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lunes, 7 de septiembre de 2009

La Nueva Derecha Frente al Islam | Romper con la Civilización Occidental

La Nueva Derecha Frente al Islam

por Said Abdunur Pedraza.

Como anoté en un artículo anterior (La Religión de los Derechos Humanos) Faye, enemigo declarado del Islam, ha sido un duro crítico de los derechos humanos y del imperialismo cultural y económico impuesto por Estados Unidos bajo la máscara de la “globalización de la libertad”. Y en esa crítica, durante los años 1980 vio en el Islam “la más feliz contestación jamás infligida a la utopía civilizadora del modelo americano”. El cambio radical de su postura en los albores del tercer milenio, cuando decidió enfocar su fanatismo en contra de la expansión islámica en Europa, es parte de la mentalidad de los teóricos de la “nueva derecha” europea. Una generación de intelectuales que reclaman la recuperación de lo que parece saberse sobre las religiones paganas y la cultura ancestral de las naciones europeas, la conformación de un ejército europeo fuertemente armado (al estilo israelí), y la homogeneización cultural y étnica de cada país europeo para fortalecer la unidad nacional de los pueblos europeos, como premisas indispensables a fin de darle a Europa de nuevo el protagonismo que, según ellos, tiene históricamente merecido. Para la “nueva derecha” europea, el igualitarismo de la visión liberal burguesa creadora del estado–nación y del capitalismo y el socialismo por igual, y la colonización cultural angloamericana, son los dos principales problemas que impiden a Europa mantener su identidad y su posición preponderante en la historia (es el resurgimiento del Volksgeist de Fichte y Herder, que nuevamente se enfrenta al “contrato social” de Rousseau; los derechos del pueblo vs. los derechos del hombre). Sin embargo, esta nueva derecha cae en la misma trampa en la que caen los teóricos y ensayistas que pretenden desentrañar la cuestión del desarrollo de un identitario colectivo latinoamericano, basándose en la visión eurocentrista y la metodología establecida por Hegel en su “historia universal”. Al tratar de rechazar al invasor colonialista, se intenta asumir su papel o tomar su posición, y al hacerlo se validan sus ideales y por tanto, se legitima su colonización (más al respecto en mi ensayo Incompatibilidades Fundamentales entre Nacionalismo y Pacifismo).

La nueva postura de Faye es entendible. Él primero se centró en el rechazo a occidente, en el entendido de que para la “nueva derecha” occidente no es lo mismo que Europa, sino de hecho es la antítesis de Europa. Así lo aclara Claudio Finzi en su artículo de 1994, Europa y Occidente: dos conceptos antagónicos (publicado en la revista Identidad #17), donde explica que el término “occidente” fue acuñado por los políticos estadounidenses del siglo XIX para definir un meridiano que separara a Europa de la América anglosajona y su patio trasero (recordemos la doctrina Monroe, “América para los americanos”, que se tradujo en “fuera europeos de Latinoamérica y el Caribe, que a esos sólo los explotamos y esclavizamos los gringos a nuestras anchas”). El rechazo de Faye a occidente lo llevó a admirar todo lo que se opusiera a la globalización de la cultura angloamericana, y en particular, a admirar al Islam como el bloque humano y político que hacía (y hace) la más férrea y efectiva resistencia contra la occidentalización. Faye debió revisar esta postura ante la migración masiva de musulmanes desde Turquía, Oriente Próximo y el norte de África hacia Europa, con lo que aquel posible aliado en la lucha contra Estados Unidos se le convirtió a la “nueva derecha” en un nuevo colonizador, un nuevo enemigo. La migración de musulmanes a Europa comenzó en los años 1950, pero fue con la caída de las torres gemelas en el famoso 9/11 de 2001, que se dieron tres hechos que hicieron que Faye y otros como él, pasaran de elogiar al Islam, a repudiarlo y atacarlo de forma virulenta, con cuanta falsedad, tergiversación y argumento eurocentrista les es posible:
  1. La “guerra antiterrorista” que desató Estados Unidos contra el Islam tomando como excusa el ataque del 9/11, desencadenó una oleada masiva de migración desde los países atacados (Afganistán e Irak) y otros países de Oriente Próximo hacia Europa, que se vio reforzada con una nueva migración desde Líbano gracias a los ataques israelíes, y desde el norte de África gracias a las guerras intestinas que surgieron como consecuencia del colonialismo europeo del siglo XIX y de la subsiguiente intervención norteamericana en África durante el siglo XX.

  2. El ataque del 9/11 y su enorme difusión mediática despertó la curiosidad de miles de personas, principalmente jóvenes europeos y estadounidenses, que quisieron conocer más sobre el Islam y por qué estaba siendo satanizado con tanto ardor (al respecto, véase mi artículo Romper Esquemas). Esto ha redundado en la conversión acelerada de población nativa europea y estadounidense al Islam, incluso a una práctica más estricta del Islam que la que tienen muchos inmigrantes (al respecto, véase la nota Casi una de cada cuatro personas es musulmana).

  3. Los dos puntos anteriores hicieron que los europeos por primera vez prestaran atención a los viejos inmigrantes musulmanes, que ya habían dejado descendencia nacional europea pero de origen étnico y cultural árabe y africano, principalmente.

Para los que quieren enterrar en el olvido el hecho de que sin el Islam no habría existido Ilustración, y que Europa en su desarrollo intelectual, político, tecnológico y económico le debe tanto o más al Islam que a Grecia (en especial España y Portugal, véase el artículo El Renacimiento Empieza en Córdoba), resulta preferible retroceder milenios en su desarrollo histórico a permitir que el Islam siga creciendo en la forma explosiva que lo está haciendo en su territorio. Y cuando digo retroceder milenios, me refiero a que dos de sus principios son:
  1. Rechazar el cristianismo, que ha sido la bandera de la expansión cultural y económica europea desde que el emperador romano Constantino decidió reunificar a Roma alrededor de la versión helena del mismo, fundada en Macedonia por Pablo de Tarso (con la consecuente persecución y aniquilación de todas las demás sectas cristianas, en su mayoría judías. Al respecto véase el artículo Breve historia de la Navidad). Cristianismo grecorromano que siglos después, con la reforma alemana, se convertiría en estandarte de la recuperación de la identidad de los pueblos europeos en rechazo a la universalización católica y a la figura unificadora y homogeneizante del Papa.

  2. Recuperar tradiciones y costumbres de los pueblos que ellos mismos (europeos) han llamado bárbaros por siglos (celtas, bretones, germanos, etc). Por supuesto, su propuesta es la de un paganismo laico: cualquier retorno del hombre a su espiritualidad les escoce, por lo que su propuesta es filosófica, no religiosa.




Faye y sus amigos de la “nueva derecha” muestran una postura que, aunque se llame tan anticapitalista como antisocialista, tan pagana como atea, no es más que otra línea del pensamiento ilustrado, de las ideas burguesas que triunfaron en la Revolución Francesa. No es, por tanto, la tercera vía de la que tanto se habla pero que no ha dejado de ser una quimera. Una tercera vía que, en cambio, sí constituye el Islam como ideología y como forma de vida (al respecto, véanse los artículos Leyendo la economía de Rodolfo Llinás y La Crisis del Sistema Financiero: El Islam es la Alternativa). Y esto es lo que asusta a Faye y demás fanáticos anti Islam: recuperar la historia significa recordar que la mera aplicación del Corán fue lo que hizo que unas cuantas tribus sin civilización y sin mayor cultura, se transformaran en el primer estado en la historia de Arabia, que a su vez se constituyó en la civilización más grande tanto en extensión como en desarrollo tecnológico que jamás hubiera visto el hombre, y cuya influencia en la arquitectura, las costumbres y las lenguas de España, Portugal, y de todos los territorios donde se extendió, sigue viva (al respecto véase el artículo Sir Bernard Shaw, un escritor cristiano socialista ateo que coqueteaba con el Islam). Quien indague sobre la increíble velocidad de este fenómeno (menos de un siglo) y la perdurabilidad hasta nuestros días de los principios que lo generaron, seguramente sentirá una profunda curiosidad por saber cómo el contenido de un solo libro pudo definir una organización social, cultural, económica y política que había sido imposible de lograr por milenios en Oriente Próximo. Organización que en tiempo muy breve, pasó del analfabetismo a estar en capacidad de absorber y mejorar los conocimientos de Grecia, Persia e India, sin lo cual Europa (que había rechazado dichos conocimientos por considerarlos herejes) habría perdido su conexión con la Grecia y la Roma que tanto ha anhelado emular desde que las volvió a conocer gracias al trabajo de los traductores de Toledo (equipos de judíos, cristianos y musulmanes trabajando hombro a hombro), que llevaron al latín lo que había sido traducido al árabe (y que, por tanto, llevaba ya su carga de cosmovisión islámica: Europa ha visto a Grecia y a Roma a través del prima del Islam).



La “nueva derecha” europea debe, entonces, negar la influencia islámica en Europa, pero va más allá, rechaza la influencia cristiana y busca rescatar unos orígenes ya enterrados por los romanos hace más de dos milenios, y negados y borrados de la historia de forma sistemática por la Iglesia Católica y posteriormente por las iglesias de la Reforma, en un proceso de más de mil quinientos años. Cualquier conocimiento que se tiene hoy sobre las ideologías, religiones y cosmovisiones de las antiguas poblaciones europeas (antes de la expansión romana) es tan parcial y fragmentado, como incomprensible por la visión que tenemos hoy del mundo y del pasado. Quienes dicen practicar alguna de las antiguas religiones paganas (neopaganismo), adoptan en realidad unos ideales y rituales más creados por la especulación y las filosofías New Age, que reconstruidos por la antropología y la historia, amén de que desconocen, niegan, o simplemente hacen a un lado las prácticas rituales sanguinarias de estas religiones, lo que es sintomático de quien dice adoptar una forma de vida, pero en realidad sólo toma de ella algunos elementos simbólicos y anecdóticos, y los incorpora a su forma de vida occidental (por ejemplo, a los practicantes de la "wicca" se les olvida que los sacrificios humanos eran rituales centrales y fundamentales de las prácticas de los druidas y de otras religiones celtas y nórdicas).

Como sea, el ataque que estos fanáticos europeos hacen contra el Islam es sólo una muestra de su absoluta ignorancia e incomprensión sobre qué es el Islam. Por un lado, lo ven como una fuerza política, que antaño se les antojó como posible aliado contra Estados Unidos y su globalización cultural y económica. Pero, desconociendo lo que es el Islam en su aspecto político, se limitan a ver lo que son los estado–nación que ellos llaman “musulmanes”, y descubren un avispero infernal de posiciones políticas de toda laya. Afirma Enrique Ripoll en su artículo Europa: ni USA ni Islam:

“En cuanto al Islam, es difícil, por no decir falso, referirse a éste como una unidad, o pensar que un único y compacto bloque árabe–islámico pueda actuar en la escena política internacional. Aparte de la tradicional división entre sunitas y chiitas, en el recorrido que nos lleva de Marruecos a Indonesia nos podemos encontrar con realidades político–culturales absolutamente diferenciadas e incluso enfrentadas: desde los alauitas de Marruecos y del ejército sirio a los wahhabitas de Arabia Saudita, desde regímenes religiosos como el del chiíta Irán –que apoya la lucha de la minoría chiíta del sur de Irak contra Sadam Hussein– hasta el régimen difícil de catalogar del coronel Gadafi en Libia, donde se ha pasado de un entusiasta panarabismo a un desconcertante panafricanismo, después de sus varios fracasos a la hora de liderar una unidad del Magreb árabe; siguiendo por el laico régimen egipcio hasta los dos países herederos del socialismo nacionalista y panárabe de Nasser, gobernados por un mismo partido, el Baas, pero por dos facciones diferentes y mortalmente enemigas entre sí: Siria e Irak, por no seguir con los talibán –o lo que quede de ellos– en Afganistán, las corruptas democracias petrolíferas del Golfo, el integrismo de inspiración saudita de Pakistán, los guerrilleros chechenos o el Frente Moro de Liberación de Filipinas, realmente ¿de quién de ellos esperan ayuda y apoyo los europeos que ven en el Islam un potencial aliado en su proyecto de construcción nacional? Esta pregunta parece tener respuestas cambiantes según los acontecimientos de la política internacional van variando: en un momento pareció el Irán de Jomeini, luego la Libia de Gadafi, más tarde el Irak de Hussein y, lo más lamentable de todo, hoy incluso hay quien se ha atrevido a señalar a Bin Laden y su banda de forajidos internacionales para cumplir este papel.”



Desconocen, por supuesto, que no existe hoy un solo país que pueda llamarse musulmán, pues ninguno está regido estrictamente por la ley coránica. Desconocen que no se puede empaquetar en el mismo saco a los chiítas, sufíes y miembros de otras religiones y sectas con los musulmanes. Desconocen, claro, que Jomeini, Gadafi, Hussein y Bin Laden son todos, en diversas formas, frutos de lo que la colonización europea y la posterior intervención estadounidense han sembrado en los últimos 150 años. Y desconocen también, que el concepto de estado–nación, que fue fundado por el ideario liberal burgués, no existe en el Islam, y que por tanto, una cosa son los políticos corruptos y sus maquinaciones personales, y otra cosa lo que vivimos los musulmanes (alrededor de 1.500 millones en el mundo, según la nota Casi una de cada cuatro personas es musulmana) quienes no tenemos nacionalidad ni bandera distinta al Islam, y que, por tanto, somos hermanos de forma totalmente independiente a nuestro lugar de origen, etnia, género, capacidad intelectual, posición económica, lengua o diferencias culturales: una sola creencia, una unidad en los ritos y en la fe, pero también, un mismo libro que dicta desde cómo llevar una vida sana, cómo conformar una familia, cómo desempeñarse en la sociedad y el trabajo, hasta cómo construir una civilización en la que todos sus miembros tengan las mismas posibilidades reales de llevar una vida digna, como ya ocurrió en Bagdad y en Córdoba, por nombrar sólo los dos ejemplos más reconocidos por la historia occidental. Este desconocimiento los lleva a proclamar la creación de un gran ejército europeo que haga frente al invasor (tanto al yankee como al musulmán), lo que será un esfuerzo inútil pues, a diferencia de lo que venden a diario los medios de comunicación, el Islam no se expande por la espada ni por las tácticas terroristas (el suicidio y el matar personas inocentes, población civil no combatiente, es un pecado grave, no importa la causa por la que se lleven a cabo tales abominaciones; en el Islam la violencia es el último recurso y se emplea sólo como defensa, dentro de un marco normativo estricto, similar y mejor aún que el Derecho Internacional Humanitario, marco que está establecido en el Corán. Más al respecto en los artículos El Islam y el Derecho Internacional e Islam y Terrorismo).



No digo que el Islam como vivencia sea homogéneo, claras diferencias culturales hay entre musulmanes de diferentes regiones del globo. Pero como sistema socio-económico-político-religioso es uno solo, contenido en el Corán y la Sunna (a sabiendas que la segunda no es más que la forma como el Profeta –Paz y Bendiciones de Dios sean con él– aplicó el primero), y como tal, no admite mezclas con el capitalismo o el socialismo, pues tiene su propia forma de manejar la economía y las finanzas, y ese es el principal dolor de cabeza de los grandes empresarios: el Islam no admite la usura, que es la base del sistema financiero mundial actual, y sin la cual los bancos dejarían de existir (véase el artículo La Falacia de la "Banca Islámica"). Un sistema así es demasiado peligroso para el statu quo imperante. Mientras el Islam siga siendo sólo la forma de vida de millones de personas sometidas por regímenes no-islámicos, no habrá mayor problema. Pero en la medida en que ha sido imposible occidentalizar (angloamericanizar) a la mayoría de las comunidades musulmanas, hay un grave riesgo de que un día una o varias se organicen en un régimen auténticamente islámico. Si eso ocurre, existe el peligro de que otros vean lo bien que funciona el Islam cuando se aplica de lleno, y eso les asusta, como les asustó a los dirigentes de Meca ver que en Medina el Profeta –PyB– había construido de la nada una ciudad próspera que en poco tiempo ya competía con ellos en lo económico y lo social, sólo con aplicar el Corán. Por eso le declararon la guerra, como hoy le han declarado la guerra al Islam. Pero en aquel entonces, Dios permitió que el Islam triunfara y se desbordara rápidamente por tres continentes. Los musulmanes confiamos en que esta vez, el mundo pueda ver de nuevo esa luz que, mientras Europa se hundía en el oscurantismo, le daba el Islam a la humanidad, inchAl–Lah.

En el siguiente enlace, publico el artículo de 1980 “Romper con la Civilización Occidental”, por Guillaume Faye, traducción tomada de http://es.geocities.com/sucellus23/1019-es.htm.

Romper con la Civilización Occidental

por Guillaume Faye

"Esta Europa que, en una incalculable ceguera, se encuentra siempre a punto de apuñalarse, yace aprisionada bajo las dos tenazas de Rusia y América. Rusia y América son, desde el punto de vista metafísico, la misma cosa: el mismo frenesí en la organización desarraigada del hombre normal. Cuando hasta la última pequeña esquina del globo terráqueo se hace explotable económicamente y en el tiempo que prosigue ha desaparecido el ser-alli de todos los pueblos, entonces las preguntas: ¿'Con qué objetivo?' '¿A dónde vamos?' y '¿Qué sigue a continuación?' estarán siempre presentes y, en la forma de un espectro, cruzaran toda esta superchería."
Martin Heidegger, Introducción a la Metafísica

En las campiñas francesas, la gigue ni la sardana ya no se danzan mas en las fiestas. El jukebox y el flipper han colonizado los últimos refugios de la cultura popular. En un instituto alemán, un joven de dieciocho años acaba de morir de sobredosis, acurrucado al fondo de un cuarto de baño. En el suburbio de Lille, treinta malienses viven apiñados en una bodega. En Bangkok o en Honolulu, podéis comprar, por cinco dólares, una niña de quince años. "Y no es prostitución porque toda la población lo practica," dice un folleto turístico norteamericano. En un barrio de México, una firma norteamericana de producción de tablas de surf ha echado a un centenar de obreros. Houston estima que es mas rentable instalarse en Bogotá...

Tal es la cara odiosa de la civilización, que con una lógica implacable, se impone en todos los continentes, arrastra las culturas a un mismo modo de vida planetario y engulle las contestaciones socio-politicas de los pueblos que son sometidos a las mismos hábitos. ¿Que sentido tiene gritar Yankees go home cuando se llevan vaqueros? Para Konrad Lorenz, esta civilización encontró algo peor que el control o la opresión: inventó la "domesticación fisiológica". Y en forma más eficaz que el marxismo soviético, realiza una experiencia social tipica del fin de la historia. Con el objetivo de garantizar por todas partes el triunfo del tipo burgués, al final de una dinámica homogenizante y de un proceso de involución cultural.

Esta civilización que atrapa hoy a los pueblos de Asia, África, Europa y América Latina, debemos llamarla por su nombre: es la civilización occidental.

La civilización occidental no es la civilización europea. Ella es el fruto monstruoso de la cultura europea, de la que ha tomado su dinamismo y su espíritu de empresa, pero a la que se opone básicamente, y de las ideologías igualitarias resultantes del monoteísmo judeocristiano. Se realiza en América que, inmediatamente después de la segunda Guerra Mundial, le dio su impulso decisivo. El componente monoteísta de la civilización occidental es claramente reconocible en su proyecto, idéntico en sustancia a aquel de la sociedad soviética: imponer una civilización universal fundada en la primacía de la economía como forma de vida y despolitizar a los pueblos en benéfico de una "gestión" tecnocratica mundial.



Conviene distinguir a la civilización occidental del sistema occidental, este ultimo designa la potencia que permite la expansión de aquella. El sistema occidental no puede, por otro lado, describirse bajo las características de un poder homogéneo ni constituirse como tal. Se organiza en una red mundial de microdecisiones, coherente pero inorgánica, lo que le hace relativamente imperceptible y, por consiguiente, más temible. Reagrupa notablemente a los medios financieros de la OCDE, los Estados Mayores de un centenar de empresas transnacionales, un fuerte porcentaje del personal político de las naciones "occidentales", las esferas dirigentes de las "elites" conservadoras de los países pobres, una parte de los cuadros de las instituciones internacionales, y a la mayoría de los jefes superiores de las instituciones bancarias del mundo "desarrollado".

El sistema occidental tiene su epicentro en Estados Unidos. No es de esencia política o estática, mas bien procede por la movilización de la economía. Rechaza los Estados, las fronteras y las religiones, su "teoría de la praxis" reposa menos sobre la difusión de un corpus ideológico que en una modificación radical de los comportamientos culturales, orientados hacia el modelo americano.

Pero quien piensa en "Occidente" piensa inmediatamente en el "Tercer mundo". Se dice que fue Alfred Sauvy quien creó ese término, poco después la conferencia de los países no-alineados en Bandoeng, en 1955. ¿Pero, el Tercer mundo existe?

El leninismo soviético en realidad conoció el concepto de Tercer Mundo antes que el termino existiese. En el Imperialismo, ultima etapa del capitalismo (1916), Lenin funda la doctrina que inspirara la política exterior de la Unión Soviética: utilizar a los países pobres como arma contra el capitalismo mundial, haciéndoles objetos de la historia de la revolución. Idéntica en eso al liberalismo occidental, la ideología leninista subordina la independencia de los pueblos a su proyecto universalista. El leninismo, que es un occidentalismo en el fondo, no reconoce las alteridades nacionales y solo concibe el nacionalismo de los pueblos extraeuropeos como un instrumento provisional al servicio del mismo proyecto que aquel del occidentalismo: una civilización mundial homogénea y fundada en la economía.

El mismo Karl Marx anuncia ese parentesco que existe entre el leninismo y el liberalismo occidental. En The British Rule in India y en The Future Results of British Rule in India (1853), celebra que "la dominación británica haya demolido completamente el marco de la sociedad india" y que "esta parte del mundo, que hasta entonces seguía siendo inferior, en adelante haya sido anexada por mundo occidental". ¿Ya que peor obstáculo para el "socialismo" que las sociedades tradicionales?. ¿Georges Marchais no dijo que el ejército soviético había invadido Afganistán para suprimir el derecho de pernada?

¿El Tercer mundo englobaría entonces a todos los pueblos que, renunciando a su identidad cultural propia, serian candidatos a la occidentalización, como los proletarios al aburguesamiento? ¿Si es preciso alimentando un resentimiento contra su modelo? La fuerza del sistema occidental, objetivamente cómplice en esto del proyecto leninista, es que el deseo de asimilación triunfa siempre sobre el resentimiento: por lo tanto, el Tercer mundo no le amenaza.

Para el venezolano Carlos Rangel, "la esencia del tercermundismo no es la pobreza ni el subdesarrollo," sino "un descontento que no impide el disfrute de una forma de vida al estilo occidental, ni incluso la posesión de una riqueza notable" ("Pourquoi l'Occident est en train de perdre le Tiers-Monde", en Politique internationale, primavera de 1979). Para Carlos Rangel, "pertenecen al Tercer mundo los pueblos que, aunque muy diferentes, comparten el mismo sentimiento profundo de alienación y antagonismo hacia los países no comunistas que progresan, y que se encuentran con relación a estos últimos en una posición similar a la de poblaciones de color en una sociedad donde el poder esta en manos de los blancos."

Esos pueblos, dice Carlos Rangel, no se sienten "miembros fundadores del club que se llama civilización occidental." Incluso Japón o España, y al límite Francia, "nunca se integrarán en la sociedad capitalista occidental como Nueva Zelanda que pertenece culturalmente a la fuente donde el capitalismo dibujó su impulso", es decir "la hegemonía anglosajona instaurada por Inglaterra y luego por Estados Unidos." Carlos Rangel añade: "inexorablemente, la dificultad para identificarse con la fuente original de las ideas y con la sede actual del poder es causa de ansiedad y descontento nacional".

La pertenencia al Tercer Mundo o a la civilización occidental deviene, pues, en un hecho cultural.



Es el planeta entero quien viene a experimentar un complejo de identidad. Como la igualdad siempre proclamada y jamas alcanzada, el modelo occidental oculta una lógica de alienación. La civilización occidental se presenta explícitamente como un conjunto puramente económico donde el principal criterio de pertenencia seria el nivel de vida, sin embargo, esta civilización implícitamente se da una estructura jerárquica de dos niveles culturales: los miembros del "club" y los "otros", que no serian mas que semi-occidentales y que nunca entrarían al "club." ¿Porque? Porque no pertenecen al mundo anglo-americano, que se piensa a si mismo como el epicentro de Occidente.

Por eso, la civilización occidental, a causa de su dominante angloamericano, rechaza toda identificación con la cultura europea, notablemente por los componentes latinos, germánicos, célticos o eslavos de esta ultima. Pero esta dicotomía implica una realidad profunda: en la medida en que la civilización occidental expresa plenamente el proyecto norteamericano y en tanto que América se ha construido sobre un rechazo de Europa, la esencia de la civilización occidental, es la ruptura con la cultura europea, de la que se venga reduciéndola al etnocidio cultural y a la neutralización política.

El neocolonialismo occidental, que se manifiesta en todos los partidos del mundo, de Irlanda a Indonesia, se basa esencialmente en la ideología liberal americana, aquella que es impuesta por las organizaciones internacionales. No terminaríamos de enumerar los pueblos cuyas formas propias de gobierno fueron destruidas en beneficio de una "democracia" destinada a integrar esos pueblos al orden económico occidental y mercantil. El neocolonialismo ha instaurado la peor de las dependencias y asesinado la primera de libertades, que consiste, para un pueblo, en gobernarse según su propia concepción del mundo. Y son las burguesías locales, formadas por Occidente, que se hacen instrumento de esa desposesión político-cultural (1).

Es sobre la idea misma del desarrollo económico del Tercer Mundo que debemos poner nuestra sospecha. En efecto, este concepto presupone que los pueblos del Tercer mundo deben necesariamente seguir el camino de la industrialización occidental. Ahora bien, eso coincide singularmente con el deseo liberal de la división internacional del trabajo y de la especialización económica de las zonas, indispensable para el capitalismo moderno de libre comercio planetario. ¿Y que son esos camuflajes doctrinales y humanitarios (el "derecho al desarrollo") que predican la industrialización del Tercer mundo? Los que defienden los intereses de un sistema económico para el cual un comercio industrial mundial en crecimiento es tan necesario como el agua de mar tibia lo es para los bancos de caballas (2).

En sucesivas ocasiones, François Perroux puso de manifiesto que el "nivel de vida global" de los países "en vías de desarrollo" era menos elevado que el que se alcanzaba en las sociedades tradicionales. Contrariamente, los países más pobres o las zonas menos industrializadas conocen un "nivel de vida" real superior a esto que las cifras de la OCDE pueden dejar creer (3). Y hasta ahora, los Estados Unidos fueron los únicos verdaderos beneficiarios de la industrialización de Asia, África o América del Sur.

Pero es necesario no engañarse, la industrialización del planeta es irreversible. La parte del consumo de Asia o de América Latina no deja de crecer. Mas bien, es la forma de esa industrialización, librecambista y sumisa al modelo de desarrollo occidental, la que es criticada aqui. En la medida en que todas las estructuras industriales se parecen, los modos de consumo se uniformizan y se americanizan. Además si esta forma de industrialización es un factor de "desarrollo" para ciertos paises, ella es la causa de graves desequilibrios y de subdesarrollo para numerosos otros países: "las cuatro quintas partes de las exportaciones industriales de los nuevos países, escribe Jean Jean Lemperière, provienen de unos pocos nuevos paises: los cuatro países talleres del Extremo Oriente, la India, los tres grandes países de América Latina e Israel" (Le Monde, 22 de enero de 1980)

Por último, una economía industrial mundializada será de una extrema fragilidad ante las crisis por la red de dependencias que teje entre las naciones.





En respuesta, las ideologías "etnonacionales" pueden perfectamente ayudar a algunos pueblos a liberarse del neocolonialismo occidental. Esas ideologías aparecieron en Europa al inicio del siglo XIV (4) y ya se oponían un universalismo temible, el del poder eclesiástico. Apelaban a la constitución de un Estado laíco que coincidiese con la nación y se referían al mito movilizador del antiguo imperium romano. Reanudadas por Fichte y Herder en el siglo XVIII, las ideas etnonacionales dieron una contestación radical frente las ideologías universalistas e individualistas, y desempeñaron un papel importante en los movimientos de liberación nacional, en los siglos XIX y XX.

En México, país duramente golpeado por los Estados Unidos, asistimos a la edificación, tanto por el Estado como por el pueblo, de un nacionalismo original, fundado sobre la regeneración de una consciencia histórica que encuentra sus fundamentos específicos en las culturas indígenas. Un nuevo pueblo se crea así, liberado de la historia "occidental" y que piensa su destino a partir de una recreación de su pasado. Hermosa lección para nosotros, Europeos, que más allá de ese "occidente cristiano" en el cual no podemos ya reconocernos, debemos también reconsiderar nuestro destino encontrando los fundamentos específicos de nuestra cultura, construyendo un mito indoeuropeo.

En África, la adaptación de la ideologia etnonacional es también exitosa, pero bajo una forma menos política e histórica que tribal y comunitaria: "El valor de la cultura africana no esta ligado a ciertos fantasmas o a complejos rechazados frente a los cánones de la belleza griega, dice, no sin malicia, el cineasta senegalés Sembène Ousmane" (Jeune Afrique, 19 de Septiembre de 1979). La búsqueda de la autenticidad, la elección de los patronímicos y el retorno a las costumbres patriarcales tradicionales combatidas por el cristianismo y las Naciones Unidas, no pueden sino hacer sonreír a los imbéciles y a los cabrones.

En cuanto al nacionalismo islámico, constituye la más feliz contestación jamas infligida a la utopía civilizadora del modelo americano. Pone en entredicho la idea occidental del crecimiento comercial y de la primacía del desarrollo económico, rechazando al mismo tiempo al marxismo, precisamente considerado como factor de desculturización y, circunstancialmente, como instrumento del neocolonialismo soviético.



Es también gracias al despertar de una conciencia nacional que China pudo reducir el efecto masificador del marxismo, y operar así un sincretismo probablemente positivo entre las ideas venidas del Oeste y la continuación de su destino de pueblo-continente. Ella adaptó sus estructuras ancestrales de gobierno y constituir, "contando con sus propias fuerzas", una potencia histórica independiente del magma occidental como del bloque soviético. No sin buenas razones China experimenta la necesidad no ya de llevar solamente el papel de protagonista de la historia, sino de enfrentar a los dos universalismos, el Occidente americano y el "sovietismo" ruso. En este juego a tres donde no puede aliarse sino a su contrario -ayer la Unión Soviética, hoy los Estados Unidos- tiene necesidad de que vean en ella una protagonista-socia. Esta es la razón por la que, hace un llamado a Europa, incitándola a salir de su letargo, a volver a entrar en la historia, a reconquistar su libertad.

Como China se ha liberado del "sovietismo", Europa debe, en efecto, liberarse de Occidente y reapropiarse las ideas etnonacionales que ella creó.

Liberarse de la civilización occidental, es comenzar por dudar de la idea de solidaridad del bloque occidental impuesta al África como a Europa o Japón. Ya que es necesario distinguir bien, en geopolítica, las solidaridades efectivas y las solidaridades reales, es decir, a la vez deseables y conformes a los intereses históricos de los pueblos en cuestion. Occidente y el bloque soviético solo constituyen conjuntos de solidaridad efectiva. Polonia o Alemania Federal, como Chile o Afganistán, no se insertan en conjuntos de solidaridad real.

Ahora bien, la izquierda "tercermundista" y la derecha "occidentalista" actuales refuerzan, por los conceptos instituidos por su vocabulario ideológico, este statu quo mundial de bloques de solidaridad efectiva. Una nueva geopolítica debe comenzar partiendo de nuevas definiciones.

Occidente o el Tercer Mundo deben desaparecer como conceptos geopolíticos. Debemos hablar, mas bien, de Europa, Estados Unidos, Hispanoamérica, de la Unión Soviética o de la India. Repensar el mundo en términos de conjuntos orgánicos de solidaridad real: de comunidades de destino continentales, de grupos de pueblos coherentes y "óptimamente" homogéneos por sus tradiciones, geografía y componentes etnoculturales.

"La nación," escribe François Perroux, "realidad viva y dinámica, deviene en una de las fuentes de energía esencial para reestructurar la sociedad mundial y su economía (...) Los rurales se coagulan en naciones armadas, en imperios, en comunidades vacilantes e intentan económicamente formar regiones de naciones (Bertrand Russel). Esas reuniones no son ni totalmente cerradas, lo que es imposible, ni totalmente acogedoras (...). En esas asociaciones de naciones, serán necesarios proyectos colectivos de infraestructura, inversión, difusión de los productos y las rentas. Es en la medida en que las naciones, testigos y defensores de los pueblos, favorecerán esta desconcentración de los poderes económicos y esta descentralización de sus efectos, que se creara una reciprocidad particular en el desarrollo que no se construye espontáneamente por el juego de los intereses privados" (Le Monde de l'économie, 9 de octubre de 1979).

Esas asociaciones de naciones son posibles geopolíticamente, y romperían el marco estratégico económico actual. Cada gran región planetaria podría así ver coincidir en su espacio de vida un relativo parentesco cultural, una comunidad de intereses políticos, una determinada homogeneidad étnica e histórica, y factores macroeconómicos que harían posibles a largo plazo un desarrollo autónomo sin hacer recurso a la mendicidad internacional (5). Un nuevo nomos de la tierra, para retomar la expresión de Carl Schmitt, podría así ver la luz, fundado sobre una sociedad de comunidades y no sobre una pseudo-comunidad de sociedades.

Se dirá erróneamente, que las culturas no podrán comunicarse más entre ellas. Realmente ocurre lo contrario. Al comunicarse entre ellas por medio del referente común que es la civilización occidental, las culturas establecen, en realidad, una pseudo-comunicación. Este referente común enajena, en efecto, la personalidad del que lo utiliza. El significando (la lengua cultural occidental) substituye al significado (la cultura local que intenta explicarse por medio de la lengua occidental). Resumidamente, los pueblos se conocen cada vez más mal, las culturas no se comunican ya y no llegan a enriquecerse porque utilizan a un esperanto infra-cultural que pertenece a todo el mundo y a la vez a nadie.

Comulgando en los mismos términos lingüísticos, de indumentaria, alimentarios, etc., los hombres no pueden percibir más las especificidades de los otros hombres, cuando éstas existen aún. Un italiano en Tailandia que va a utilizar el inglés, descender en un hotel internacional, solo verá de los tailandeses un folclore marginado. Si viaja a África y los Africanos con quienes se codeará serán "trajes" (hombres occidentalizados), según la sabrosa expresión del jurista de Costa de Marfil Badibanga. ¿Qué conocerá del hombre africano?

Al contrario, cuando Marco Polo fue a China, la comunicación fue real y fértil a pesar de la ausencia de un referente común, y la influencia de la cultura china fue notable más tarde en Europa. Las culturas son inconmensurables, no pueden entenderse desde el interior, pero pueden influirse "sobre las franjas" y sacar provecho de los contactos, pero no de las mezclas. La idea de la interpenetración de las culturas, o la ilusión mecanicista de una suma universal "de lo mejor" de las culturas, idea defendida notablemente por Léopold Senghor, no puede sino dar lugar al empobrecimiento de todas las culturas, y al refuerzo de la lengua infracultural occidental. Lengua alienante porque no se basa en el sustrato antropológico de pueblo alguno, y por eso, no transmite ningún sentido.

Para Martin Heidegger, el termino de occidental no traduce la esencia de Europa. Él prefiere emplear una palabra enigmática, lo hesperial, para calificar la esencia de la modernidad europea, o mas exactamente, su posible futuro, su virtualidad. El advenimiento del hespérial supone entonces, en Europa, la muerte de lo Occidental.


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NOTAS

1 - Ver los estudios realizados por el africanista Hubert Deschamp sobre la destrucción de las formas culturales de gobierno africanas por la "democracia", notablemente los sistemas de anarquía equilibrada propios de algunos pueblos americanos.

2 - Es interesante notar que a pesar de las posiciones teóricas de los economistas marxistas, los países socialistas practicaron frente al Tercer Mundo el mismo mercantilismo económico que los países capitalistas. La practica económica exterior del socialismo es capitalista y mercantil.

3 - Ver "La faim n'est qu'une conséquence" de Daniel Joussen (Le Monde, 29 de diciembre de 1979).

4 - En 1300, Pierre Dubon, jurista de Felipe el Hermoso, preconiza la abolición del poder papal y eclesiástico. En el siglo XIV, en Francia e Italia, los intelectuales ven a la nación estática como un marco político para los pueblos europeos y exaltan la idea del poder nacional. Estos temas serán reanudados por Petrarco y Maquiavelo, que se inspirarán también en Marsilio de Padua, teórico, a partir de 1342, del Estado laico autónomo y de la substitución por el nacionalismo político de la idea teocrática.

5 - Para algunos economistas liberales, la ayuda a los países subdesarrollados debería obviamente limitarse a una ayuda a las empresas que invierten en estos países. "Al hacer beneficiar a la industria de la ayuda al Tercer mundo, decía un alto funcionario francés, se hará finalmente beneficiar al Tercer mundo de la ayuda a la industria..."

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-Mami, ¿por qué el 80% de los que ven las noticias de la FOX creen que Irak tuvo algo que ver con Septiembre 11?
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sábado, 29 de agosto de 2009

La Religión de los Derechos Humanos


Introducción por Said Abdunur Pedraza

Guillaume Faye, enemigo declarado del Islam, pasó de ser un defensor del Tercer Mundo y de Europa en contra de la expansión imperialista de Estados Unidos en lo cultural, lo político y lo económico, a declarar que habrá una guerra racial en Europa en 2010. Su visión sesgada y siempre eurocentrista lo ha convertido en un fanático pro occidente, después de haber denostado de occidente por más de una década. Su ignorancia del Islam es sólo comparable con su afán de atacarlo, tergiversarlo y proclamar la necesidad de combatirlo. Faye declara que la única forma en que una sociedad puede ser armónica, es que su población sea homogénea. Con ello, abre las puertas al genocidio, la persecución, la deportación y la xenofobia (véase Incompatibilidades Fundamentales entre Nacionalismo y Pacifismo). Francia debe ser homogéneamente francesa en su población y cultura, si quiere vivir en armonía, es su idea.

Sin embargo, los seguidores de su fiebre fanática anti islámica, tan patética como inefectiva (el Islam sigue siendo la segunda mayor y la primera de más crecimiento entre las religiones de Europa, véase  Casi una de cada cuatro personas es musulmana), no mencionan nunca que Faye, antes de convertirse "milagrosamente" en abanderado de una nueva masacre brutal (léase cruzada) contra los musulmanes, era un crítico furibundo de los derechos humanos. Publico aquí un fragmento de su libro Le Système à tuer les peuples, de 1981, donde hace una exposición sobre cómo la declaración de los derechos humanos no es más que una religión secular que soporta la guerra de homogeneización cultural y política que es la base de la actual globalización económica. 

Quiero resaltar que el dogma cristiano de la salvación individual al que hace referencia Faye, es precisamente uno de los puntos fundamentales de discordia entre la sociedad capitalista-cristiana (basada en "un discurso sintético, es decir, un humanitarismo vulgar, que mezcla y simplifica la moral del cristianismo, del liberalismo y del socialismo", en palabras de Faye) de corte individualista, y el Islam, que es una forma integral e íntegra de sociedad (véase Leyendo la Economía de Rodolfo Llinás): En el Islam, la salvación es individual, sí, pero para lograrla, es necesario un intenso trabajo social, comunitario. Agradar a Dios es la única vía hacia la salvación, y la única forma de agradarlo a Él es cumplir con su ley, siguiendo el Corán y la Suna. Y en las palabras de Dios (Corán) y el ejemplo del profeta Mujámmad -Paz y Bendiciones de Dios sean con él- (Suna) se ordena la convivencia armónica, la construcción de familia, el rechazo a toda forma de maltrato contra animales o contra seres humanos, la defensa y protección de la mujer, la preocupación constante por los vecinos (aún si éstos no son musulmanes) y por los familiares, el respeto por la vida humana sin distingo de etnia, creencia, nacionalidad, género o condición, el uso responsable de los recursos naturales y otra serie de normas que hacen que sea imposible buscar la salvación individual sin trabajar por el bien de la comunidad y sin tener una profunda conciencia social.

Por otro lado, si como afirma Faye, "los derechos deben garantizar la felicidad que es concebida como sosiego económico y psíquico, liberación de las dificultades fisiológicas y materiales, y no solamente políticas", entonces la efectiva aplicación de dichos derechos sólo conlleva al paternalismo absoluto del estado (en todos sus aspectos positivos y negativos), y a la dependencia absoluta de la población a dicho paternalismo. Una sociedad de niños malcriados por un estado complaciente, que se ve reflejada en la actitud de muchos cristianos que consideran a Dios un padre sobreprotector y laxo, de suerte que se sienten libres de hacer cualquier cosa porque Él al final "entenderá y perdonará". Este es un punto de discordia teológica entre cristianismo e Islam: los musulmanes no consideramos a Dios como padre pues él no nos parió ni engendró, nos creó del barro, no a su imagen y semejanza pues nada en la creación se le asemeja, sino a imagen y semejanza del hombre en sí mismo, ya que Adán fue creado adulto mientras nosotros, descendencia de Adán, hijos de Adán, pasamos por varias fases para llegar a la adultez. Por tanto, los humanos no somos descendencia de Dios, somos creados por Él, lo que significa que Él es nuestro Dueño y Señor; no somos Su linaje, somos Su propiedad (véase Más Allá de un Mero Cristianismo).



La Religión de los Derechos Humanos

por Guillaume Faye

Primera en aparecer, en 1776, bajo la forma de la Declaración de Independencia, la versión americana de la ideología de los derechos humanos hace más hincapié en la búsqueda por el hombre de la felicidad, en el derecho del individuo a resistir a toda soberanía que obstaculizaría su "libre árbitro" y su placer, que en los derechos políticos del ciudadano. La Constitución americana refleja esta concepción del Estado de Derecho: los gobernantes tienen por principal objetivo la garantía de los derechos humanos. La finalidad asignada a la política es permitir que los hombres gocen, en seguridad, de sus bienes. Tal filosofía, que se inspira directamente en los hedonistas anglosajones y en los topicos del Segundo Tratado de Locke, presenta ya los fundamentos doctrinales del Estado benefactor occidental moderno, para el cual la gestión de la "felicidad pública" (common good) prevalece sobre la dirección política del destino de la nación. En este sentido, si la Revolución francesa fue fundadora de una "nación", la Revolución americana lo fue de una "sociedad", instancia despolitizada, dónde lo cotidiano y no la historia pasa a ser, como dice Baudrillard, el "destino social".

En esta sociedad (podemos también hablar de "Sistema", en comparación con las ideologías políticas de los pueblos), la filosofía de los derechos humanos tiene por vocación de convertir al mundo entero. Mientras que la concepción rousseauista del derecho de la Revolución francesa profesaba un universalismo político, que pretendía convencer a los otros pueblos de organizarse cívicamente bajo el régimen representativo de la "nación soberana", sin que la política o la historia fuesen suprimidas, la filosofía americana de los derechos humanos marginaliza estas dimensiones históricas y políticas: el universalismo no es político, toma matices de cruzada social; determina, para todos los hombres, más allá de sus culturas particulares, un ideal universal (libre-arbitro, felicidad individual, etc) y asigna a todos los Gobiernos de la Tierra la misión de satisfacerlo y en consecuencia de cumplir con sus exigencias existenciales. Esta extravagante pretensión, que se encuentra hoy formalizada como compromiso jurídico internacional por la Declaración universal, traduce la influencia bíblica muy profunda que se ejerció sobre los juristas americanos. Los Estados Unidos se creen implícitamente los depositarios de lo que un sociólogo americano llama "el Arco de las libertades del mundo". Se detectan en la concepción americana de los Derechos, además de un jusnaturalismo (creencia en "derechos naturales") dogmático, el sentimiento "de la elección divina" de los Americanos cuyo destino providencial sería el de un nuevo pueblo judío. No es asombroso, en estas condiciones, que en cuanto se alejaron de su preocupación las guerras exteriores, los Estados Unidos de Jimmy Carter hayan encontrado naturalmente en la cruzada por los derechos humanos el eje principal de su acción y de su "misión" internacional.

Es necesario hablar bien de "misión", y no de política, en la medida en que ésta supone un poder cuyos constituyentes americanos, impregnados de biblismo, en rebelión contra el rey de Inglaterra, no pensaban sino en limitar las prerrogativas "históricas", en favor de subordinarlo a la economia y a la teologia.

En la Declaración de Independencia (Filadelfia, 4 de julio 1776), se encuentra en efecto esta fórmula reveladora: "consideramos como verdades evidentes que los hombres nacen iguales; que son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad (individuales); que se instituyó a los Gobiernos humanos para garantizar estos derechos."

En el idéologèma de la felicidad, la versión americana de los derechos humanos incluye este concepto, formulado en Hobbes, Locke o Rousseau, en el que el individuo constituye la unidad básica de la vida. Tal idea, hoy rechazada por las ciencias sociales y por la etologia, proviene, como lo mostraron Halbwachs y Baudrillard, de la transposición política del dogma cristiano de la salvación individual. El destino colectivo e histórico se encuentra puesto entre paréntesis, negado, en favor del destino existencial del individuo. Mientras que la práctica religiosa garantizaba a este destino individual una realización trascendente, tolerando en el tiempo la historia humana, con la laicización del cristianismo fueron los derechos humanos los que se volvieron los instrumentos de la realización immanente de ese destino.

Para Hobbes, en quien se inspiró Rousseau, la sociedad es un "ser artificial" (Léviathan, CH XXI). Los derechos humanos constituyen, en el autor del Discurso sobre el origen de desigualdad, el medio para liberarse de la dependencia de los hombres (beneficiándose al mismo tiempo de las ventajas de la vida en sociedad), idea que se encontrará en Jean-Paul Sartre. Rousseau admitía sin embargo la permanencia de la lucha "insuperable" contra la dependencia de las cosas. Pero la filosofía de los derechos humanos, prosiguiendo las concepciones lockianas, pretende liberar al hombre de la dependencia de las cosas. Los derechos deben garantizar la felicidad que es concebida como sosiego económico y psíquico, liberación de las dificultades fisiológicas y materiales, y no solamente políticas. Este deslizamiento hacia una concepción radicalmente pasiva de la existencia social señala paradójicamente la perversión de todo derecho. La función de los derechos humanos no es jurídica; ejerce una función suprema de legitimación del Sistema comercial occidental.

Como lo mostramos anteriormente, la civilización comercial, seguida en eso con algún retraso por la sociedad soviética, está caracterizada por la extensión de subsistemas racionales y técnicos de actividad. Una dirección política ya no mantiene la cohesión del grupo sino, como lo mostró Max Weber, por medio de una autorregulación descentralizada de carácter tecnócratico. El consenso social se basa en la adhesión práctica y espontánea de los individuos a un estilo de vida del que ya no pueden prescindir, adhesión que opera en los subsistemas (la empresa, el medio profesional, el universo del automóvil, el domicilio, el mundo del ocio, etc), y no en el conjunto de la sociedad. Para legitimar su soberanía, el Sistema no necesita pues ya un discurso político que atraiga la adhesión, ni de mitos movilizadores nacionales. De ahí la déspolitización y la desnacionalización de la sociedad civil, lo que Weber llama su "secularización". La validación de las estructuras sociales por argumentaciones políticas o "tradiciones indudables" cede el lugar a una validación por ideologías económicas y pragmaticas, como lo mostró Louis Dumont, o éticas privadas que justifican un estilo materialista de vida; estas últimas copian el aspecto mecanicista y economista del sistema internacional que trata de legitimar, y que, como lo vieron Weber, Gehlen, Schelsky y Heidegger, está basado en una interpretación de la ciencia y la técnica como actividades racionales y necesariamente orientadas hacia la obtención de la felicidad (económica) individual.

Las ideologías modernas del sistema comercial van, pues, mundialmente, a valorizar estos dos idéologèmas-clave de la racionalidad y la felicidad. ¿Pero dónde van a encontrar, superando sus diferencias, el punto común donde puedan converger, el "cobertizo" que legitimará estas dos ideas? En la filosofía mundial de los derechos humanos, precisamente, que funciona también como legitimación suprema y sintética del sistema comercial. Solo será pues al final del siglo XX que esta filosofía, que transporta la visión mecanicista del mundo del siglo XVIII, encontrará su aplicación práctica.

Otra ventaja de la ideologia mundial de los derechos humanos es que oculta la impotencia y la insignificancia del discurso político de las esferas dirigentes, las cuáles, en efecto, como proceden por medio de una gestión autoritaria de la sociedad-economia, no tienen más discursos ideológicos coherentes que correspondan a una legitimación democrática práctica. Por otra parte, un discurso muy tecnócratico seria mal recibido. De ahí la necesidad implícita, o incluso inconsciente de recurrir a un discurso sintético que recupera, por medio de grandes principios, la idea democrática. Un discurso sintético, es decir, un humanitarismo vulgar, que mezcla y simplifica la moral del cristianismo, del liberalismo y del socialismo. Como lo observa Habermas, "la solución de los problemas técnicos escapa al debate público, que (...) correría el riesgo de poner en cuestión las condiciones que definen el sistema" (1).

La filosofía de los derechos humanos presenta otras ventajas: legitima la desaparición progresiva de las especificidades etnoculturales, siempre problematicas para el poder establecido, validando la mejoria economica del nivel de vida como ideal oficial y "éxito indudable" del Sistema; tal es el sentido, por ejemplo, de las recientes declaraciones internacionales sobre los "derechos económicos y sociales". Del mismo modo, los temas relativos a los "derechos a la diferencia" solo están allí para neutralizar la idea de diferencia etnocultural, marginalizandola como derecho secundario a una diferenciación subcultural. El ideal antihistórico de los derechos humanos, común a los liberales y a los filósofos de la escuela de Frankfurt, trae también, como lo formuló ingenuamente Habermas (2), una "perspectiva de nivelación y satisfacción en la existencia". Tal perspectiva, incompatible con toda especifidad cultural, nacional o política viva y movilizadora, intenta hoy imponerse como mito mundial.

Mito paradójico: se considera a si mismo como racionalidad y moralidad pura, y declina al mero bienestar económico, pero pretende al mismo tiempo actuar efectivamente (por medio de topicos negativos donde se condenan las "tiranías" y no por medio de movilizaciones positivas). Así pues, como hecho novedoso, el derecho toma las funciones del mito. ¡Suprema paradoja de este siglo! Este fenómeno se produce a escala planetaria y, si falla, su quiebra dejará un vacío planetario, el de la ilegitimidad global de toda una civilización, que habría intentado reconciliar el derecho, al pensamiento positivo, recurrente, memorizado y normativo, con el mito, pensamiento irracional, proyectado, emocional. Bonita utopía.

Si la filosofía contemporánea de los derechos humanos señala el punto de convergencia de todas las corrientes de la ideología igualitaria, no es solamente porque el Sistema necesita una legitimación teórica suprema; es también porque el tema de los derechos humanos constituye un aspecto histórico común del pasado de todas esas ideologías, y que a ese respecto, las reúne en un momento en el que tienen necesidad. Liberalismos y racionalismos de tradición anglosajona o francesa, socialismos reformistas, kantianismo, marxismo (por medio del hegelianismo), cristianismo social, todas estas corrientes pasaron, en "la historia de su gran relato ideológico", para emplear la expresión de Jean-Pierre Faye, por el idealismo racional de los derechos humanos. Incluso el cristianismo integrista, que no rechaza los fundamentos del derecho natural canónico, puede tambien unirse a ellas.

De ahí proviene la regresión intelectual, el retorno teórico de la inteligensia occidental a los derechos humanos que, por las concepciones que tienen, corresponden finalmente a las necesidades de legitimación de una civilización planetaria economista y mecanicista.

En el momento en que esta civilización controvertida por todas las partes (excepto en la vida de sus subsistemas) no encuentra ideología política para legitimarse, los derechos humanos son los unicos con poder establecer un consenso en la forma de un pequeño denominador común ideológico.

Esta simplificación ideológica es acentuada por las deformaciones que hacen sufrir a todo discurso los mass-media de comunicacíon internacionales. Aparece entonces una especie de dogma, revelado en la prensa, sobre las ondas, en la televisión, etc. Una verdadera "religión" de los derechos humanos inunda el Sistema, en la forma de filosofía emocional y simple; es su sistema sanguíneo, su alimento espiritual.

En este sentido, solamente la filosofía de los derechos humanos podía agrupar a una inteligensia occidental sollozante, desde una decena de años, por el desmoronamiento de su discurso teórico y el hundimiento de sus modelos sociales. Que marxistas o socialistas revolucionarios, cuya familia de pensamiento había pretendido superar la fase "del idealismo pequeño-burgués" (Lennin) y del "formalismo" (Marx) de los derechos humanos, vuelvan de nuevo a su defensa, es la evidencia de un retroceso teórico del pensamiento igualitario. Este retroceso, esta regresión ideológica, coinciden por otra parte con el paso del igualitarismo de una fase dialéctica, inaugurada en los siglos XVII y XVIII, y caracterizada por la inventividad y el auto-rebasamiento intelectuales, donde la formulación de las ideas precedía su aplicación política y social, a una fase sociológica, en la cual la difusión social y comportamental masiva de las formas de vida igualitarias y el triunfo del tipo burgués han producido la decadencia de las formulaciones ideológicas revolucionarias y el retorno a una sensibilidad humanitaria. Los hechos sociales controlan entonces las ideas, que se simplifican y adoptan la forma que les imponen los medios de comunicación y las normas de bronce de un periodismo mundial. Al triunfar, la ideología igualitaria deja poco a poco de ser inventiva; tiende a homogenizarse y a masificarse. La filosofía de los derechos humanos, como discurso de una burguesía planetaria y sentido de su proyecto, constituye la forma axial de esta masificación de las ideas.

Las trayectorias intelectuales de antiguos izquierdistas, hoy agrupados en la Universidad de Vincennes en torno al grupo "Dire", de antiguos situacionistas, las de Henri Lefebvre, de Bernard-Henri Lévy, de André Glucksmann, para no hablar de las de Jean-Paul Sartre o de Maurice Clavel, corroboran este cambio, esta "Unión consagrada" en torno a una nueva religión de los derechos humanos que habría hecho sonréir a los gurúes "antiburgueses" de los años sesenta. Ciertamente, se dirá que esta reagrupación en torno al mismo discurso de todas las corrientes igualitarias es acentuada por la decepción de los ex-revolucionarios ante los fracasos de sus modelos (la URSS, Cuba, Camboya, etc), pero se puede también pensar que ha sido acelerada por la aparición de un adversario común detectado a través de la reciente presencia, en varios países de Europa, de una corriente teórica y cultural no igualitaria y "suprahumanista", sumariamente calificada por Maurice Clavel de "neopaganismo"...

Significativas son a este respecto las trayectorias convergentes de las ideologías cristianas y marxistas que, partiendo de una oposición al humanismo de los derechos humanos, llegan hoy a colocarlo en el centro de sus tesis.

El cristianismo católico, en particular, combatió durante mucho tiempo la filosofía de los derechos, no sobre el fondo sino sobre la forma, acusándola fundar el derecho natural sobre "el orgullo del hombre", sobre principios profanos, y no desde una moral revelada por Dios.

El cristianismo moderno, que se separa de la fe religiosa y la teología clásica, no tiene necesidad, para laicizarse, de recurrir a otros fundamentos que los del propio evangelio. Hay una moral civil sentada sobre el derecho natural y la superioridad del individuo en la Biblia. Por ello, los temas de los derechos humanos le parecen perfectamente admisibles, lo que no era el caso a principios de este siglo. El padre Michel Lelong veía incluso recientemente en la adhesión a los derechos humanos un criterio de juicio de las familias de pensamiento, más importante que las posiciones sobre la religión. Explicaba que importaba poco que se fuese ateo o creyente con tal que se creyera en los derechos humanos. (3)

En la tradición marxista, que distinguía entre "libertades formales" (burguesas) y "libertades reales" (socialistas), los derechos humanos se rechazaban como una fase histórica pasada. Marx lanza en el Manifiesto su famoso anatema: "Su derecho no es más que la voluntad de su clase (burguesa) manifestada en la ley". Los marxistas modernos, mucho menos revolucionarios que sus grandes antepasados y más preocupados con la conveniencia humanista, dudan en renovar esta condena del derecho burgués como discurso de legitimación económica.

La crítica del "derecho humanitario burgués" no es realizada más, desde que la revolución se sospecha de quienes se oponen a la "felicidad." Este abandono del antihumanismo no fue iniciativa de Roger Garaudy o del pensamiento publicitario de Henri Lefebvre. Como en otros temas, los intelectuales franceses vuelven a copiar evoluciones conceptuales ya realizadas en otra parte. Fue en realidad la escuela de Frankfurt y su más famoso representante, Max Horkheimer, quien inicio el retorno desengañado y doloroso al humanismo de los derechos humanos, que será reanudado más tarde por la inteligensia occidental de izquierdas, cuando no marxista.

En 1937, como buen marxista ortodoxo que era aún, Horkheimer escribía: "la creencia idealista en un llamado a la conciencia moral que constituiría una fuerza decisiva en la historia es una esperanza que sigue siendo extranjera al pensamiento materialista" (4). En 1970, después de haber sido chocado por la experiencia estalinista, el mismo Horkheimer escribía: "Antes, deseábamos la revolución, pero hoy nos dedicamos a cosas más concretas (...) la revolución conduciría a una nueva forma de terrorismo. Es mejor, sin rechazar el progreso, conservar lo que se puede considerar de positivo, como, por ejemplo, la autonomía de la persona individual (...) debemos más bien preservar, entonces, lo mejor del liberalismo." (5)

Así pues, para Horkheimer que, significativamente, fue el más profundo de los pensadores marxistas del siglo XX, el materialismo histórico, el liberalismo burgués y el cristianismo deben unirse, ya que tienen el mismo discurso y defienden la misma trilogía fundamental: individualismo, felicidad (o salvación), racionalidad.

Este acuerdo en torno a un mínimo ideológico, es pues, paralelo a la voluntad de extensión de esa ideología a todo el Sistema occidental, a toda la "americanosfera". Una única sociedad, una única cultura, un único pensamiento.


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NOTAS

(1) Jürgen Habermas, la ciencia y la técnica como ideología, Gallimard 1973. ver también Helmut Schelsky, Der Mensch en Der technischen Zivilisation, Düsseldorf 1961.

(2) Jürgen Habermas, opus cit.

(3) Le Monde, 28 de agosto de 1980.

(4) Max Horkheimer, "Materialismo y moral", en Teoría crítica, Payot 1978.

(5) ibídem
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