jueves, 1 de septiembre de 2011

Mi Mamá y Las Pastillas

MI MAMÁ Y LAS PASTILLAS


Por Sherezada Onirica Viajera (Karonlains)




A mi mamá, por no creer en los psicólogos, y a mi papá, por negarse rotundamente a pagarlos.

—Yo no estoy loco, mi madre me ha hecho pruebas.
(Sheldon Cooper)




Crecí en un pueblo de esos que abundan en los andes colombianos, con monte, guerrillas y soldados por todos lados, y en ese pueblo mío había un loco. Nunca necesitamos un psicólogo ni un neurólogo para que lo determinara, era el típico loco de pueblo, y este loco era mi primo.

Había una razón por la que al loco no le hacía nada la guerrilla, a pesar que deliraba acerca de verdaderas revoluciones y pronunciaba con reverencia a un tal “Che”. También había una razón por la que el ejército nunca le hacía nada a pesar que escupía cuando los veía pasar y hablaba de masacres y acciones siempre veladas. Tanta indulgencia la causaba la misma razón por la que estaba loco: había leído muchos libros.

Entonces, el loco de mi pueblo ayudaba a los niños a hacer sus tareas: a falta de biblioteca, teníamos a mi primo. Así que en esos ires y venires de la vida, los niños terminábamos escuchando locuras que hablaban de mundos fuera del capitalismo, de vidas sin sumisión al dinero y de sueños con alas más grandes que las de los cóndores.

Como estaba loco, no dejaban que los niños se quedaran mucho tiempo a escucharlo, apenas el suficiente para que obtuvieran el valioso conocimiento académico y cumplieran con sus deberes. Lo que no sabían los adultos es que los niños son locos por naturaleza, tienen esa especie de locura que se arraiga en quien aún tiene inocencia. Por eso los niños escuchaban atentos mientras copiaban los mapas o las fechas históricas. Por eso, muchos corrieron antes que la guerrilla los reclutara o se escondieron de las armas del ejército: por el loco de mi pueblo muchos sobrevivieron.

Pero yo no era como los otros niños, tenía un oficio que era la envidia de mis compañeros y el único reproche que se le podía hacer a mi abuelita: le llevaba la comida a mi primo y le hacia los mandados. Nunca supe a ciencia cierta por qué me tocaba a mí y no a mis tías, primos o a mi hermana, pero lo cierto era que mi abuelita me sonreía con malicia y me decía: “Vaya donde el loco, que la necesita.” Tampoco supe cómo, pero nunca se equivocó.

El día que encontramos a mi primo abaleado en su casa, supimos que una norma-no-escrita de la guerra colombiana se había quebrado para siempre. Después de eso, familias enteras tuvieron que salir de sus casas y parcelas para recorrer caminos inciertos más allá de los recuerdos de los abuelos. La mía entre esas.

Llegué a la capital con el sueño del que todo lo vela y la esperanza del que no sabe nada. Mi encuentro con la ciudad fue rudo, aunque se amortiguó por el hecho de que muchos de los nuestros emigraron al mismo lugar, y que donde nos establecimos era un barrio con muchas remembranzas de pueblo: pude seguir jugando y soñando, y aún veía montañas fantásticas alrededor de mi casa.

El problema fue cuando entré al bachillerato. Mi desfile ante psicólogos empezó en séptimo grado cuando una profesora de religión, desesperada por mis continuos cuestionamientos, me mandó a la oficina del coordinador. Él apenas me miró por encima de sus gafas y me redireccionó hacia la orientación. Ahí tuve mi primer test, en el que uno encuentra formas en manchitas de tinta.

Debo aclarar que para alguien que crece en medio de tomas guerrilleras y tiros al aire, cuentos sobre la llorona, la madre monte y el mohán, viendo posesiones diabólicas y la presencia más o menos recurrente de diferentes tipos de brujas, es apenas normal ver en manchitas de tinta sangre, murciélagos, balas, montañas, personas, jefes guerrilleros, montoncitos de sal, tijeras abiertas y limones partidos en cuatro. Lo siguiente que supe respecto del test, fue que mi mamá estaba sentada frente a la orientadora que le hablaba visiblemente preocupada por mi salud mental, mientras ella asentía con gravedad a cada afirmación. A la salida, con la tarjeta de un psicólogo reconocidísimo en la mano, mi madre se me acercó y en un susurro me confesó: “Esa vieja está loca.” (Aprovecho este artículo para ratificar mi eterno amor filial).

Mi mamá se negó a hacerme más pruebas o dar su aprobación para que el colegio hiciera un tratamiento “adecuado” a mi situación. Trascurrieron los días entre una que otra ocurrencia, y leyendo, siempre leyendo.

Al año siguiente me fui a clases en pantalón y terminé nuevamente en la orientación. Esa vez la cosa fue tan grave que mi mamá tuvo que presentarse de inmediato, la psicóloga le dio toda una explicación acerca de las nuevas opciones sexuales y mi madre, tremendamente aburrida, la interrumpió con un gesto de la mano, me miró a los ojos y con su amabilidad a flor de piel me preguntó: “¿Eres marica hija mía? A lo que respondí: “No, sólo estaba haciendo mucho frío para usar falda.” Mi mamá miró a la psicóloga que estaba anonadada por tal expresión de cariño familiar y le dijo: “Ahí lo tiene usted, esta niña está loca como una cabra.” Tras lo cual soltamos una carcajada.  Digamos que no me volvieron a llevar a orientación ni a citar a mi mamá.

Regresé a psicólogos por diferentes razones a lo largo de mi vida y los abandoné a todos por el mismo motivo: drogas psiquiátricas. En este punto es importante diferenciar la psicología de la psiquiatría: La primera tiene un origen remoto y filosófico, se ha encargado de estudiar el alma, el comportamiento humano, sus consecuencias y las reacciones. La psicología moderna, aunque en ocasiones va muy de la mano con la psiquiatría, tiene muchas ramas de estudio y aplicación que difieren tanto entre sí como en las personas que las aplican. La psiquiatría, por su parte, es una invención relativamente moderna, que va de la mano con la medicina o la psicología, y que se caracteriza por el uso de diagnósticos y medicamentos.

La psiquiatría es la gran responsable del uso y concepto de la locura en esta época. La “locura moderna” es una enfermedad que data del siglo XVIII, donde Foucault localiza el inicio de la “normalización”, es decir, del estándar social. Si bien desde siempre ha existido un eje que rige la “normalidad” dentro de las distintas sociedades, también se han permitido espacios anormales donde residen personas que son distintas pero que cumplen funciones vitales. Un ejemplo simple es el chamán: raramente el chamanismo es un oficio heredable. El chamán busca a su discípulo dentro de la tribu con algunas características especiales y lo entrena para su reemplazo. El número de chamanes es limitado y nunca constituyen la mayoría de la población. De esta manera, un chamán es una persona extraña, rara, pero necesaria, y tiene un lugar social.

La “normalización” que establece Foucault obedece a la desaparición de ese espacio social que acepta y necesita de las personas que se salen de la regla, y ello es el inicio de lo que hoy conocemos como “locura.” Si bien han existido ejemplos de locura en épocas anteriores, han sido casos aislados y poco frecuentes. Es hoy, es esta época y esta sociedad, que la locura ataca a todos.

Cuando aparece la “normalización,” supuestamente desaparece la necesidad de personas fuera de los parámetros aceptados, pero entonces hay un nicho social que queda sin nombre ni lugar, y se crea la “locura” como solución: todo aquello que se salga de la norma es clasificado como loco y tratado como tal. Esto parece bueno hasta cierto grado, el problema radica en quienes eligen qué es lo “normal” y en que el concepto se convierta en algo rígido, sin movimiento social.

El estándar social no es nuevo, lo nuevo es que no se mueva. Digamos que el estándar es como la moda, va y vuelve, se le añaden unos churquitos por aquí o unos boleros por allá y siempre está vigente, pero lo importante es que es mutable y sobre todo, adaptable a lo que requiere la sociedad. En el caso de la “normalización,” esta adaptabilidad se pierde y el estándar de lo que es normal en la sociedad queda estancado en unos ítems específicos, que si bien son amplios, no son alterables. Es como si los pantalones bota campana se hubieran puesto de moda en los setenta y algún mandatario hubiera decretado que era lo único que se podía vestir: Entonces, se puede ampliar o reducir la bota, subir o bajar el talle, cambiar los colores o materiales, pero sólo se podrían usar esos pantalones botacampana; las pantalonetas, faldas, vestidos y otros tipos de pantalones estarían fuera de la ley, y no sólo serían mal vistos sino también prohibidos.

De esta manera, un estándar social creado hace ya dos siglos todavía sigue aplicándose hoy en día, con mayores o menores desviaciones y con diferentes nombres, por supuesto. Así se diagnostica la locura dentro de la psiquiatría: un estándar de normalidad, creado socialmente y estancado, marca el comportamiento correcto de las personas. Cuando alguien se sale del estándar está loco. Simple.

El asunto no fue siempre así. No cualquiera era loco, sino que al principio de la psiquiatría sólo se trataban como locos los casos extremos, personas que decididamente estaban fuera de los comportamientos sociales regulares, los que hoy conocemos como autistas, sociópatas, esquizofrénicos, pirómanos, etc. Pero siempre en momentos extremos y de gran complejidad. Estos diagnósticos iniciales no eran fijos ni ordenados, sólo se decía que eran locos, unos más que otros. Además, no tenían una regla común, cada psiquiatra definía el diagnostico.

En esos primeros días los tratamientos eran un asunto bastante debatible, aún hoy se tienen muchos problemas con la forma como se tratan los “locos” . Al principio, la creencia de que si se torturaba el cuerpo se salvaba el espíritu (heredada de la filosofía de la Santa Inquisición) llevó a que los tratamientos fueran extenuantes y tortuosos. La norma se basaba en obligar a “regresar” a la normalidad al paciente, esto se hacía mediante torturas físicas y mentales, hechas como pruebas en tiempo real para saber qué sucedía, pues no se tenían resultados concretos. Se ataba, mutilaba, inyectaba, drogaba, asustaba y otras cosas más, mientras los doctores observaban qué sucedía y cómo se reaccionaba.

En los hospitales psiquiátricos se vendían entradas para poder ver los tratamientos como si fueran espectáculos de sadismo. En Inglaterra, la alta sociedad asistía de manera recurrente a los tratamientos, tanto que los hospitales reportaban más ganancias por este rubro que por el ingreso de pacientes. Algunos tratamientos funcionaban, pero de manera personal: Lo que curaba a uno probablemente no curaba a otro y así sucesivamente, lo que ocasionó que la gente empezara a perder la confianza en los métodos psiquiátricos, y sobre todo, que dejaran de pagar.

Además la psiquiatría no era reconocida como una ciencia, y la suma de sus métodos sin resultados, los diagnósticos poco confiables y el rápido enriquecimiento de quienes la practicaban, empezó a minar su posición. A mediados del siglo XIX la psiquiatría entró en una recesión bastante fuerte que parecía marcar el inicio de su desaparición. Para rescatarse, empezó a anudarse con la medicina y esa unión provocó que se empezaran a crear “métodos científicos” en los tratamientos y a generar premisas de la “locura.”

El diagnostico tuvo que olvidar su rango puramente intuitivo para admitir métodos más claros, y para lograr esto una de las primeras tareas de los psiquiatras fue definir cuáles eran los motivos para volverse “loco.” He aquí una de las grandes vergüenzas de la psiquiatría: aún no lo saben a ciencia cierta.

La segunda tarea fue definir en qué lugar reside la “locura.” El concepto de “mente” fue ampliamente aceptado, principalmente por dos razones: no se sabe qué es ni dónde queda. Aunque actualmente se suele ubicar la mente en relación al cerebro, antes se hablaba de la mente tal como del alma, desde un aspecto teórico, metafísico y filosófico. De esta manera, al aceptar la mente como residencia de la locura podían basarse en múltiples teorías, aun contradictorias, pero todas aceptadas.

No todos aceptaron la idea de la mente y algunos doctores, siguiendo una línea del alma y teorías más cercanas a la psicología, empezaron a anudar la locura con hechos fisiológicos y enfermedades físicas, lo cual creó toda una línea de investigación que se deriva hoy en estudios del cerebro y en la aceptación de enfermedades como el alzhéimer, la demencia senil, el autismo, entre otras.

Por otro lado, se creó una rama dedicada a relacionar la mente con el comportamiento, radicar todas nuestras acciones en un solo sitio del cuerpo y culpar a este de las consecuencias. Se crearon tendencias de enfermedades mentales “nuevas” como las de “locura temporal,” “ataques” precipitados como ataques de ira, sicóticos, de celos, etc. La teoría de enfermedades mentales temporales sumada a la idea que la mente era responsable de ciertas actitudes, creó un efecto en el cual era posible asumir un problema mental como el “culpable” de las acciones cotidianas.

La tercera tarea de la psiquiatría para lograr su estatus científico fue modificar sus tratamientos obsoletos y poco efectivos. A raíz de mucha experimentación, tanto humana como animal, se encausaron los procedimientos para hacerlos mas efectivos y agradables a la vista. Ya no se tortura a los pacientes sino que se encauzan hacia la normalidad desde la aceptación del propio conflicto. De aquí surge el famoso tipo de tratamiento de los doce pasos, donde el primero es aceptar que tienes un problema y hay que trabajar en ello. Entonces ya no se tortura como antes, o por lo menos, ahora los parientes firman un permiso.

Entonces, la enfermedad surge de la “mente,” un lugar mágico y misterioso en medio del entorno corpóreo, y luego se determina de una manera profesional un diagnóstico de “locura” centrado en el hecho de que el paciente se sale del “estándar social,” y por ultimo tenemos unos tratamientos probados por el método científico: un mismo tratamiento genera unos mismos resultados en diferentes individuos.

Hasta aquí, la psiquiatría del siglo XXI parece mucho mejor que la del XVIII, pero hay dos puntos débiles: qué “locura” se diagnostica y cómo lograr tratamientos efectivos. Para el primero, los psiquiatras tuvieron una buena ayuda de la literatura: todas las manías fueron descritas en la literatura de los libertinos y con ellas bautizaron muchas enfermedades. La esquizofrenia, si bien fue un término que uso el doctor Benedict Moreal a mediados del siglo XIX, ya estaba referenciada en varios poemas de la famosa Safo. Se ha creado una lista un poco asombrosa de enfermedades, en especial manías y síndromes mentales, que habla muy bien del nivel de lectura de los padres de psiquiatría.

Por otro lado los tratamientos efectivos se lograron tan sólo hasta mediados del siglo XX ¿Por qué? La respuesta es muy simple: esa fue la época en que la industria farmacéutica empezó a generar más medicamentos de los que la gente necesitaba, y además fue cuando se contó con el desarrollo industrial y teórico necesario para experimentar con muchos de los activos principales de las drogas psiquiátricas.

De esta manera la “locura,” que era especifica y de muy pocos, se convirtió en algo a lo que todos podemos ser propensos y que nos afecta, tal como un virus. Esta es la puerta que le dio paso a lo que hoy en día se conoce como el “marketing de la locura,” que es precisamente el tema del próximo artículo.

Creo que de alguna manera heredé el título de la loca de la familia y ahora, gracias a la tecnología, no necesitan venir a visitarme: En cambio, me llaman a las diez de la noche un día cualquiera a preguntarme sobre conquistadores, a las seis de la tarde del domingo para que ayude a hacer un listado de tipos de adjetivos y sustantivos, y una vez hasta logré explicar, vía teléfono celular, cómo balancear ecuaciones químicas. Lo interesante es que en mi familia la locura mercantilista no existe, todo se arregla con una visita a mi abuelita, una empanada y un chocolate… y si no se arregla, por lo menos se disfruta.
 
Pero no teman, no soy una loca peligrosa. :)





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lunes, 8 de agosto de 2011

Reflexiones de un Liberto

Reflexiones de un Liberto

De un libro por H. A. L. Craig
Selección e introducción por Said Abdunur Pedraza


Reproduzco a continuación un fragmento (dos capítulos) del libro “Bilal, el sirviente de Mahoma,” [1] libro que cuenta la historia de los inicios del Islam y la vida del Profeta Mujámmad (que las bendiciones y la paz de Dios sean con él), recurriendo a la voz de Bilal, un esclavo negro que fue condenado a morir por aceptar el Islam y adoptar el monoteísmo puro, y que fue liberado por los musulmanes para convertirse luego en una figura trascendental en la historia del Islam. Fue el primer hombre en hacer el llamado a la oración, que hoy día se escucha en todas las mezquitas del mundo cinco veces diarias. Su voz enterneció los corazones de los creyentes, disipó las dudas de muchos paganos, y estremeció a una nación en ciernes que no buscaba fama ni gloria, sino la complacencia del Creador.

Publicado por Quarter Books en 1977 y traducido por María Antonia Menini en 1995 (editorial Edhasa, Barcelona), este libro es obra de Harry Craig, [2] periodista y editor irlandés que trabajó en varios periódicos, programas de radio, e hizo televisión con la BBC de Londres. Se estableció en Roma donde desarrolló una exitosa carrera como guionista cinematográfico de películas de Hollywood como Aeropuerto 77 y Waterloo. Varias de sus películas fueron producidas por Dino DeLaurentis. A pesar de no ser musulmán, se convirtió en un enamorado y defensor del Islam cuando comenzó a estudiar su historia y la vida del Profeta Mujámmad (ByP). Escribió los guiones de las películas “The Message” (“El Mensaje,” 1976, [3] conocida también como “Mujámmad, el Mensajero de Dios”) y “Lion of the Desert,” ambas dirigidas por Moustafa Akkad y protagonizadas por Anthony Quinn. Luego de ello escribió este libro sencillo, brillante, en el que desarrolla el personaje de Bilal, el primer negro musulmán de la historia, uno de los amigos más cercanos del Profeta Mujámmad y uno de los más grandes defensores del Islam en sus inicios. La ficción literaria del libro consiste en que aparece escrito por Bilal mismo en primera persona, recurso que utiliza el autor para, desde la mirada del esclavo liberto, contar la historia real, históricamente documentada, de los primeros años de la formación de la nación musulmana.

Moustafa Akkad, director sirio, es conocido como productor de la serie de películas de horror “Halloween,” la primera de ellas dirigida por el reconocido director, guionista y compositor estadounidense John Carpenter. Pero entre los musulmanes se le conoce por su película “The Message” [4] (inserto la película completa al final de este artículo, doblada al español), donde narra la historia de cómo surgió el Islam y triunfó para difundirse por todo el mundo. Como dato curioso, Akkad rodó simultáneamente dos versiones de la misma película con dos repartos diferentes, la conocida en inglés con Anthony Quinn e Irene Papas, y la versión en árabe con Abdullah Gaith y Muna Wassef.

El aparte del libro que he escogido para publicar aquí, trata de por qué los idólatras y paganos odiaban a los primeros musulmanes. Las historias y reflexiones aquí expuestas son extrapolables a la actualidad. En el fondo de la islamofobia actual y la mala propaganda que busca mostrar al Islam como una religión de terroristas y pederastas, se encuentran los mismos miedos que llevaron a los mercaderes mecanos a combatir al Profeta y sus seguidores. Y en el fondo de la imagen falaz del supuesto machismo y desprecio del Islam por la mujer, subyace la misma incomprensión y los mismos temores de las propias mujeres por el mensaje revolucionario de igualdad entre los sexos que ha transmitido el Corán desde hace más de 14 siglos. Espero que esta breve lectura los anime a buscar este libro, que constituye una lectura no sólo interesante, sino edificante.


BILAL HABLA DEL ODIO DE LA MECA

¿Por qué nos odiaban? No eran malos, pero habían abandonado sus tradiciones e incluso la antigua honradez. Seguían las costumbres de la hospitalidad, obedecían sus propias reglas del honor y la deshonra, y cumplían las obligaciones del trueque propias de la vida en el desierto. La dureza de sus corazones era en buena parte el resultado de la dureza de sus vidas, de la misma manera que los que se pasan la vida montados a lomos de los asnos son los que peores palizas les pegan.

No nos odiaban ni odiaban a nuestro Único Dios porque amaran a sus múltiples dioses. El amor a los dioses nunca tuvo mucha importancia en el paganismo. Los dioses se utilizaban y se alababan al mismo tiempo, Era un sistema de toma y daca, un trato mercantil con el demonio. “Yo te adoraré a ti, Hubal, te honraré, te haré un regalo y prolongaré tu existencia acudiendo a ti… si tú me ayudas a encontrar el camello que he perdido.”

Pero yo, Bilal, que antes adoraba a los dioses paganos, no debo tratarlos ahora con demasiada ligereza, so pena de parecer un ignorante. Quiero exponeros con toda claridad la fuerza y la debilidad de los dioses.

Eran dioses de madera y de piedra, pero ningún pagano fue jamás tan estúpido como para adorar la piedra que se puede resquebrajar o la madera que se puede quemar. Creía que un espíritu habitaba en la madera o la piedra y adoraba a aquel espíritu. Pero en eso estribaba también la debilidad. Los dioses tenían una morada como la Kaaba y su influencia terminaba donde empezaba la de otro ídolo, otro templo, otra tribu, otra ciudad u otro dios. El dios que abría la puerta en La Meca ni siquiera la podía cerrar en Medina. Ése era todo el poder de los dioses.

Pero había cosas peores. Los dioses estaban simultáneamente por encima y por debajo de sus adoradores. Incluso los romanos, en su período pagano, sabían hasta qué extremo los dioses dependían del hombre. Los dioses quedan inservibles cuando no se los nombra y dejan de existir cuando no se los adora. Julio César tenía sus dioses y César Augusto los suyos; los dioses iban y venían en el tiempo que tardaba uno en cambiarse de toga. Hacíamos o deshacíamos a nuestros dioses simplemente dándoles más o dándoles menos, nos inclinábamos ante ellos o pasábamos de largo por delante de ellos, haciendo gala de un poder que no debería estar confiado al hombre.

Sólo gracias a un don gratuito de Dios puede el hombre regenerarse.

Una de las razones por las cuales nos odiaban era su incapacidad de comprender el poder del Único Dios. Recuerdo cómo solían inquietarse cuando Mujámmad predicaba la resurrección del cuerpo. En cierta ocasión Abu Lajab, un hombre tan grueso que necesitaba que lo ayudaran a levantare, le llevó al Profeta un fragmento de hueso humano y empezó a triturarlo entre sus dedos.

—¿Tú dices que eso puede resucitar? ¿Qué eso puede volver a ser un hombre? —preguntó, soplando el hueso pulverizado sobre el rostro del Profeta.

Mujámmad se sacudió el polvo de la cara con la mano y miró al jadeante y enfurecido príncipe mercader.

—Dios, que hizo al hombre al principio —contestó— lo puede recomponer si quiere.

Yo siempre había temido la cólera de Abu Lajab y en aquel momento la temí más que nunca. La tierra que pisaban sus pies se estremeció bajo el peso de su furia. Pero, a lo mejor, el demonio es modesto en el fondo. Abu Lajab no podía concebir que por lo menos una parte de su voluminosa presencia en este mundo, ya que no de su importancia, pudiera continuar viviendo en otro.

Y sin embargo, todos los paganos que he conocido adolecían de una lógica demasiado arrogante. Incapaces de someterse a lo que no pueden ver, dicen que el hombre lo es todo y que cada hombre es un fin en sí mismo. Su más allá está en la tierra, un sepulcro sin puerta. Hasta el poderoso Julio César el día de su triunfo, de pie en el altar, declaró: “La muerte es el fin de todas las cosas.” Fue una orgullosa manifestación de dominio del destino y un desprecio sólo comparable con la omnisciencia del suicidio. Pero, aunque el hombre pueda poner en peligro su alma, corromperla, deformarla y ennegrecerla, no puede matarla. Cada hombre tiene que responder ante su propia indestructibilidad. Pese a ello, Abu Lajab creyó poder negar a Dios triturando un hueso entre sus dedos.

Sin embargo, hay que reconocer que la cólera de Abu Lajab tenía su justificación. Quería develar un misterio, desenterrando una prueba sacada de una tumba. Sus amigos eran menos perspicaces, y nuestro pequeño y desordenado grupo constituía para ellos un motivo de diversión y de chanzas, y un pretexto para beber más vino.

Se burlaban de nosotros, nos escupían a la cara y nos cubrían de estiércol y de odio. Podíamos quitarnos de encima los escupitajos, que no eran más que su baba, pero los insultos al Profeta nos hacían sangrar por dentro. ¿Cómo era posible que él, amado por el Cielo y estimado por los ángeles, fuera el hazmerreír de los mortales? Nos dolía que se negara la luz. Sin embargo, él lo soportaba todo con paciencia y mansedumbre. No cabe duda de que la paciencia es la mejor virtud de un profeta, el escudo que Dios le regala. Por desgracia, yo carecía de esta virtud.

Un día, Ikrima y media docena de hombres me rodearon y me señalaron con sus dedos. Nadie dijo nada: ni una palabra ni un solo sonido, sólo una sonrisita en cada rostro. Creo que me asusté. E incluso tartamudeé, maldita sea su estampa. Si me volvía hacia la derecha, uno de ellos me empujaba con el dedo el costado izquierdo y me hacía girar como una peonza. No pude contener la vejiga y la orina me empezó a bajar por la pierna. Estaba atrapado en su red de dedos y sonrisas. Sabían cómo señalar con desprecio y humillar a un antiguo esclavo.

Se alejaron entre risas.

Recordando ahora el incidente, comprendo que nos odiaban por la más humana de las razones. Una malhadada ley exige que dondequiera que la verdad levante la cabeza, los hombres corran a cortársela como si un monstruo hubiera surgido en sus vidas. La verdad siempre es vista al principio como un enemigo y recibida con odio y escarnio.

BILAL CUENTA CÓMO SE TERMINARON LAS RISAS

Más tarde o más temprano, las burlas que tenían que terminar. Abu Sufián no era un comediante, su matamoscas subía y bajaba en un ritmo monótono, como si él tuviera los pensamientos en otra parte. Comprendió desde un principio que el Islam era una revolución. Mujámmad no sólo predicaba una nueva medida de Dios sino que también enseñaba una nueva medida del hombre. El Islam amenazaba con gravar con un impuesto todas las propiedades, tanto grandes como pequeñas: los que tienen deben compartir con los que no tienen, en dinero, productos y posesiones. Sí, aquello era una revolución. El Islam amenazaba el poder de la nobleza mercantil, tanto en el ámbito personal como en el político, reconociendo los derechos de los débiles y negando los derechos exclusivos de nacimiento de la tribu. Los musulmanes se debían a Dios, no a sus familias. Y Arabia no podía consentir semejante futuro.

Abu Sufián intentó —todos lo intentaron— hacer entrar en razón a Mujámmad, lo cual significaba, por supuesto, obligarle a aceptar sus puntos de vista. Le ofrecieron sobornos en forma de posición económica, autoridad e incluso ingresos procedentes de la Kaaba. Pensaron para sus adentros: “Pobres necios, quizá podamos comprar esa profecía con los minerales de la tierra.” Pero él rechazó el ofrecimiento.

—Si pusierais el sol en mi mano derecha y la luna en mi izquierda, no renunciaría a mi mensaje, pues éste viene de Dios. —Después les miró y se compadeció de sus almas—. No matéis a vuestras criaturas —les dijo, alejándose de ellos.

Debo explicaros lo que quiso decir al referirse a la muerte de las criaturas, pues en sólo treinta años, Mujámmad ha hecho progresar al mundo con tal rapidez que a veces me pregunto si todavía pisamos la misma tierra y no hemos sido catapultados hacia las estrellas.

Quiso decir exactamente lo que dijo: “No matéis a vuestras criaturas.”

En el desierto, antes de la aparición del Islam, el destino de un hijo ya era conocido antes de que sus pies salieran de las entrañas de su madre. Si la criatura era varón, estaba a salvo y se festejaba el acontecimiento. Si era hembra, su suerte era incierta y la gente hacía comentarios en voz baja. Si había suficientes niñas en la familia o si su número era excesivo en las tiendas de la tribu, cabía la posibilidad de que la condenaran a muerte. Nada más cortarle con los dientes el cordón umbilical, la niña era conducida al desierto donde se la cubría con paletadas de arena.

No se andaban con remilgos al cometer los asesinatos y no cabe duda que los argumentos que invocaban a favor del infanticidio reservado a las niñas tenían su lógica. Salvaban la vida, destruyéndola. La cuestión la decidía la economía del desierto, no los sentimientos. Una nueva boca significaba otro vientre vacío. Además, la niña criaría y se multiplicaría. De este modo, cumplían su propósito, tratando de mejorar la selección divina. Puesto que nacían más niñas que niños, ellos se limitaban a corregir el desequilibrio. Algunas niñas merecían ciertamente llegar a la pubertad y a esas se las salvaba para un uso futuro.

Era muy doloroso oír sus explicaciones. Para ellos el plan de la creación no poseía el menor carácter sagrado, y sin embargo, ¿quién puede hacerle reproches a quién? Cuando Mujámmad predicaba la igualdad de las mujeres en Arabia, en Francia se reunía un concilio de obispos cristianos para establecer si las mujeres tenían alma o no. No sé lo que decidieron… aquí en Siria te lo dicen todo y no te dicen nada. Pero a menudo me sorprendo de las contradicciones en que incurren las religiones con respecto a las mujeres y de que las mismas personas que veneran a María, la madre de Jesús (que la paz de Dios sea con ambos), puedan despreciar con tanta ligereza a Eva, la madre del hombre.

Lo que más los enfurecía, en mayor medida si cabe que la negación de sus dioses y la salvación de las niñas, era la limitación del número de esposas. Antes de Mujámmad, un hombre podía casarse con toda la frecuencia que sus ingles desearan o que sus camellos le permitieran. Algunos amontonaban a diez en una misma cama, otros a veinte, todas apretujándose las unas encima de las otras para poder estar lo más cerca posible de su rey.

El Islam limitó el número de esposas a sólo cuatro, con un mandamiento en el que se aconseja tener sólo una. Las cuatro tienen que ser tratadas equitativamente y sus exigencias matrimoniales se tienen que satisfacer por turnos equitativos. En caso de que ello no fuera posible, el hombre sólo puede tomar una esposa.

¿Se apresuraron las mujeres a asumir su nueva dignidad? No, ellas también despreciaron al Profeta. Todavía me parece oír la guerra civil de las mujeres. En caso de que la quinta esposa fuera repudiada, ¿quién se haría cargo de ella y la alimentaría? En el desierto era costumbre tener muchas mujeres, no sólo por la rapacidad de los hombres sino también porque los hombres son generosos. Por consiguiente, la limitación del número de esposas fue algo tan desconcertante que, al principio, se consideró una medida muy dura e incluso una crueldad para con las mujeres.

Pero Mujámmad no se detuvo aquí. ¿Cómo hubiera podido hacerlo, teniendo a un ángel que le guiaba en sus decisiones? Insistió en afirmar que las mujeres, a pesar de ser diferentes, estaban en pie de igualdad con los hombres. La diferencia se ve fácilmente, pues los hombres son compactos en tanto que las mujeres están hendidas, pero para ver la igualdad entre los sexos, uno tenía que forzar la vista. El Profeta les dijo que las mujeres eran seres complementarios de los hombres y que cada uno era el guardián del otro. Ambos tendrían que someterse al mismo juicio final y ambos heredarían el mismo destino.

El mundo que ahora reverencia a Mujámmad le odió entonces por estas ideas sencillas. Una era la burla de lo que adora la siguiente y el fruto es amargo antes de ser dulce. Pero hay que concederle al viejo perro del camino el derecho a ladrar. A veces me pregunto si el propio Dios sabe a cuál de nosotros dos, si a mi esposa o a mí, hizo igual al otro. Anoche ella me apagó la vela cuando yo estaba en plena lectura de mi libro de Heródoto. Si no la hubiera amado a ella más que a mi Heródoto, le hubiera pegado un manotazo… pero, a lo mejor, ella quería evitar que leyera a los paganos. Sin embargo, tal como he dicho al principio, ahora las burlas ya se habían terminado.




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NOTAS

[1] http://www.ciao.es/Bilal_El_sirviente_de_Mahoma_H_A_L_Craig__Opinion_1779331

[2] http://www.imdb.com/name/nm0185867

[3] http://es.wikipedia.org/wiki/El_Mensaje

[4] http://www.islamictorrents.net/details.php?id=19788 (torrent para descargar el DVD de la película en inglés —formato PAL— con subtítulos en suizo, danés, noruego y finlandés).



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La Vida: Mera Ilusión, Falacia, Vapor sin Valor Alguno (http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2011/03/la-vida-mera-ilusion-falacia-vapor-sin.html).

Sir Bernard Shaw, un escritor cristiano socialista ateo que coqueteaba con el Islam (http://mensajesenlaruta.blogspot.com/2010/02/sir-bernard-shaw-un-escritor-cristiano.html).
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domingo, 31 de julio de 2011

La Comunicación en un Entorno Jerárquico

LA COMUNICACIÓN EN UN ENTORNO JERÁRQUICO

Traducción: Said Abdunur Pedraza



En su libro Fueras de serie: Por qué unas personas tienen éxito y otras no [Taurus Ediciones, 2009. En inglés, Outliers, 2008], Malcolm Gladwell dedica un capítulo a averiguar por qué los aviones comerciales se accidentan. Nuestro entendimiento común es que algo va terriblemente mal con la mecánica del avión, una explosión en los motores, o algo de esa naturaleza, o la desventura de un clima inclemente, una tormenta terrible y una turbulencia inmanejable que lanza al avión a su trágico final. “El avión comercial típico —en este momento de su estado de desarrollo— es casi tan confiable como una tostadora,” descubrió Gladwell.

Tomemos un minuto para considerar lo que la investigación del autor revela: En un accidente típico, “el clima es malo —no terrible,” el avión casi siempre está atrasado para su arribo (por lo que el piloto tiene afán en aterrizar), el piloto está un tanto agotado, y el equipo de pilotos y oficiales no han volado juntos antes de modo que no están familiarizados unos con otros. Estas son las características regulares de un accidente aéreo típico. Pero hay otra característica regular en las colisiones aéreas, y es que involucran “siete errores humanos consecutivos… [pero] raramente son problemas de conocimiento o habilidad de vuelo. No es que el piloto tenga que negociar alguna maniobra técnica crítica y falle, el tipo de errores que producen accidentes de avión son invariablemente errores de trabajo en equipo y comunicación.” Y no ocurre cualquier tipo de interrupción de la comunicación.

El problema aquí es que la cultura de la aviación, particularmente en la cabina de mando, mantiene un tipo de jerarquía: capitán, primer oficial, ingeniero de vuelo. En este tipo de estratificación, la gente en la cabina bajo el capitán encuentra difícil comunicarse abiertamente, con honestidad, y más importante, tienen dificultades para hacer ver lo que consideran correcto, contradiciendo o secundando al oficial de rango mayor.

Esta dinámica de comunicación es complicada por el amplio contexto cultural del que provienen los empleados de las aerolíneas. En las décadas de 1960 y 1970, el psicólogo alemán Geert Hofstede creó un índice que medía el grado en el que las culturas de todo el mundo valoran y respetan la autoridad, que él llamó el Índice de Poder a Distancia (PDI por sus siglas en inglés). Tendría sentido entonces, que los países que tienen un elevado índice de poder a distancia mostraran un nivel desproporcionadamente alto de accidentes aéreos. No es de sorprender que Corea del Sur, un país que se posicionó como el segundo más alto en la escala de PDI, fuera un país con una enorme cantidad de accidentes de avión. La palabra clave aquí es “fuera.” En el transcurso de una década, las Aerolíneas Coreanas tuvieron una tasa de accidentes 17 veces mayor que United Airlines, pero desde 1999, su registro de seguridad ha sido inmaculado. Esto se debe a que renovaron su capacitación a pilotos de modo que todos los oficiales en la cabina de mando se sintieran cómodos comunicándose y haciéndose valer cuando la situación lo ameritaba. No es que se acabara la jerarquía, y de nuevo, esto es clave. La jerarquía de capitán, primer oficial y demás, se mantiene como la norma en la aviación, y de hecho es necesaria para un vuelo exitoso. Las aerolíneas comerciales sencillamente la modificaron para acomodarla a un espacio cómodo donde es necesario que la comunicación fluya con facilidad.

El punto que estoy tratando de mostrar es que si la comunicación apropiada juega un papel tan crucial en algo tan serio como los accidentes aéreos, entonces qué tan importante puede ser en todas las relaciones que mantenemos en el transcurso de nuestras vidas. Y en el corazón de estos hallazgos se encuentran las enseñanzas del Profeta, que las bendiciones y la paz de Dios sean con él. Este punto central es que la gente que trabaja en conjunto, o que convive, o que viaja en grupo, o están casados, o cualquiera que sea el caso, debe tener un sistema de comunicación en el que los miembros de su grupo no sólo se sientan cómodos para hablar cuando es necesario, sino que se sientan obligados a hacerlo, independientemente de su posición dentro del grupo. El Islam sostiene la jerarquía, pero la jerarquía está basada en criterios específicos y comprobados por las advertencias.

Si miramos las declaraciones del Profeta en cuanto a la jerarquía, ellas contienen una sabiduría que nadie distinto al Profeta de Dios puede reclamar. Él dice a sus compañeros que siempre que se reúnan en grupo de 3 o más, deben nombrar a un líder entre ellos. Entre marido y mujer el esposo lidera, y entre un padre y su hijo, el padre mantiene la autoridad. Pero el Profeta Mujámmad, que las bendiciones y la paz de Dios sean con él, enseñó que la autoridad nunca es absoluta. Cuando la obediencia a Al-Lah y/o al Mensajero de Dios están en juego, la desobediencia al líder es obligatoria, si bien el respeto y buen trato deben mantenerse. Y va un paso más allá. El seguidor del Islam sabe que si sabe más es mejor que hable. El mejor ejemplo de esto se encuentra en las oraciones que se recitan en voz alta en congregación. Si el mejor recitador del Corán o el más renombrado erudito en el mundo está liderando un grupo de gente en la oración y comete un error, el niño más pequeño de la congregación, si sabe al respecto, no sólo puede sino que debe corregir al Imán. Mucho o poco índice de poder a distancia, así es como funciona.

Si la gente a tu alrededor mantiene prácticas, una jerarquía de creencias e ideas, que ignoran las enseñanzas de Al-Lah y Su mensajero, deben también ser nivelados por aquellos que saben más o quieren practicar mejor.

Eso no es ego, es justicia. El Profeta, que las bendiciones y la paz de Dios sean con él, dijo en un jadiz muy repetido: “Quien de vosotros vea un hecho repudiable, que lo cambie con su mano, si no pudiera entonces con palabras, y si no pudiera, entonces (lo repruebe) en su corazón, y esto es lo más débil de la fe.”

En el caso de Aerolíneas Coreanas, ellos contrataron a un foráneo para que fuera y cambiara la forma como se comunicaban los pilotos coreanos. Según el autor, la cosa más importante que este foráneo hizo fue no someterse a los aspectos más arraigados del legado cultural de Corea del Sur que no funcionaban bien en esta circunstancia. En una entrevista con Katie Couric en la que Gladwell comentó sobre este capítulo, dijo que Corea “tiene esta cultura muy jerarquizada, que en 9 de 10 ocasiones es algo hermoso,” pero en este caso era una debilidad seria. Hago un llamado a los Musulmanes a ser honestos respecto a nuestra propia debilidad cultural puesto que la cultura no es Din, no es religión. La cultura acumula cualidades malas tanto como buenas. Nuestra lealtad es a la verdad, la justicia y la moralidad, no a la cultura.

La analogía que me gustaría hacer aquí es a la cultura de la India respecto a problemas de intimidad sexual. Los Musulmanes indios han desarrollado una cultura en la que la gente no puede hablar de la intimidad en absoluto, en especial los padres con los hijos. De modo que mucha gente joven llega a relaciones maritales completamente inconscientes de la sabiduría valiosa y los consejos que podrían ayudarlos inmensamente. Si el idioma prohíbe la comunicación abierta e incluso modesta de la intimidad en conversaciones, entonces debes superarlo y hacer algo que la facilite, así como hizo el asesor de Aerolíneas Coreanas, David Greenberg, quien hizo que los miembros del equipo de la cabina de mando aprendieran inglés para superar “la jerarquía coreana claramente definida: deferencia formal, deferencia informal, contundente, familiar, íntima y plana.”

Aquí también, la intención cuenta. La intención de los oficiales de Aerolíneas Coreanas era que no murieran personas en accidentes aéreos (y proteger sus aviones), y la intención entre los Musulmanes con costumbres indias debe ser preparar a la gente para tener matrimonios saludables.

Aunque la historia de Aerolíneas Coreanas comienza con mucha angustia, termina con lo que Gladwell llama un milagro, un giro completo para la empresa. Esto nos demuestra que el cambio puede ocurrir, y que sucede si la gente está dispuesta a hacer ese cambio.

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jueves, 14 de julio de 2011

Islam: Religión o política, avance o retroceso

Islam: Religión o Política, Avance o Retroceso


Autor: Said Abdunur Pedraza


Para cualquier musulmán que entiende el Islam como una forma de vida completa, resulta irritante que la sociedad laica pretenda que viva su creencia sólo en la intimidad. Pero quizás resulte totalmente desconcertante que alguien que se autodenomine musulmán, afirme que el Islam es sólo una religión, no una política u otra cosa.

El concepto de religión en la sociedad occidental actual, se reduce a la visión liberal masona de que la religión es una mística que se desarrolla en el fuero interno de cada individuo. La sociedad laica se vanagloria de defender la “libertad de culto,” según la cual, cada quien puede creer lo que quiera, profesar la religión que le parezca, siempre y cuando se comporte como cualquier otro miembro materialista, consumista e individualista de la maquinaria opresiva que mantiene a más de 1.000 millones de personas con hambre crónica en todo el mundo (25.000 muertes diarias por hambre), mientras unos pocos derrochan millones en objetos de colección y lujos desaforados.

Pero, ¿acaso esta sociedad permite que los grupos religiosos se rijan por sus propias leyes? Eso sí sería verdadera libertad religiosa. Esa fue la libertad religiosa que se vivió por unos 1.000 años en la sociedad islámica, donde judíos y cristianos tenían sus propios tribunales y se regían por sus propias leyes.

En resumen, el Islam no es una religión según la definición actual del término. Entonces, ¿qué es el Islam? Definirlo es fácil, pero explicarlo en detalle es una tarea mucho más ardua. Por eso, he querido dejar esta recopilación de enlaces a artículos que tratan diversos aspectos del Islam.

Invito, pues, a todos y a todas a que conozcan el Islam. Cada vez somos más musulmanes en el mundo, y en particular en toda América, y la mejor forma en que los miembros de otras religiones y nosotros podamos convivir en paz, es conociéndonos de buena fuente, y no dejando que los medios masivos de comunicación nos vendan su visión trastornada de las cosas.


El Islam es ciencia:


El Islam es ecología:



El Islam es resistencia:
Musulmanes Albanos que Rescataron Judíos Durante el Holocausto.

El Islam es igualdad entre las razas y etnias:
Malcolm X.

El Islam es equidad de género:



El Islam es revolución:


El Islam es paz espiritual:


El Islam es la razón real de vivir, dignifica al ser humano y a la vida misma dándoles sentido:


El Islam es contacto entre los pueblos, exploración sin ánimos de conquista:


El Islam es parte de la historia de los pueblos americanos:


El Islam es la luz civilizadora:


El Islam está en todo el mundo:

El Islam es libertad:


El Islam es paz y justicia:

El Islam es el camino de rectitud y buen ejemplo para la humanidad:


El Islam está en los orígenes de todas las religiones:

Y aunque sea atacado con mentiras y calumnias, el Islam se mantiene vivo, y su mensaje original se mantiene intacto:



De hecho, los que atacan al Islam, terminan ayudando a que se expanda más:


Todo esto es el Islam, un completo sistema socio-económico-político-religioso que ha sido capaz de crear por sí solo, una de las mayores, más luminosas y más exitosas civilizaciones de todos los tiempos.


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martes, 12 de julio de 2011

Mujámmad, el más grande de los revolucionarios

MUJÁMMAD, EL MÁS GRANDE DE LOS REVOLUCIONARIOS

Por: Al-Maududi.

Fragmentos del libro “Los Principios del Islam”, publicado en 1977 por el Centro Islámico de Granada


En el desfile de la historia, la silueta sublime de esta personalidad maravillosa domina desde tan alto a todos los grandes hombres de todos los tiempos, que todos los héroes nacionales parecen enanos en comparación con él. Ninguno de ellos poseía un genio capaz de dejar una impresión profunda en más de dos o tres dominios de la vida humana. Algunos fueron brillantes teóricos, pero no consiguieron aplicar sus ideas. Otros fueron hombres de acción a los cuales el saber les faltaba... Algunos son célebres estrategas, otros se han inclinado sobre un aspecto particular de la vida, rechazando por este hecho los demás aspectos. Algunos han consagrado su energía a verdades éticas y espirituales, pero han ignorado la economía y la política. Otros se han ocupado de la política y la economía, pero han rechazado la moral y la vida espiritual. En resumen, se encuentran héroes que son expertos en una sola rama de la actividad humana. Él es el único ejemplo de personalidad en que todas las excelencias se encuentran combinadas. Es un filósofo y un profeta, y también el símbolo vivo de sus propias enseñanzas. Es un gran hombre de estado, y un genio militar; un legislador al mismo tiempo que un maestro de moral; una luz espiritual y un guía religioso. Su visión penetra en todos los aspectos de la vida y no hay nadie que mejore su pensamiento. Sus órdenes y sus mandatos cubren un dominio ilimitado, desde la reglamentación de las relaciones internacionales hasta costumbres de la vida cotidiana como beber, comer y la higiene. Ha establecido un equilibrio tan raro en los aspectos divergentes de la vida que no se puede encontrar ninguna falta, deficiencia o laguna. ¿Se puede citar otro ejemplo de una personalidad tan perfecta y universal?

La mayor parte de las personalidades célebres del mundo han supuesto ser producto de su medio ambiente. Pero su caso es único. Sus alrededores no parecen haber tenido ninguna influencia en la formación de su personalidad. No ha podido ser probado nunca que, históricamente, su nacimiento fuese sincronizado con el orden de las cosas de Arabia de esa época. Lo que se puede decir a lo sumo, es que Arabia en las circunstancias en que se encontraba entonces, tenía una gran necesidad de una personalidad que fundiera en una sola nación las tribus rivales y sentara las bases de su solidaridad y de su bienestar económico, introduciendo a otros países bajo su dominio. En resumen, un guía nacional que tuviera todas las características de un árabe de aquel tiempo, y que gracias a la crueldad y la opresión, la sangre derramada, el engaño y la hipocresía, o no importa qué medio bueno o malo, hubiera enriquecido a su propio pueblo y dejado un reino de herencia a sus sucesores. No se puede probar ninguna otra necesidad histórica de Arabia en esa época.

A la luz de la filosofía Hegeliana de la historia o del materialismo histórico de Marx, no puede decirse más que la época y las condiciones exigían el nacimiento de un jefe que pudiera crear una nación y fundar un imperio. Pero la filosofía de Hegel o de Marx no pueden explicar cómo tales condiciones han podido producir un hombre cuya misión fue enseñar la moral más elevada, purificar a la humanidad de todas sus impurezas, borrar los prejuicios y las supersticiones de esa época de ignorancia y de tinieblas, que miró más allá de los compartimientos estancos de la raza, nación y del país, que en práctica, y no en teoría, puso las transacciones comerciales, la vida cívica, la política y las relaciones internacionales sobre bases morales y produjo un sistema tan equilibrado y moderado entre la vida mundanal y el proceso espiritual, que es considerado, hasta hoy día, como una obra maestra de sabiduría y de previsión, todo como en el tiempo en que estaba con vida. ¿Se puede honestamente llamar a tal persona producto de las tinieblas omnipresentes de Arabia?

No solamente no apareció como producto de su medio ambiente, sino que cuando se examina su misión, no se puede más que deducir que, en efecto, él trasciende a todas las limitaciones del tiempo y del espacio. Su visión franquea todas las barreras temporales y físicas, atraviesa los siglos y los milenios y comprende la esencia misma de la actividad y de la historia humanas.

No es de los que la historia aparta en el olvido, y no es alabado simplemente porque fue un gran hombre de su tiempo. Es un jefe único e incomparable de la humanidad actual, cualquiera que sea el siglo y la época. Verdaderamente sus enseñanzas son actuales, cualquiera que sea la época.

Los que la gente bautiza “artífices de la historia” son solamente “criaturas de la historia”. En efecto, en toda la historia de la humanidad, él es el único ejemplo de “artífice de la historia”. Se pueden pasar por la criba las condiciones históricas en las cuales vencieron las grandes personalidades que han llevado revoluciones, y se darán cuenta que en todos los casos las fuerzas renovadoras reunían sus ímpetus a la vista de una revolución, se orientaban en una determinada dirección y no esperaban más que el momento propicio para estallar. Preparando estas fuerzas a tiempo para la acción, el líder revolucionario representaba el papel de un actor para el cual se ha previsto de antemano una escena y un papel. Por otro lado, entre todos los “artífices de la Historia” y las figuras revolucionarias de todas las épocas, él fue el único que debía encontrar los medios de reunir los materiales en vista de una revolución, que debía conocer la clase de hombres de los que había tenido necesidad para sus designios, porque el espíritu mismo de la revolución y todos sus accesorios eran inexistentes en el pueblo donde su suerte fue echada.

Su poderosa personalidad produjo una impresión indeleble en los corazones de miles de sus discípulos, y les formó en su idea. Por su voluntad de hierro, preparó el terreno para la revolución, modelando la forma y los tratos, y dirigió los acontecimientos ordinarios en la dirección que deseaba. ¿Se puede citar otro ejemplo de un autor histórico tan excepcional o de cualquier revolucionario tan brillante?

Se puede meditar en eso, y preguntarse cómo en ese período de tinieblas de hace más de 1.400 años, en una región tan oscura como Arabia, un comerciante y pastor árabe analfabeto llegó a poseer tal luz, saber, poderío, capacidades y virtudes morales tan desarrolladas.

Se puede decir que no hay nada de particular en su mensaje. Es el producto de su propio espíritu. Si hubiera sido así, entonces hubiera podido proclamarse dios. Y si hubiera hecho tal afirmación en esa época, los pueblos de la tierra, que no vacilaban en llamar dios a Krishna y Buda, y a Jesús Hijo de Dios, por pura imaginación, y que podían sin escrúpulos adorar las fuerzas de la naturaleza, el fuego, el agua, el viento, habrían voluntariamente reconocido en una personalidad tan asombrosa como Mujámmad (Bendiciones y Paz de Dios sean con él) como el Señor mismo.

Pero he ahí que él afirmó precisamente lo contrario. Porque proclamaba: “Yo soy un ser humano como vosotros mismos. Yo no os he aportado nada de mi propia iniciativa. Todo esto me ha sido revelado por Dios. Todo lo que yo pueda poseer le pertenece. Este mensaje, del que la humanidad entera no es capaz de producir un equivalente, es el mensaje de Dios, no es producto de mi propio espíritu. Todas sus palabras me han sido inspiradas por Él, y toda la gloria viene de Él. Todos los actos maravillosos que hablan en mi favor a vuestros ojos, todas las leyes que yo he dado, todos los principios que he anunciado y enseñado, ninguno viene de mí. Yo sería, en efecto, incapaz de producir tales cosas con el único poder de mis capacidades personales. Yo busco los mandatos divinos en todas las cosas. Todo lo que ordeno, yo lo he hecho, todo lo que Él dicta, yo lo proclamo.”

¡Qué maravilloso y viviente ejemplo de franqueza, de integridad, de verdad y de honor! Un mentiroso o un hipócrita tratarían generalmente de atribuirse todo el crédito de las acciones de los demás, incluso cuando la falsedad de lo que dice puede ser fácilmente probada. Pero este gran hombre no se apropió del crédito de estas hazañas, incluso cuando nadie podía contradecirle, pues no era posible descubrir la fuente de su inspiración. [...]

[...] La vida y las enseñanzas de los Profetas (la Paz de Dios sea con todos ellos) son los faros que guían al pueblo en el Camino Recto, y también que sus enseñanzas y sus mandatos estén vivos durante mucho tiempo, y esté él también de alguna forma, vivo. La muerte verdadera de un Profeta consiste no en su muerte física, sino en la litigación de sus enseñanzas y la interpolación de sus mandatos.

Los Profetas antiguos han muerto porque sus discípulos adulteraron sus enseñanzas. Interpolaron sus instrucciones y apagaron su vida ejemplar atribuyéndoles acontecimientos ficticios.

Ninguno de los antiguos libros —Torá de Moisés (P), Salmos de David (P), Evangelio de Jesús (P)— existe hoy día en su texto original, e incluso sus discípulos confiesan que no poseían los originales. Las biografías de los antiguos profetas están totalmente mezcladas con ficción hasta el punto que un informe preciso y auténtico de sus vidas es un hecho imposible. Sus vidas han llegado a ser cuentos y leyendas y no se puede encontrar en ninguna parte un informe digno de fe. No solamente porque los relatos han sido perdidos y sus preceptos olvidados, sino porque no se puede incluso saber con certeza dónde y cuándo tal o cual Profeta nació y fue educado, cómo vivió y qué código dio a la humanidad. [...]

Juzgando los hechos sobre estos criterios, nadie puede negar que Mujámmad (ByP) y sus enseñanzas siguen vivos. Sus enseñanzas están inalteradas e inalterables. El Corán —el libro que ha dado a la Humanidad— existe en su texto original sin que le falte ni una jota. El relato completo de su vida (sus palabras, sus instrucciones, sus acciones) es conservado con una exactitud total, y aunque hayan transcurrido más de 14 siglos, su delineación en la historia es tan clara que nos parece verla con nuestros propios ojos. Ninguna biografía ha sido tan bien conservada como la de Mujámmad (ByP), el Profeta del Islam. En todas las fases de nuestra existencia, podemos buscar los mandatos de Mujámmad (ByP) y tomar ejemplo de su vida. Por esto, no hay necesidad de otro Profeta después de Mujámmad (ByP), el último de los Profetas.

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