han concluido pactos comerciales pacíficos, acuerdos de conciliación o treguas de largo plazo con musulmanes. Además, la historia del Islam ofrece ejemplos de pueblos neutrales como los abisinios, los nubios y los chipriotas.

De hecho, esta división carece de fundamentos escritos, ya que no está prevista ni en el Corán ni en los jadices. Se trata de la descripción efímera de lo que sucede cuando estalla una guerra entre musulmanes y otros pueblos. Es una narración de los hechos, similar a los confirmados por los juristas del derecho internacional, según la cual la guerra divide a la comunidad internacional en dos partes: los beligerantes, en particular los Estados que intervienen en la guerra, y los no beligerantes y los neutrales, esto es, los restantes miembros de la comunidad internacional.

En realidad, en la jurisprudencia islámica, como lo afirma el imán Al-Shafi'i (767-820), y en el derecho internacional contemporáneo, el mundo es una esfera [31]. Si no hay seguridad y prevalece la guerra en lugar de la paz, habrá dos zonas: una pacífica y una beligerante. La opinión de algunos orientalistas y de otros estudiosos, que afirman que la esfera de la guerra está empeñada en un antagonismo permanente contra la esfera del Islam, no es aceptable. Consideramos que el antagonismo es temporal y que se limita a las zonas donde realmente hay enfrentamientos o conflictos armados.

La guerra como una necesidad en el derecho islámico

En el derecho internacional, la guerra es un conflicto armado entre dos o más Estados; las relaciones entre los beligerantes, y entre los beligerantes y los neutrales, son determinadas por el derecho internacional. Las causas de la guerra son numerosas, cambiantes y complejas [32].

En el idioma árabe, los términos "guerra", "yijad" y "conquista" pueden tener el mismo significado: luchar contra el enemigo. Sin embargo, en la jurisprudencia islámica se ha difundido el término "yijad". En su Mufradat al-Qur'an, Al Raghib al-Asfahani dijo que "yijad y muyajada, o lucha militante, significan hacer el máximo esfuerzo por rechazar al enemigo". Uno de los juristas sunnitas clásicos de la escuela de Maliki, Ibn 'Arafa, también definió a la yijad como "la guerra emprendida por un musulmán contra un infiel, con quien no lo une juramento alguno, para imponer la palabra de Dios Todopoderoso, o contra la presencia o la penetración del infiel en el territorio [musulmán]"[33].

En el Islam, la yijad es lícita en tanto sea necesaria para suprimir una agresión. Fue prescrita en el segundo año de la hégira [34], después de que los musulmanes soportaran pacientemente, durante 14 años, el daño que les infligían los paganos. La prueba está en las palabras de Dios Todopoderoso:

"Les está permitido [combatir] a quienes son atacados, porque han sido tratados injustamente. Dios es, ciertamente, poderoso para auxiliarles". "A quienes han sido expulsados injustamente de sus hogares, sólo por haber dicho: '¡Nuestro Señor es Dios!'"[35]. Las palabras de Dios "han sido tratados injustamente" y "quienes han sido expulsados injustamente de sus hogares" ilustran la razón que explica la licitud de la guerra, esto es, que los musulmanes son oprimidos por otros (los infieles). En tanto que Dios prohíbe la guerra en más de setenta versos [36], la permite por primera vez en éste, como lo confirma otro verso:
"Se os ha prescrito que combatáis, aunque os disguste. Puede que os disguste algo que os conviene y améis algo que no os conviene. Dios sabe, mientras que vosotros no sabéis"[37].
Sin embargo, en la yijad, la religión no era el motivo de la guerra, ni era el propósito de la yijad subordinar a los demás y obligarlos a convertirse al Islam. La finalidad de la yijad era combatir la injusticia, defender la causa de los débiles y rechazar al enemigo. Como señaló el orientalista europeo, Thomas Arnold, las grandes conquistas que sentaron las bases del imperio árabe no fueron el resultado de una guerra religiosa destinada a difundir el Islam. Sin embargo, como fueron seguidas de un gran movimiento de apostasía, se creyó que los árabes apuntaban a destruir el cristianismo. A partir de entonces, los cristianos consideraron que la espada era una de las herramientas de la prédica islámica [38].

El Islam no reconocía la guerra como una política nacional, como un método para resolver conflictos o como un medio para satisfacer el deseo de hegemonía u obtener botines de guerra. Como ya se ha explicado más arriba, la guerra no se considera lícita salvo cuando es fruto de una necesidad absoluta. Los musulmanes no la desean ni anhelan derramar la sangre de otros seres humanos. Así pues, el profeta (la paz sea con él) dijo: "No desees enfrentarte con el enemigo. Pide a Dios que te proteja del mal. Pero si te enfrentas con el enemigo, sé firme e invoca muchas veces a Dios"[39].

Antes de una declaración de guerra o de una yijad, habría que procurar que el enemigo opte por una de tres posibilidades: el Islam, como prenda de paz; la reconciliación o un tratado de paz con los musulmanes; o, por último, la guerra, si el enemigo insiste en emprenderla. Es evidente que, al ofrecer tres opciones, queda excluida la coacción.

Hay pruebas concluyentes de que el Islam no se difundió con la espada, y de que hay una clara diferencia entre la difusión del Islam mediante la sabiduría y los buenos consejos, y la declaración de una yijad para hacer frente a las agresiones. Éste y otros argumentos demuestran que, en la historia de la prédica islámica, no hubo una conversión compulsiva al Islam. Así lo subrayan las palabras de Dios: "No cabe coacción en religión. La buena dirección se distingue claramente del descarrío. (…)"[40].

La percepción islámica del motivo de la guerra

En el Islam, el motivo de la guerra no son las diferencias religiosas o el propósito de imponer a los demás la doctrina islámica o una clase social racista. Tampoco proviene de una tendencia nacionalista o de intereses materiales o económicos. El califa omeya Omar Ibn Abdul Aziz dijo a uno de los gobernantes del califato, que se quejaba de los pocos recursos recabados por concepto de kharaj (impuestos territoriales), debido a la gran cantidad de personas que se convertían al Islam: "Dios envió a Mahoma con la Verdad para que ejerciera como guía y no como recaudador de impuestos".

Según la mayoría de los juristas musulmanes, el motivo de la guerra es responder a un ataque y agresión. No ha de matarse a ningún ser humano sólo porque contraviene al Islam, sino para protegerse contra cualquier agresión de su parte. Como no participan en la guerra, es evidente que no puede matarse o atacarse a las personas civiles o a los no combatientes. El profeta (la paz sea con él) prohibió matar a las mujeres, a los niños y a los sacerdotes. Si los no musulmanes eligen concluir tratados de paz y de conciliación, pueden hacerlo. No están obligados a más. Dios Todopoderoso dice: "Si, al contrario, (los enemigos) tienden a la paz, ¡tiende tú también a ella! (…)[41] y "(…) cuidado no digáis al primero que os salude: "¡Tu no eres creyente!" (…)[42].

En el Islam, hay tres tipos de circunstancias que dan legitimidad a la guerra, a saber: (…)[43]

a) la agresión contra los musulmanes, sea individual o sea colectivamente, como predicadores del Islam; o todo intento para que los musulmanes apostaten; o la declaración de guerra contra los musulmanes. Dios Todopoderoso dice: "Les está permitido [combatir] a quienes son atacados, porque han sido tratados injustamente"[44]. Dice también: "Matadles donde les halléis y expulsadles de donde os hayan expulsado. La tentación es peor que el homicidio (…)"[45];

b) la asistencia a las víctimas de la injusticia, ya sean personas o grupos. Dios Todopoderoso dice: "¿Por qué no queréis combatir por Dios y por los hombres débiles, las mujeres y los niños, que dicen: '¡Señor! ¡Sácanos de esta ciudad de impíos habitantes!' (…)?"[46];

c) la defensa propia y protegerse contra los ataques en su propio país. Dios Todopoderoso dice: "Combatid por Dios contra quienes combatan contra vosotros, pero no seáis vosotros los agresores. Dios no ama a los agresores"[47].

En algunos versos se insta a los musulmanes a luchar sólo cuando las batallas ya han empezado y no antes. La preparación a la guerra es necesaria para evitar que los adversarios de los musulmanes ganen ventaja. Dios Todopoderoso dice: "¡Preparad contra ellos toda la fuerza (…) que podáis (…)!"[48].

Ibn Taymiyya (1263-1328) dijo: "La manera de obrar del profeta (la paz sea con él) consistía en no hacerle la guerra a los infieles que le acordaban una tregua. Nunca comenzó la lucha contra los infieles, pero si Dios le hubiera ordenado que matara a los infieles, hubiera empezado con las matanzas y la guerra"[49].

También dijo: "Para los musulmanes, el permiso para hacer la guerra proviene del hecho de que los otros tienen permiso para hacerla". El discípulo de Ibn Taymiyya, Ibn Qayyim al-Jawziyya (m. 1350) dice: "Los musulmanes prescriben la guerra contra aquellos que se la han declarado, y no contra los que no lo han hecho". Como se menciona más arriba, Dios Todopoderoso dice: "Combatid por Dios contra quienes combatan contra vosotros, pero no seáis vosotros los agresores. Dios no ama a los agresores"[50]. Este corto verso es pertinente tanto para el jus ad bellum (particularmente por lo que atañe a la defensa propia y a la no agresión) como para el jus in bello (particularmente la distinción entre combatientes y no combatientes).

En resumen, la guerra legítima en el Islam es una guerra justa y, en concreto, aquellos que hacen la guerra a los musulmanes han de ser combatidos.

Restricciones jurídicas en la guerra

Si se hace la guerra, ésta se rige por una clara reglamentación según el derecho islámico. Las enseñanzas religiosas tuvieron una gran influencia en la aparición de las normas de la guerra, que alcanzaron la categoría de preceptos jurídicos sobre la base de tres requisitos fundamentales: necesidad, humanidad y caballerosidad. Por consiguiente, los principios que figuran a continuación se prescribieron ya en los primeros días del Islam:
  • no debe atacarse a un no combatiente que no participa en la guerra, ni con su acción, opinión, planificación o provisiones;

  • está prohibida la destrucción de la propiedad, excepto cuando se trata de una necesidad militar, por ejemplo, cuando el ejército arrolla las barricadas, o cuando la propiedad contribuye directamente al esfuerzo de la guerra, a saber, los castillos y las fortalezas;

  • han de respetarse, durante y después de la guerra, los principios de humanidad y virtud;

  • está permitido garantizar la seguridad pública o privada en el campo de batalla, para evitar dentro de lo posible que continúe la guerra.
La conducción de las hostilidades está estrictamente reglamentada por el Sagrado Libro del Corán y por las palabras del profeta (la paz sea con él), así como por las órdenes de Abu Bakr as-Siddiq (632-634), primer califa del Islam, y de otros jefes musulmanes, como puede observarse en los textos fundamentales.

Uno de los jadices más conocidos es: "Avanzad en el nombre de Dios, por Dios y en la religión del profeta de Dios. No matéis a ancianos, o a niños, o a mujeres, no os apropiéis indebidamente del botín, reunid vuestros bienes, haced el bien porque Dios ama las personas de bien"[51].

Abu Bakr reiteró varios mandamientos, inspirados por el profeta, a su comandante Yazid Ibn Abi Sufyan. Este es el texto de su famoso decreto: "Os prescribo diez mandamientos: no matéis a mujeres, a niños o a ancianos, no cortéis árboles frutales, no destruyáis zonas habitadas, no masacréis ovejas, vacas o camellos excepto para comer, no queméis palmeras de dátiles ni las aneguéis, no os apropiéis de bienes (cometáis ghulul)[52], ni seáis culpables de cobardía"[53].

El califa omeya Omar Ibn Abdul Aziz escribió a uno de los gobernantes del califato: "Se nos ha informado que cuando el profeta de Al-Lah (la paz sea con él) enviaba una compañía militar, les solía decir: 'Avanzad con vuestra expedición en el nombre de Al-Lah y, por el amor de Al-Lah, haced la guerra contra los infieles [54]. No seáis desertores, ni cometáis perfidia, ni mutiléis (a vuestro enemigo). No matéis a un recién nacido. Repetid esto a vuestros ejércitos y compañías, es la voluntad de Dios, la paz sea con vosotros'"[55].

Estas dos series de instrucciones y otros códigos de conducta similares constituyen mandamientos y prohibiciones obligatorios. Ningún musulmán puede sobrepasarlos o violarlos a menos que una necesidad militar absoluta lo requiera; por ejemplo, cuando tiene que arrancar un árbol o derribar una pared que el enemiga utiliza para impedir el avance del ejército musulmán. Comparemos no obstante estos preceptos religiosos nacientes y su nobleza espiritual con lo que sucede hoy en día, innecesariamente y de manera injustificada, en muchos conflictos armados y situaciones de ocupación militar.

Dado que el cautiverio como consecuencia de la guerra es una cuestión importante en todo conflicto, deseamos concluir este artículo recordando el principio de trato humano aplicable a esa categoría de víctimas. El Islam recomienda que los prisioneros de guerra (cautivos) sean tratados humanamente, pues Dios Todopoderoso dice: "Daban de comer, por agradar a Dios, al pobre, al huérfano y al cautivo"[56]. El profeta (la paz sea con él) dice: "Os ordeno que tratéis bien al cautivo"[57]. A menudo son puestos en libertad "concediéndoseles la gracia sin exigir nada a cambio" o son canjeados por dinero o por otros cautivos. Ha de brindarse tratamiento médico a los enfermos y heridos y ha de enterrarse a los muertos para preservar su dignidad.

------------------
NOTAS

[1] El Corán (traducción de Julio Cortés, Editora Nacional, Madrid, España, 1980), 49/13

[2] Ibíd., 2/256.

[3] Ibíd., 3/64.

[4] Ibíd., 29/46.

[5] Ibíd., 2/208.

[6] Ibíd., 60/8-9.

[7] Cf. ibíd., 3/64.

[8] Estado político-religioso que comprende a la comunidad islámica y a las tierras y pueblos bajo su dominio en los siglos posteriores a la muerte del profeta Mahoma (632 d.C.).

[9] Hamed Sultan, Ahkam al-qanun ad-duwali fi-ash-shari`a al-islamiyya (Rules of international law in Islamic Shari’a) (Normas del derecho internacional en el derecho islámico), Dar an-nahda al-`arabiyya, El Cairo, 1970, p. 115.

[10] Sheikh Rachid Ridha, Al-wahy al-muhammadi (The Muhammadan Revelation) (La Revelación de Mahoma), Dar-al-manar, El Cairo, 1955, p. 228, y del mismo autor, Tafseer al-manar (exégesis de al-manar), Dar-al-manar, El Cairo (nd), vol. 10, pp. 139-144; Mohammed Abu-Zahra, Introduction to the as-siyar al-kabir of Mohammed Ibn al-Hassan ash-Shaybani (Introducción al as-siyar al-kabir de Mohammed Ibn al-Hassan ash-Shaybani), El Cairo (nd), pp. 41-53, y Wahbeh M. al-Zuhili, Athar al-harb fi -l-fiqh al-islami (The effects of war in Islamic law) (Los efectos de la guerra en el derecho islámico), reimpresión de la tercera edición, Dar-al-fikr, Damasco, 1998, pp. 141-147.

[11] El Corán, 2/213.

[12] Ibíd., 17/70.

[13] Omar I, segundo califa del Islam (634-644).

[14] Jamal Ayyad, Nuzum al-harb fi-l-Islam (Statutes of war in Islam) (Normas de la guerra en el Islam), Maktabat al-Khangi, Cairo, 1951, p. 43.

[15] El Corán, 16/90.

[16] Ibíd., 5/8.

[17] Relatado por Muslim Ibn al-Hajjaj (según Abi Dhar al-Ghaffary), en Sahih (The Genuine) (Las auténticas tradiciones).

[18] Relatado por Abu Hatem-ar-Razi, en ‘Ilal al Hadith y otros.

[19] Relatado por los autores de los seis libros de hadices, exceptuando a Ibn Majah.

[20] El Corán, 5/1.

[21] Ibíd., 16/91.

[22] Ibíd., 8/72.

[23] Ibíd., 16/126.

[24] V. H. Sultan, op. cit. (nota 9), p. 118.

[25] El Corán, 16/92.

[26] Ibíd., 2/208.

[27] Ibíd., 4/94.

[28] Ibíd., 4/90.

[29] Ibíd., 8/61.

[30] Makhtut (manuscrito) fatawa Ibn as-Salah, Dar al-kutub de El Cairo, nº. 337, p. 224.

[31] Ad-Dabboussi, Ta’sis an-nazar, al-matba`a al-adabiyya, El Cairo (nd), p. 58.

[32] V. H. Sultan, op. cit. (nota 9), p. 245.

[33] Ibn Rushd, al-muqaddimat al-mumahhidat, as-sa ’ada Press, El Cairo, 1905, vol. I, p. 258; al-Khirashi (the First Sheikh of al-Azhar), fath al-Jalil ’ala mukhtasar al-’Allama Khalil, Boulaq Press, El Cairo, 1880, vol. III, p. 107.

[34] La hégira (Hijra) es la emigración del profeta de la Meca a Medina en 622 d.C. (el año 1 de la hégira, el primer año de la era musulmana).

[35] El Corán, 22/39-40.

[36] Relatado también por Abdul Razzaq e Ibn al-Mundhir, tomado de az-Zuhry, citado en el tafsir de al-Alussi, Idarat at-tiba ‘a alamiriyya, El Cairo, 1853, vol. XVII, p. 162.

[37] El Corán, 2/216.

[38] Thomas Arnold, ad-da’wa ila-l-Islam (The Preaching of Islam) (La prédica del Islam) (traducción al árabe), El Cairo, 1957, 2ª ed., p. 47.

[39] Relatado por al-Bukhari y Muslim, en Sahih, tomado de Abi Hurayra. Dicho en otras palabras: "Si los encuentras, sé paciente".

[40] El Corán, 2/256.

[41] Ibíd., 8/61.

[42] Ibíd., 4/94.

[43] W. al-Zuhili, op. cit. (nota 10), pp. 93–94.

[44] El Corán, 22/39.

[45] Ibíd., 2/191.

[46] Ibíd., 4/75.

[47] Ibíd., 2/190.

[48] Ibíd., 8/60.

[49] Ibn Taymiyya, risalat al-qital, p. 125.

[50] El Corán, 2/190.

[51] Relatado por al-Bayhaqi (según Malik ibn Anas).

[52] Ghulul significa la apropiación indebida de un botín o de los despojos de la guerra.

[53] Relatado por Imam Malik. V. Jalal-u-din al-Sayuti, tanweer al-hawalik, sharh a’la muwatta’ Malik, al-Halabi Press, El Cairo (nd), vol. II, p. 6.

[54] Es decir, los que han sobrepasado los límites del ateísmo y que han atacado a musulmanes.

[55] Relatado por Malik, tanweer al-hawalik, op. cit. (nota 53), p. 7.

[56] El Corán, 76/8.

[57] Relatado por al-Tabarani (según Abu Âziz al-Jumahi), as-sunan al-kubra, da’irat al-ma`arif al-usmaniyya, Hyderabad, 1ª edición, 1935.

Share: